DEL ASOMBRO AL JUEGO: SEGUNDA EDICIÓN DEL FESTIVAL NE:RD

Consolidado en su segunda edición, el festival Ne:RD apostó por la convergencia de disciplinas y la participación activa del público. Durante tres días, entre instalaciones interactivas, talleres, performances audiovisuales y música en vivo, Rosario se transformó en un escenario donde la cultura digital dejó de ser abstracción técnica para convertirse en una experiencia compartida. El encuentro demostró que el cruce entre arte, ciencia y tecnología no solo amplía los lenguajes creativos, sino que también abre un espacio de exploración colectiva que proyecta futuro.

 

 

¿Qué ofrece un festival de arte digital en tiempos de abrumación tecnológica y alienación? Tal vez nada que se pueda enunciar con claridad y, sin embargo, mucho que se percibe en el espacio entre la acción y la experiencia. Ofrece la posibilidad de detenerse, de interrumpir el flujo constante de estímulos calculados, de mirar lo que ocurre sin que haya un objetivo inmediato más que la propia atención. Un festival de estas características no entrega certezas; propone territorios de incertidumbre, donde lo digital no es instrumento sino interlocutor.
¿Cómo dejarse permear por la sorpresa en una contemporaneidad en que todo está anunciado, pasteurizado y asegurado? La sorpresa, en este siglo, se convirtió en un acto de resistencia discreta. Solo emerge cuando abandonamos la expectativa del control y aceptamos la contingencia, cuando estamos dispuestos a que un gesto, un sonido o una imagen rompan la rutina perceptual. La tecnología deja de ser un mandato utilitario y se vuelve campo de experiencia, un terreno donde lo previsible se cruza con lo imprevisible.
¿Cuál es la distancia que nos separa de la construcción lúdica en tiempos de gratificación inmediata? La distancia no se mide en metros ni en minutos; se mide en disposición mental. Jugar implica exponerse al error, a la incertidumbre, a la frustración momentánea. En un mundo diseñado para recompensar la eficiencia y el resultado inmediato, la ludicidad requiere un gesto de valentía: aceptar que la satisfacción puede ser diferida, y que la curiosidad y la exploración son fines en sí mismos.
¿Cuánto precisamos para dejarnos llevar por la risa inesperada, entre hardware desconocido y sentidos propios algo relegados? Lo suficiente para recordar que ser humano también es sorprenderse, sentir placer en la novedad y reír sin motivo aparente. La risa inesperada es un indicador de que abandonamos el control absoluto, que nos abrimos a la experiencia, a la interacción con lo otro, con lo nuevo y con lo desconocido. En ella se condensa la posibilidad de reconectar con un mundo que, a pesar de estar mediado por pantallas y algoritmos, sigue ofreciendo momentos genuinos de asombro y juego.
El festival Ne:RD no ofrece respuestas concretas, pero sí permite vislumbrar ciertos patrones de claridad, de manera indirecta, casi imperceptible. Basta con detenerse a observar al público entre las instalaciones y la música: cómo interactúa, cómo se sorprende, cómo ríe o se queda absorto ante cada propuesta. No importa la edad, ni el trasfondo, ni la familiaridad con la tecnología: algo logra enganchar, algo se queda prendado. Durante horas, los asistentes recorren un territorio donde la experiencia deja de ser utilitaria para convertirse en exploración; un espacio donde tocar, mover, oír y dejarse llevar vuelve a ser una forma de aprendizaje y juego.
En ese recorrido, la tecnología deja de ser un instrumento cotidiano y se transforma en un medio de descubrimiento: proyecciones que responden al gesto, consolas olvidadas que recuperan memoria y diversión, visuales generativas que se despliegan en tiempo real y se doblan a la interacción humana. Todo parece diseñado para que, por un instante, se suspenda la lógica de la gratificación inmediata y aflore un placer más profundo: el de asombrarse, de nuevo, de lo que está frente a nosotros, de lo que podemos provocar con nuestras propias manos y sentidos. El público, en su diversidad, se convierte así en explorador y colaborador, dibujando con su presencia la cartografía de un encuentro donde la tecnología y la creatividad se encuentran de manera inesperada y lúdica.

Rosario volvió a convertirse en un laboratorio de innovación con la segunda edición de Ne:RD, el festival de cultura digital, electrónica e inteligencia artificial organizado por la Municipalidad y el Centro de Expresiones Contemporáneas. El encuentro se desarrolló entre el viernes 19 y el domingo 21 de septiembre en tres escenarios clave: el CEC, el Complejo Astronómico Municipal (CAM) y Feuer, con entrada libre.
El viernes 19, desde las 16, el CEC abrió sus puertas con instalaciones interactivas e inmersivas, que se mantuvieron activas durante todo el fin de semana. El público pudo experimentar de manera directa con herramientas electrónicas y digitales que exploraban el potencial creativo de la inteligencia artificial y la producción generativa. Entre ellas se destacaron:

  • Fluir a Tempo, de Sebastián Godoy, una instalación visual interactiva donde, al posar la mano sobre la superficie proyectada, se generaban impresiones y movimientos que modificaban el contenido.
  • Temporal, de Natalia Scuzarello, una visualización de tormentas en tiempo real a partir de datos de descargas electromagnéticas atmosféricas, que permitía ver fenómenos en distintas partes del mundo.
  • Disolver y Coagular, de Javier Casadidio, un entramado de visuales, luces y sonido diseñado para expandir las experiencias sensoriales.
  • Made in Japan, de Mauro Barreca, un espacio que combinaba la exposición de consolas japonesas de los años 80 y 90 con un laboratorio de desarmado y restauración, además de una sala para jugar videojuegos.
  • Espaciolab Inmersivo, una instalación reactiva en base a proyecciones ambientales que cambiaban según los movimientos de los espectadores.

A partir de las 20, la programación artística del viernes incluyó los Live A/V de Maia Ferro + Iván Topolevsky y Leila Sergi + Cyber Angel. El cierre de la jornada, a las 22, estuvo a cargo de Ibiza Pareo junto a Hernán Roperto y Javier Casadidio. Pasada la medianoche, la actividad se trasladó a Feuer, donde el ciclo Artifakt presentó a Agustina Lofi, Marita_Cutx y Emi Boero.
El sábado 20, las actividades comenzaron nuevamente a las 16 en el CEC, con las instalaciones y experiencias inmersivas en paralelo. A las 16:30 se realizó la charla “Visuales interactivas generativas”, a cargo de Sebastián Godoy. Luego, a las 17:30, tuvo lugar la mesa redonda “Odisea 2025: Creación, desarrollo y gestión de eventos culturales electrónicos y audiovisuales”, con la participación de referentes de festivales como Mutek, Pleamar y Experimental.
La música y lo audiovisual coparon la escena desde las 19:30 con los Live A/V de Aldegani (Mar del Plata) + Vanesa Massa, Liquen Negro + Hernán Roperto y Clonan (Molina + Landro). El cierre llegó a las 22:30 con el DJ set de Leonard B2B Natxoo, acompañado por visuales de Francisco Castells y Chesca. La jornada se prolongó en Feuer, desde la medianoche, con Sampler x N.E.R.D, que reunió a F.a.n.g.o y Rovere.
El domingo 21, la programación se expandió hacia otras sedes. En el CEC, desde las 16, se reabrieron las instalaciones interactivas. En paralelo, el Espacio LAB del CAM albergó talleres gratuitos con inscripción previa: Pablo Reche dictó “Escuchar el mundo” a las 16, y a las 17 fue el turno de Julián Sulkian con “Creatividad y sensibilidad en la era de la IA”.
El Planetario se convirtió en escenario, a las 18, de los Live A/V en formato full dome, con Motia (Mendoza) + Nait Saves (Rosario) y Dana Cozzi (La Plata) + Federico Baronio (Rosario). Finalmente, desde las 20, la explanada del CAM cerró el festival con performances sonoras y VJ sets a cargo de Litoralia Electroset (Santi Bosh y Layla Violeta), Ariel Antinori | Pablo Reche + Gabriel González Suárez y Catalina.dvl + Sara Degaetano.
Más allá de la grilla, lo que atravesó a esta segunda edición de Ne:RD fue la curiosidad del público, que se acercó a los espacios con la expectativa de descubrir formas alternativas de pensar y relacionarse con la tecnología. Familias, estudiantes y grupos de amigos recorrieron las instalaciones con la misma fascinación de quien se asoma a un territorio nuevo: tocando superficies, moviéndose frente a sensores, dejándose sorprender por proyecciones que respondían en tiempo real a sus gestos.
En ese clima lúdico y estimulante, el festival propuso un respiro frente a la rutina digital marcada por los celulares y las redes sociales. Por unas horas, la experiencia tecnológica se volvió comunitaria y abierta, más cercana al juego que al consumo, invitando a imaginar futuros posibles donde la inteligencia artificial y las artes electrónicas se piensen desde la creatividad y no desde la alienación.

Muchos asistentes llegaron inicialmente atraídos por el show apertura de Ibiza Pareo, pero pronto descubrieron que el festival ofrecía mucho más que música. Entre las instalaciones se toparon con propuestas que despertaron la curiosidad y, en algunos casos, la risa. El asombro se volvió un gesto compartido: la mano que rozaba una superficie proyectada y alteraba el flujo visual, pasos de baile improbables, la consola retro que devolvía sonidos olvidados, la tormenta digital que reproducía, en tiempo real, descargas eléctricas ocurridas a miles de kilómetros. Cada encuentro abría una pequeña fisura en la costumbre, como si la tecnología, despojada de su halo de productividad y eficiencia, pudiera volver a ser un juego abierto.
Esa combinación de espectáculo y exploración convirtió la visita en una experiencia participativa. El público no solo observaba: se probaba, tocaba, intervenía. Era una forma distinta de habitar lo tecnológico, más próxima a la infancia que al consumo.
La pregunta, entonces, aparecía espontánea: ¿está todo dicho en este tiempo de sorpresas anunciadas? ¿Qué sucede cuando nos disponemos a disfrutar, dejándonos llevar por lo inesperado? Tal vez, en esos instantes de asombro colectivo, el público descubría nuevas formas de relacionarse con la tecnología, alejándose, aunque fuera por unas horas, de la rutina digital marcada por celulares, algoritmos y notificaciones. El festival abría así un paréntesis en la cotidianeidad, un paréntesis donde lo humano y lo electrónico no se enfrentaban, sino que se encontraban para inventar un lenguaje común, frágil e irrepetible.
El público, aunque numeroso y diverso en edades, parecía provenir de campos específicos: el arte, la tecnología, la comunicación. Esa composición revelaba que la segunda edición del festival no surgía de la nada, sino que proyectaba lo sembrado en su fundación, probando haber germinado en un núcleo definido y expandido luego hacia territorios vecinos. De ese modo, Ne:RD consolidó un espacio propio dentro de la cultura digital local, extendiendo su alcance sin perder la identidad inicial. Podría afirmarse que, de cara a una tercera edición, el terreno ya está trazado: la comunidad existe y el diálogo está abierto.

El balance de la segunda edición de Ne:RD encuentra en las palabras de su curador, Fernando Molina, una clave de lectura. Arquitecto, artista audiovisual y músico, con trayectoria internacional en escenarios de Ámsterdam, Tokio o Nueva York, Molina resume: “La segunda edición se apalanca bien sobre lo que dejó la primera. Ya desde el primer día vi que el público presente era, como quien dice, del palo. Había una gran cantidad de artistas y de gente vinculada a la electrónica y a las artes digitales”.
Para el curador, lo que sucedió en 2024 dejó un sedimento que maduró en el tiempo: “La primera edición fue más de un público general, y esta logró una especificidad impresionante. Entre una y otra se generó cierta expectativa que alimentó lo que terminó pasando en la segunda”.
El crecimiento también se reflejó en la diversidad de lenguajes artísticos convocados. Molina destaca que “no solo hubo performances audiovisuales o reels, sino también un énfasis en lo instalativo y lo interactivo. Eso permitió que el público no viniera solo a mirar, sino a performar”.
De ese modo, la segunda edición no sólo consolidó una comunidad alrededor del festival, sino que expandió los límites de la experiencia. “Una mayor concurrencia de público específico, alimentado por la primera edición, y una mayor presencia de propuestas instalativas que hacen que el público sea quien performa: ese es, para mí, el verdadero balance”, indica Molina.
Consultado sobre las lecciones que dejó la primera edición, Molina reflexiona: “Esa es la reflexión más complicada. Lo que se aprendió de la primera experiencia fue, de alguna manera, saber qué era lo más indicado para esta edición”. Para el curador, una enseñanza clave fue constatar que las performances en tiempo real atraen y comprometen al público: “Ver a los artistas performando su obra audiovisual en vivo es, realmente, ver en práctica su trabajo. Esa interacción directa es algo que queríamos profundizar”.
Esa lección también se tradujo en la ampliación del espacio y de la experiencia: “La incorporación del Planetario y el uso del espacio tridimensional surgieron de la primera edición, que estaba más concentrada en dos dimensiones. Permitió un ‘upgrade’ de la experiencia: llevarla al aspecto espacial y generar nuevas alianzas con artistas que ya trabajaban en disciplinas específicas”.
Para Molina, la enseñanza más valiosa es que la convergencia de múltiples disciplinas potencia el festival: “Lo que queda de la primera edición es la certeza de que se puede apostar a una pluralidad de lenguajes y prácticas para que converjan en el mismo ámbito, enriqueciendo la experiencia del público y de los artistas”.

Lo que deja Ne:RD no se mide en números ni en artistas invitados: se percibe en la manera en que el público se convierte en parte activa del festival, en cómo convergen disciplinas y lenguajes distintos, y en cómo cada gesto de exploración redefine la relación con la tecnología. La segunda edición consolidó lo sembrado en la primera, proyectando una comunidad específica que combina curiosidad, experiencia y creatividad, y abrió nuevas rutas hacia la interacción, la sorpresa y el juego compartido.
El festival demostró que un evento de estas características puede ser más que un espectáculo: puede ser un espacio para aprender a asombrarse, para poner a prueba la propia percepción y redescubrir lo inesperado en medio de la saturación digital cotidiana. Ne:RD dejó claro que la cultura digital no es solo técnica o consumo, sino un territorio donde la experimentación y lo lúdico convergen, ofreciendo al público un instante —aunque breve— de libertad, creatividad y conexión.
Además, la experiencia reveló que lo inesperado puede surgir en cualquier esquina: en una proyección que cambia con un gesto, en una consola olvidada que despierta la risa, en un paisaje sonoro que se despliega en tiempo real. Cada interacción se convierte en una chispa que activa la curiosidad y enciende la sensación de que siempre hay algo por descubrir. Y aunque esta edición haya quedado atrás, queda la certeza de que lo vivido ya trazó un mapa de lo posible, un terreno fértil donde la tercera edición podrá seguir expandiendo la relación entre arte, tecnología y espectadores, siempre en clave de descubrimiento y asombro compartido.

 

Texto por Lucas Canalda
Fotografías por Renzo Leonard

 

¿QUERÉS MÁS RAPTO? CHEQUEÁ NUESTRA ENTREVISTA CON THE HIVES DESDE SUECIA

 

 

comentarios