MARIANA MICHI Y EL ARTE DE PERDERSE EN EL CENTRO DE LA CUESTIÓN

Con Vos no sos uno de ellos, Mariana Michi entrega un disco paciente y filoso, donde las canciones muerden de a poco. Entre el deseo, el amor y la incomodidad de sentir, la cantautora construye un clima que apuesta por la escucha atenta como experiencia disruptiva. Una reseña en profundidad y una conversación íntima para entrar a un álbum que profundiza en la psique y el corazón de dos generaciones atravesadas por la colisión de paradigmas.

 

 

Mariana Michi tiene disco nuevo. Suena impecable, sostenido en el groove de una banda ajustada, con química real. Todo está premeditado y equilibrado con precisión. La dedicación es notable. Hay artistas invitados (Michelle Blades, Axel Krygier, Barbie Williams, Axel Mark, entre otros) que entran y salen con elegancia, lejos del marketing del feat: no vienen a sumar nombres sino capas, y se los escucha cómodos, necesarios, en cada canción. Michi lidera con autoridad y marca así un capítulo nuevo en su discografía solista.
Darle play a Vos no sos uno de ellos, sin embargo, es toparse con ciertos riesgos. Debajo de esa superficie pulida hay filos que se revelan de manera sutil, casi tarde. Este disco, al final, puede que sea una trampa. Cuando te querés dar cuenta, estás a solas en la habitación con una amenaza irremediable que te obliga a escuchar, sentir, pensar, revisar, cantar y rumiar. Son canciones que muerden. Si te dejás ir, no salís indemne. Hacelo.
Este álbum parece pensado desde la lógica del slow burn. No busca el impacto inmediato ni la gratificación exprés: propone narrativas —deseo, sexo, amor, desamor, desengaño, nostalgia— donde la tensión y la conexión se construyen de manera gradual, metódica, a lo largo de las canciones. La atmósfera se espesa de a poco hasta llegar a un punto de ebullición emocional o dramática que no necesita literalidad.
Michi tiene canciones que suenan impecables, con arreglos de voces precisos y pequeñas delicias que aparecen en segundo plano, pero lo que las sostiene es, sobre todo, una paciencia narrativa poco frecuente. Las letras son personales sin volverse crípticas: trazan un arco universal sobre una época en la que el impacto emocional y afectivo impregna todos nuestros movimientos —los pasados, los presentes y también los que están por venir—. Así, a medida que los estribillos avanzan, empiezan a aparecer ganchos que interpelan más por insistencia que por golpe. La idea de slow burn gana complejidad a medida que las canciones ganan espesor. Cuando te diste cuenta, ya es demasiado tarde: estás enganchado. Quizás, incluso, re en una.
El disco arranca con «Caminar sobre las brasas», donde Michi advierte que los fuegos que encendemos no quedan atrás, sino que nos acompañan, queramos admitirlo o no. Te sigue hasta tu casa. Aparece en la calle. A la noche. En tus sueños. En tus días. No es una amenaza omnipresente sino la realidad de las acciones y elecciones que tomamos. Mirar nuestras decisiones directamente a los ojos es la cuestión. ¿Será posible?
Es con «La dedicatoria» cuando los filos del disco empiezan a relucir.
La letra se construye a partir de una tensión constante entre el deseo de control y la necesidad inevitable de decir, escribir y sentir. Desde el comienzo, Michi propone una escena cuidadosamente diseñada: una dedicatoria perfecta, palabras justas, un impacto medido. El lenguaje traslada la lógica de la planificación y la previsión al terreno de lo afectivo, como si el vínculo pudiera regularse sin riesgos ni excesos. El ambiente aparece ordenado y el pasado deliberadamente olvidado, configurando una atmósfera aséptica que busca proteger a lxs involucradxs de cualquier incendio emocional.
Cuando llega el estribillo todo lo prolijo queda de lado: “Pasó lo que queríamos que pase/que nada se arriesgue/que nada se queme/pero las hojas quieren ser escritas/y voy a escribirlas/yo voy a escribirlas”.
La voluntad de orden se quiebra pronto. El estribillo insiste en que ocurrió exactamente lo que se deseaba: que nada se arriesgue, que nada se queme. Pero la aparición de las hojas que “quieren ser escritas” introduce una fuerza que ya no depende de la decisión racional. La escritura se vuelve una pulsión, una demanda que empuja a su protagonista a asumir una posición activa frente al deseo. La reiteración de “voy a escribirlas” no es solo una afirmación creativa, sino una toma de responsabilidad afectiva: escribir implica aceptar el riesgo que antes se quería evitar.
A medida que avanza la canción, el tiempo se vuelve un factor clave. Ya no quiere esperar un “momento renovado”, sino encender algo en el presente. Aparece entonces una reflexión sobre la belleza y su desperdicio, asociada a impulsos lesionados y miedos heredados. El vínculo, sugiere la letra, corre el peligro de arruinarse no por exceso de pasión, sino por exceso de cautela.
En la segunda mitad de la canción, el foco se desplaza hacia la percepción mutua. Lo que se dice cambia de sentido cuando se vive, y la experiencia obliga a “actualizar” las categorías con las que se pensaba la relación. Todo se movió: ya no se ve igual, ya no se mira de la misma forma. El amor se presenta finalmente como una experiencia que desarma cualquier ilusión de control. Enamorarse implica perderlo, y Michi no lo plantea como una tragedia, sino como una verdad inevitable.
Michi abre el juego: no tiene respuestas ni pretende tener la posta de las postas. Eso se repite durante todo el disco. El terreno está abierto para caminar y encontrar ideas, interpelando, removiendo, excavando más allá de esos discursos dominantes, repletos de seguridad, o de los protocolos que proliferan desde el ruido que nos rodea.
Musicalmente todo se concentra detrás de la canción. La banda pronto muestra toda su capacidad, pero antes deja en claro que está al servicio de Michi como cantautora y líder. Hay una sofisticación medida, con un groove que sostiene, como acariciando los sentidos mientras la cabeza trabaja en las letras.
En «Sin hacer pie» la paleta es soulera, con un bajo a lo Joe Blaney meets Charly García, que crece, paulatinamente. Para «Caminar sobre las brasas» y «Nuevas ansias» la pista pide lugar, para tirar algunos pasos, entre arreglos de flauta y guitarras rasqueadas.
Más allá de los géneros la clave de la dirección musical es priorizar el mood sostenido, lo que se vuelve medio ideal para que Michi muestre esos filos nacidos desde la vulnerabilidad y del dolor.
Sobre el final llega «¿Quién tiene razón?» que abre, hipnótica, con un verso borgiano: “Todos los puntos del universo visto desde todos los ángulos”. La letra se articula alrededor de una idea central: lo imposible de una verdad única en una historia afectiva. Esa línea inicial que se repite funciona como un marco conceptual que relativiza cualquier intento de explicación definitiva. La experiencia amorosa aparece atravesada por múltiples perspectivas, todas válidas y, al mismo tiempo, insuficientes.
Michi expresa una dificultad profunda: no saber cómo “vaciar la historia”. Vaciar no es olvidar, sino quitarle peso, desactivar la carga simbólica que el pasado impone sobre el presente. En ese contexto surge la figura de la “santa”, una pregunta que revela una exigencia moral imposible: la expectativa de pureza, claridad o corrección que el otro parece demandar a posteriori. La línea no acusa frontalmente, pero expone el cansancio frente a una idealización que no contempla la complejidad de lo vivido.
El relato de la relación se construye como una irrupción que, con el tiempo, se fue mezclando con las desgracias. El amor no nace fallido, pero se ve arrastrado por un contexto adverso, por historias previas y heridas acumuladas. La imagen de volar y luego caer, para finalmente apilarse con el resto, despoja a la caída de cualquier épica: no se trata de una tragedia excepcional, sino de una más entre muchas. No hay épica posible: el amor pierde su singularidad y pasa a formar parte de un archivo común de intentos frustrados.
Los interrogantes sobre la razón y la culpa refuerzan la idea de desgaste. Se buscan explicaciones, pero ya no con la esperanza de salvar nada, sino como un gesto casi automático. El plural —“desconsoladas vamos buscando”— subraya que no hay un antagonismo claro, sino dos personas igualmente perdidas. Cuando la voz protagonista afirma que su amor ya pasó, lo hace sin violencia ni reproche: es una constatación, no una acusación.
El tramo final introduce un quiebre emocional más explícito. La elongación de las palabras sugiere una voz que se quiebra, que necesita aclarar que el amor existió. No hubo mentira ni simulación; lo que hubo fue una acumulación de acontecimientos simultáneos, demasiadas cosas pasando al mismo tiempo. El amor no se extingue por falta de intensidad, sino por saturación. El regreso del estribillo confirma que cualquier lectura será parcial: la historia no puede reducirse a una sola versión, porque fue, desde el principio, un entramado de miradas superpuestas.
Las guitarras arrullan cada una de las palabras, a medida que la construcción crece, sin encontrar soluciones. De nuevo: Michi no tiene respuestas, abre el campo, profundizando desde la belleza gentil, hasta que se desaten sensaciones por todo el entripado.
Cuando el disco se termina hay un remanente de sentimientos volcados, que parecen haberse caído desde lo inesperado, evocados y reencontrados, porque estas canciones no tienen nombre propio. Estrechan lo común de experiencias vividas, las rumiadas adentro, las expresadas hasta el hartazgo en terapia, las compartidas entre cervezas en grupos de amigxs, en esos encuentros que son tanto contención como distensión para reír y llorar en voz alta.
Michi logró un disco que profundiza en la psique y el corazón de dos generaciones atravesadas por viejos paradigmas y por la colisión con ideas nuevas que, no por novedosas, vienen a ofrecer respuestas o soluciones cerradas. Entre modelos heredados sobre el amor, los vínculos y las formas de estar con otrxs, y la aparición de protocolos afectivos que intentan ordenar lo que sentimos, las canciones se mueven en un territorio incierto. Vuelven sobre lo interpersonal con el poder del susurro que desacomoda con afecto y humanidad, porque en ese cruce lo único verdaderamente certero es la experiencia personal de cada quien, vivida en el mundo real, con sus contradicciones, sus deseos y su inevitable fragilidad. Lo humano, al final, no es tener respuestas, sino buscarlas mediante el arte, el pensamiento, la acción, el deseo y la incomodidad de ser humanamente falibles.

Vos no sos uno de ellos ya tiene dos meses girando en plataformas, familiarizándose con el público. Mientras tanto Michi y su banda se preparan para la presentación oficial, que será el 28 de febrero en La Tangente. Las entradas anticipadas ya están a la venta.
Con 2025 ya bajando su persiana, Mariana responde a las preguntas de RAPTO, adentrándose en el disco y haciendo balances de un año complejo que la encontró activa en más de un frente, sosteniendo su carrera solista al igual que Mugre (trío que integra junto Jazmín Esquivel y Sofía Naara) y otros proyectos.

-El título del disco es tanto afirmación como declaración: vos sos diferente.
¿Cómo llegaste ahí?

Durante la composición y grabación del disco estuve muy pegada a un libro en particular: Adán Buenosayres (1948) de Leopoldo Marechal. Fue un año de lectura fascinante, el argumento me tenía hipnotizada y la forma en la que está escrito es lo que más me impactó. Tuve conversaciones internas con Marechal al respecto de la composición de estas canciones y crucé nuevos límites de escritura gracias a él.
Me gustaba la idea de que el nombre del disco hiciera referencia a un personaje principal que, tal cómo Adán, vive la epopeya de un despertar pero en el transcurso de una noche, lo que dura el viaje de una sustancia psicodélica o de una charla trascendental, esas noches que te cambian la vida, que se sienten como una aventura.
Se me ocurrieron tal vez cien nombres, pero a dos meses de que saliera el disco todavía no me decidía por ninguno. Igual me sentía confiada. Cuando terminé de leer el libro, activé el modo voraz con la siguiente novela de Marechal, El banquete de Severo Arcángelo (1965). Lo compré por internet, usado, me llegó el primero de octubre, cuando abrí la tapa me encontré con una dedicatoria a quién le habría pertenecido el libro en el pasado. Lo paranormal ocurre desde que noto que la dedicatoria está fechada también al primero de octubre pero del 2015, exactamente diez años antes: “Odio a los que leen para pasar el rato. Hugo, ¡vos no sos uno de ellos! Con cariño, Lili”. El reconocimiento fue instantáneo, ese era el nombre del álbum. Qué especial, en este contexto, que llegara en un libro de Leopoldo, ¿no?

El disco parece pensado de principio a final, con el orden de las canciones premeditado para que funcione como un slow burn. ¿Cuánto detalle le diste? ¿Quisiste lograr un desarrollo?

Me gusta pensar que las canciones de un disco son los capítulos de una novela. Una de mis actividades favoritas, de hecho, es sentarme a sólo escuchar discos, como actividad, no en simultáneo con otra cosa. Disfruto mucho cuando visualizo dentro mío la música, imaginar personajes en movimientos, a veces también se siente más abstracto que otras y hay veces que los finales cumplen la expectativa y hay veces que me dejan en Pampa y la vía.
En Vos no sos uno de ellos, decidí que la historia crezca, o se densee, de a poco, por eso el slow burn que mencionás, se percibe. El orden lo pensé para que, hasta llegar al clímax, el ritmo sea similar a la de una caminata confiada hacia el interior de un bosque, seducción y peligro, hasta que efectivamente te perdés en el centro de la cuestión, en este álbum ese centro se llama «Sin hacer pie». Siempre después del momento abismal me baja una certeza: «Nuevas Ansias». Seguido de una reflexión, un deseo, el recuerdo de la invitación, de cómo empezó todo esa noche: «Muy Distinto Muy Auténtico» y despedirnos del bosque porque se abrió un claro, un oasis, un lago desde donde vemos el amanecer o la vía láctea entera con un sentimiento de total aceptación.

-¿Cómo fue la sesión en vivo del mes de abril en la que grabaron el disco?

El proyecto era ambicioso para mí. Para Balta Oliver (co-productor del disco y tecladista de la banda) no. Su propuesta nos cayó a todxs como un desafío, pero confiamos. Las resistencias se diluyeron durante ese mes de preproducción porque íbamos reconfirmando que estábamos listxs para hacer un disco juntxs. Mi sueño era grabar un álbum con mi banda, con este dream team que llegamos a conformar en los últimos años. Teníamos siete canciones al momento de empezar a preproducir y esperábamos llegar a diez. Iba a tener que componer esas tres en menos de un mes. De por sí era todo bastante, y sumado al trabajo y a nuestras emociones y conflictos de la vida diaria, el resultado se adivinaba incierto. No es moco de pavo que contábamos con el apoyo de Tweety González (quién además hizo el mix) y de Feco Escofet (el dueño del estudio Mawi donde fuimos a grabar). Ellos vinieron a algunos ensayos de preproducción y fue muy reconfortante sentir esa confianza y compañía también. Nos juntamos dos veces aproximadamente por cada canción. Teníamos demos de mi guitarra y voz, los acordes escritos y algunos discos de referencia. La consigna era encontrarnos con las canciones entendidas y aprendidas, pero sin proponer algo traído de casa, si no armarlo juntxs en la sala. Era clave entonces que después fuera grabado en vivo. Mawi es un súper estudio en donde, por suerte, Martu Fontana (batería), Rodri Monte (bajo) y Tomi Brugués (guitarra) podían grabar juntxs en la misma sala. Las tres canciones que faltaban fueron surgiendo a medida que iba entendiendo de qué iba la historieta: «Poesía completa», «Nuevas ansias» y «Muy Distinto Muy Auténtico» fueron las compuestas durante ese abril. Incluso la última de estas tres, la compusimos con Rodri el segundo día de grabación. Entre el tercero y cuarto día grabamos sintes, mis voces y las guitarras acústicas. Después dejé todo y me fui un mes de gira a México y ahí el proceso siguió distinto, terminé de definir los personajes que sumarían en los featurings a esta peli y me fuí a hacer fotos a Oberá con el artista visual Mauricio Holc, le abrimos una ventana al disco y lo localizamos en el mapa, luego siguió el mix del Maestro, el mastering por Daniel Ovié,. Sofi Terán hizo el videoclip del primer corte “Poesía completa”, y ayudó a conocer el disco, verle la carita, nombrarlo y sacarlo.

«La dedicatoria» atrapa de inmediato. Construye un clima contenidamente emocional, muy contemporáneo: vínculos conscientes, cuidados, casi contractuales, que chocan con la persistencia del deseo, del decir, del amor.  Es una colisión de nuevas ideas, experimentación y apertura a nuevos sentidos contra la realidad de vivir. Tratás el tema desde una lucidez. Se entiende el riesgo de manera consciente y se lo asume.
¿Cómo surge esa canción? ¿Hiciste el ejercicio de abordarla desde la lucidez por encima de lo pasional? 

Siento que es de las canciones más vivas del disco. Porque cambió conmigo. Cuando la compuse tenía otra letra en el estribillo y la parte de “al fin ya lo ves…”, no existía. Se volvió luminosa, o al menos eso creo yo, una vez que me reconcilié con esa pasión, el amor, como energía mía, no del otro, me la devolví. A veces una hace un paso hacia adelante y el juego cambia y se acomoda, lx otrx hace un paso, se mueve el juego, se acomoda, pero a veces hay pasos para atrás y a veces, nada se acomoda.
Esta canción surge cuando, ojeando un libro de mi biblioteca, me encuentro una dedicatoria que me había escrito un viejo amor, tan conmovedora y a la vez, con el diario del lunes, dejándome entrever ideas de él que tuve post separación. Cuando ví esa dedicatoria, reparé en la noción de dedicarle una obra a alguien, esa recomendación cargada de sentido, esa carta de amor condensada en: esto me hizo bien por alguna razón y ahora quiero que vos lo absorbas en nombre del cariño que te tengo. Cuando te topás de nuevo con esas palabras es un buen termómetro para entender si estás en paz con el asunto o si todavía duele. Todavía me dolía un poco, de hecho, la primera versión de la canción parecía una declaración de reclamo. Hasta llegué a incluir una frase de esa dedicatoria pero usada en su contra. Por alguna razón (psicoanalizarme) desconfié de ese método y le dí tiempo. ¡Por suerte! porque si bien no era tan importante en el presente esa espinita, igual me resultó mejor que esa canción funcione como el puente para sentirme en paz con esa pequeña porción de mi pasado. ¿No te animás? bueno, tranqui, sigo camino.

El disco cierra con una declaración poderosa como “todos los puntos del universo visto desde todos los ángulos”. Te metés en un tema espinoso: la imposibilidad de una verdad única en una historia afectiva. Aceptás el desafío, sabiendo que no hay manera de salir airosa con una posta definitiva.
¿Cómo nace esa canción? ¿Tuviste algún recaudo mientras la escribías? 

«¿Quién tiene razón?» nació después de leer El Aleph de Borges. Es un cuento que me llegó o muy tarde o en el momento justo para apreciarlo y me dió un consuelo al respecto de mi neurosis aplicada a muchos aspectos, no sólo a las historias afectivas. A veces queremos reducir cualquier cosa a una pequeña definición, lineal como el lenguaje y la idea de tomar en cuenta la complejidad de todo lo que somos y nos rodea, me parece clave para conservar la calma, la dignidad y actuar con la mayor inteligencia posible. “No sé cómo será borrar la historia. ¿Quién es la santa que vos quisieras que yo fuera ahora?” De hecho, fue una de las canciones que compuse estando yo teñida de la derrota política/social que estamos viviendo actualmente. No hay una posta definitiva, no hay ídolos, no hay perfección, no hay pan ni qué beber. Pero bue, mientras hay cosmos, hay arte y es ahora, una vez más, todo junto.

El disco llega sobre el final de un año complejo. Los costos se triplicaron; vender entradas fue un desafío; los shows internacionales de escala masiva se multiplicaron. Con todo, estuviste bastante inquieta, tocaste mucho con Mugre, giraste, hiciste fechas solistas y además grabaste con banda completa y publicaste un disco.
¿Cómo transitaste este 2025?

Siempre estoy inquieta y si bien lo siento en general como una virtud, a veces tengo que estar atenta porque puedo llegar a forzar la realidad, entonces este año se me dió estar muy sobre esto en particular, algo tan simple, pero que en gente ansiosa y manija como yo a veces nos cuesta: no forzar. Transité el 2025 con algunas preocupaciones de salud que me dejaron a veces en modo paseo, pero igual así y todo hice un montón. Vivo el lujo de rodearme de artistas que me conmueven y que confían en mi musicalidad. Gracias a ellxs este año saqué dos discos. A comienzo de año con la orquesta Cuerdas del Plata, hicimos un disco de tango, cuerdas y mi voz. Tango actual, deforme, me atrevo a decir: único en su especie. Con Mugre presentamos todo el año un álbum hermoso como Somos profesionales, que sacamos el año pasado, en muchísimas presentaciones por Argentina, Uruguay y México. Me pude comprar mi bajo y devolverle a mi amigo Juli el que me prestó durante diez años. Produje a bastantes artistas para sus nuevos discos y dí talleres de composición para gente de muchos lugares. Me parece una locura de contradictorio decir que mi 2025 fue un milagro, porque todo lo que está ocurriendo a nivel realidad se siente como una debacle absoluta y bastante desoladora. Nuestra industria justo encima es más vulnerable a algunas oscuridades, así que hay que estar atenta a hacer lo mío y disfrutarlo lo más que se pueda, cerquita de la gente que amo y me ama y está: lo que no es, no es. Vengo de unos años muy jodidos en lo personal, de estar muy triste, de remarla mucho, entonces por otro lado siento que este 2025, con preocupaciones y todo, me gané la lotería.

Por Lucas Canalda
Fotos de Mauricio Holc – prensa

 

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