
Calor, humedad y un micrófono que acopla en el Túnel 4 del Parque España. En Rosario, doce ligas de poesía oral llegan para el Slam Nacional y convierten la noche en una sucesión de versos, nervios y aplausos. Entre competencia y ritual, la escena revela algo más profundo: una comunidad que encuentra en la palabra una forma de estar en el mundo.
El micrófono acopla. Un chillido breve que atraviesa el túnel y obliga a alguien a golpearlo con los dedos para probar si está vivo. Del otro lado, una voz respira hondo antes de empezar.
En la sala todavía se escucha el murmullo de quienes buscan lugar, el roce de las hojas, susurros de pasillo.
Entonces llega la primera palabra.
Maldiciones familiares. Ríos en las esquinas. Amor desprolijo. Sexo como molotov. Fuego. Todavía arde el sur. Arde el presente.
La trama ocurre como si nadie la hubiera previsto del todo y, sin embargo, cada unx de lxs que está aquí sabe que lleva semanas caminando hacia este punto exacto: un micrófono que acopla como un animal nervioso, las hojas temblando entre los dedos de quien se aclara la garganta y mira, por un segundo, el piso, como si allí estuviera escrita la primera línea.
Abunda el contexto inabarcable —chirridos de sillas hundidas, un murmullo que no termina de apagarse, una puerta que se cierra tarde— y, al mismo tiempo, una gravedad secreta: la conciencia casi física de que este es el instante largamente ensayado en habitaciones cerradas, frente al espejo o contra la ventana abierta de la madrugada, escuchando en loop una grabación en el celular.
Las voces empiezan a sucederse con una torpeza hermosa: una risa que se escapa antes del verso más crudo, una respiración que se oye demasiado fuerte, un silencio que cae como un telón invisible y deja a todxs suspendidxs. Cada quien ofrece lo que tiene —una memoria que arde, una pérdida que todavía no aprende a nombrarse, un deseo dicho sin maquillaje— y en ese gesto, que podría parecer mínimo, ocurre algo desmesurado.
Lo íntimo se vuelve público no por exhibición sino por contacto. Las palabras, al chocar con la atención concentrada de los otros, se consagran en ese accidente de los sentidos que no admite definición ni consuelo. No es aplauso todavía, no es emoción organizada: es otra cosa, una vibración compartida que recorre las nucas, que eriza la piel y vuelve denso el aire.
Entonces se entiende —sin que nadie lo diga— que la poesía no está en el papel ni en la voz que tiembla, sino en ese instante irrepetible en que alguien dice “esto” y, del otro lado, alguien escucha como si también fuera suyo.
La escena se repite, una y otra vez.
Muchos versos van hacia lugares oscuros. Terror de la actualidad. Horror de lo que está allá afuera. Será que la realidad se condensa, inevitable, hacia donde quiera que mires. No hay disociación ni fingir demencia posible.
El público, atento, reacciona haciendo sonar sus dedos hasta que finalmente puede aplaudir, gritar o alentar. Pero hay algo más: se nota cuando los versos arremeten con magnetismo porque la respiración se espesa. Algo engancha. Algo pincha. No deja ir, captura. De nuevo: es identificación.
Es viernes y estoy rodeado de gente. De todas las edades. De todas las ondas. De todas las extracciones socioeconómicas posibles.
Hay celulares en mano. Fanzines exhibidos. Hojas escritas que se caen de cuadernos abiertos con urgencia. El viento no se lleva nada porque, básicamente, no hay viento: sólo calor y humedad. Esto es, claro, un litoral orgulloso junto al Paraná.
Se lleva a cabo el Slam Nacional de poesía oral, que cuenta con la participación de doce ligas de distintas provincias del territorio argentino. El encuentro tiene lugar en el Túnel 4 del Centro Cultural Parque España.
Como jurado, la organización local convocó a referentes relacionados con la poesía oral: Maia Morosano, Cristian “Wachi” Molina, Mercedes Gómez de la Cruz, Nano Catalá y Paola Santi Kremer. La artista invitada de la noche es Rocío Muñoz Vergara.
Desde diversas esquinas argentinas participan Lei Lemu, Viktor Rojo, Victoria Sorbelo, Elvira Criscuolo, Taba, Carlos Fabián Salto, Alexis, Martín, Gonzalo de Jesús, Pablo Berrondo, Coti, Sisa, Sol Galoviche y Agustina Fernández.
Hostean, en diferentes turnos, Checha Kadener, Mhoris Emma y Moli Luna.
Las formalidades huelgan. Entre participantes, invitada ilustre, organización y jurado circula una sensación compartida: cualquiera que esté arriba del escenario, representando, también podría estar abajo organizando.

Durante la última década, Slam Argentina funcionó como un espacio de experimentación y divulgación de artistas locales. Supo estrechar lazos entre poetas y editoriales autogestivas y acercar voces emergentes a un público amplio y diverso. Por fuera del evento, catalizó actividades federales, impulsando el crecimiento de la poesía oral nacional y sus nexos internacionales.
Entre rondas hay pequeños descansos: tiempo para refrescarse, comentar lo descubierto, revisar la feria de editoriales, beber algo más. Hace calor.
Por los rincones hay gente concentrada, inclinada sobre celulares o papeles. Otrxs simplemente beben cerveza, una tras otra. También hay quienes se mueven rápido, ultimando detalles. La gestión independiente es así: una vocación que no tiene pausa.
La slam poetry nace, después de todo, como un gesto de insubordinación. Una poesía que no pide permiso ni levanta la mano para hablar.
Desde sus primeras noches en bares obreros de Chicago, impulsadas por Marc Smith en los años ochenta, el slam se propuso romper con la solemnidad académica y devolverle la palabra al cuerpo. No se trataba de leer “bien” ni de pulir un verso bajo la mirada de un catedrático, sino de pararse frente a un micrófono y decir algo urgente, incómodo, propio.
Su ética fue —y sigue siendo— profundamente punk: hacelo vos mismo, aunque tiemble la voz, aunque no tengas aval, aunque nadie te haya invitado al canon.
También su territorio es otro. La slam poetry crece en bares, centros culturales autogestionados, clubes de barrio y festivales independientes, lejos de los claustros donde la poesía suele medirse por citas al pie y genealogías consagradas. Acá el jurado puede ser el público; la legitimidad, el aplauso o el silencio tenso después de un verso que pega.
El poema vale por su potencia en el presente, por su capacidad de interpelar a quienes están ahí, respirando lo mismo. Es una poesía que desconfía del mármol y prefiere el sudor.
En ese cruce entre palabra y performance, el slam recupera algo primitivo y político: la poesía como acto colectivo, como ritual y como confrontación. El micrófono se vuelve herramienta de denuncia y afirmación identitaria, sobre todo para voces históricamente corridas de la tradición literaria.
Con los años, esa energía insurgente produjo un efecto inesperado. Lo que en un principio fue mirado con desconfianza por los círculos académicos comenzó a ganar respeto. No porque el slam se haya domesticado, sino porque su vitalidad resultó imposible de ignorar.
Las aulas descubrieron que el slam no negaba la poesía: la devolvía al espacio público.

Vergara Muñoz se luce como invitada estelar por lo fundamental de su poesía: ese ir y venir entre lo bueno y lo malo del mundo, entre lo que merece ser rescatado y aquello bello que no se cuenta, sino que se reserva para ser experimentado.
Después de su lectura, todavía frente al micrófono, lanza un comentario espontáneo:
“¿Para qué estaría acá si no tuviera memoria?”
La frase llega como respuesta a un comentario de Luna y, al mismo tiempo, acierta en algo vital de esta noche. Muchos de los poemas escuchados surgen de un presente en estado alterado, de un país hastiado, desorientado, golpeado.
Del escenario baja una poesía urgente, fiel a su tiempo, cargada de interrogantes y miedos, pero sin respuestas vacías ni frases hechas.
Casi todas las lecturas están atravesadas por una coyuntura asfixiante, como si cada oportunidad de elevar la voz fuese imprescindible: un llamado a despertar o, quizá, simplemente la necesidad de encontrarse y hacer catarsis colectiva.
Mientras tanto, el túnel 4 respira una mezcla curiosa de concentración y nervio. Hay aplausos que irrumpen con fuerza, silencios tensos que se estiran apenas unos segundos más de lo esperado y murmullos que recorren el público cuando una puntuación no coincide con el entusiasmo de la sala.
Cuando el jurado levanta los carteles con las calificaciones y el número no acompaña el pulso de los aplausos, aparecen abucheos amistosos que dejan saber algo de la indignación y la sorpresa. Nada que unas risas no puedan descomprimir. Esa disparidad entre público y jurado suma tensión al ambiente y lo carga de expectativa.
Parte del jurado, además, coquetea con lo performativo: boas de plumas, maquillaje, glitter, vestuarios cuidadosamente elegidos. Cuando levantan los carteles con los puntajes lo hacen con un pequeño desfile improvisado, entre gestos exagerados y movimientos que remiten a las chicas de ring de otra época, a ese imaginario televisivo que muchos recuerdan de los Susanos.
La escala del espacio, con tanta luz y distancia del escenario, a veces atenta contra la cercanía que caracteriza al slam. Pero también permite algo evidente: público nuevo, caras que quizás escuchan poesía oral por primera vez.
La jornada respira vitalidad hasta los últimos instantes.
Cuando finalmente se anuncia una ganadora —Victoria Sorbello, Vico— el túnel estalla. Llueven aplausos, hay gritos, abrazos, agradecimientos. La energía sube y baja como una ola que atraviesa todo el espacio.
Pero el final no llega exactamente cuando se anuncia un nombre.
El cierre real de este encuentro nacional slamero aparece en otra parte, más difusa y más importante: en la confirmación de que la comunidad crece.
Quedan todavía conversaciones, risas, cervezas compartidas. Queda la certeza de que habrá otros micrófonos, otras noches, otros túneles o bares o centros culturales donde alguien vuelva a decir un poema frente a desconocidos.
En Buenos Aires, en San Juan, en Santa Fe.
Donde sea que alguien se anime a hablar y alguien más esté dispuesto a escuchar.
Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard