AGUAS TOSTADAS DE PANCHOPEPE: CUANDO EL DIBUJO BAJA EL VOLUMEN DEL MUNDO

Editado de manera independiente y con su primera tirada casi agotada, Aguas tostadas reúne viñetas, dibujos y poemas de Panchopepe que dialogan de forma directa con el malestar de época sin caer en el cinismo ni en la bajada de línea. Entre ternura, humor y desencanto, el libro construye una crítica amable —pero persistente— a la vida contemporánea, atravesada por los mandatos de las redes, las expectativas de éxito y la sensación de cansancio generalizado. Lejos de la épica y de las respuestas cerradas, la obra apuesta por lo mínimo: el afecto, la risa, el dibujo como gesto cotidiano y la sensibilidad como una forma posible de resistencia.

 

A veces, las preguntas que más atrapan no salen de grandes teorías ni de frases subrayables, sino de premisas simples. Son interrogantes que no vienen con pretensiones ni con ceños fruncidos. No buscan demostrar nada. Son esas preguntas chiquitas, hechas al pasar, las que logran quedarse dando vueltas. Las que, sin levantar la voz, terminan diciendo más.
Sean bienvenidos a Aguas tostadas, de Panchopepe, editado de manera independiente hace poco más de seis meses y ya agotando su primera edición.
Las páginas del libro condensan mucho para quien se anime a entrar, más allá de lo evidente. Allí conviven la vida y la muerte, los protocolos de la corrección política, el capitalismo tardío, el clasismo, los mandatos de las redes, el poliamor y el amor, así, sin apellidos.
No hay demasiado optimismo en estas páginas. Hay errores aprendidos y rumiados. Y también errores escupidos, de esos que quedan atravesados para siempre. Pero, al mismo tiempo, hay un cariño profundo por lo sustancial de la existencia: la naturaleza, la amistad, la risa, las cervezas compartidas, el amor cuando aparece sin avisar y, de pronto, lo mueve todo.
Y, ante todo, hay acción. Aguas tostadas funciona como una bitácora mínima donde se libran batallas cotidianas. El arte como rescate de la salud mental. La sublimación como reflejo inmediato, como ese cartel invisible que dice “en caso de emergencia, rompa este vidrio”. Viñetas que se estiran como un abrazo largo, del mismo modo en que Palo Pandolfo hacía discos para abrazar a la gente en tiempos oscuros.
Alguien dibuja mientras el mundo sigue girando raro. No es poco. A veces, alcanza.
Aguas tostadas se fortalece por la cantidad de matices que ofrece. Por un lado, lo ominoso del sistema, junto al hastío y la urgencia. Por el otro, el autor se atreve a una inocencia que nos ruboriza, pero resulta imposible de ocultar. Hay ternura en estas páginas, entre dibujos y poemas. Pero también bronca. Panchopepe propone disfrutar de las contradicciones absurdas y del sentido de carecer de sentido.
El amor es una constante, en sus variantes, todas intoxicantes: el desamor, el miedo al amor, el enamoramiento, la inocencia del primer amor simple, el deseo inconfesable. Todo convive dentro de una cabeza que busca algo de armonía.
Por encima del peso de los días y de esa sensación de estar siempre llegando tarde, aparece una necesidad urgente por las cosas simples de la vida. De esa forma, Panchopepe tiende una invitación a tomarse bien en serio la relatividad de la existencia: todo está tan mal, pero aún queda el vestigio de lo simple, aquello que nadie te puede quitar, porque ya perdiste todo. Se trata de reír. Entender que todo es un enorme chiste. Reír otra vez. Un paso adelante. Seguir.
Por momentos, Panchopepe aparece con su costado hastiado. Una mirada camuflada que, si bien está harta de todo, nunca llega a ser agresiva.
Está cansado de los lugares comunes a los que se redujo nuestra existencia en esta contemporaneidad de tecnofeudalismo y vínculos banales, resueltos con el dinamismo de las baratijas descartables.
Con humor y sensibilidad, Panchopepe se enfoca en protocolos ajenos, correcciones políticas, expectativas de mercado y fórmulas de éxito. “Un día perdido es un día vivido”, nos dice. ¿Cómo perderlo? ¿Cómo ganarle con imaginación a este cotidiano que nos exprime? Admirando un árbol. Dibujando sin objetivos ni metas. Charlando con robots de lata. Riendo con afectos.

Panchopepe —o Francisco Ferreras, según el documento— se mueve en al menos dos registros plásticos. Pinta. Dibuja. La música, una constante en su vida, aporta otra dimensión. En el dibujo, sobre todo en la viñeta, encuentra una lengua que en las redes corre rápido, se reproduce, llega lejos. A veces demasiado lejos, alcanzando incluso orillas enemigas. Lo suficiente como para tocar nervios sensibles en lugares donde nadie esperaba que un dibujo hiciera eso.
Publicó dos libros de pinturas, ¿Para qué sirven las personas? (2017) y El lubre (2019). Además, es músico. Y no como dato de color, sino como modo de estar: se lo puede cruzar en encuentros de historieta, pintura o dibujo, y también en recitales de cantautor o en una tanguería cualquiera. Panchopepe circula. Busca. Disfruta. Siente.
Es un tipo calmo, aunque inquieto. O inquieto de una forma tranquila. Observa mucho. Escucha más. Mira cómo hablan los demás, cómo se mueven, qué dicen cuando creen que nadie está prestando atención. Se ríe bajito. Guarda cosas. Las anota en cuadernos. Saca fotos con el celular. Habla con gente. Tiene las antenas prendidas, aunque no siempre esté buscando una señal concreta. Y cuando se sienta a dibujar, algo engancha. Algo arranca.
En su obra, la comunicación y los vínculos en tiempos de hiperconexión aparecen como una obsesión persistente. No desde el grito ni desde la consigna, sino desde una torcedura mínima: hacer una pequeña falla en el sistema. Joder apenas. Abrir una rendija. Respirar distinto.
Panchopepe llega para quedarse un rato más en la pregunta.. No juega a ser el artista lúcido que ya entendió todo. Lo suyo parece más bien otra cosa: correr el eje apenas, glitchearte la cabeza un poco, desacomodar lo justo como para que algo raro, algo nuevo, algo vivo pueda aparecer. Sin forzarlo. Dejándolo pasar.
En sus viñetas aparece, claro, el rastro de Caloi y de Quino. Está ahí, se siente. Pero la neurosis es otra cosa. Es propia. Identitaria. En su trazo cansino —ese andar medio ladeado, sin apuro— aparecen monstruos amables. Amables, sí, aunque no por eso menos come-cabezas. Hay angustia, miedo, desesperación. Y funcionan como contrapeso, como equilibrio necesario, para la amabilidad, el afecto, el amor, el humor.

Panchopepe mira hondo porque no le escapa a las rabietas del yin y el yang. No elige un solo lado. Se permite el choque: el mal humor y la ternura, la risa y el bajón. En ese vaivén su mirada gana espesor. Ante todo, Panchopepe es profundamente humano. Y no como consigna, sino como práctica.
En su trabajo hay algo salvador. Primero para él mismo. Dibujar parece una forma de ordenar el ruido, de ponerle cara a eso que molesta. Pero también hay algo que se abre para el lector. Sus viñetas ofrecen recovecos, pasadizos incómodos, espejos torcidos donde mirarse un rato. Encontrar miserias propias, miedos que preferimos no nombrar, interpelarnos a partir del chiste que no decimos —pero que Panchopepe sí sabe apuntar.
No se trata de incorrección ni de incomodidad política. No va por ahí. Lo que hace este tipo, nacido en 1989, es correrse del clima general de la época. Proponer algo por fuera de
una época saturada de respuestas rápidas y promesas brillantes que duran lo mismo que una historia de Instagram. Un tiempo donde el espesor humano —con errores y aciertos, belleza y mediocridad, placer, congoja y disfrute— parece haber quedado barrido debajo de la alfombra de las pretensiones capitalistas.
El existencialismo cotidiano atraviesa la obra de Panchopepe de punta a punta. Un pesar en el que lo trascendental no baja del cielo sino que brota del día a día: del cansancio de cada tarde, de cada noche medio pesada, mientras intentamos vivir con las virtudes que tenemos a mano. Que no son muchas. Que cada vez parecen menos.
De manera intermitente y casi caprichosa en Aguas Tostadas aparecen poemas. Algunos son versos poéticos, otros explicaciones sobre dibujos o chistes, o reflexiones en prosa indecisa. Ninguno está corregido. Ninguno se suscribe a las reglas ortográficas ni a estructuras formales.
Esas islas de palabras aisladas sirven para reforzar la mirada de Panchopepe, pero fundamentalmente para probar que es un sujeto que necesita al arte para trepar afuera de una rumiación que lo atrapa.
“disculpá q no pueda reir el cielo no me habla mas
los arboles se ríen de mi cara de patán
la luna me ignora
como siempre me ignoró.
el sol solo sirve para quemar mi piel
mis pasos van paratràs
algún atomo de mi cuerpo se compadece de mi
los pensamientos me ciegan
mi mirada se perdió y tus ojos miran para otro lado
mis manos tocan melodías que no quiero escuchar, unos millonarios alambraron el mejor paisaje.
la ventana se abrió y esta lloviendo mis plantas no tienen sed un escarabajo me miró me dijo “imbécil”
y se fué caminando con las patas que le quedaban.
el fuego murmuró algo
seguramente algo horrible sobre mi.
no lo entendí.
al rato se apago nada fué un alivio
el tiempo se aburrió y no pasó mas mi sombra se iluminó
los pájaros huyeron de mis hombros y el viento me mojo.
sólo me queda el buen humor”.
El poema construye la voz de un yo profundamente alienado, que percibe al mundo —incluida la naturaleza, el tiempo y los otros— como indiferente, burlón o directamente hostil. El cielo, la luna, los árboles, el fuego y los animales ya no funcionan como refugio simbólico, sino como espejos crueles del estado interior de una voz, que se siente ignorada, desplazada y fuera de lugar. Esta sensación de abandono no se presenta de manera solemne, sino atravesada por una ironía persistente y una conciencia autocrítica que evita el victimismo.
A lo largo del texto, el malestar íntimo se cruza con una dimensión social y política, especialmente cuando aparece la idea de un paisaje privatizado por los millonarios, lo que sugiere que el sufrimiento no es solo personal, sino también estructural. La pérdida de dirección, la imposibilidad de avanzar y el estancamiento del tiempo refuerzan la imagen de un sujeto atrapado en una realidad que no ofrece consuelo ni sentido.
Sin embargo, el poema no se entrega al puro desamparo. El humor —negro, ácido, casi absurdo— opera como una forma de resistencia mínima pero vital. El cierre, con la afirmación de que “sólo me queda el buen humor”, no expresa felicidad ni redención, sino una estrategia de supervivencia: la risa como último gesto de dignidad frente a un mundo que ha dejado de responder.
Son dibujos y poemas de un mundo donde la esperanza es escasa. En Aguas Tostadas sobrevuela una idea: hay algo más grande que nosotros operando en segundo plano; la intuición de que estamos siendo conducidos hacia donde no queremos. Ese tema incómodo del que nadie parece querer hacerse cargo. Panchopepe lo sabe. Por eso apunta, como un francotirador anarcopacifista en shorts. Dispara chistes precisos, tiros cortos, buscando abrir una grieta. Vislumbrar algo de trascendencia. Aunque sea mínima. Aunque sea apenas un rato de sosiego.
Como artista, resiste. Intenta. Persiste. No desde la épica, sino desde la constancia. Desde sentarse a dibujar una y otra vez. En ese gesto se arma un vínculo. Una conexión posible con otros que miran parecido, que sienten parecido, que también sospechan.
¿Puede una lectura mover algunas fichas y, en el mejor de los casos, armar comunidad? La pregunta queda flotando. Mientras tanto, Panchopepe sigue dibujando.

 

Por Lucas Canalda

¿QUERÉS MÁS RAPTO? CHEQUEÁ NUESTRO ENCUENTRO CON DAVID LLOYD

 

comentarios