MI AMIGO INVENCIBLE, LICHI Y AMELIA EN GALPÓN 11: CANCIONES QUE HACEN BIEN

El Galpón 11 funcionó como sede de convergencia para tres bandas que aunaron generaciones y demostraron que las canciones son resistencia ante un mundo que corre demasiado rápido.

 

“La verdad, estuvo re lindo todo”, le dice una piba a la salida del Galpón 11 a una amiga, minutos después de la despedida de Mi Amigo Invencible (MAI). La contundencia de ese comentario azaroso escuchado en la puerta, mientras una nube de humo se eleva desde los fumadores ansiosos, ofrece una contundencia que se siente justa. Queda perfecta. No se quita por un rato, aferrada al oído casual.
Ernest Hemingway, al referirse a su labor de periodista y cronista de sucesos varios, tenía recomendaciones para la escritura clara y honesta: “todo lo que tenés que hacer es escribir una oración verdadera. Escribí la oración más verdadera que conozcas. Así  se empieza”. Cuando concluye la noche de Amelia, Lichi y Mi Amigo Invencible la imagen inmediata es la de un Hemingway emponchado, fumando, tirando aquella máxima y señalando a la chica en cuestión. Acaso esa oración verdadera, en este preciso instante, le pertenece a la piba que se aleja, acompañada con su grupo, en dirección al Monumento a la Bandera.
En épocas de saturación mediática furtiva, esas seis palabras escuchadas al pasar son suficientes para resumir lo sucedido a la vera del río Paraná. El re lindo todo permite perspectiva. Fue una noche que coronó meses de producción y trabajo a distancia. También de ansiedades  e incertidumbres. Convocatoria que fue de menor a mayor. Finalmente, todo cerró con ánimos felices, abrazos estrechos y sonrisas conformes.
Desde las 21 horas hasta bien pasada la medianoche, el Galpón fue una sede donde la música fue excusa y las canciones fueron protagonistas. Canciones que hacen bien. Canciones que acercan generaciones.  Canciones que crecieron por fuera del radar mainstream, ideando otras maneras de construcción.
Los acoples circunstanciales no cuentan como problemas reales que resten. Los segundos de sonido estallado-saturado sobre el último tramo de la noche tampoco fueron impedimento alguno para el disfrute. Quizás sí para el sonidista a cargo. O para quienes estaban tocando. De todas formas, no fueron trascendentes en el plano general. El detalle no menor, a considerar, es que ese espacio municipal sufre un abandono desde el año 2020, y está sostenido con paciencia y esfuerzo por sus laburantes.

Volviendo al rastro anterior: ¿cuán necesarias son las canciones en una industria cultural donde los logros no son artísticos sino cuantificables por likes o clics? Las canciones son, a veces, una fuente de identidad. Con el paso del tiempo se convierten en el soundtrack de nuevas vidas, presentes aún cuando todo alrededor esté girando. En 2024 se cumple una década de la primera visita de MAI a Rosario. Desde aquella actuación inolvidable en el Festival Otro Río, la banda tomó estatus de imprescindible para una generación mientras que, actualmente, sigue escribiendo páginas relevantes. Lichi, por su parte, captura el zeitgeist como pocos songwriters argentinos puede hacerlo. Lo captura para hacerlo canción. Amelia, siendo la más joven de la fecha, avanza probando y encontrando genuino en cada etapa estética. ¿Qué hay detrás de alguien que hace historias de una canción? ¿Qué necesidad tiene la generación digital de encontrar identificación en las canciones que no ocultan sus heridas ni sus cicatrices?  Amelia es evocativa, íntima y sofisticada. Canta mientras alguien la escucha. Canta porque alguien la entiende.
En el Galpón hay algo más que una fecha: es una confirmación de que las canciones sostienen nuestras vidas, funcionando como resistencia ante un mundo que corre demasiado rápido hacia la fragmentación impersonal. Encontrarse todavía es posible.

AMELIA: POP GOES THE WORLD

Amelia (Sagarduy) tiene el deber de inaugurar la noche. Lo hace secundada por Catalina Druetta en guitarra y Lusio en teclados y sintes. El trío toca por media hora, haciendo todos temas nuevos de un disco que está por salir. 
Siempre fluyendo hacia estadios renovadores, Amelia suena inédita: «Saloma», «Fuego al corazón», «¿De qué sirve?», «No quiero tener que perderte», «¿Cuánto cotizará mi alma?», «A la sombra del mar», además de un guiño a Babasónicos. Las canciones son de un lenguaje pop directo, en clave tempranos 2000s, ya casi despegada del folk pop fantasmagórico que mostró en julio de 2022 sobre el mismo escenario para el Festival de Invierno. Un mes atrás, en ocasión del Plasma Lounge en La Usina Social, Sagarduy apareció como invitada de Pedro & Lusio, estrenando un hit -todavía inédito- donde se mostraba desenvuelta en el ropaje estético colorido que está por venir.
El trío toca ante un público no tan ajeno puesto que Amelia y Lichi son cómplices de aventuras desde hace años. Sagarduy se mueve con autoridad ante una sala que se va llenando. Suelta, con una mano sosteniendo el micrófono y la otra en el aire, como animadora de ceremonias, su lenguaje corporal sale a buscar a la gente, cubriendo todo el escenario con pasos seguros.
Si bien Amelia mantiene el componente de vulnerabilidad, lo nuevo se (pre)siente grande, fuerte y audaz. Junto a Lusio se adentran en el lenguaje del Hyperpop, manteniendo sus propios reparos. Los estribillos tienen potencial, los instrumentos parecen empujados al frente de la mezcla, listos para el ataque que parece ser bien pistero.
Lo que está por venir se intuye como una invitación a imaginar un show completo que integre música, puesta visual y se acerque definitivamente al público. Estamos atentos. 

LICHI: SER CON LA AUDIENCIA

Cuando Lichi sale al escenario es apropiado decir que juega de local. Esa afirmación, no obstante, entraña una sensación encontrada: aun cuando dos de sus integrantes son rosarinos y su líder vivió varios años en nuestra ciudad, no es común que el proyecto tenga fechas full band acá. Es algo que no escapa a la propia atención del músico y creador de contenidos, que lo remarca ante el micrófono, a sabiendas que es una oportunidad que no van a desperdiciar. 
Tocan once canciones, entre ellas «Dani», «Las casas», «Desde acá», «Sequía», «Rafaeland». Hay reclamos por canciones que el público espera. Suenan casi todas. Nadie queda disconforme. Al menos nadie lo expresa con gritos.
Tras los parches, Santiago de Oyarbide, es pura sonrisa. El disfrute no distrae, al contrario, lo compenetra aún más con sus compinches. Selene Guida en el bajo, es el cable directo entre bata y cantante-guitarrista. Equilibra la ecuación. Lusio, cumpliendo múltiples roles, es fundamental. Efe, guitarrista, es acertado y desbordante.
Lichi, como banda, es una entidad certera y bien aceitada. Lichi, como líder, sabe lo que quiere: hacerse uno con la audiencia, cantando al unísono. El cuarteto entrega ganchos poperos pulidos en canciones sucintas. Alrededor de toda la lista queda claro que manejan una musicalidad popular de los últimos veinticinco años; el oído homogeneizado por años de escuchas accesibles teniendo a la era de la información en la palma de la mano. La propuesta derrocha una identidad generacional casi única: guiños irresistibles que son furor masivo para una camada y pasan completamente desapercibidos para otras edades. No obstante, esas complicidades que surgen desde la complicidad en la nube y en hábitos de hiperconectividad, nadie se queda afuera de Lichi puesto que sus canciones son pegadizas, entrando para quedarse sonando dentro. Pero nada es tan fácil: la banda es pura solidez, sosteniendo matices, encontrando vertientes de lucimiento personal sin desentonar de la propuesta global. Su mezcla de pop y folk celebra caleidoscopios de sentimientos que desconocen dogmas y evitan las vidas designadas desde las sombras.

MI AMIGO INVENCIBLE:  DEJARSE LLEVAR

“Tenemos el mejor trabajo del mundo”, comenta Mariano Di Cesare en camarines, mientras Lichi suena de fondo, acompañado por la gente que canta a la par. “Todo pasó sin darnos cuenta”.
MAI está distribuido en dos sillones enfrentados meditando algo crucial: encender o no encender el aire acondicionado. Es junio, claro, pero hace tiempo que el planeta perdió la cordura térmica y ahora somos ocho -banda completa + mánager + periodista-personas en pleno intercambio. Entre ideas, risas y guiños el calor escala. Al final nadie prende nada, pero se habilita el Fernet con extra hielo.
Están expectantes. La gente acompañó la fecha con entusiasmo certero. La prueba de sonido fue ardua, para decirlo con cierto tacto. Ahora queda salir al escenario. Conectar. Antes, algunas ideas, entre preguntas y reflexiones. La primera idea es evidente: MAI tiene una ética de trabajo que hizo la diferencia, logrando sobreponerse a las modas y las etiquetas fáciles de la prensa. Superaron la tendencia, sobrevivieron a la relocalización, siempre sabiendo que eran laburantes de la música. La búsqueda estética necesita una ética laboral perdurable que sostenga: MAI, a su manera, supo comprenderlo sin llegar a ponerlo en palabras. Fueron acción. 
“Una banda es como un zeppelin volando: Dios tiene una aguja ahí, a punto de pincharlo. Es todo muy frágil.  Hay que sostenerlo día a día, segundo por segundo. En cualquier momento te pasa por encima el mundo. La fortaleza viene de trabajar”, reflexiona Di Cesare.
“La ética nos hizo profesionales”, apunta el cantante, guitarrista y compositor.  “La banda empezó a crecer y a exigirnos una responsabilidad que nosotros desconocíamos. De ser una banda de amigos y amigas que se juntaban a hacer música pasamos a ser un grupo con la responsabilidad de sostener un proyecto en Argentina, en una escena independiente.  

La banda está conformada Nicolás Voloschin (guitarra y voz), Pablo Di Nardo (teclado), Lucila Pivetta (bajo), Arturo Martín (batería), Leonardo Gudiño (percusión) y el ya mencionado Di Cesare. Es Martín el primero en ponerse de pie, ya casi entrando en calor, moviéndose inquieto entre ambos sillones, charlando y hasta haciendo algunos estiramientos. Pivetta, Martín y Di Cesare toman la palabra, sosteniendo una previa al escenario que va escalando cuando se escucha al público aplaudir.
MAI viene sosteniendo un compromiso con el oficio desde hace años. A través de sus sucesivas etapas estéticas, sus trabajos siempre lograron ser sorprendentemente consistentes, pero cuando llegó Isla de Oro (producido por Martín Buscaglia) sucedió algo interesante: la banda publicaba un disco refrescante y renovador desde una madurez donde disfrute y atrevimiento se conectaban con el inicio de un nuevo ciclo vital de público y solidez en conciertos. Causalidad por encima de la casualidad, MAI llegó a ese punto justo porque lo buscó y lo sostuvo desde una entrega que hace de la música un trabajo dedicado. MAI nunca se entregó a la comodidad de la seguridad. A su modo, siempre fueron por más, por eso debe apreciarse que eligieron evolucionar antes que institucionalizarse como hicieron otros actos del indie argentino. 
Hay un aura especial en el presente del sexteto. MAI logró la madurez en la misma etapa que transita cierto reseteo de su propia historia. La solemnidad quedó guardada, al menos por un rato. Mientras tanto, ahí afuera, su público se reconfigura mientras seguidores de vieja escuela confluyen con adolescentes y veinteañeros del último lustro.
Algún tiempo atrás, justo cuando la formación del grupo se transformaba, el proyecto de MAI se encontró con una decisión: apostar por su propia evolución, eludiendo la obviedad de sus propias zonas seguras. De esa forma, desestimaron las fuerzas externas que sugerían ser como tal para ganar comerciabilidad y popularidad a fin de monetizar un rumbo de mayor visibilidad. Apostaron por salir del nicho de la misma manera en que evitaron ser unos caudillos de la solemnidad. Gambeta para unos, sin entregarse a los otros.
La madurez artística llegó por apostar a sí mismos aun cuando no tenían un entendimiento concreto sobre quiénes eran precisamente. Sin embargo, el salto arriesgado probó ser un acierto: renovarse y hermanarse desde una nebulosa creativa que los afirmó como artistas para dejarlos listos para una carrera de fondo, pasando del descarte cortoplacista que reina en la industria musical contemporánea.
Somos una banda independiente, pero con una búsqueda diferente”, comparte Pivetta. “No estamos tan pendientes de integrarnos a un mercado, sostenemos cierta distancia”, afirma la bajista.  “Buscamos ser atemporales con la música. Queremos ir por un paralelo de lo que suena. Siempre estuvimos buscando música nueva. Sin embargo, buscamos una mixtura que logre algo atemporal. Evitamos la estética de fácil integración”, aporta Di Cesare. “Fuimos buscando algo nuevo, sin correr detrás de un género. Somos conscientes que el lugar que estamos ocupando como grupo es de una satisfacción tal que la tendencia no nos desespera”, sostiene. “Afortunadamente entendimos que la tendencia es bastante dañina”, concluye.

Otra teoría se baraja sobre la mesa: MAI tiene algo de bandera generacional. La banda surge entre paradigmas friccionados, compuesta por integrantes que se adaptaron a los cambios, un poco por gusto, otro por necesidad, y bastante por el imperativo de sopapos varios de esos que Argentina esconde para entregar casi sin aviso. Con ese cableado, el grupo surgió, generando un disco imperecedero como La Nostalgia Soundsystem (2013), evolucionó para sobrevivir y sorprender con canciones diferentes. Entre tanto, aprendió a convivir con otros lenguajes, incorporando elementos por placer, asimismo rebajando el equipaje innecesario. MAI es tanto un grupo musical como un puñado de aprendices, renovadores y sobrevivientes. La edad no será más que un número sin importancia, aunque el aprendizaje consciente se vuelve virtud en una industria donde los egos derrapan, fagocitando carreras en segundos.
“Nuestra generación es la que nació polimodal, bien bisagra: sin Internet desde la cuna, pero creciste a la par; en medio de la deconstrucción que te cambia la cabeza; estamos en medio de todo. Son un montón de cosas que hoy cobran mucha vida porque la información tiene más canales”, considera Arturo. “Desde ese punto de vista, desde esa inflexión, creo que nuestra generación puede coquetear con ciertas cosas sin dejar de ser quien sos. El ejercicio más grande que hace MAI es construir desde ese esfuerzo mirando hacia adentro entendiendo lo que sucede alrededor”.
A propósito del aniversario de La Nostalgia Soundsystem que se cumple en 2023, las consignas revuelan, pero ninguna termina de dibujarse como apropiada. Ni Martín, ni Di Cesare evitan el tópico. Celebración. Velas.  Fechas. Hubo varias cartas sobre la mesa. Lo típico de una industria obsesionada con los números redondos y las cifras que generan los recuerdos. Pero hay mucho más. Sí, es un disco especial tanto para la banda como para el público. Claro, ese álbum siempre se cuenta entre lo mejor de la música argentina de la década pasada. Por supuesto, ya forma parte de la formación sentimental de una generación.
El aniversario llega en un presente de protagonismo indiscutible para MAI. Nadie está mirando atrás. En todo caso, están mirando lo que habrá de venir mientras disfrutan del presente. Isla de Oro se siente rotundo. Lograron cambiar el paradigma, generando reacciones positivas por doquier. ¿Cómo asomarse para celebrar el pasado cuando el presente es inapelable? ¿Cuánto peso de ese aniversario pertenece a la banda y cuánto al afuera? El ahora se siente como una fortaleza. MAI no parece tener cabida para el deber ser externo.
“Lo tomamos con cariño a ese aniversario, pero estamos muy ocupados haciendo música siempre. No tenemos tanto tiempo de mirar atrás”, dice Di Cesare, sentando posición, sin ser tajante. “Ahora estamos concentrados en un nuevo disco. Nos movemos. Siempre pasamos para adelante. Hacer música nueva es lindo. Repasamos con cariño ciertas canciones, pero sentimos un ahora”.
“Este año surgió eso mismo que vos decís: lo paradójico de celebrar un disco tan importante mientras estamos viviendo un presente auspicioso”, indica Martín. “De hecho, apareció esa idea de hacer una fecha para celebrarlo, pero nos ganó la idea de hacer música. Más que preparar ese show fue darnos al disco nuevo. Nos dejamos llevar por eso”.

Cuando la gente vuelve a ingresar al Galpón y las luces se apagan un murmullo gana la sala. El sexteto toma su lugar frente a los instrumentos entre aplausos y algunos gritos de agite. Se trata de una bienvenida amable sin preámbulos. 
MAI forma una conexión con la multitud de una manera que descarta cualquier tipo de ego elevado por el escenario.  Es un juego de sutilezas entre partes. La música es el puente. Cuando la química se activa, la atmósfera toma color.
Las canciones se suceden y, si bien emiten palabras para con el público, parece que no haber demasiado tiempo que perder. La lista es larga. Las sensaciones, generosas. Hay sorpresas cuando llegan algunas reversiones que parecen especialmente desarrolladas para el vivo. 
Suenan «Fósil», «Suavemente entusiasmado», «Temblor», «Desayuno continental», «La araña», «Impecable», entre otras. Hay electricidad, tanto en sus instrumentos como en sus cuerpos entregados al disfrute, aunque también se permiten bajar para algo acústico.
En un espectáculo que permite tanto la cercanía de la introspección casi susurrada -casi compartida en un viaje de ojos cerrados para mucha de la gente presente- la banda se sostiene casi sin fisuras en el escenario durante unos noventa minutos, abarcando todos los aspectos de su atractivo perdurable: canciones que dicen para conectar; música que entiende la gentileza del movimiento ajeno a protocolos, pueden ser hipnóticos desde una cadencia indie y hasta darse al groove de entrecasa sin incurrir en onanismos instrumentales; un fervor genuino que se manifiesta con los saltos de Di Cesare y también con la confesión de “nos vamos porque no quedan más canciones”.
Mientras la banda se suelta -entran en modo goce a partir del cuarto tema-se confirma el logro de un proceso artístico que comenzó algunos años atrás: actualmente la identidad sonora de MAI es colectiva, un camino que se sintió en la época de Dustiland (2019) y que con Isla de Oro termina de manifestarse. En ese sentido, se puede observar que puede haber un punto de partida individual desde el pulso de Di Cesare, pero la terminación cobra entereza con una banda involucrada, sintiendo cada parte, construyendo desde arreglos. ¿Será una soltura aprendida de los días compartidos con Buscaglia o simplemente es un equipo que trabajó para entender como ser un colectivo gestáltico? Puede que ambas. Se trata de seguir adelante. Pero también de seguir aprendiendo. En eso están.

 

 

Texto de Lucas Canalda / Fotografías de Giulia Ant + Renzo Leonard

 

 

 

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