MORA Y LOS METEGOLES O POR QUÉ LAS CANCIONES SIGUEN IMPORTANDO

Mora y los Metegoles llegaron a Rosario para presentarse en D7 junto a Bubis Vayins, en una fecha que combinó escena local y circulación federal. En un contexto donde cada viaje se vuelve cuesta arriba, la banda platense sostiene su recorrido entre la autogestión y la construcción de comunidad. El quinteto construye desde ahí: desde la química interna, desde la experiencia compartida y desde canciones que no buscan explicar, sino conectar. En esa tensión —entre lo íntimo y lo colectivo, entre lo precario y lo expansivo— aparece algo que escapa a una contemporaneidad medida por redes sociales y golpes de efecto.

 

En ciertas ocasiones, el calor y la humedad le imprimen una cualidad de chicle al tiempo: las horas se estiran, sin demasiado sentido, en ratos compartidos entre risas, paseos y conversaciones que se vuelven profundas desde la mera charla pasatista. Caminando por la calle, cruzando avenidas, abriendo latas como actividad de un viernes por la noche —temprano— en un otoño desautorizado por el calentamiento global.
En Ficha, pasadas las ocho, no hay mucha gente. Ese agujero estrecho de avenida Francia, iluminado principalmente por los rayos catódicos de los arcades, tiene pocos jugadores. Afuera, algunas mesas disfrutan cervezas. Adentro, jugadores dispersos se concentran en fichines de fútbol, peleas y disparos. La música que suena por todo el local parece anclada a la época en que Sacoa era una sensación nacional: una playlist de Pericos, un éxito detrás de otro.
Todo podría pasar como música de fondo, pero no. Mora y los Metegoles cantan los estribillos e incluso imitan el tono latino del Bahiano en los primeros noventa. ¿La mejor canción de Pericos? Hay debate, pero la mayoría se inclina por «Waitin’». También aparece el mítico “Buena gente, especialmente las damas” de «Párate y mira». Alguien corona la escena con un “¡Ojoy!”, que arranca risas, aunque no las suficientes como para despegar a los gamers de las pantallas.
Mora y los Metegoles tiene cinco integrantes. En este momento, entre fotos y flashes, cuatro de ellos toman cerveza en lata. Quilmes, para ser más precisos.
“Siempre pegamos Quilmes, pero nunca nos cae el sponsor”, dice Mora Palvi, cantante, compositora principal, guitarrista y creadora del proyecto.
Habrá que seguir hasta que caiga, no sé”,agrega, mientras pasa la lata.
Aziz Asse (percusión), Marcos Cikes (guitarra), Joaquín Millón (bajo) y Lautaro Osacar (batería) posan de manera divertida, parodiando la pose cool aesthetic que aparece por default en redes sociales. Se trepan a una escalera incrustada en la pared. Simulan hablar por un teléfono público que hoy es apenas una decoración vintage.
Se turnan el primer plano. Rotan. Se tapan. Se ríen, con complicidad. Hay algo evidente: química.
Esto es una aventura.
Un disfrute.
Una vocación.
Un oficio.
Una carrera.
Algo real.
Algo que se sostiene desde hace años.
Lo abrazan.
Lo viven.
Las canciones viralizadas, los festivales de renombre en Ciudad de Buenos Aires, los titulares en diarios nacionales e incluso una gira por México, los acercamientos de productores y managers: todo eso suma experiencia, pero no distorsiona la esencia de un proyecto que intenta sostener ese disfrute. Y el oficio.
En los gestos cómplices se advierte cercanía humana.
Hay bandas con la mitad de años que MyLM que ya no pueden ni compartir un grupo de WhatsApp. Quedaron atrapadas en su propio éxito, cosechando giras con titulares relevantes y, sin embargo, sin química que las una. Sin afecto. Sin un horizonte común más allá de cumplir con el trabajo y volver a casa.
Entre estas cinco personas hay capital afectivo para sostenerse hasta que la vida ofrezca sorpresas.
El impulso serán las canciones, las fechas sorpresas en casa, las giras por provincias argentinas cuando se pueda, entre la autogestión, las invitaciones que lleguen y el empuje de un equipo cercano.
Será lo que tenga que ser, hasta que lleguen los sponsors de birra. De Quilmes. De Heineken.
En Rosario o Córdoba. Donde sea.
Las fotos terminan pronto. Se celebra con un aplauso y un abrazo general.
De nuevo en la calle, se ranchea a unos metros de D7, sobre la vereda.
El tiempo muerto entre prueba de sonido y toque también hay que saber disfrutarlo.

En el camarín de D7 hay otra tanda de risas. Mora dispara chistes con rapidez, buscando miradas cómplices que acompañen sus ironías. Hay abrazos y conversaciones con Bubis Vayins.
Recuerda fechas de años atrás en Moscú. Con Bubis. Con Gladyson Panther. También menciona a Perro Fantasma: le gustaría armar algo en conjunto entre ambas bandas.
Su atención pendula entre destacar la importancia de construir comunidad con proyectos locales y el asombro —casi infantil— que le provoca descubrir que en D7 sirven cerveza Santa Fe de litro. También hay fernet. Se brinda, de manera general.
Frente a una mesa de arrime se discute la lista. Se arma, fibrón en mano, con canciones de todas las épocas.
Con la lista quintuplicada —una tarea que se reparten entre Millón y Mora— llega el momento de las preguntas.
El foco cambia, pero el clima se mantiene intacto, incluso cuando aparece un contexto complejo que aprieta fuerte.
Comprar una entrada para un recital se volvió casi un privilegio, sobre todo cuando las necesidades básicas apremian. A pesar de lo áspero de lo cotidiano, se encuentran formas. De tocar, de compartir y sembrar vínculos hacia adelante.
Hay que atreverse.
Al momento de hablar de salir a tocar, la dificultad no se esquiva. Se reconoce que el deseo de llegar a todos los rincones del país sigue intacto —casi como una necesidad—, pero sostenerlo se volvió cada vez más complejo.
“Nosotros tenemos siempre la esperanza o las ganas de ir a todos lados, por lo menos dentro de la Argentina. Y cada vez es más complicado, incluso venir a Rosario, que son pocos kilómetros y debería ser posible hacerlo de manera continua. Es muy difícil sostenerlo con regularidad. Por supuesto que lo seguimos haciendo, y lo seguiremos haciendo en la medida en que podamos”,  explica Mora.
“Seguimos construyendo con cada visita. Porque también queremos esto: formar lazos con artistas de acá, conocer más gente. Disfrutamos muchísimo cada vez que lo podemos hacer. Somos privilegiados, en cierto punto. Quizás hasta nos damos gustos que bandas más grandes no pueden. Pero también elegimos apostar a enlazar fechas, a que sean tratos piolas. Es para todos, de cara al futuro. Por eso siento que esta fecha tiene una onda distinta. No sé, lo sabés” , afirma.
“Si no ensayás todas las semanas, te olvidás de que sos parte de un grupo humano con proyectos. Entonces la constancia es fundamental en un proyecto autogestivo. Porque si no lo manejás vos, no lo maneja nadie. Planeo siempre que haya una fecha, mínimo una vez por mes o cada dos meses, como mucho. Y dejo huecos para que pasen cosas. Me encanta hacer una fecha y anunciarla dos días antes. Me da muchísimo placer”.
Sobre la organización del año aparece una convivencia entre planificación y apertura. La necesidad de proyectar fechas como forma de sostener viva la dinámica del grupo convive con un margen para lo inesperado. Quizás ahí radique parte de esa química fresca que persiste.
“Por suerte tenemos varias fechas gratis. Eso te renueva, porque te saca mucha carga de encima. Y lo mismo pasa con el público: acompaña cuando es gratis, pero también hace el esfuerzo cuando hay que pagar una entrada. Entonces, de una forma u otra, siempre se llenan”, explica Millón.
“A veces tocamos gratis y de sorpresa en lugares inesperados. Me hace muy feliz porque siempre se genera algo distinto. Por ejemplo, cuando sacamos Mundo Moderno (2024), nuestro último disco, al fin de semana siguiente cortamos la calle e hicimos una fecha. Nos interesa tocar en espacios no tan obvios. Lugares hay un montón, pero también ya tocamos en todos. Entonces está bueno buscar otras formas de encontrarse, ocupar espacios más raros. La sorpresa es un factor renovador, para nosotros y para la gente. Es cuestión de avivar el fuego y encontrar alternativas para pilotear la pálida”, concluye Mora.
Esa zona intermedia —entre la autogestión y una exposición intermitente— no aparece como una estrategia diseñada al detalle, sino como un equilibrio que se construye en movimiento. La identidad no se negocia desde lugares comunes: hay una forma de hacer, de decidir y de sostener el proyecto que permanece en manos de la banda, sin necesidad de rótulos. El punto parece estar en cómo se habitan esas instancias de exposición. No como un “salto” hacia otra lógica, sino como una convivencia.
“Hay cierta romantización de ser independiente. Pero no es una elección inicial: es lo que te toca, y tratás de hacer lo mejor posible con las herramientas que tenés. Es aprovechar los recursos al máximo. Tampoco es que tengamos otra opción”,  dice Palvi, sin dejar de escribir la lista.
“Siempre nos preguntan por la industria musical, y la verdad es que me siento completamente outsider. No siento que pertenezcamos a un circuito. Hacemos lo que podemos y tratamos de llegar a la mayor cantidad de lugares posible”.
“Somos personas trabajando. Hacemos lo máximo con lo que tenemos, como dijo Mora. Toda nuestra carrocería depende también de un grupo humano que excede a quienes se suben al escenario. Hay una red que nos sostiene, gente que propone ideas, que se suma a hacer un videoclip. Todo eso es autogestivo. No estamos solos contra el mundo. Pero el otro filo de la autogestión es ese: somos la carrocería y también el parachoque. Si nos la ponemos, nos la ponemos todos. Y si una fecha no cierra, tenemos que poner la plata nosotros”, expone el bajista.
“Me mata la metáfora tuerca”,  dice Mora, tentada. “El más tuerca es el pibe, de repente”.
Ahí, en ese terreno más blando —menos medible— aparece algo que no se puede impostar. Más allá de cómo resulte cada fecha, lo que sostiene todo es otra cosa: la experiencia compartida. El disfrute no está solo en el resultado, sino en el recorrido. En reírse antes de salir a tocar, en viajar, en ver a las bandas con las que comparten escenario, en generar vínculos con escenas locales. Esa dimensión comunitaria no es un agregado: es parte central del proyecto. Y, casi como una pregunta implícita, si eso no estuviera, quizá no tendría demasiado sentido.
En contraste, se marca cierta distancia con otras bandas de su generación que, tras crecer rápido, parecen haberse desplazado hacia una lógica más funcional: ir, tocar, seguir. Acá se insiste en otra escala. Hay una conciencia clara tanto del propio potencial como de las limitaciones. No hay épica inflada. El crecimiento fue paulatino, aprendido desde adentro, sin atajos. Cada paso fue real. Y eso, de algún modo, desactiva cualquier tentación de grandilocuencia.
La idea de “aventura” aparece como eje. Desde el inicio, la banda fue una apuesta a vivir experiencias que valgan la pena más allá de cualquier resultado medible. Si el lugar donde duermen es incómodo, se vuelve anécdota. Si algo falla —y se sugiere que muchas cosas fallan— no invalida el recorrido. El profesionalismo, en este marco, no se asocia a una infraestructura perfecta ni a recursos ilimitados, sino a una ética de trabajo sostenida incluso en condiciones precarias. Los instrumentos o el equipamiento no siempre acompañan, pero eso no define el proyecto.
Al mismo tiempo, ciertos avances concretos —como viajar con un sonidista propio— funcionan como pequeños hitos dentro de ese proceso. No como signos de éxito espectacular, sino como pasos posibles dentro de una escala propia. En paralelo, aparece una vida cotidiana bastante común: ensayos cuando se puede, dificultades para sostener cada movimiento, una economía ajustada. En ese contexto, los logros se valoran en su justa medida, sin proyectar expectativas desmesuradas.
Cuando la conversación gira hacia las canciones, surge una certeza más firme. Ahí hay una fortaleza: en lo que se genera con la gente. En esa capacidad de conexión que no depende de grandes discursos, sino de algo más inmediato. Dentro de una escena fragmentada, no es habitual que una banda roce la exposición sin proponérselo de manera explícita. Y, sin embargo, acá parece haber algo de eso: una sensibilidad que conecta.
Esa lógica también atraviesa el funcionamiento interno. Las canciones no aparecen como piezas cerradas desde el inicio, sino como materiales abiertos que se transforman colectivamente. Las ideas circulan, se deforman, se reconfiguran. No hay una defensa rígida de la autoría individual, sino una apertura a que el resultado final exceda a quien lo propuso.
Finalmente, cuando aparece lo político, la posición vuelve a correrse de lo explícito. Hay cierta incomodidad frente a la obligación de bajar línea de forma directa. No por desinterés, sino por una cuestión de lugar. Lo político, en todo caso, ya está ahí: filtrado en las canciones, en las decisiones, en la forma de sostener el proyecto. No necesita subrayarse.
“Siempre tengo ese dilema: cómo se filtra lo político en los proyectos artísticos. Me molesta un poco esa obligación de bajar línea, por ejemplo en las notas. Hay una necesidad de hablar de la coyuntura de forma literal, cuando no soy politóloga ni puedo hablar con autoridad absoluta. Pero lo que realmente siento es que en las canciones ya se filtra todo eso”,  reflexiona Mora.
“Hay algo que ya está dado en las canciones y que se refuerza en cómo somos. Eso se filtra solo”.
“Arranqué siendo adolescente, pero ya llevo casi la mitad de mi vida pagando impuestos. Siempre pagué, nunca zafé. ¿Viste cómo es?”, bromea.
La frase, dicha casi al pasar, dice más de lo que parece. Están en el ruedo hace tiempo. Las acciones ya hablan por sí solas.

En MyLM hay una espontaneidad inusitada. No parecen tener inhibiciones frente a la mirada ajena porque, en principio, no perciben lo desconocido como algo externo. La naturalidad se vuelve una virtud.
Millón se prepara un fernet gigante y pide fotos, orgulloso de su bebé. Mora se ríe sola, en voz alta. Cikes está volcado sobre el sillón, echado. Recién bañado, con un pañuelo al cuello, está casi disociado de la escena.
Entre los cinco hablan a los gritos, casi.
Fantasean con shows acá y allá. Con volver a Córdoba en algún momento y tocar en Un Mundo Feliz. Les contaron que es un bardo hermoso y les encantaría tocar ahí. No lo conocen, pero necesitan ir.
Desde afuera, la imagen se recorta sola. Son cinco jóvenes casi anacrónicos. No tienen el celular en la mano. Ninguna cámara está abierta. No hay cálculo medido para los teléfonos y las redes. No tiran fotos ni videos. La palabra “contenido” no habita este recorte, que es continente. De hecho, llegan tarde, siempre, para capturar postales que podrían ser explotables.
Nadie lo lamenta.
Viven en el ahora, extemporáneos, en el lado irrepetible de la vida.
Las redes sociales no cambiaron solamente la forma en que nos mostramos: también deformaron —con cierta gracia torcida— nuestra idea de lo que es real. Lo cotidiano empezó a pasar por ese filtro constante donde todo se comparte, se edita, se exagera un poco. Y sí, en el proceso algo se pierde, pero también algo queda: una especie de intuición colectiva que, incluso entre tanto brillo impostado, todavía sabe reconocer cuándo algo vibra de verdad. Como si, en medio del ruido, siguiéramos teniendo un radar secreto para lo genuino.
Con el tiempo, aprendimos a movernos en ese terreno ambiguo sin volvernos del todo cínicos. Hay cansancio, claro, pero también hay momentos donde la máscara se cae sola, donde alguien se ríe fuera de timing, donde una canción suena sin cálculo y, de pronto, todo encaja.
Y entonces llega 2026 con su desfile de malas noticias, con amenazas que suenan demasiado grandes y tipos demasiado ricos jugando a ver quién se queda con más. Está todo bastante torcido, no hace falta negarlo. Pero incluso ahí —o quizás justamente ahí— las canciones siguen importando. Porque hay voces que no se programan, que aparecen igual. Voces distintas, raras, vivas.
La banda toma el escenario para hacer una canción detrás de otra. No hay anuncio grandilocuente ni pausa calculada: tocan porque hay que tocar, porque la música —cuando funciona— ya viene diciendo todo desde antes. El resto sería redundancia.
Mora, en el centro, se mueve distinta. Más directa. Hay algo que se acomodó con el tiempo: una seguridad que no necesita esconderse detrás de la espontaneidad ni de esos gestos improvisados que antes servían para tapar un pifie o desviar la atención. Ahora deja que —casi— todo pase por otro lado, por el lenguaje mismo de las canciones. El carisma sigue ahí, claro, pero ya no es el motor principal. Las risas quedaron un poco más atrás, como si entendiera que esta vez la prioridad es otra: una lista generosa de 17 temas que no pide permiso.
Suenan «Peor» y «Tu maestra», y ahí el clima baja apenas unos grados. No es exactamente introspección: es más bien desgaste. Como si la energía no desapareciera, pero se administrara distinto, con otra conciencia del tiempo y del cuerpo. En «Tu maestra», la canción se planta desde una negativa que es, al mismo tiempo, una toma de posición: “yo no te voy a explicar cómo tenés que pensar”. No hay pedagogía, no hay condescendencia, no hay sermón, no hay voluntad de guiar a nadie. La voz se corre de ese lugar con una firmeza que no necesita levantar el tono. “No soy tu maestra” se repite, pero no como defensa, sino como límite. Un límite claro frente a esa expectativa —tan de época— de que todo tiene que ser explicado, traducido, digerido, regurgitado.
En esa retirada hay algo más filoso de lo que parece. Porque cuando aparece la línea “si no te diste cuenta vos solo, ¿qué me vas a escuchar?”, lo que se pone en juego no es la falta de información, sino la falta de disposición. La canción no acusa, pero tampoco acompaña. Se corre. Y en ese gesto mínimo —casi silencioso— hay una forma de autonomía que también es comentario: sobre la saturación de discursos, sobre el agotamiento de seguir diciendo lo mismo para oídos que no quieren oír. Minimalista, directa, la canción encuentra fuerza en esa insistencia que, en lugar de reforzar un mensaje, insiste en retirarse de él.
Cuando llega «Bigote», en cambio, todo se abre de nuevo, pero desde otro lugar. Ya no hace falta explicar tanto. Se siente, más que nunca, esa decisión de la banda de correrse de la literalidad, de confiar en que la poética puede cargar sentido sin subrayarlo. Hay ahí una evolución que no tiene que ver con volverse crípticos, sino con volverse más precisos. Más seguros de lo que no hace falta decir.
«Bigote» trabaja desde esa densidad. Se apoya en una ironía filosa para desarmar la idea de novedad: eso que aparece como “nuevo” no es más que una repetición maquillada. Desde el arranque —“no es pegar la vuelta, siempre fueron lo mismo”— la voz corta cualquier ilusión de cambio y apunta directo a una figura reconocible: los nuevos conservadores. Personajes pulidos, eficaces, carismáticos, que saben moverse sin fricción, caer siempre bien parados, ocupar el centro sin incomodarse demasiado.
La canción no los denuncia de frente para una colisión directa; hace algo más interesante. Repite sus atributos hasta volverlos sospechosos, casi ridículos. Los deja hablar, en cierto modo, hasta que el propio discurso se revela. Y ahí el estribillo —“qué lindo estar así, tan cómodo y holgado”— funciona como un espejo incómodo: celebra el privilegio mientras lo deja expuesto. La forma liviana, pegadiza, sostiene una crítica persistente que nunca se vuelve solemne.
Al final, cuando insiste con esos “nuevos viejos peinados”, la imagen ya no es solo estética. Es una síntesis. Cambian las superficies, cambian los códigos, cambian las plataformas.
«Bigote» podría leerse como una reflexión sobre el ciclo político desde 2016 hasta hoy, en el que la democracia ha perdido toda representatividad, pero también sobre los ciclos estéticos de quienes ocupan el candelero: entre estadios agotados y flashes que se multiplican ad infinitum, solo circulan mensajes fatuos y propuestas vaciadas de sentido, fundamentalmente seguras, refritas, que no apuestan a nada y van siempre a lo seguro: más de la misma fórmula, ahora recauchutada y reciclada para la era digital y del recorte.
Suenan «Falkor» y «Pocas cosas». Llega «Imaginación». Atención. La voz sale firme, plantada, y de pronto aparece una pregunta que no termina de cerrarse: ¿qué está diciendo realmente esta canción?
Porque lo que parece simple se empieza a torcer apenas se la escucha con un poco más de cuidado. La canción se construye sobre una metáfora doméstica, casi inocente en su planteo inicial: la imaginación como algo a lo que se le da lugar, casa, tiempo. Un refugio. Pero esa decisión —aparentemente controlada— empieza a desbordarse. La imaginación deja de ser herramienta y pasa a ocuparlo todo. No responde, no negocia, no quiere ver el sol.
Ahí es donde la canción se vuelve distinta. Porque no hay dramatismo exagerado ni gesto de víctima. Al contrario: lo que aparece es una aceptación. “No me importa si me estoy volviendo loca, cada vez juego mejor”. La frase no suena como caída, sino como adaptación. Como si ese borde —el de la cordura tambaleando— fuera también un lugar posible desde donde pararse. Mucho mejor aún: parece ser el punto ideal para entender y enfrentar al mundo.
La repetición insiste, arma ese loop donde el tiempo se diluye —“no sabe qué día es hoy”— y, sin embargo, todo suena liviano, casi infantil. Esa tensión es la clave: lo oscuro nunca termina de volverse pesado, lo luminoso nunca es del todo ingenuo. No hay moraleja, no hay salida clara. La canción no resuelve nada. Se queda ahí, en ese punto ambiguo donde la evasión, la creatividad y el encierro empiezan a confundirse.
Por eso funciona. Porque no intenta ordenar el caos, sino aprender a moverse dentro de él. Porque en lugar de ofrecer respuestas, ofrece una forma —mínima, frágil, pero efectiva— de habitar lo que hay. Y en ese gesto, otra vez, aparece algo parecido a la alegría. No como escape, sino como insistencia.
La banda suena orgánica y ajustada. Tienen mucho rodaje encima: sin fisuras, disfrutan del saber apoyarse unos en otros. En ese entramado, Mora se sostiene en Millón, más allá de lo estrictamente musical: el bajista saluda, conversa con el público y agita. Sobre esa base segura, Cikes construye con la musicalidad de un virtuoso discreto, capaz de manejar una densidad de información relevante sin caer en el onanismo instrumental; más bien, sugiere, insinúa.
El lenguaje de reminiscencias remite al rock platense, con influjos del pop y del indie nacional. Hay algo de psicodelia, también algunos indicios de música brasileña que se filtran sin patrones ni direcciones definidas. Podría pensarse en un folk, aunque tamizado por vertientes adulteradas. En ese sentido, la banda no parece creer en ningún tipo de pureza de género. Lo identitario no es tanto generacional como idiosincrático: calles de La Plata, sensibilidad, humor, melancolía, malos tragos sin resignación, calor humano.
Pero no todo es tan sencillo con MyLM. Esta banda tiene un pulso popular subyacente que la vuelve, por momentos, inclasificable. No terminan de encajar en ese indie platense que supo ordenar una escena durante años; tampoco responden del todo a ese rótulo apurado de “post punkemia” inventado desde titulares porteños por necesidad de vender. No son una banda de culto condenada a las cuevas ni a ser la favorita de una crítica cada vez más reducida. Hay otra cosa ahí. Canciones con vocación de multitud, estribillos que se dejan cantar sin pedir permiso, pero que al mismo tiempo esconden capas de sensibilidad —social, feminista, generacional— que no se agotan en la primera escucha. Algo de otra época, incluso: cuando la radio todavía se permitía colar preguntas incómodas entre hits, cuando lo popular no era sinónimo de lo predecible.
Y en el medio de todo eso aparece el misterio más difícil de explicar: el de la canción popular en sí misma. Porque antes de existir como objeto, la canción ya está dando vueltas. Flota, se insinúa, se repite en murmullos que nadie termina de registrar del todo. Es parte de un clima, de una lengua compartida, de una emoción que todavía no encontró forma. Hasta que alguien —no necesariamente el más virtuoso, sino el más permeable— la capta, la ordena, la baja a tierra. Y ahí ocurre algo extraño: pasa a otros cuerpos, otras voces, otras noches. Se vuelve coro, se vuelve memoria. Lo impredecible no es que exista, sino cuándo y en quién va a cristalizar.
De repente, la canción deja de pertenecer. A la banda, a su público, al circuito. La canción, entonces, se escapa hacia lo popular.
Quizás eso es lo que hay detrás de la banda liderada por Palvi. Ese punto —difícil de forzar, imposible de fabricar— donde lo artesanal empieza a latir como algo colectivo. Donde una idea mínima, un par de acordes, una frase apenas torcida, encuentran la forma de expandirse más allá de su origen. «Gran remera» funciona así: como un puente. Un tema que se vuelve propio de quien lo canta, que cruza edades, escenas, prejuicios. Y deja una certeza que no suena grandilocuente, sino inevitable: las canciones van a seguir apareciendo. No como promesa ni como destino de culto, sino como lo que son cuando realmente importan: algo que llega, sorprende y se queda lo suficiente como para ser cantado.

 

Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard

 

 

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