
Pat Pietrafesa regresó a Rosario para la edición #34 del ciclo Explorar el Azar, dedicada a Resistencia, el fanzine que marcó una época en el punk argentino. Entre archivos, música y memoria contracultural, su obra recupera la potencia de los márgenes como espacio político y creativo.
El motivo es Resistencia o Nada, edición número 34 del ciclo Explorar el Azar, dedicada íntegramente al fanzine Resistencia: creado, editado, escrito, rumiado, fotocopiado, diagramado, distribuido y vendido por Pat.
La muestra es posible gracias al esfuerzo del equipo conformado por Arabesca, Catalina Lacelli, Manu del Mar y la inquieta Pauline Fondevila, gestora responsable del ciclo.
Todavía faltan horas para que Bon Scott abra sus puertas al público. Hay detalles por terminar, pero reina cierta calma. Se respira una alegría propia del momento esperado durante meses: reuniones semanales, intercambio de ideas, cientos de mensajes de WhatsApp, coordinación de agendas, conversaciones a la distancia y, finalmente, kilómetros de ruta recorridos. Llegó el día, aunque todavía falta. Paciencia.
El equipo responsable, desde una lectura idiosincrática y generacional, logra iluminar zonas menos evidentes de Resistencia. Leen el archivo como una materia viva que todavía interpela. Desde recursos estéticos ad hoc —ampliaciones, fragmentos— hasta derivas poéticas propias de la sensibilidad de cada integrante, la muestra propone una lectura a contrapelo de lo esperable. Lo notable es que supieron resaltar la identidad sin recurrir a los lugares comunes ni a las bajadas previsibles. Prefirieron una perspectiva singular sobre un material esquivo, ruidoso, siempre en fuga.
Los afiches retratan varias tapas del fanzine, pero también rescatan pequeñas observaciones que fueron maximizadas, trayendo a primerísimo primer plano gestos, declaraciones y principios de un material que aprovechaba cada milímetro del papel más de treinta años atrás.
La muestra propone una arqueología que va más allá de las cubiertas y las páginas principales. Amplifica los márgenes de los márgenes, ahí donde la diagramación es tanto collage como acción elocuente: aprovechar cada mínima proporción del papel se vuelve un manifiesto iconoclasta de expresión, un contrabando de sentimientos, necesidades y urgencias. La acción es arrojo, la necesidad es irrefrenable, el medio es el mensaje.
El trabajo riguroso no busca el revisionismo ni el rescate emotivo. Más bien vuelve sobre la huella de aquello que todavía late bajo la superficie. Las pasiones, sí. El deseo, claro. Pero también los gritos primarios, los derechos irresueltos, las existencias apabulladas, las frustraciones y padecimientos de un sistema corrosivo
Afuera, el país sigue su curso entre negociaciones y adquisiciones corporativas. Adentro, la contracultura busca todavía un modo de decir.
Alrededor de la información contrahegemónica que baja de las paredes del Bon, aparece una idea intrusiva a propósito de los hechos que siguen sucediendo en el mundo. Pat, Pauline, Arabesca, Cata y Manu montan la muestra mientras el empresario rosarino Gustavo Scaglione se convierte en el nuevo dueño de Telefe, asociado en la operación con José Luis Manzano. Scaglione está al frente de un holding que controla más de treinta medios de comunicación a nivel nacional —diarios, señales de televisión, radios y servicios de streaming— y que, en Rosario, abarca La Capital, Canal 3, Rosario3, Radio 2, LT8, Brindis TV y FM Vida, entre otros. Ahora también maneja Canal 5.
La idea intrusiva es, al final, tanto preocupación como confirmación. En un contexto de hegemonía informativa y concentración mediática, los canales contraculturales siguen siendo, ayer, hoy y siempre, formas de resistencia frente a la homogeneización que promueven los medios masivos. Mientras los conglomerados mediáticos configuran agendas y sensibilidades desde lógicas de mercado y control simbólico, los fanzines recuperan la materialidad y la voz del margen. Su carácter autogestionado, falible, artesanal y comunitario los convierte en espacios de reapropiación del lenguaje, donde se ensayan otras formas de narrar, mirar y habitar lo social.
Como recordaba Joan Didion, “nos contamos historias para poder vivir”. En ese sentido, el fanzine es más que un soporte: es una práctica narrativa que reafirma la necesidad humana de construir sentido frente al caos informativo. En tiempos de algoritmos que modulan la percepción y de discursos mediáticos que fabrican consenso, los canales contraculturales permiten narrar la experiencia desde la precariedad, lo colectivo y la diferencia.
Lejos de ser meros vestigios de una era analógica, los fanzines contemporáneos funcionan como archivos vivos de disidencia cultural. Frente a la vigilancia digital y la estandarización de las subjetividades —una actualización de la pesadilla orwelliana—, su existencia reafirma que todavía es posible producir comunidad y pensamiento crítico desde los márgenes, en defensa del derecho a contar nuestras propias historias.
Dentro del Bon todavía falta un rato para que las puertas se abran al público. Hay movimientos que ultiman detalles: se disponen las luces, se intercambian zines, libros y regalos; se prueba el sonido porque Pat tocará unas canciones junto a Nico Larroque, integrante de Fuera de Tiempo. Hay abrazos, risas compartidas, mates, voces que se ponen al día.
En la feria de Alcohol & Fotocopias resalta un libro que reproduce todos los números de Resistencia. También hay fanzines y libros editados desde distintos puntos de Argentina y de Latinoamérica. Entre ellos se destaca Ninguna línea recta. Contraculturas punk y políticas sexuales en Argentina (1984-2007), de Nicolás Cuello y Lucas Di Salvo, un trabajo fundamental para retomar perspectivas históricas frente a un presente que plantea interrogantes, resquemores y miedos que se parecen a los del resabio de la posdictadura.
Sumergirse en esas páginas puede proyectar alguna posibilidad de habitar el presente con vocación de trascendencia, entendiendo cómo pasado, presente y futuro se articulan de manera constante mientras devenimos resistencia.
Resistencia en la feria. Resistencia en las paredes. Resistencia en el ADN contracultural que nutrió a cada una de las personas involucradas en esta edición tan especial de Explorar al Azar. Es una forma de devolución. Una forma de respeto. Una forma de retomar el camino, rastreando la chispa original. Volver sobre este fanzine imprescindible es comprender que no hay resistencia sin existencia, y tampoco sin insistencia. Porque la construcción de sentidos alterados, torcidos, iluminadores y rompedores exige una entrega total: la mente, el cuerpo y el corazón puestos en riesgo. Revisitar el material es, entonces, volver a Pietrafesa, reconocer que —como diría Bertolt Brecht— hay personas que luchan toda la vida, y por eso son imprescindibles. En el zine, al igual que en la vida, no hay soluciones fáciles, ni postas absolutas. Lo esencial queda sepultado bajo el ruido, pero aún hay formas de llegar a lo importante. Quizás estrecharnos desde lo común, como sucede ahora: entre dibujo, mates, música, fotocopias, diálogo e intercambio. Allí donde algo late, aunque sea pequeño, sigue existiendo esa chispa contagiosa. La palabra chispa aparece de manera reiterada durante toda la jornada. La usa Pat, ante el micrófono, cuando da una entrevista pública, con el bar repleto. También la usa Maru Freire, de Bubis Vayins, retomando alguna respuesta perdida entre la gente. La apunta Arabesca, charlando sobre contradicciones y situacionismo. Si la chispa existe, se contagia. Con ideas, con discusiones, con inspiraciones. La chispa es tanto pasión como obstinación; es tanto necesidad como medio. Hoy, en tiempos de simulacro y cansancio, esa obstinación sigue siendo una forma de vida: escribir, editar, persistir, aunque el mundo arda o se duerma.

Desde las siete de la tarde, la dinámica de Bon Scott cambia. La gente llega puntual, incluso antes, esperando sentada en la puerta. Desde que abre, el público ingresa curioso por encontrarse con la muestra. A las ocho y media, el bar está lleno, afuera y adentro.
Las paredes de la sala principal, así como también los pasillos y los baños, dejan saber que Resistencia se nutría de información contrahegemónica. De los discos que viajaban y pasaban, en cassette, de mano en mano. Con VHS que se encontraban, como tesoros anhelados, en galerías extrañas o cuevas olvidadas. Grabados de la TV, copiados de alguna copia de otra copia, gastados de tanto uso ritual. Extractos de la revista Maximumrocknroll, con reportes redactados por una joven llamada Patricia, desde una Argentina de régimen democrático.
Antiespecismo. Inconformismo. Interrogantes. Punk rock. Queercore. Gore. Sexualidad. Disidencia. Vida real. Militares. Fantasmas. Cooperación. Alcohol. Daños. Frustración. Calle. Violencia. Persecución. Paranoia. Entre tanta información y urgencia, la publicación fue evolucionando, logrando anclar una identidad única.
El fanzine no solo se sostuvo en el tiempo; se transformó, se adaptó, se abrió a la contradicción. Doce números marcaron una constancia feroz en el underground porteño, entre 1984 y 2001. Hubo un momento en que parecía demasiado, un desborde de corrientes, de sentidos, de energías. She-Devils latía con un corazón ruidoso y aguerrido, con canciones que apenas superaban los ciento cuarenta segundos. Resistencia, en cambio, tomaba otra deriva: más contemplativa, más interpeladora, pero presente en todos los frentes. Para su creadora y para quienes llegarían después, era una escuela formativa.
Pat recuerda con detalle ese tiempo y los límites que exploraba: “Sí, un poco creo que sí… en los primeros números son como más políticos, y después todas las tapas son MC5, Dee Dee Ramone, GG Allin… es decir, una controversia total. En el número de Dee Dee hay una nota que se llama ¿Será que los punks son putos? En esos momentos no tenía aún discusiones con todo el mundo, pero estuvo bueno, fue importante. Luego esa nota generó un libro y un montón de cosas que despertaron a personas que lo leyeron diez o quince años después. Era juntar los primitivos sentimientos del punk con un montón de intersecciones que en ese momento no se estilaban y decirlo directamente.”
No se trata solo de nombrar influencias, sino de rastrear el ADN de una cultura. Pat continúa: “Mi amigo, el Profe (Eduardo Valenzuela), que es el primer punk marica abierto y que luego murió, empieza a escribir una columna homocore, lo habíamos visto en un fanzine y nos robamos el nombre. Por la columna la llama homocore, pero bueno, eran todas referencias y antecedentes de toda esa cultura. Me parecía importante decir: todos estos chabones ya estaban ahí cuando salió el hardcore, y a mí me molestaba ver la postura que tomó en ese momento. El hardcore se volvió un uniforme, unos huevitos gritando… hiper masculinizado y muy chato. Entonces me retiré a otra contracultura, al cine, pero todo eso seguía latente.”
Sobre el momento en que el fanzine ya no era suficiente, Pat recuerda: “Cuando empezamos a tocar con She-Devils nos empezó a ocupar un montón de tiempo. Comenzamos con los festivales Belladona, algo que pensábamos necesario, festivales de mujeres y afinidades… no nos considerábamos mujeres, pero problematizábamos todo. Nos llevaban mucho tiempo y nos encantaba. Vivíamos en una casa donde también estaba Carlitos (Nekro de Fun People), y era una usina de mucha efervescencia, estaba buenísimo. Había miles de fanzines, algunos repetitivos, muchas revistas, ya estaba internet… y ahí perdí un poco la onda.”
La multiplicidad de canales de expresión también marcó la práctica de Resistencia: “Usábamos todos los canales posibles para decir lo que tenías que decir, que era un montón. En el fanzine decía esto, en los discos otra cosa, en los recitales otra… cada espacio tenía su energía. Fue una usina enorme de posibilidades.”
En 2001, mientras las actividades de Pietrafesa viran hacia la música, She-Devils publica su disco La piel dura, que incluye el ahora clásico «Mundo in-mundo». La canción aborda la resistencia y la perseverancia frente a un mundo hostil. En ese “mundo inmundo”, el entorno se muestra adverso y opresivo, pero el mensaje central invita a no renunciar a los deseos y aspiraciones motoras. Mantener vivos los sueños y las pasiones se vuelve un acto urgente y necesario, una afirmación de la vida frente a las dificultades.
Los deseos, entendidos como sueños, pasiones, amor o creatividad, se convierten en instrumentos de afirmación de la individualidad. La canción funciona, así, como una proclama existencial: persistir frente al desaliento se transforma en una forma de resistencia, en una manera de afirmar la propia identidad y de sostenerse frente a la adversidad. En ese sentido, la transición de Pietrafesa de la palabra escrita a la música no es un alejamiento, sino la extensión de un mismo hilo iconoclasta: el impulso de crear, cuestionar y mantener viva la chispa de lo contracultural.

El lenguaje es un cuerpo. Un campo de batalla donde el deseo y la política se muerden el cuello hasta calentarse. No digo nada novedoso. Tanto Roland Barthes como Bruce LaBruce lo escribieron a su forma, alguna vez.
En todo medio contrahegemónico, el lenguaje no solo comunica: hiere, repara, interpela, incomoda. En Resistencia, las palabras eran acción directa, dispositivos de intervención en una realidad saturada de consignas vacías. No había lugar para la neutralidad: escribir era tomar posición, ensuciarse las manos, inventar un idioma capaz de contener las contradicciones.
Decir o gritar o escribir o cantar o narrar. Siempre desde el arrojo. Callarse no era la opción.
Hoy, podemos hablar de queercore, de gore, de sexualidad, de subgéneros y sublenguajes que se autodefinen. Pero en 1984 todo estaba por descubrirse, incluso las palabras con las que nombrar lo que todavía no sabía cómo nombrarse. En ese vacío, el fanzine se animó a balbucear un idioma propio. Un idioma incómodo, bastardo, que tomaba préstamos y los deformaba hasta volverlos propios.
“El tema del lenguaje es muy importante —dice Pat Pietrafesa—. Lo sé ahora también porque me consulta mucha gente, por decenas de tesis que hacen y usan mucho Resistencia. Últimamente estoy hablando con una persona que está tratando el lenguaje y las traducciones, y me parece muy interesante porque yo no sabía cómo traducir determinados términos que agarraba de afuera. Básicamente Resistencia se hizo bastante conocido porque yo recibía material contracultural de otros países, lo traducía y lo publicaba. Y era algo raro, porque cuando no había internet, mucha gente se aferraba a Resistencia por la información que traía. Yo trataba de traducir los términos como a mí me parecían, hacía lo que podía. En Resistencia ya hay terminaciones de género hace treinta años, con un signo de interrogación o cualquier cosa que se me ocurría”.
En la voz de Pat, el lenguaje aparece no como una estructura sino como una zona de prueba. Las palabras eran herramientas de intervención, pero también de descubrimiento. No se trataba de traducir literalmente, sino de transgredir la traducción.
“Una cosa muy zarpada —continúa— es un afiche de Belladonna, un festival que hacía con Pilar y con She-Devils, que lo empezamos en 1997. Como no existía todo el vocabulario de género que hay ahora, en vez de poner queer o transfeminismo, poníamos todas las descripciones que se nos ocurrían hasta que terminábamos diciendo: bueno, ‘relegadas de todo tipo’. No sabíamos bien cómo expresarnos, entonces usábamos todas las categorías que se nos ocurrían. Y era muy rico, porque tenías que buscar cómo explicar. No estaba todo tan dado. Tipo: esto es esto, esta identidad es esta. No. Pará. No es así. Y podías experimentar.”
Ese gesto —buscar, probar, equivocarse, inventar— era también una forma de disrupción. Un modo de oponerse al control del discurso, de interrumpir la lectura automática. Pat lo sabe, lo dice con claridad: “los frenos que te hacen preguntarte: ‘¿qué estoy leyendo?’, ‘¿de qué están hablando?’. Eso no es lo mismo que una revista cualquiera. Lo mismo que ahora pasa con la X o con la E, nosotros lo hacíamos cortando palabras, poniendo K en todos lados, escribiendo con errores para que el lector se detenga. Que te saque del lugar cómodo. Que te haga pensar.”
En Resistencia, el lenguaje era un arma y una herida. Una manera de decir esto no está terminado, esto no está cerrado, esto se sigue escribiendo.
Una lengua en combustión permanente, hecha para tambalear el orden y abrir espacio a lo que todavía no tiene nombre.

Afuera hay un mundo que se endurece cada día. Un presidente que convoca a las fuerzas del cielo mientras apunta contra todo lo que huela a comunidad, minoría, organización o deseo colectivo. Los discursos de odio bajan en cadena, amplificados por pantallas que venden meritocracia y resentimiento. Es el evangelio del tecnofeudalismo, sostenido por fanáticos aspiracionales que jamás serán invitados a la mesa del banquete, salvo como carne de cañón o perejiles descartables. En ese paisaje saturado de cinismo, los afectos se vuelven un territorio político.
En espacios como este —una muestra, un bar, una conversación, una canción, un fanzine— todavía se resiste al mandato del aislamiento. Lxs cuerpxs presentes desobedecen la lógica del algoritmo, rehúsan la soledad como norma y el desencanto como destino. La resistencia, entendida así, no es una épica sino una práctica cotidiana: compartir tiempo, atención, escucha. La contracultura sobrevive no sólo porque se opone al sistema, sino porque insiste en estrechar lo común, porque se atreve a construir algo —aunque sea mínimo, aunque sea precario— en medio del derrumbe.
Pat habla con la naturalidad de quien nunca dejó de pensar en movimiento. Dice que todos, todas, todes, somos referentes. Que nadie existe en el vacío.
“Todos somos referentes porque siempre hay algo, una imagen, un sonido, una persona que pasa por la calle que te hace pensar en otra cosa… y vos, por otro lado, hiciste algo, fuiste referencia para alguien, desde alguna acción. Todos referimos algo y seguramente logramos producir algo en alguien. Una chispa, que es vital. Cuando ves una chispa te tenés que aferrar a la chispa. Al menos eso me pasa a mí, que tengo pocas chispas y siempre me agarro de las mismas cosas, muy minimales.”
En el Bon, mientras la escuchan, alguien asiente, adelante, atrás, al costado, al fondo. Sus palabras resuenan. Porque tienen sentido. Porque revitalizan lo que pasa por dentro. Porque activan. Porque reafirman.
Pat sonríe de costado. “Me encanta esto de haber revisitado todo esto, no solamente como una cosa nostálgica, sino porque creo que si vos conocés las raíces de donde provienen un montón de cosas que están en el camino por el que estás transitando, te hace súper poderosa. Me encanta la historia, la archivística, la conservación de archivos de la cultura de donde provengo. No como un fetiche, sino como una prueba de que algo existió. Existió una marcha contra la policía en el año 1985. Existió eso. Son pruebas. Y esas pruebas significan que hay gente que viene haciendo cosas desde ahí, desde antes y antes, y ese es el camino. Conocer las raíces es básico para potenciar. Conocer la historia y que no te la cuente el otro. Que cada subgrupo vaya contando sus realidades, y así armamos una historia colectiva mucho más grosa.”
Cuando habla de la historia, habla también del encuentro. De la calle. De los cuerpos que se cruzaban sin saber si volverían a verse. De correr. De cuidarse. De sufrirla. De resistir.
“Es muy loco pensar en eso. Era así. A cada quien le toca su época. A mí me encanta haber vivido esa época. Y ahora está esto, donde todo es inmediato, pero en ese momento estaba buenísimo. Eran características del momento. Tener que prestar atención a los afiches de la calle, a una persona. Acordarte de la cara. ‘Uy, sí, esta persona, ¿cuándo la veré?’ Y buscar. Por ahí verías a la persona dentro de meses, porque en esa época, por ahí había dos recitales por año, era medio raro. Pero sí, era muy difícil juntarse. Y por eso muy tempranamente comencé a hacer esfuerzos por juntar a la gente: en festivales, en la cooperativa de bandas punk en los 80, en los Encuentros de Juventudes Rebeldes. Mirá el nombre —dice riéndose—, Encuentros de Juventudes Rebeldes. Es un nombre muy raro, pero bueno, nos juntábamos ahí porque era esencial juntarse. Porque había muy pocos recitales y lugares nuestros”.
Esa necesidad de estar —de encontrarse— era el pulso de todo. Las calles funcionaban como antenas: había que afinar la mirada, prestar atención a los muros, a las esquinas, a las señales precarias del deseo.
Y si hoy el afuera se volvió hostil, si la inmediatez digital devoró las demoras y las distancias, las palabras de Pat insisten en otra forma de estar en el mundo: la presencia.
Convivir con la duda. Entender que no hay verdades cerradas. Menos prédica, más acción.
“Ahora tenés demasiadas cosas que te van encasillando, que no sabés si alguien ya tuvo esa idea antes, si hay un montón de escritores que ya dijeron que eso estaba mal… como que no te das chance. En cambio, en ese momento, yo creo que tenías más campo de prueba”.
Campo de prueba. La frase queda suspendida en el aire.
Hablar, escribir, tocar, juntarse, reírse, cantar, organizarse: gestos de supervivencia y siembra. Un modo de hacer lugar donde ya no lo hay. Una manera de seguir insistiendo en lo común, incluso en un mundo que celebra el aislamiento como virtud.

La historia de Pat no se conjuga en pasado. Los días se cuentan entre Traslasierra y Buenos Aires. Kumbia Queers sigue tocando por las ciudades argentinas, cruzando a Chile, girando por festivales, centros culturales y cuevas de Europa.
Resistencia es presente, mientras llega a nuevas generaciones para torcer rumbos, desviar ideas, explotar sentidos.
La Feria del Libro Punk y Derivados tiene fecha para el 15 y 16 de noviembre en la Casona de Flores. Alcohol y Fotocopias elabora libros y fanzines que están por aparecer. Hay lecturas que esperan rebelarse, ideas que están por contagiarse.
Pat toma los días como vienen, planeando con calma. ¿Será que cada día depara algo nuevo? Difícil asegurarlo, pero la vida sigue presentando sorpresas. Hace poco, para sus 62 años, recibió un regalo inesperado: su primera guitarra acústica.
Al final de la noche, Pat y Nico toman el escenario. “Música no, unos sonidos medios extraños”, dice ella. Pat canta y toca la guitarra; su voz es poderosa y, cuando canta, se permite ser vulnerable. Suenan canciones de su grupo Barflies, junto a Juan Hyde, además de versiones de Loquero y The Velvet Underground, entre otras.
Cuando tocan «Si pudiera», la emoción de la gente es total: todo el bar canta a la par. La voz de Pat, sin embargo, comanda el momento de intimidad compartida, en la canción de Nekro, a quien, según cuenta, “extraña mucho”.
La despedida llega con «Vidrieras», de Rosario Bléfari, otra joya celebrada a viva voz y con brazos elevados al cielo. Pero la canción que marca una idea y deja rastro sobre los días entre la calma, las ideas y el deseo es «Paseo», ese himno urbano entre flâneurismo y apesadumbramiento existencial.
El tema de She-Devils retrata una caminata sin dirección por Buenos Aires en un domingo vacío, entre Corrientes y Paseo Colón, sintiéndose perdida y desconectada. La ciudad, aunque deshabitada, se convierte en un espejo de su estado emocional: los bares caros donde nunca entra, los negocios que observa sin participar y las avenidas desiertas reflejan un sentimiento de alienación y distancia social.
El tiempo aparece como un peso: “Me persigue el tiempo que he desperdiciado”, mientras la repetición de la palabra perdida enfatiza la sensación de deriva existencial. La voz de Pat se enfrenta al vacío y la soledad, intentando comunicarse sin respuesta: la ciudad y las personas no devuelven eco, reforzando la soledad contemporánea.
El atardecer rojo funciona como símbolo central: un cielo teñido por la emoción. A través de imágenes cotidianas y poéticas, la canción de las Diablas construye un mapa emocional de desarraigo urbano, introspección y melancolía, donde la protagonista se apropia momentáneamente de la ciudad, aunque solo sea por unas horas.
«Paseo» es una poética del andar sin rumbo, un retrato íntimo del aislamiento y la contemplación urbana, en el que la ciudad refleja, amplifica y dialoga con la emoción de la protagonista.
La canción apareció en Horario invertido (2007), pero ya tiene veinte años de vida. Desde entonces, entre cambios de marea inesperados, se fue resignificando, logrando un espesor atrapante.
¿Hoy en día cuánto tiempo desperdiciado quiere recuperar Pat? ¿Acaso su meta es lograr que las personas en la calle amplifiquen el eco de historias vivas, contagiosas, encendidas? ¿Será que su objetivo final es articular las historias de esas calles que callan, aun cuando tienen mil relatos de personas pérdidas por contar?
En un país donde la memoria se disputa a diario, la persistencia de Pat no es nostalgia, es estrategia. Cada canción, cada fanzine, cada respuesta es un modo de permanecer en el presente sin entregarse al cinismo. En tiempos de simulacros y soledades programadas, lo que sobrevive no es la épica, sino la obstinación: la insistencia en seguir diciendo, seguir encontrándose, seguir haciendo ruido.
Y mientras todo arda, alguien seguirá escribiendo.
Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard