LA BANDA DEL NOTA Y EL ESCAPE HACIA LA FELICIDAD

Tras una larga espera, la banda del Nota llegó a Rosario para presentarse en el ciclo Electric Monkeys, junto a Bubis Vayins y Hombre de Color. El quinteto repasó quince canciones que recorren su universo: amor tembloroso, soledades médicas, espesor social, ansiedades contemporáneas y una sensibilidad que volvió a quedar en primer plano. Fue un debut local esperado marcado por la intensidad del vivo y la expansión de una voz que avanza desde el margen hacia el centro de la escena independiente.

 

01

En el camarín de Refi, la banda del Nota se relaja mientras espera su turno. Más temprano hicieron una prueba de sonido sin apuros. Después almorzaron y caminaron un rato junto al río. Por la rambla o la costanera —no terminan de aprender cómo le dicen acá, en Rosario—. Otras cosas de la ciudad sí las saben. Pero ahora están en lo suyo. En la música. En su música.
Van a tocar por primera vez en Rosario y hay expectativa de ambos lados. Existe un público reducido pero fiel que espera al Nota desde hace años; ellos, por su parte, quieren tocar, conocer otro lugar, estrecharse con la gente en forma de canciones y emociones. Todavía falta para eso. Ahora comparten un Amargo Obrero con soda, en un vaso generoso. Charlan. Se ríen con esa complicidad de banda en ruta. Hablan de música. Citan chistes de los distintos ciclos de Malena Pichot.
Es un recital más, pero no. A la vuelta de la esquina asoma Niceto. El grupo (Nazareno Nota en voz, Rodrigo Estorchi, Luca Ludueña -ausente en Rosario-, Leito Bruno (guitarras), Facundo Goda (bajo) y Franco Maciel (batería) viene preparándose para un diciembre exigente que podría ser la coronación de un 2025 cargado de tela para cortar: festivales, ciclos, fechas en distintas ciudades, alguna aparición en la prensa mainstream y el lanzamiento de canciones —las nuevas y las regrabadas— que siguen llegando a un público cada vez mayor.
La banda está ajustada musicalmente, pero también en esa alquimia humana que se fortalece a fuerza de kilómetros. El proyecto se asienta. Si tiempo atrás dedicarse a la música parecía una idea completamente ajena, hoy sigue siendo igual de jodida, pero se sostiene en una posibilidad tozuda: la de hacer que esto exista. Una posibilidad construida a escala humana, con falencias, logros, aciertos, aprendizajes, dolores, resacadas, luces y un trabajo interminable: fletes, colectivos, trenes, micros, remises truchos, Uber.
Caminar para acá y para allá con la guitarra criolla. Tocar unos temas a la noche. Pasar por algún medio. Arrimar estrofas y estribillos a quien muestre interés. Conmover es otra historia. Interpelar, veremos luego. Nadie se adelanta a nada. Mejor ir día a día.
El Nota tiene una velocidad propia que aprendió a respetar. Sabe que no puede ir más rápido que lo que le dan las piernas. Sabe que la medida de todo son las canciones. Y, sobre todo, sabe que jamás podrá conocer del todo lo que sus canciones generan en los demás. La bestia linda se escapa por ahí, provocando lo impensado. Es demasiado tarde para recular. Y no quiere hacerlo. Ya está en esta. Solo quiere seguir adelante. Tiene canciones. Toca con sus amigos. Hay fuego. Hay leña. Si alguien quiere escuchar, acá están. ¿Quién? La gente. El público. Sus colegas. Hay cariño, y él lo sabe. Lo agradece. Es un montón. Aguante. Gracias.
Sea en Mar del Plata, Santa Fe, Quilmes, La Plata o Buenos Aires, la banda disfruta. El Nota intenta disfrutar también, aunque parece priorizar bajar un cambio, relajarse, enfocarse en el recital. Frente a él hay varias hojas donde arma la lista de temas. Pide un fibrón. Escribe. Piensa. Quince canciones. Se decide, después retrocede un paso y vuelve sobre la lista, pensando en voz alta.
“Estamos lejos de casa, así que tenemos que hacer solo lo mejor”, le dice a Leito.

02 


El Nota todavía no se decide. Lleva la mano al bolsillo del pantalón; quizá tenga otra lista ahí. No. Lo que saca es una figurita de Pokémon.

—Ojo, eh —advierte, como si se tratara de un tesoro.
Ahora sí: quince temas. Con un fibrón azul arma las listas para toda la banda. Recién entonces toma un trago de Amargo, con mucho hielo. Afuera llueve tan fuerte como un alerta amarillo que se deshace en baldazos y truenos. Pero la tormenta pasa, y la gente llega igual. Adentro, el calor queda atrapado en el aire.
La charla se abre en abanico. De Pichot saltan a películas de artes marciales.
“Naza, ¿a vos te gusta JAF?”, pregunta Leito.
“Me gusta solo el tema que no escribió él”, responde, sin ironía. “Ese «Maravillosa esta noche», ¿te acordás?” 
“JAF tocó en Riff, con (Oscar) Moro”, agrega Leito.
La conversación entra en la geografía de Pappo: Riff, Pappo’s Blues, Aeroblus. Del rock nacional pasan al hip hop norteamericano, de la costa oeste a Atlanta. Leito musicaliza desde su celular porque, en una de esas omisiones típicas del under, nadie trajo un parlantito para el camarín.
“Venir un día así es amor al under”, dice Cristian, gestor del ciclo Electric Monkeys, mientras la lluvia arrecia y la gente igual llega.
De a poco, Refi va tomando forma humana. Alrededor de un centenar de personas entra al centro cultural del barrio Refinería.
Arranca Hombre de Color. A esa altura, en el camarín empieza a instalarse esa quietud rara: mezcla de espera, ansiedad templada y concentración. Cada grupo tiene su propio ritual antes de salir; el del Nota es discreto, casi doméstico: pensar la lista con minucia, compartir el Amargo, hablar de música. Facu tararea una melodía que no llegará al escenario, solo para aflojar el cuerpo.
Afuera, el murmullo del público sube y baja como una ola. Un sonido que no termina de filtrarse hasta acá, pero que existe. Curiosidad. Expectativa. Nervios. Una mezcla que sostiene la noche.
El Nota conoce varias bandas de Rosario. Hace poco, en un remis por los caminos del Gran Buenos Aires, escuchó por primera vez a Los Vándalos. Cuando preguntó qué era lo que sonaba, le respondieron: una banda rosarina. Ya ubicaba a Violación Auditiva y Murió de Asco, pero Vándalos le llamó la atención por las letras y por la voz del cantante.
Cuando le muestro una foto del inefable Popono —en realidad, un sticker de WhatsApp donde sonríe—, el Nota la mira con genuina curiosidad.
“Mirá. El loco tiene re cara de sincero”, observa.
Leito pone Vándalos en su celular y la banda suena un largo rato, mientras el vaso de Amargo se renueva. Nadie lo menciona, pero el quinteto empieza a entrar en modo recital. Fuman. Caminan. Ajustan pequeños gestos. Rodrigo, que está con la feria afuera, vuelve para sumarse a la charla, compartir la bebida y meterse también en la frecuencia del show que se viene.
De a ratos, la conversación se apaga y queda apenas el sonido del hielo derritiéndose en los vasos. La música del celular queda enterrada en un plano olvidado. Es un silencio breve, pero cargado: cada uno parece retirarse un segundo hacia adentro, como si el cuerpo tomara nota de que en unos minutos habrá luces, cables tensos, un micrófono esperando, la gente expectante. No es miedo ni solemnidad; es la conciencia de un momento que nunca se vuelve costumbre.
Me asomo hacia el escenario mientras Hombre De Color anticipa que es la última canción. Una voz me pregunta si hay gente.
“Che, ¿vino alguien?”, insiste.
No alcanzo a ver quién lo dice porque, para entonces, toda la banda está parada, estirando, calentando los músculos como si eso también fuera parte del sonido. Refuerzan el Amargo, con una botella que se acaba y chorros de soda. Se miran a los ojos, una señal breve de que están juntos en esto.
La figurita de Pokémon vuelve al bolsillo justo cuando aparece otra sorpresa que el Nota saca del bolso: Heavy Metal Argentino. La clase del pueblo que no se rindió, de Ariel Panzini. Lo sostiene un momento, como quien toca un talismán antes de salir a escena. El libro queda apoyado en su mano mientras el resto se alista para tomar el escenario. Entre los dedos, en esa misma mano, sostiene un armado: un método para ordenar el pulso antes de que las luces les caigan encima.
Nadie lo advierte, pero sucede: el camarín exhala. Los chistes se suspenden, la música del celular se corta, alguien aplasta la colilla en la suela de la zapatilla. Hay una concentración que ocupa lugar. El Nota mira el libro, mira el armado, mira a sus amigos.

03 

A las diez de la noche, la banda del Nota toma el escenario de Refi. La sala se reparte en porciones desparejas: están los que no tienen idea de quién es, los que ya manejan algunos temas, y ese grupo mínimo de creyentes de la primera hora que esperaron este momento durante años. En ese núcleo duro, las edades no superan los veinticinco. Algunos llegaron desde localidades cercanas solo para este recital; otros ya lo habían visto en Buenos Aires, en cuevas subterráneas y centros culturales del conurbano.
Abren con «Todo el tiempo», y el fandom acérrimo canta palabra por palabra, un gesto que se mantiene durante toda la noche, flotando entre canciones tempranas y recientes, en una continuidad que la banda aprovecha como si fuera un abrazo.
La banda procede con autoridad, segura de sí misma, sin mirarse entre sí, pero tampoco mirando de manera directa al público. Eso ocurre cuando termina la primera canción y el fervor de la gente llega entre aplauso y aliento.
Entonces arremeten con «Tantos sueños», y la escena se altera. Algo se afloja, se libera. Los estribillos ruidosos operan como un puente directo al fervor; un salto compartido donde banda y público encuentran el mismo pulso y, por un instante, la misma respiración.
Alrededor del Nota, el grupo opera en control total: saben exactamente dónde profundizar el ruido, cómo acompañar los matices de dolor y en qué momento enfatizar los interrogantes sociales y existenciales que atraviesan las letras. La crudeza remite al rock alternativo de los noventa, pero aparece filtrada por nociones más recientes, quizá algún resabio del post-hardcore: no tanto en la sonoridad como en la manera de aproximarse —de atacar, incluso— esa angustia que siempre amenaza con desbordar.
El grupo suena preparado para el estadio que transitan: un punto en el que la visibilidad crece, los escenarios se amplían y el encuentro con públicos nuevos se vuelve una constante. Están listos para compartir fechas con bandas profesionales, equipadas, experimentadas; para medirse, foguearse y sostener la intensidad propia sin perder el foco.
Pero la diferencia, siempre, la hace Nazareno Nota. Tal vez no sea una cantante ideal en términos técnicos, pero tiene el sentimiento a flor de piel y la capacidad —inusual, casi anómala— de escribir algunas de las canciones más conmovedoras de su generación. Lo hace al margen de cualquier radar, siguiendo su propio pulso, sin pedir permiso ni buscar aprobación, sin emular a nadie desde la referencia fácil o la cita obvia.
En un tiempo de voces en serie, lo que vuelve indispensable al Nota es justamente esa voz: personal, frágil, única, como si cada palabra emergiera después de atravesar un campo minado interior. Indaga en sus propias angustias, en los padecimientos íntimos, en la fisura y la tensión social que lo rodean, y de ahí extrae canciones que parecen sostenerse apenas, pero que resisten por pura sensibilidad.
La matriz de su cancionero —ese lo-fi crudo, de vulnerabilidad extrema y honestidad brutal— le permite abordar lo cotidiano con una delicadeza que corta hondo: el amor no correspondido, las masculinidades como terreno incierto, la depresión, la soledad, la locura, la fe, la inocencia infantil. Todo envuelto en melodías simples, pero imposibles de olvidar. Las canciones de Nazareno Nota son expresiones directas de una psique en tránsito, una voz quebradiza que observa con atención el pesar camusiano que cargan los anónimos en la calle. Esas observaciones se vuelven estribillos profundamente conmovedores, casi un diario musical de sus luchas internas y su búsqueda de sentido, tejidos siempre con un pulso social que mira al otro desde la empatía y no desde la distancia.
«Quiero ser como vos» se mueve en un clima de introspección suave, casi cotidiana, donde la presencia de “tanta gente en su casa” actúa como un espejo para el narrador, que también se siente encerrado, aislado, contenido en un espacio del que no sabe si escapar o refugiarse. La frase “y también estoy yo” aparece como un recordatorio mínimo pero contundente: en medio de la multitud silenciosa de vidas ajenas, la propia existencia pesa, se siente, ocupa un lugar que no termina de entenderse.
Nota imagina la fuga como un gesto mínimo: “Tal vez me escape a fumar un porro / para sentirme bien, pa’ sentirme mejor”. Esta mención del consumo —primero suave, luego más cruda con el Poxirán— no funciona como provocación, sino como un símbolo de anestesia emocional frente a una realidad que abruma. No hay romanticismo ni condena: sólo la constatación de que la mente necesita tregua.
Uno de los pasajes más poderosos aparece en la imagen de “la gente que más bajito vuela”, una expresión que condensa un universo entero de fragilidad social. Son quienes no pudieron escapar, quienes no tienen casa, quienes viven en un margen que no eligieron. Esa gente que “no se escapó” contrasta con la posibilidad del narrador de aislarse, de elegir refugios precarios como las drogas o la introspección. Esta comparación genera una culpa leve pero persistente: una conciencia social que no se verbaliza como discurso político, sino como sensibilidad humana frente a la desigualdad cotidiana.
El eje emocional de la canción, sin embargo, se desplaza hacia la figura del “vos”, alguien que encarna una forma de inocencia que el narrador siente perdida. “Quiero ser como vos y no pensar que las cosas que hago pueden estar mal”. Ese deseo revela una lucha interna: la mente del protagonista no descansa, está siempre calculando, imaginando el daño posible, reviviendo culpas pequeñas. El “vos” aparece como un modelo de pureza, de ligereza frente al mundo, alguien capaz de existir sin análisis constante, sin autoacusaciones, sin miedo a herir o ser herido.
La frase “que las cosas que digo pueden lastimar” subraya una sensibilidad hipersocial: el narrador siente demasiado, piensa demasiado, se responsabiliza incluso antes de hablar. La autoconciencia se vuelve un peso que lo separa del resto.
En conjunto, la letra revela una mirada que combina lucidez social con fragilidad emocional. El protagonista reconoce los problemas del mundo y los propios, pero no encuentra la distancia necesaria para aliviarlos. La vida aparece como un espacio donde nadie está del todo cómodo, donde algunos no tienen casa, otros no tienen paz, y él apenas tiene un momento fugaz de respiro. Lo que queda es ese anhelo de ser menos consciente, menos responsable, menos herido: ser como ese “vos” que no teme existir.
Para «Los colectivos llenos», tal vez la última gran canción popular surgida del entripado de lo que alguna vez fue el rock nacional, el público se adelanta un paso.
La canción abre con una advertencia que funciona como sentencia y como profecía: “Esto es un viaje de ida, desde acá no hay salida”. La frase, pronunciada por un “vos” antes de “saltar”, instala de inmediato un clima límite. No se especifica qué tipo de salto es, pero la imagen sugiere un punto de no retorno, un momento donde la vida cambia de forma irreversible.
Ese instante fue una revelación: “Y es que fue así exactamente, todo era diferente”. Algo se transformó desde entonces, y esa transformación lo dejó en un estado de vigilia permanente. La canción convierte el desvelo en un símbolo: no es solo falta de sueño, es una conciencia que no puede apagarse, una mente que sigue procesando el peso del mundo incluso cuando quiere descansar.
El foco se desplaza rápidamente hacia un dolor que no es solo propio: “En el dolor de las personas que se pierden en su hogar”. La idea de “perderse en su hogar” es clave. Implica que incluso lo conocido —el refugio, lo familiar— puede convertirse en un laberinto emocional del que no se sabe escapar. El hogar, que debería contener, a veces aplasta. Nota amplía esa sensibilidad hacia los otros: “Los extraños no se miran al pasar”. La falta de contacto visual se presenta como un mecanismo de defensa: si las miradas se cruzaran, cada uno tendría que reconocer el dolor del otro. Mirar al otro es exponerse a sentir como propio lo que no se puede sostener. Nota sugiere que la empatía, lejos de ser un don, es una carga que puede volverse insoportable. “Porque los ojos ajenos muestran el dolor a pleno que se siente como si fuera tuyo”. Esa última frase condensa uno de los ejes centrales de la canción: la porosidad emocional, la experiencia de vivir en un estado donde el sufrimiento ajeno se infiltra como si no hubiera frontera entre uno y el mundo.
Nota piensa en la empatía como herida. No busca escapar: simplemente reconoce que ya es tarde para volver a ser alguien distinto.
Cada una de estas canciones, ya clásicas para el núcleo duro que se amontona frente al escenario, se canta a los gritos, con el corazón en la garganta. Igual que lo hicieron cientos de veces escuchando al Nota en el teléfono o en la computadora, en plataformas o en recitales de otras provincias. Y el gancho emocional siempre muerde profundo: no se vuelve más liviano con cada escucha, sino todo lo contrario, porque la canción —igual que la vida— va tomando otro espesor, inevitable.
Se despiden con «Le conté a mi psicólogo de vos», otro tema con vocación de estribillo, ideal para cantar con las manos arriba y a los gritos. Es tan celebrado como esperado. Hay saltos, gritos, transpiración que se contagia. Alguien dispara un “Te amo, Naza” hacia el escenario. “Gracias, chicos, por venir esta noche”, responde el Nota.
A través de los años —del boca a boca, de recital en recital, de grabación en grabación y de sesión en sesión— «Le conté a mi psicólogo de vos» se convirtió en un himno. La canción es pequeña, insinuante, confesional y encantadoramente intimista. Una pintura expresionista imperfecta, repleta de detalles astillados, dolorosos y enternecedores. Una postal de época: miedo al amor, medicación, ironía para esconder las lágrimas o las sonrisas. Porque el miedo al amor no se trata solo de salir lastimado, o de no ser correspondido, sino también de la inseguridad de no estar a la altura; de no tener las herramientas emocionales para conectar en el momento justo. El protagonista teme arruinarlo todo, teme sentir demasiado, teme su propio deseo.
Se trata de un monólogo confesional donde el protagonista se expone sin defensas. El título funciona como un estribillo emocional más que musical: vuelve una y otra vez como un pensamiento obsesivo que no se puede desalojar. Cada repetición agrega un matiz distinto —desde la minimización inicial hasta el llanto final—, creando un clima de espiral afectiva donde todo gira alrededor de un sentimiento que desborda.
No hay metáforas elaboradas, sino un lenguaje directo que desnuda la vulnerabilidad. Sin embargo, aparecen imágenes de fuerte carga simbólica, como el “fuego” que “estará matando”, metáfora que convierte la pasión en algo destructivo, y la mención del clonazepam, que introduce la idea de que el amor está íntimamente ligado a la ansiedad, a la crisis y a la medicalización de la experiencia emocional.
El amor se expresa como algo que necesita supervisión profesional, como si lo afectivo se volviera clínico. A eso se suma el uso del clonazepam como símbolo generacional, marca de una época en la que la salud mental dejó de ser tabú y se volvió parte del lenguaje común entre los jóvenes. La medicación aparece, además, como una medida del sentimiento: cuanto más siente el protagonista, más peligrosa se vuelve su dosis.
Hay algo de (Daniel) Melero en este himno: ese entendimiento del amor y del enamoramiento como un virus que ingresa al organismo y lo altera, que desestabiliza hasta perder el control. El enamoramiento es crisis. La canción consolida su núcleo ahí: el amor se vive como un síntoma y como una herida, como algo imposible de domesticar; atraviesa, sacude, desestabiliza.
La banda se despide entre afecto y respeto. El público de Rosario ahora sabe.
Es una noche de siembra. En quince meses la escena será diferente. 

04

“Sonamos lindo, chicos. Sonamos lindo”, dice el Nota para todo el grupo, entre abrazos y besos, recién bajados del escenario. Después toma un trago de Amargo, ahora con tónica, porque la soda se terminó hace rato. Se refresca y se sienta. Queda quieto, respirando hondo, mirando la nada. Prende los restos de un armado.
“Creo que fue una de nuestras mejores noches como banda, che. Posta. Somos una banda seria, al final”, comenta Rodrigo. Inmediatamente se va hacia la feria, a relevar a quien había quedado a cargo.
Franco queda tirado en el sofá, tomando agua, bañado en transpiración. Facu busca a alguien que fume industrial.
Arranca Bubis Vayins, con la sala estallando en júbilo.
El Nota fuma con los ojos cerrados. Respira. Abre los ojos.
“Bueno… aguante. Lindo quilombo.”

 

Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard

 

 

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