FESTIVAL UNIÓN Y SOLIDARIDAD: SOMOS LO QUE CUIDAMOS

La jornada benéfica se realizó en el Galpón 11, con contundente apoyo del público. Con música, instalaciones e intervenciones en simultáneo logró recaudar casi 750 kilos de alimentos para comedores del Movimiento Solidario Rosario. Fueron seis horas de confluencia, abrazo colectivo y trinchera afectiva necesaria para una Rosario herida.

 

Es difícil ser el ideal de quienes queremos ser. Está difícil ser, punto. Pero somos. Somos y hacemos.
La contingencia nos apura. Ante esa inevitable apretada de una realidad desbocada, somos mucho más que aquello imaginado. Estamos contra la pared, jaqueados y hackeados, necesitando resistir.
Somos porque resistimos. La resistencia, ante todo, es posibilidad.
En un mes signado por hechos de violencia, con calles desiertas y una ciudad funcionando apenas por su inercia, el Festival Unión y Solidaridad se hizo fuerte desde lo improbable. Con el transcurso de los días la iniciativa tomó dimensiones mayúsculas en redes sociales y medios de comunicación rebasando el mero fin benéfico: se intuía la necesidad de encuentro a gran escala; una confluencia que fuera tanto un abrazo colectivo como una trinchera afectiva de resistencia.
Son varias las aproximaciones posibles para volver sobre lo sucedido la semana pasada. Se trata de una tarea que nos obliga a dejar la linealidad de lado y observar varios de las problemáticas que atraviesan a nuestra ciudad y al país.
El Festival Unión y Solidaridad se realizó el viernes 15 de marzo en Galpón 11 con un acompañamiento multitudinario de la gente. Recurriendo a los hechos concretos, la jornada solidaria resultó en 750 kilos de alimentos no perecederos destinados a los comedores y merenderos del Movimiento Solidario (MSR). La ONG llega a 26 espacios en toda la extensión de la ciudad, recibiendo todos los días a alrededor de nueve mil personas.
La iniciativa colectiva y autogestiva fue organizada por el colectivo gráfico Cuadrilla Feminista, los grupos musicales Bubis Vayins y Suave Lomito, la productora Obsession y la revista cultural RAPTO. Además, la movida contó con la participación de Matilda, la Jam De Pegatinas, Red de Animación Santafesina, Casa Moco, Cinta Ácida, La Estampa Pretérita Imperfecta y Victoria Taller de Estampas. Por último, Iñaki Solá y Abril Contreras fueron responsables de la instalación titulada Archivo de Fenómenos Inmateriales Superpuestos.
Con bandas en vivo, tres DJ en dos pistas y varios espacios ocupados por los colectivos gráficos, el Galpón de la Música se transformó, durante seis horas, en un hormiguero de público que llegó para acompañar, ayudar y disfrutar.
El festival tomó lugar sobre el final de un verano intenso, signado por manifestaciones populares contra el decretazo mileista y la Ley Ómnibus que venía a fundar la Argentina del futuro, el paro general, la epidemia de dengue, y en Rosario, la violencia narco desatada ante la canchereada bukeleista del gobernador Maximiliano Pullaro.
Casi podría tratarse de una ecuación camuseana: todas las razones para quedarse adentro encerrado y olvidarse del mundo son lo suficientemente poderosas para salir -a la vida- una y otra vez. Se necesita más valor para vivir que dejarse morir.
Ni la desesperanza, los bolsillos flacos, la incertidumbre laboral, la inflación galopante, la falta de transportes o el temporal incesante fueron impedimento para que la gente asista. Unas 1200 personas circularon por el festival desde temprano, disfrutando de las actividades propuestas. La gente llegó para apreciar las muestras, tomar fotos de las instalaciones, llevarse remeras serigrafiadas, cantar y bailar.
El caudal de asistencia se mantuvo durante toda la noche de viernes, traccionando un recambio de acuerdo a los horarios específicos de cada banda: Matilda, 21.30; Suave Lomito, 22.40; Bubis Vayins, 23.50. Funcionando como turnos, entre escenario y pistas de baile, se fue ocupando cada rincón del Galpón, saturando ingreso y sala principal, con la concurrencia también disfrutando al aire libre sobre el balcón ribereño.

FELIZ HASTÍO NUEVO

Cuando apenas transcurrieron cuatro meses desde el comienzo del año, 2024 ya se siente agotador debido a la doctrina de shock, la pérdida de derechos y una aguda crisis social y económica. El ánimo popular está por el piso. La preocupación puede leerse en casi cualquier persona que camine por la calle. El tema recurrente es el dinero. Seguido por el alquiler. De cerca acecha el temor a perder el trabajo. En Rosario, la situación se vuelve aún más compleja, entre violencia cotidiana, balaceras y el hastío que se desprende cuando -otra vez-se repiten los espejitos de colores funcionales al circo mediático: fuerzas federales llegando a la ciudad, promesas de mano dura y guerra sin cuartel contra las mafias, pedido de intervención de las Fuerzas Armadas Argentinas; un intendente incompetente, un gobernador que quiere medir su calibre, y un presidente que confía en las fuerzas del cielo. Con tanto, hay quienes duermen tranquilos: nadie va detrás de la multimillonaria caja negra que motoriza la economía de la ciudad desde hace casi veinte años.
A nivel nacional hace meses que el Gobierno dejó de enviar fondos y alimentos a los comedores comunitarios. La explicación oficial para suspender la asistencia a los comedores es que se busca mejorar el sistema. Desde entonces las organizaciones denuncian ante los medios de comunicación y a través de las redes sociales que la situación es desesperante.
En Rosario, como se dijo, todo se agrava más. Allí donde se retira el Estado avanza el Narco. De acuerdo a Richard Camarasa, referente del Movimiento Solidario Rosario, “cada día se suman más y más chicos en comedores y merenderos”. Por esa razón, desde el Festival Unión y Solidaridad hubo un pedido prioritario de leche en polvo.
“En 2023, en nuestro Centro Cultural de calle Pasco 144, tuvimos la posibilidad de implementar 14 programas de oficios a lo largo del año”, explica Camarasa. “El año pasado se recibieron más de 300 jóvenes”, detalla.
“El recorte de los programas sociales de capacitación en oficios y de las partidas alimentarias nos obliga a volvernos fuertes en las colectas nuevamente” indica Camarasa. “En este sentido estamos trabajando junto a la necesidad directa de nuestros espacios y la de sus vecinos en 25 puntos de la ciudad y más de 2600 familias”, concluye sobre la situación en Rosario.

MANTIENE TU ESPIRITU CON UNIÓN

Ante la arremetida de la motosierra y el cinismo imperante, sostenerse -en el más amplio sentido-se volvió una cuestión comunitaria. Cuando todo tambalea y hasta el piso cruje, nuestro primer acto reflejo es estirar la mano hacia afuera, buscando encontrar una amiga que nos ofrezca estabilidad. Sin embargo, a medida que avanzamos en una cotidianidad algoritmizada, nuestros vínculos se evidencian cada vez más fragmentados, lo que dificulta mantener lazos sociales fuertes que promuevan tanto el encuentro como la disidencia constructiva. La manifestación artística tiene el poder de fortalecer los vínculos sociales, uniendo a las personas en un empuje común, creando experiencias compartidas bajo un sentimiento comunitario.
Una forma en que la expresión artística ayuda a mantener los vínculos sociales es a través de su capacidad para evocar emociones. Tal vez todavía responda a un rito ancestral intrínseco en la humanidad:  juntarse para apreciar la pintura en la cueva, escuchando el relato que trae aparejado; acercarse a la música que retumba alrededor del fuego, en un ritual físico, lúdico y necesario que borronea el entendimiento entre lo apolíneo y lo dionisíaco.
La experiencia emocional compartida contribuye a crear conexión y comprensión entre las personas, incluso cuando llegan de orígenes, creencias o experiencias formativas diferentes y hasta contrastantes. No hay garantías de nada, claro, sin embargo, en épocas de atomización redundante, las iniciativas horizontales siguen siendo un espacio fundamental para fomentar lazos que logren consolidar algún tipo de proyección a mediano o largo plazo. Cuando el individualismo ruge, encontrarse es menester.
Unión y Solidaridad fue algo más que un simple festival con fines benéficos: intentó, desde el principio, acercar esquinas, cortando la distancia, confiando en un sentido de comunidad que pueda afianzarse a partir de una apuesta común. La iniciativa logró, a priori, evitar el amiguismo que caracteriza a movidas culturales que resultan en juntadas onanistas cuya finalidad parece únicamente elevar el narcisismo de quienes organizan y asisten.
El festival partió desde una red de conexiones no garantizadas: colectivos de inquietudes similares que, generalmente, no transitan los mismos caminos ni frecuentan las mismas coordenadas. No obstante las diferencias y desconexiones, la mayoría de les integrantes se encontraron en las calles padeciendo lo mismo: el hostigamiento policial de la gestión pullarista; la violencia que caracteriza al triunfalismo libertario; la perversa ambivalencia laissez faire del intendente Pablo Javkin: desde el episodio de Plomo y Humo: el negocio de matar en 2022 criminaliza las pintadas callejeras mientras la tendencia privatizadora avanza sobre el espacio público y la ciudad está entregada a las constructoras que derriban el patrimonio histórico para erigir edificios fantasmas.
Rejunte saludable de Izquierda, Peronismo, Anarquismo, militantes descreídxs aunque no resignadxs y mucho más, Unión y Solidaridad se fue gestando con paciencia, entre reuniones en centros culturales, salas de ensayos, mensajes de WhatsApp y encuentros fortuitos en Humanidades. Hablar de identidad compartida quizás sea un error. Hay, en todo caso, intereses y valores en común. Por supuesto, resta mencionar lo obvio: tanto el escenario local como el nacional, son preocupantes.
El festival tiene otros antecedentes autogestivos que merecen mencionarse: cada una de las fechas del ciclo Planeta Público Bailable, articulado por EspacioLab, Planeta X y Juntura, apuntando la filosofía enoista de involucramiento y el llamamiento a habitar la ciudad; el Agite Antes de Votar, realizado en agosto de 2023, antes de las PASO, organizado por Cuadrilla Feminista; la primera edición del Festival Niñxs del 00, una apuesta por el encuentro intergeneracional y también un abrazo contenedor en el momento de la escalada libertaria en las urnas. Cabe destacar que el MUG, si bien manteniendo un perfil discreto -quizás demasiado- en los últimos seis meses, durante el periodo 2018-22 fue una fuerza transversal de energías estéticas y generacionales, llamando a ocupar el espacio público, comprendiendo que habitar la ciudad es reclamarla.
Por último, luego de un verano en asamblea permanente por la amenaza directa que representó la Ley Ómnibus, debe apuntarse el episodio de represión y detención a siete integrantes del Colectivo de Artistas y Trabajadorxs de la Cultura mientras realizaban una intervención artística en la plaza 25 de mayo luego de la ronda de Madres, en el marco de la sesión en el congreso que la trataba.

AFUERA

Matilda toma el escenario ante una multitud. Por cuarenta minutos toca un hit detrás de otro, sostenido por un público que dignifica la filosofía de la musical liberación. De eso se trata la convocatoria, en parte.
Cuando hacen el himno proletario «Amanecí», de su último disco Bailando en la tempestad, todo se siente a flor de piel. Las horas se escurren en un laburo interminable mientras lo sustancial de la vida va quedando demasiado lejos. Aparece la asfixia; la sensación de que nada es suficiente en este sistema roto. Diría Leonard Cohen: todos saben que el trato está podrido. Matilda lo hace canción y movimiento. Después de todo, hablamos de la dupla tecno-pop que articuló, hace  veinte años, los contrastes abrumadores que moldeaban a la Rosario que asomaba y ahora está presente.
“Llegué a Rosario por la facu y elegí que fuera mi casa”, cuenta Mariana (25), estudiante de Psicología en la UNR desde hace tres años. A la derecha del escenario, entre claroscuros, revisa la instalación Archivo de Fenómenos Inmateriales Superpuestos aprovechando que la mayoría de la gente está viendo a Matilda.
“Cuando se habla de licuar al Estado se le está cediendo paso a la desidia. No hay soluciones rápidas”
, considera. “La bravuconería institucional es un error. ¿Cuántas veces debe repetirse la postal del pibe de gorrita esposado en el piso para entender que la causa está en otro lado?”.
Mientras Mariana navega por la instalación, Matilda se despide con «Los amigos del tiempo», contagiando una fiebre pistera de atrás hacia adelante. Las luces estallan en flashes. A nadie le pasa desapercibida la línea del estribillo que data de 2008: “Construir un rumbo juntos es lo que más quiero”. ¿Puede un estribillo ser estandarte de trincheras?

Sobre el ingreso a la sala de conciertos, un artista de la Jam de Pegatinas monta un panel de 2×2 con una pintura, blanco y negro, del icónico Barquito donde se lee PLOMO Y HUMO. Adentro se escucha a Suave Lomito, sumido en un ritmo hiperquinético, que usa el groove corpóreo para adentrarse en territorio del hip hop.
Diego, bicicletero, toma cerveza y mira la pintura. “No todo es miedo en Rosario. No todas son pálidas. Antes que una ciudad peligrosa, Rosario es solidaria”.  Orillando los cincuenta, se resiste a morder el anzuelo de la ciudad abandonada a su suerte: “el miedo paraliza y deshumaniza. Es ahora cuando hay que hacer más ruido. Acercarnos entre todos. Crecí acá, viejo, mirá si voy a pensar que es un agujero de muerte como dice la televisión”. Su hija, mientras tanto, está en el recital. Vinieron juntos, en bici, aprovechando que paró de llover justo cuando estaban saliendo.
De manera discreta, Suave Lomito se convirtió en uno de los grupos locales de mayor regularidad. Si bien ajustados y aceitados, comprenden que la soltura es parte fundamental de su identidad, por eso se permiten un resto donde reina la espontaneidad. Siempre predispuestos al show, el cuarteto prefiere ir directamente a por la música. Tocan ante la sala llena, luego de un recambio de turno. Hay público propio, pero también muchas miradas nuevas. Aunque conocen el Galpón en todas sus formas (fechas propias, FestiMUG, etc.) pocas veces enfrentaron a tanta gente.
Consolidados como cuarteto, la basada sociedad Rosignoli (batería)-Welti(bajo) permite un rango amplío donde Franni puede moverse, como cantante, tecladista, pseudo MC y frontman. Con Bruno Rita aguijoneando con su guitarra, Franni descansa más: el ataque escénico no depende únicamente de una persona.
Con el verano haciendo gala de temperaturas altísimas hasta último minuto, el calor dentro del Galpón es considerable. Sumada la multitud que llena la sala, la situación se vuelve peligrosa, con la capacidad pulmonar de Franni probándose al límite. Sale airoso, completando el show, dejando litros de sudor sobre el escenario.


Desde temprano, Cuadrilla Feminista dispone un libro de quejas tamaño XXL para que la gente deje escrita su verdad con fibrones de colores. Por momentos hay fila para firmar. A sus costados, las Cuadrilla están acompañadas por la Jam de Pegatinas y el puesto de serigrafía de Cinta Ácida y La Estampa Pretérita Imperfecta. La gente puede llevarse banderas, remeras y totes serigrafiadas con un dibujo de la inefable Norma Plá que reza LUCHE COMO NORMA.
La referente del movimiento de jubilados y jubiladas de la década del noventa también se hace presente sobre el escenario, en las proyecciones en vivo, así como también en el espacio de la Red de Animación Santafesina. Allí la concurrencia puede acercarse para animar fotogramas de sus marchas míticas. Además, les animadores presentes realizaron un video con el público posando con una máscara de Norma.
No debería sorprender que, a más de veinte años de su desaparición física, Norma esté presente en redes sociales, banderas y pancartas de manifestaciones, muestras fotográficas y de dibujo: supo encender la lucha por los sectores más vulnerables en tiempos de vaciamiento estatal. Mientras la presencia de Plá se multiplica, un cuadro de Carlos Menem cuelga fresco en el Salón de los Próceres, ex Salón de las Mujeres, en una especie de bucle cínico de la historia.
“Habitar la calle es una experiencia educativa cotidiana porque te saca de la burbuja y te muestra la realidad de que todos somos diferentes, cargando nuestra propia cruz, luchando con nuestros propios mambos”, plantea Dario (42), docente de escuela primaria. “Quedarse en casa no es una opción. Eso quieren ellos: que dejemos el paso libre para que las calles estén quietitas y calladitas. ¿Cómo rescatamos una ciudad que lava millones de dólares y que tiene chicos durmiendo a la intemperie?”. Habitándola”, reflexiona.
Consultado sobre quiénes son ellos, Darío aclara: “los que quieren botas y balas”. Luego agradece, saluda, y sigue tomando fotos de los paneles de la Jam de Pegatinas. Paciente, espera su turno para firmar en el libro. Mira hacia el costado. Se ríe cuando encuentra las remeras de Norma.


Concluido Suave Lomito, el recambio sigue adelante. Galpón se completa, ahora con la entrada saturada por quienes ya accedieron y quienes forman fila para dejar alimento. DJ Viejo Kaos y Blood Sugar meten Back2Back con la pista de baile repleta. Si en sus sets individuales previos priorizaron un perfil más chill, ahora suben la apuesta, desatando el sacudimiento de lxs cuerpxs.
A tope, la noche funde luces, calor humano y catarsis en una catedral de baile. La rúbrica del momento capital llega cuando la tormenta eléctrica se desata sobre el río Paraná con relámpagos y truenos multiplicándose a espaldas de la dupla DJ. La escena, tan imponente como espontánea, supera toda predicción. Alguna gente en la pista nota la situación y aúlla extasiada.
Más tarde, cuando DJ Leiny clausura el festival, la escena se repite y la entrega no tiene excusas: es ahora. Detrás de la consola, Leiny disfruta, concentrada. Enfrenta a un Galpón repleto. Afuera llueve torrencialmente. Nadie quiere que la noche termine.


Bubis Vayins sube escenario para cerrar una semana de intensidad: además de ser parte seminal de la organización de Unión y Solidaridad, estrenaron el sencillo Siglo XXI. Los esfuerzos estuvieron focalizados en el festival, hacer notas, agitar la novedad en redes, ensayar y ajustar detalles. Con calma preparan un nuevo LP. Fieles a sus creencias, no se apuran, entienden sus plazos, sin subirse al carro frenético que caracteriza a la industria.
Siglo XXI, al igual que las canciones que lo antecedieron, trata en encontrar algo de este sentido en este mundo alterado. Si el trato está podrido, como decíamos antes, no quieren resignarse. Su remedio contra el afuera contaminado es desarrollar canciones punzantes, haciendo uso del ruido, poniendo a trabajar su costado ñoño, uniendo jirones sónicos con arreglos elaborados.
Mientras Bubis Vayins toca su flamante sencillo, cantando sobre contemporaneidad gangrenada y vida online, Gabi fuma en el balcón. Cumple 39 en mayo y peligra su laburo en una empresa de Recursos Humanos. Estudió Antropología. Pasó por el Conicet. Se ríe para adentro cuando dice que conoció tiempos mejores.
“Precisamos una acción más directa. Demasiado se dice en redes, pero nadie activa acá afuera. Por algo nos ganan las calles con miedo y cinismo”, comparte. “La comodidad digital tiene una frontera bastante clara. Deberíamos salirnos de las redes, cortarla con visibilizar referentes inadecuados. Apostamos a que otros hablen por nosotros, a kilómetros de distancia, pero no conocemos a quienes viven pegados a nuestra casa. Eso también es la motosierra: habitamos un microclima que nos despega del resto”.
Llueve fuerte. Nadie se mueve. Bubis Vayins, sobre la medianoche, toca a sala llena. Probablemente sea la audiencia más grande a la que se hayan enfrentado. “La gente ya no mira ni con odio”, armonizan en Siglo XXI, tema nacido himno. ¿Acaso alguien sale indemne de semejante interpelación?

Guglear Rosario, el viernes al mediodía, arrojaba resultados como narcotráfico, paro de transporte, policía de Santa Fe, gendarmería, balacera, ataque, fuerzas federales. Desde la medianoche y hasta la tarde siguiente, la misma búsqueda dejaba leer decenas de TikToks, tuits, stories y entradas de Instagram, videos y shorts de YouTube con el título UNIÓN Y SOLIDARIDAD. Fueron apenas algunas horas, las necesarias para respirar, abrazarse y entender que somos lo que cuidamos.

 Texto por Lucas Canalda
Fotografías por Renzo Leonard

 

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