QUIZ RAPTILIANO #53: EDGARDO PÉREZ CASTILLO

Quiz >  Cuestionario raptiliano para indagar en figuras de la cultura desde una óptica diferente.
Diez preguntas universales sobre el tiempo que habitamos + un puñado de interrogantes extras sobre su campo de acción.
Ilustraciones > Sebastián Sala

Edgardo Pérez Castillo es periodista, guionista, productor audiovisual y docente.
Fue redactor y editor de la sección Cultura y Espectáculos en Rosario/12.
Entre 1997 y 2006 llevó adelante diversos ciclos radiales dedicados a la música rosarina en medios como Radio Río, Red TL 105 y Rock&Pop Rosario.
Durante 2006 produjo el ciclo La vuelta completa, conformado por 53 documentales televisivos financiados por el Consejo Federal de Inversiones y la Secretaría de Cultura de Santa Fe.
Desde 2008 se desempeña como productor audiovisual y guionista de Señal Santa Fe.
Como músico fue trompetista de Baila el Gordo, Freaks, The Broken Toys y Water Soul.


– ¿Cuál es tu humor por las mañanas?

– Depende de las mañanas, de la previsión de lo que puede deparar el día, del humor general del entorno. Mi humor es altamente influenciable por los factores más diversos, independientemente de la hora del día. Por lo general, me gusta creer que suelo tener buen humor.

– ¿Qué libros recordás de lectura de infancia?

– Mi memoria es mala, entonces no estoy seguro de que mi respuesta sea reflejo de lo real o, como muchos recuerdos, una construcción. Pero se me vienen a la cabeza Las aventuras de Tom Sawyer, algunos de Elsa Bornemann, distintos tomos de Elige tu propia aventura. Ya entrando a la adolescencia empecé a consumir azarosamente títulos de la colección Club Bruguera de literatura universal que habían comprado mis viejos. Y mucho de Isaac Asimov. Ya a principios de los 90, en los primeros años de secundaria, llegó el deslumbramiento con Tolkien y todo su universo.

– ¿Cuál fue tu primer trabajo? ¿Aprendiste algo valioso?

– Mi primer trabajo no fue rentado: sacaba fotocopias y atendía al público en una librería. Con mi familia habíamos llegado a Rosario en el 90 (mi infancia la pasé en Ciudad Evita), y poco después pusieron ese negocio de artículos de librería, regalería y fotocopiadora en la misma cuadra donde vivía el Negro Fontanarrosa, que empezó a hacer ahí las copias de originales que después mandaba a Clarín. De ese proyecto familiar aprendí que en los negocios la palabra vale poco (ellos habían acordado verbalmente la extensión del contrato y se largaron a hacer una remodelación en el local: se quedaron sin renovación y fin de negocio). Después mi primer trabajo casi formal fue a los 19 como vendedor de teléfonos celulares y aprendí que no servía para vender. Y a los 20 empecé a trabajar para una despachante de aduana, que fue muy generosa conmigo. Ya estudiaba periodismo (primero en el Círculo de Prensa, donde duramos un año y con todo el curso nos cambiamos a Tea, hoy IPR) así que combinaba el papeleo aduanero con mis primeros trabajos periodísticos. El primero fue Polacomanía, por FM Tango, donde hacía coordinación; después llegué a Radio Río, gracias a Guillermo Strazza, donde hice El Fanzine: ahí aprendí que, desde entonces y para siempre, quería poder difundir la música y la cultura local. Ese ciclo después funcionó como segmento en El Canto del Viento, de Marcelo Nocetti, otro tipo muy generoso. Y si bien seguía como empleado de despachante, y ganaba bien, entonces surgió la posibilidad de hacer una pasantía para Rosario/12, por tres meses y a cambio de 300 Lecops. Ahí aprendí que a veces hacer lo que uno desea no siempre es lo más rentable. Pero eso lo leo ahora, entonces era joven y poco previsor. Y no puedo quejarme: estuve 18 años en Rosario/12, aprendí muchísimo de lo bueno y lo malo, y sirvió para abrirme otras puertas.

– ¿Quién es tu héroe/heroína? ¿Por qué?

– Creo que los héroes sólo existen en la ficción. Las personas somos imperfectas. Entonces aparece el concepto de admiración, porque allí hay un recorte posible. En ese terreno, la lista es larga y pueden convivir desde Eddie Vedder a Perón, de Alejandro Sabella a Néstor y Cristina, de Wes Anderson al Doctor Bilardo, de Tim Burton a Fidel Castro. Y están también las personas reales: admiro el enorme talento de mi hermano Gonzalo, la creatividad e inteligencia de Aimé, la mamá de mis hijas. Y me descubro muchas veces admirando, también, a mis niñas, Maia y Lis, por su maravillosa visión del mundo que transitan.

– ¿Qué experiencia fue fundamental para que decidieras dedicarte al periodismo?

Descubrir el poder de la radio. Mi secundaria la hice en el Complejo Educativo Alberdi (que hoy es la escuela de mis hijas) y había dos terminalidades: comunicación y biotecnología. Los dos primeros años había materias comunes, y entre ellas teníamos radio. Pero no fue ahí cuando me enganché. De hecho, elegí hacer Biotecnología, que me encantaba, y estaba decidido a seguir estudiando eso en la universidad. Pero a mitad de ese último año surgió la posibilidad de postularme para hacer un intercambio cultural con AFS. Quedé seleccionado y tenía tres opciones: dos meses en Alemania, seis meses en Tailandia o un año en Sudáfrica. Y me fui nomás para Johanesburgo. Era 1996, habían pasado menos de dos años desde la asunción de Mandela, plena transición post apartheid. Era una reapertura al mundo, entonces solían invitarnos a participar de charlas y, también, de entrevistas. Ahí le tomé el gusto a hablar con gente. Yo era muy tímido, pero un día me salieron un par de chistes, la gente se rió, y pensé que eso era mucho más divertido que estar en un laboratorio. Entendí que podía contar historias. Volví a Rosario un año después con los patos volados. Hice tres semanas de cursillo de preingreso a Biotecnología, entré en crisis y ahí arranqué a estudiar periodismo (y a intentar vender celulares).

– ¿En alguna ocasión te sentiste abrumadx por las redes sociales? ¿Por qué?

– Abrumado, sí. Arrepentido de usarlas, también: las redes y los vicios son mala combinación. Creo que las redes son herramientas fundamentales, de las que no se puede escapar en ningún proceso comunicacional o periodístico. Pero, en lo personal, podría vivir sin redes sociales. La dependencia que genera publicar y esperar la interacción me ofusca: me molesta descubrirme mirando cada tres minutos el teléfono esperando encontrar no sé qué cosa. Me abruma la sobreinformación de Twitter y el sinfín de Instagram. Me molesta la tiranía del algoritmo. Pero entiendo también que salirse de las redes implica correrse del radar del ambiente (periodístico, cultural, el que fuere). Y si bien siempre le esquivé a la exposición, también entiendo que es necesaria según los patrones sociales en los que vivimos.

– ¿Qué te preocupa acerca del futuro inmediato?

– Aprender a vivirlo. Me preocupa poder entender errores para no repetirlos. Me preocupa poder ser el padre que mis hijas necesiten y no limitarme a ser un padre posible. Me preocupa volverme insensible en un mundo que no hace más que insensibilizarnos. Me preocupa que no sepamos sortear las mezquindades que hacen del nuestro un mundo injusto.

– ¿Qué tipo de placer culposo disfrutás a escondidas?

– En general, trato de aprender a permitirme los placeres públicamente y sin culpa alguna. Aunque quedan algunos que, para sostener las convenciones sociales, sólo puedo permitirme a escondidas. A ésos me los reservo, con o sin culpa.

– ¿Cuán importante es el ocio en tu vida cotidiana? ¿Es imprescindible?

– Llevo tanto tiempo prescindiendo del ocio que, cuando lo alcanzo, tengo más desconcierto que goce. En este último tiempo sí busqué generarme esos momentos y disponerme a disfrutarlos conscientemente: leyendo, tocando la trompeta o la guitarra (que empecé a aprender hace poco), yendo a entrenar con los amigos de Liberati Box (que me resulta mucho más sano que ir a jugar al fútbol, al que tuve que abandonar).

– ¿Cuál es tu límite con el consumo irónico?

– Nunca lo había pensado. De hecho, por el Quiz Raptiliano aprendí qué es el consumo irónico. Gracias, Rapto.

– ¿De qué forma convivieron el trompetista y el estudiante de periodismo en tu juventud?

– Maravillosamente. Porque conectaban dos universos que adoraba. Y a los que llegué casi en simultáneo, porque mis primeros laburos como periodista coincidieron con el momento en que compré mi primer trompeta en Dr. Drum, del Turco Manzur. Yo me había autopostulado como cantante en una banda de amigos que se llamó Baila el Gordo, y un día acompañé a Diego, el baterista, a comprarse algún chirimbolo. Había ahí una trompeta y él me arengó para que la comprara. Y cumplió el que creo era su gran objetivo: que yo dejara de cantar. Después, ya estando en Rosario/12, armamos Freaks con un grupo de amigos del barrio. Me encantaba esa combinación de escribir en la sección de Cultura y Espectáculos del diario que más me gustaba con la furia ska punk del grupo del barrio. Un par de años después, y por la generosidad de Franco Santángelo que sugirió mi nombre, me sumé a la formación inicial de The Broken Toys. Eso fue para mí dar un salto de calidad. Pero entonces se confrontaron los dos mundos: además del Rosario/12, laburaba también en Cablehogar, daba clases en el Complejo Alberdi y en Tea Rosario. La banda crecía, estábamos grabando el primer disco y yo no podía dedicarle el tiempo que merecía. No estaba a la altura. Ahí prioricé la profesión y se terminó mi camino como trompetista. Algunos años después volví a tocar en vivo con Water Soul, haciendo nü metal, y hace un par de temporadas intentamos un regreso con Freaks. Pero me dí cuenta que estoy demasiado grande para renegar con viejos vicios.

– ¿Cómo te llevás con tu huella digital y tus primeros trabajos como periodista? ¿Te ponés detallista y crítico con ese pasado o sos más relajado?

– Trato de ser relajado con esa mirada retrospectiva. Creo que hay que ser justo con uno mismo. No puedo medir con la vara del presente al pibe que fui. Es un ejercicio de aceptación. Igual, por suerte al mirar atrás veo una coherencia en la búsqueda. Eso trato de sostenerlo, porque me parece sustancial. Quiero creer que siempre podré superarme. Pero, mientras tanto, a la honestidad y la coherencia hay que sostenerlas siempre.

– ¿En tu caminar como periodista cultural alguna vez sentiste que estabas en el lugar correcto en el momento justo?

– Siempre busqué correrme de muchos lugares. En un punto, fui atentando contra mí mismo al tratar de evitar la exposición. Tampoco soy cholulo ni obsecuente, por lo que no fui de forzar vínculos con artistas (que es lo que muchas veces permite acercarse al momentum tiempo-espacio). Sí hay un momento que valoro y resguardo con mucho afecto: en enero de 2016 un día me puse a charlar con Charlie Bustos, que siempre andaba vendiendo sahumerios por la puerta de Lavardén, generalmente roto. Ya sabía quién era y lo que había significado para la escena musical rosarina previa a la explosión de lo que se llamó La Trova. Me costó un poco, pero ya un poco urgido por generar algún buen contenido para las siempre remadoras ediciones de verano, logré convencerlo para hacer una entrevista. A fin de enero salió publicada. Cuando lo volví a ver, Charlie me agradeció mucho, estaba realmente conmovido. Poco después él tuvo una suerte de rescate, de hecho volvió a tocar y fue sorprendente ver cómo ese tipo callejero, casi linyera, resguardaba una voz increíblemente bella. Charlie me dijo un par de veces que la nota lo había ayudado a rescatarse. Y aunque creo que es más una demostración de generosidad de su parte, es el único ejemplo personal que tengo para sostener que el periodismo puede ser una herramienta transformadora.

– El trabajo diario en la redacción tiene una demanda constante que establece sus propias reglas acerca de tiempos, extensiones, agenda, etc. ¿Cómo cambió tu dinámica con el periodismo cuando concluyó tu etapa en Rosario/12?

– Terminar mi etapa en Rosario/12 significó salir de la cotidianeidad periodística y en algunos aspectos fue un alivio. Estaba desgastado. Había pasado muchos años con un mínimo de tres trabajos en simultáneo. De hecho, cuando salí del diario hubo un tiempo en que pasé a desconocer la agenda cultural. Después tuve el anhelo idiota y egocéntrico de creer que vendrían a buscarme para hacer cosas, como si fuera un jugador de fútbol que queda libre del club donde jugó casi toda su vida. Pero de hecho ocurrió: primero fue Perry Maison para sumarme colaborando en La Canción del País; tiempo después me llegó la invitación como entrevistador para Barullo (la revista de cultura en papel que siguen editando Horacio Vargas, Perico Pérez y Sebastián Riestra). A los pocos meses de dejar el diario también me convocaron para volver a dar la materia Lenguajes II en el Complejo Alberdi, y me sumé a un taller de Comunicación en Vecinal La Florida para el programa Nueva Oportunidad (hoy Santa Fe Más). Meses después, y a través de Ate, armamos una Fábrica Cultural que funcionó en Facaal (en calle San Luis al 1900, también para pibas y pibes en situaciones de vulnerabilidad). Un poco por ganas y más por necesidad, como consecuencia de la catástrofe macrista, tuve que dejar a un lado mi plan de tener más tiempo libre. Con lo cual no tuve muchas chances de extrañar al ejercicio diario del periodismo tradicional.

– ¿Podrías poner al periodismo en un decidido segundo plano? ¿Ese acto reflejo de contar puede pausarse?

– Creo que es imposible pausar el contar. Es algo que sale, que nos trasciende. Y que puede hacerse, o en mi caso hice, por fuera de los medios periodísticos. Esto lo pienso ahora: yo creí que post Rosario/12 no hacía periodismo, pero entiendo que lo sostuve en los proyectos que continué haciendo para Señal Santa Fe (y que, también dentro del Ministerio de Cultura, hoy trato de mantener dentro del área de comunicación de la Subsecretaría de Industrias Creativas). Lo seguí haciendo como docente de periodismo, donde efectivamente lo que siempre busco es transmitir ese concepto: necesitamos contar historias, sobre todo las que quedan en los márgenes, por fuera de las agendas institucionalizadas. Y busco transmitirlo con honestidad y coherencia. Creo que, más allá del medio, nunca dejamos de ser periodistas que cuentan. Aunque nadie se entere. O, mejor dicho, aunque el mundillo autofágico del periodismo no quiera enterarse.

 

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