
Berlín cerró sus puertas, pero dejó algo más persistente que una barra, un escenario o una dirección en el mapa nocturno de Rosario: una forma de estar juntos. Entre la nostalgia por un tiempo apenas rozado y la urgencia de inventar nuevos refugios, una generación revisita la mística de la noche como territorio de formación, comunidad y resistencia cultural. Porque si los espacios los hace la gente, el verdadero legado de Berlín quizá no esté en lo que termina, sino en todo lo que todavía puede empezar.
Hace un par de fines de semana, en una cortada que se desentiende del tumulto microcentrino de la ciudad, se despidieron miles de personas del bar Berlín. ¿De qué nos despedimos? ¿Qué nos juntamos a rememorar? Por momentos me iba de lo que ya sabemos: la necesidad de buscar un anclaje en la noche y en el arte que nos embalsame un poco la existencia. Más allá de estas respuestas cada vez más cotidianas, me quedaba pensando: ¿cómo puedo estar despidiéndome con tal nostalgia de algo que no llegué a vivir en su totalidad? Pequeñas delicias de este místico inconsciente colectivo rosarino que la lógica no puede poner en palabras, pero quiero intentarlo.
Nacidxs en los 2000, criadxs y crecidxs con los últimos atisbos de un mundo analógico, el tema que retorna en las conversaciones con mis círculos de gente es lo presente que vivimos con el relato de un pasado mejor. Con una sed existencial donde el mundillo artístico parecía darnos respuestas, Berlín llegó a nuestros primeros años de adolescencia siendo el mismo torbellino que fue siempre. En realidad no podría saber si una llega a los lugares o si los lugares terminan por encontrarnos. Lo cierto es que las encrucijadas suceden, y qué fortuna la de haber caído en algunas.

Si hablo de la mística de los caminos predestinados, tengo que mirar hacia un 2017, pisando 2018 y pensar cómo esas noches nacientes no hubiesen sido lo que fueron sin primero haber pasado mis días enteros en una escuela artística -la Gurruchaga, a quien podría también dedicarle todo esto que soy hoy-. La gente ahí dentro me dio vuelta como una media, me acercó a la vida que todavía no sabía que quería. Con la misma manija con la que vivíamos el arte en cada salón, sentíamos la necesidad de salir a buscarlo y vivirlo en la calle, bajo madrugadas húmedas, sin supervisión, donde empezábamos a entender a qué se parecía un poco la libertad. Todas las caminatas a trasnoche conducían a espacios que me engatusaban, que tenían un lenguaje que quería aprender a hablar. Claro está, Berlín primaba entre ellos.
No fue solo el deseo adolescente de querer ser parte de algo, sino que, para mejor, ese mundo me hablaba a mi. Era un diálogo en cosas mundanas y propias del ambiente, pero con un peso a medida de lo que se asienta para quedarse. Fue escuchar un saxofón en vivo por primera vez, como también electrizarme con el solo de una guitarra. Fue enterarme que la música bemolada y cargada de sincopas que me movía de niña tenía un nombre propio. Fue vestir camisa y boina un fin de semana y al siguiente pantalones oversize que acariciaban el piso, encontrar una forma de expresarme. Fue ver a las amistades con las que compartía recreos pisar los escenarios de una ciudad ensuburbiada, que todavía no comprendíamos tanto, pero que ya era un poco nuestra. No sucede todos los días cruzarse de sopetón con algo que nos mire a los ojos y que con sólo ese gesto una diga “Ah, es esto, esto es a lo que quiero que se parezca mi vida”.

De ahí emergimos, de ese caos nocturno todavía ajeno, entre bohemio, pretencioso, sucio, pero estimulante y apasionante por igual. Eso heredamos y también, de un tiempo a esta parte, es eso lo que se fue desdibujando. Ante esa falta, esta generación se sigue pavimentando, un poco con resabios del ayer, un poco con lo que hicimos de esos restos, pero a veces me corrompe la idea de que todo tiempo pasado fue mejor. Pienso cuáles son nuestros lugares de resistencia hoy por hoy, hacia qué punto del mapa vamos a girar de acá a unos años y rememorarlo con tal extrañeza. Y hablo de un refugio, un espacio físico, uno con paredes y techo que abarque sueños, ilusiones y proyectos en medio de tanto odio generalizado.
Con los bolsillos cargados de tales incógnitas, a sabiendas de que las respuestas casi nunca emergen en soledad, quise reunir a gente cercana con quienes nos adentramos hacia ese tiempo, con la misma edad, en las noches de este pequeño gran pueblo.
Sin la intención de buscar caras representativas -porque somos sólo una pequeñísima parte de un gran tejido cultural– guardo hacia ellxs el cariño que se atesora de las primeras experiencias. Con Amelia (hoy liderando su proyecto musical) conocí lo que era un ukelele cuando en algún rincón del patio de la Gurruchaga practicaba covers memorables -y luego sus propias canciones signadas por una ternura única-; en Santi (Gladyson Panther) escuché cómo en mi propia ciudad también podía habitar el aura de los rocks que sintonizaba mi vieja en la 98.9 cuando yo era chica; con Mía Calde (bajista de La NN y Mona Bondage) nos descubrimos por Instagram intercambiando las cursilerías en prosa que escribíamos y más tarde, con su faceta musical, me dio otro motivo para admirarla; de Cande (AKA Candela) siempre me atrapó ver cómo su proceso parecía ser jugar con sólo un teclado dentro de su pieza y palabras livianas como ella; a Fran (cantante, compositor y tecladista de Suave Lomito) lo he visto tocar en vivo, pero no lo conocía, lo mencionaron los chicos y quise que se sume porque eso ya cumplía la primera misión: romper la distancia con quienes sabemos que orbitan alrededor.
Camiloco es el que hace ocho años se acercaba a la Plaza de las Américas a vender anticipadas para Caliope a cincuenta pesos, y es también quien hace unos días nos abrió las puertas de un Berlín amanecido de su gran cierre para intercambiar, entre anécdotas y reflexiones, posibles coordenadas.
Así, en Los Bajos de ese antro-bar, nos encontramos con la pregunta que retorna: ¿Qué tiene la noche en Rosario? ¿Qué es esa cosita que la hace tan especial? La fluidez, la espontaneidad, son las sensaciones que primero aparecen. Aunque sean pocos los lugares que sostienen vestigios de ese efecto sorpresa, sabes que hay algo que te está esperando, no reconoces precisamente qué, pero late por ahí, sostenido en algún rincón escondido. Pensamos en direcciones precisas: “el Bon Scott es el último bastión de la comunidad”, dice Amelia. A la vez, surgen nombres de casas o centros culturales que abarcan proyectos o artistas emergentes y autogestivos, pero el foco está claro: nuestra nocturnidad actual -como la que estuvo vigente en los mejores tiempos de Berlín- está signada por una necesidad de tejer lazos, redes, generar intercambio, alimentar la comunidad artística en todas sus expresiones. De la música al teatro, del teatro al cine, del cine a las artes visuales o a la poesía; dejar de pensarnos como un archipiélago de opciones.

Es curioso, por no decir trascendental; nos anclamos en una idea de lo que era en otro tiempo la pertenencia cultural mientras nos fuimos despidiendo de los lugares que la forjaron. Aparece el nombre del mítico Club 1518 y Mía dice: “La primera vez que fui fue para la fiesta de cierre, se hizo una jam espectacular, conocí a un montón de artistas, hoy colegas”. Una noche. Un debut y despedida de todos los colores ante los ojos de alguien de diecisiete años. Sólo eso hizo falta para dejar un rastro de cómo idealmente podríamos construir espacios similares, encender nuevamente la idea de comunidad que heredamos y hacer de ella algo que se sostenga entre cuatro paredes.
Previo a esta charla -la mañana siguiente a esa gran fiesta en el Pasaje Simeoni, para ser precisa- pienso en mis noches. Pienso y me angustia la frecuencia con la que siento esta ausencia, la de un espacio físico, cómo se fueron sucediendo y cómo llegamos hasta acá. Cuando la bruma mental amenaza y la tardecita de un sábado pasa a ser oscuridad, me calzo los borcegos y parto en búsqueda de ese tal lugar. Me despierto con resabios de la noche en el cuerpo y en la mente. Me hago unos mates y palpo un poco el vacío del día después. No le temo, es un instante, porque al rato algo nuevo empieza a aflorar: los abrazos que di durante la noche; la música que sonaba de fondo; el caminar sin rumbo en búsqueda de algo más; las voces nuevas que no conocía; las conversaciones infinitas que siempre terminan en abrazos, risas o un par de lágrimas; unos cuántos amigxs -o desconocidxs ahora amigxs- con quienes desparramar en las veredas húmedas de esta ciudad todos los sueños de los mundos que queremos habitar y después salir a buscarlos entre luces de neón.
Ahí, cuando rememoro la noche con el primer mate de la mañana, el pasado mejor ya no me corrompe tanto y me topo con reflexiones en alguna esquina de mi mente: un poco aprendimos a ser nuestro propio lugar físico, nuestro espacio de resistencia, nuestro caldito de cultivo. Con este anhelo de consolidar nuevamente espacios de los cuales volver a nutrirnos, nuestra nocturnidad nos da un humilde manual de pasitos a seguir: cuando uno se piensa solx, enseguida aparece el “No puedo”, en colectivo aparecen los futuros posibles. Quizás nos gusta y conmueve tanto nuestra noche porque es de los pocos lugares que nos hace pensarnos en comunión, escucharnos entre nosotrxs, entender qué está haciendo el otro, no ir sólamente a atestiguarlo, a ser espectadores.

Reflexiones similares emergen en esta charla en Los Bajos de Berlín: sí, nuestro trabajo se trata de dar cuerpo y forma a ese mundo sensible que nos habita y disfrutar la mística que conlleva; pero sobre todo -y por suerte- también nos toca aportar y fortalecer el sentido cultural local en el acto de crear. Ahí hay un gran pilar: el colega necesita de nuestra mirada tanto como nosotrxs de la suya. Y no lo afirmamos únicamente al volver sobre ese pasado mejor, sino también al revisar los inicios propios. “Da mucha seguridad que te escuchen compañerxs que hacen lo mismo que una. Quiero ocupar ese lugar. Honrar el que me hayan invitado, el que me hayan visto”, rememora Candela.
Es algo mínimo, pero trascendental, el vernos, el reconocernos. Recordar por qué hacemos arte si no es porque una parte de nosotrxs pide a grititos silenciosos que le echen un rayo de luz. Creo entonces, vamos a seguir encontrándole sentido a las noches y su cosita, vamos a dar con esos refugios culturales que añoramos si en primer lugar cumplimos con el rol que tenemos enfrente: estar para el colega amigx (y el no amigx también). Hacerlo desde el amor por lo que hacemos. Es construir, es asistir, es mostrar interés, esas son las herramientas que construyeron puentes en un pasado y la fórmula no parece ser muy diferente a la que necesitamos trabajar hoy.

Lugares como Berlín cimentaron los sueños de muchos para que podamos llevar un hogar andante por toda la ciudad, haciendo vivencias de la noche, sumiéndonos en ese portal mágico que no sabemos explicar, pero que sí sabemos que es con otrxs, porque a los espacios los hace la gente. Mientras sigamos siendo una extensión de todos los hogares que habitamos -e incluso de aquellos que heredamos sin vivirlos tanto- creo que tenemos coordenadas para crear uno (o varios) nuevos. Contra todo pronóstico, contra todo ataque sistemático, con cual arma artística llevemos en el bolsillo.
Todavía resuena esa mañana post despedida: más de uno nos levantamos nostálgicos de un tiempo que no vivimos, con el bichito del vacío revoloteando el bocho, pero con la certeza de que si algún pasado fue mejor, los días por venir también pueden serlo. Ese cruce generacional, ese umbral hacia algo desconocido -pero que late, vibra y subyace en esta ciudad-, eso también fue Berlín.
Texto por Marianella Iovaldi – Fotografía por Marina Bluhn