MUJERCITAS TERROR EN MAJO: UNA PRIMAVERA SOMBRÍA PARA INOCENCIAS TORCIDAS

 

Luego de ocho años, Mujercitas Terror volvió a Rosario, en una noche compartida con Muerte En Vivo y Fingir Demencia. Crónica desde las canciones que son cicatriz de aquello que no queremos ver.

 

 

 

“La música se compone de infinidad de recuerdos que nos obligan a ser excesivamente injustos con ella.”Silvina Ocampo


¿Cómo encontrar el equilibrio ideal para lograr algo único, atrapante, tan bestial como delicado? ¿Dónde se esconde esa grieta donde la dedicación y el caos se besan en silencio, donde el ruido se convierte en poesía? Mujercitas Terror regresa a Rosario y su sola presencia vuelve a abrir la herida de esa pregunta. Una banda que no necesita ornamentos ni alegorías: alcanza con que Marcelo Moreyra y Daniela Zahra se planten con guitarra, bajo y voz para arremeter contra la moral estética de este presente domesticado.

Porque lo suyo es un desafío: escapar de la vida cotidiana rebalsada de fórmulas seguras, ese guión prefabricado que el capitalismo vende como destino. En su lugar, ellos exaltan el dramatismo de la melancolía, convierten lo desdichado en un himno secreto y empujan hacia las regiones más extremas de una sensibilidad que no puede reducirse a etiquetas. Mujercitas Terror hace de la poesía un arma y de la extrañeza una forma de belleza. Lo innombrable encuentra sonido. Lo prohibido se vuelve música.
Quizás por eso la frase de Ocampo regresa con fuerza mientras avanza el set. La música está hecha de recuerdos, pero también de proyecciones, de miedos y deseos que nos obligan a ser injustos con ella. Ante Mujercitas Terror esa injusticia se vuelve inevitable: cada espectador arrastra su propio archivo íntimo, lo proyecta sobre lo que escucha y recibe de vuelta una experiencia distinta. Lo que para uno es desgarro, para otro es revelación.
El manifiesto poético de la banda refleja la experiencia individual en toda su complejidad, la angustia existencial que vibra en cada verso rebanado por guitarras filosas y un bajo brutal. No hay complacencia ni ornamento: lo que ofrecen es una visión estética desinteresada, que se aparta con desprecio de esa vida burguesa signada por lo efectista y lo banal. En su universo sonoro no hay lugar para la simulación. Cada acorde es una negación, un gesto de resistencia contra la farsa del presente.
Es un recital. Bajo, guitarra y batería. Voces etéreas. Es poco. Es mucho. Es demasiado. Es necesario.

Mujercitas Terror se erige como un mito contemporáneo del under porteño, un faro que condensa la memoria de Cemento y la energía irreductible de sus leyendas. Apadrinada por Omar Chabán, la banda trasciende ese espacio físico emblemático, encarnando la mística del caos organizado que definió la escena alternativa de los años ’80 y ’90. Su música y estética condensan la tensión entre lo íntimo y lo ritual, convirtiendo cada show en un acto de reivindicación contracultural: un recordatorio de que el under argentino no se limita a un sonido, sino que es una forma de resistencia que atraviesa generaciones.
Dentro de ese linaje, Mujercitas Terror ocupa un lugar difícil de encasillar. No son continuación lineal de nadie: funcionan como un cuerpo extraño que desafía genealogías establecidas, uniendo vértigo sonoro con la teatralidad de un mito urbano. Herederos de Cemento y de la noción de culto que ese espacio generó, reinventan a la vez la idea de banda legendaria, confirmando que en la Argentina del under siempre hay lugar para la sorpresa, la anomalía y la leyenda.
Prueba de su estatus de culto, más allá de su discografía —los álbumes Mujercitas Terror (2007), Excavaciones (2011), Fiesta Muda (2015), Oscura Sala de la Visión (2019), Nubes de Alcohol (2024), junto al EP Nieblash (2017) y cientos de fechas a lo largo de más de dos décadas— es el magnetismo que ejercen dentro de la propia escena artística.
En Rosario, la noche del sábado está saturada de fechas que se superponen y se cruzan. Sin embargo, pasada la medianoche, entre la tormenta y el apagón de energía, todo decanta en Majo, para ver a la dupla Zahra-Moreyra. Lxs jovencitos de Sunlid, que tocaron temprano en el ciclo Discos del 00, se congregan sobre la calle Tucumán una vez terminado su show. De manera similar, integrantes de Niños Envueltos y Perro Fantasma, con su propia fecha en Lavardén, se acercan.
También está Mariano Conti, de Aguas Tónicas, uno de los pocos presentes que también estuvo en 2017, en Lúcuma, para el debut rosarino de Mujercitas Terror, aquella noche compartida con Los Que Perdonan. La lista podría continuar, pero vale más destacar que, sobre todo, hay mucha gente joven a punto de descubrir a la banda. No hay garantías de regreso. Tampoco de futuro. Solo un ahora que está a punto de suceder.

Después de Muerte en Vivo (la discoteca de tu infierno) y Fingir Demencia (localía absoluta), Majo se llena despacio. La espera tiene una densidad, más espesa, más eléctrica que otros recitales. Hay un murmullo constante. Lo que está por suceder no ocurre todos los días. Mujercitas Terror pisa este suelo por segunda vez y, aunque el mito ya existía de antes, ahora la curiosidad es palpable. La mayoría de la sala no vio nunca al trío en Rosario. Pero eso está a punto de cambiar. Cuando los amplificadores comienzan a zumbar, la multitud se encoge y al mismo tiempo se expande, como si cada oído, cada pecho, se abriera de golpe para recibir el golpe inicial.
Detrás de la batería de Mujercitas Terror está Javier Aldana. La banda no espera que el telón esté arriba; arremete de manera decidida. Caen las canciones, una detrás de otra, sin palabras de la banda. Daniela habla recién sobre el final. Marcelo mete alguna que otra risa arrastrada. Por momentos, entre el frenesí, salen de frecuencia, por lo que tienen que reiniciar el conteo. Suele suceder.
Hay bandas que parecen existir en un plano paralelo, como si nunca hubieran aceptado las reglas del juego. Mujercitas Terror es una de ellas. No se trata de sonar raro por sonar raro, ni de impostar un artificio oscuro para ganar credenciales de culto. Lo suyo es otra cosa: un lenguaje propio que desde el 2000 nadie supo emular, un pulso brutal que parece cortado a cuchillo y una cadencia vocal que tiene la delicadeza feroz de un poema de Baudelaire recitado en un velorio. Mientras suenan en Majo, uno tiene la certeza de que no hay manera de confundirlos con nadie más.
Porque hay canciones que no son canciones: son cicatrices de una sensibilidad que nunca será masiva ni domesticada. En un mismo acorde conviven la penumbra infanticida de Silvina Ocampo y el temblor gótico de Edgar Allan Poe, como si sus fantasmas se hubieran instalado en el escenario para dictar cada verso. Mujercitas Terror construye un imaginario donde lo desdichado se vuelve sublime, donde el dramatismo no es pose sino respiración natural. Lo que suena no se puede imitar, porque no responde a un molde: es pura materia viva, cruda, irrepetible.
Y ahí está la paradoja: esa rareza personalísima divide aguas. Nadie sale indiferente de un recital de Mujercitas Terror. Te gustan o no te gustan, pero la indiferencia no existe. Lo que sí existe es esa sensación de que algo magnético flota en la sala, una energía que atrae tanto a quienes se dejan arrastrar hasta el delirio como a quienes se incomodan y preferirían mirar para otro lado.
En ese magnetismo está la clave: la banda como detonante de pasiones opuestas, la banda como espejo deformante que nos obliga a mirar aquello que no queremos ver. Y mientras la guitarra revienta como un vidrio estallado en cámara lenta, queda claro que Mujercitas Terror no busca la aprobación: busca abrir la herida. Y lo logra con cada nota.
A medida que el set avanza, entendemos que estamos frente a una anomalía que no se explica por las reglas de la industria ni por la nostalgia de ninguna escena pasada. Mujercitas Terror suena a presente absoluto, a una corriente que arrastra con violencia y delicadeza al mismo tiempo, y que nos recuerda que lo único que importa en la música es esa capacidad de desestabilizarte, de desarmar lo que dabas por cierto.
De los pedazos restantes nacerá otro comienzo.
Pero todo tendrá continuidad musical solo en Mujercitas Terror. Todo lo que llegue después no será más que esquirlas de lo no deseado, fragmentos dispersos que empujan hacia esa oscuridad tan temida de la que uno regresa cambiado. Y se vuelve con algo más: un resto, una marca, un pedazo de esa experiencia que ya no te pertenece solo a vos, porque la música te obliga a compartirlo.

La lista recorre todas las épocas del trío, entre velocidades fluctuantes y distintos modos de introspección. Desde «Actriz» (2004) hasta «Nubes de alcohol» (2024), pasando por «Oscura sala de la visión» (2019), las canciones conservan su matriz, pero suenan más punzantes, siempre sostenidas por esas voces hipnóticas que vibran en una frecuencia compartida desde lo armónico.
No se trata solo de la experiencia que arrastran como músicos: hay algo en las canciones que parece madurar con el tiempo, como si cada año sumara un pliegue nuevo en su superficie. Se sienten más densas, más capaces de perforar la escucha, como llaves antiguas que no solo abren puertas, sino que también revelan pasajes ocultos que antes no estaban ahí. La música no se oxida; al contrario, gana una pátina que la vuelve más inquietante y corrosiva.
Escucharlas en el presente es confirmar que Mujercitas Terror no vive de un archivo ni de un repertorio congelado: cada tema viejo  se reconfigura con la llegada del nuevo material, creciendo en sentido.  Y en esa constante transformación está la prueba de que lo suyo no es el ejercicio de la memoria, sino la insistencia en un presente perpetuo, en el que las canciones no envejecen, sino que se tensan. La insistencia de Mujercitas Terror parece un elogio a una terquedad vampírica necesaria.
El «velorio de los vicios», una de las piezas centrales de Nubes de alcohol, marca una diferencia: la épica decadentista alcanza un paroxismo entre matices de ruido y voces doblegadas.
La canción adquiere dimensión ritual y colectiva. No se trata únicamente de la muerte de hábitos destructivos, sino de un acto ceremonial que purifica y renueva. Es un rito de paso donde lo oscuro se enfrenta con lo luminoso, donde lo que se despide y lo que se celebra se entrelazan, mostrando la ambivalencia de la vida: dolor y placer, pérdida y creación, destrucción y salvación.
El artista -el músico- es figura central, se perfila como médium entre mundos. Su presencia trasciende la simple acción de tocar: atraviesa paredes y cuerpos, conecta lo visible y lo invisible, transforma la rutina en experiencia mística. Es el guía que permite que el caos interior se convierta en armonía, y que el lector o habitante de la casa participe de un proceso de trascendencia.
En conjunto, la canción puede leerse como un mito moderno, donde la música, el ritual y el espacio gris son arquetipos que exploran la condición humana: el encierro y la libertad, el vicio y la purificación, la muerte y la trascendencia. La repetición y la musicalidad del texto actúan como hechizo, invitando al lector a participar de un rito simbólico que convierte lo cotidiano en trascendental y lo gris en luminoso.
Cuando tocan «Pájaros Descuartizados», esa postura ante la vida que integra su disco debut, el sentimiento júbilo es absoluto. Como engendro psychobilly desde las entrañas de The Cramps, la canción es un manifiesto de desarraigo y rechazo, para cualquiera que se sienta invisible e incomprendido. Su relación apátrida con el pueblo-tiempo es de alienación total: nadie reconoce su belleza ni los acepta, y esto genera un impulso simultáneo de huida y odio hacia ese espacio hostil. La búsqueda de refugio, expresada en la idea de “estar a salvo bajo la tierra”, refleja un deseo extremo de protección y aislamiento, casi como un escape de la realidad.
La atmósfera de la letra es sombría y melancólica, teñida de desesperanza y alienación, mientras que el bajo aguijonea todo, en clave garage gótico, pero también sórdidamente popero, invasivo, contagioso, como lecciones de The Shangri-las aplicadas de manera salvaje.
La repetición de que “aquí nadie nos quiere” refuerza la sensación de abandono absoluto, mientras que la alternancia entre el deseo de irse y la expresión de odio genera una tensión emocional intensa. Pero la gracia de la letra parece reflejarse en el detalle idiosincrático de “insisto que” que precede al “aquí nadie nos quiere”, como una preponderancia del cuidado estético, aún dentro del caos hastiado de estar inmerso en un lugar de mierda.
En directa relación con la ajenidad de «Pájaros Descuartizados», tocan «Estatua». La canción construye una tensión entre violencia, desesperación y necesidad de refugio. La voz poética se debate entre impulsos autodestructivos —robar un arma, tirarse del andén— y la necesidad de aferrarse a la “estatua del camino”, figura que encarna lo inmutable y la estabilidad que el narrador no logra encontrar en sí mismo.
La atmósfera es sombría, violenta y fragmentaria, como un collage de visiones urbanas y oníricas. La repetición obsesiva de “siempre quise imitarte” transmite frustración y deseo de permanencia, mientras el resto oscila entre la tentación del abismo y el anhelo de un refugio imposible en la fría inmovilidad de la estatua. Las voces lánguidas refuerzan el clima, casi evanescentes hacia el final de las palabras, aportando otra capa de fragilidad y cansancio.
En medio del éxtasis, una frase de Baudelaire parece escrita para este instante: “El genio no es otra cosa que la infancia recobrada por un acto de voluntad.” Mujercitas Terror toca como si recuperara esa infancia oscura, una inocencia arruinada que, en vez de buscar redención, decide florecer en lo torcido. 

Aun cuando hay pasos en falso, la intensidad no cede. El público reacciona de manera peculiar. Hay quienes se entregan, otrxs apenas con una mirada fija que no se despega del escenario. La banda toca como si estuviera sola, como si todo alrededor fuese un espejismo innecesario.
En ese trance inconexo, uno entiende que la injusticia de la que hablaba Ocampo es inevitable: lo que recordaremos de esta noche será parcial, exagerado, distorsionado por la memoria. Pero ahí está la gracia. Lo que importa no es la fidelidad al instante, sino la intensidad que reverbera.  Mujercitas Terror obliga a ser injustos con ellos, porque su música no admite la distancia crítica; te arrastra y te modifica, y en ese movimiento todo juicio se vuelve insuficiente.
Cuando la última nota se apaga, queda un silencio extraño, cargado. Cada uno de lxs presentes se va con un fragmento de esa oscuridad brillante, con una chispa que pesa y al mismo tiempo ilumina. Mujercitas Terror no vino para gustarte, vino para alterarte. No van a salvarte la vida, pero sí a joderte el sueño. Y con eso alcanza.

 

Escribe Lucas Canalda + Fotea Nacho Abstract

 

 

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