AKA CANDELA, EL PORVENIR COMO PRÁCTICA

En El Porvenir, AKA Candela cruza reguetón, poesía y escritura para pensar identidad, deseo y pertenencia desde el juego y el afecto. A los 25 años, la artista rosarina construye una poética híbrida que esquiva la solemnidad y se sostiene en lo pequeño y lo compartido. Perfil, entrevista y lectura de un disco que propone una práctica sensible de hacer, detenerse y volver en un presente convulsionado.

 

Lo que importa no siempre se puede nombrar sin arruinarlo. Afortunadamente, a veces, la emoción aparece antes que el concepto. Incluso ahora, cuando ya golpeamos las puertas de 2026, no todo es clasificable, cuantificable ni explicable en pocas palabras. La belleza esquiva —esa que no se deja atrapar—, en ocasiones, alcanza un grado de virtud.
Hablamos de lo pequeño. De lo íntimo. De aquello que se comparte como un susurro que revitaliza.
AKA Candela conjura palabras, una detrás de otra, como barras cansinas de una poética que se hace lugar mientras avanza. Es una nativa de la hibridación. Lo sabe cualquiera que haya seguido su recorrido en los últimos cuatro años, desde que apareció como una adolescente rimando en YouTube, parte de una camada atravesada por el DIY, las plataformas y la urgencia de hacer, empujada más por la necesidad de expresarse que por cualquier cálculo de carrera.
Pero AKA Candela estuvo siempre un paso más allá. Supo priorizar lo intimista y lo frágil, generando encuentros por fuera de la agenda contemporánea que obliga a les artistas a sostener una visibilidad permanente para no desaparecer del radar. Una lógica que suele derivar en desencanto y burnout para quienes producen, y en agotamiento para quienes escuchan.
Candela avanzó de otro modo: de poema en poema; de canción en canción; de beat en beat; de fanzine en fanzine; de complicidad musical en complicidad musical. Sus apariciones fueron escasas y significativas. Asomaba cuando tenía algo para mostrar. Después, silencio. Trabajo. Dedicación.
Así creció, entre la poesía y la música, hibridando una forma personal que nunca necesitó encajar ni pedir aprobación. Como una poeta punk del DIY, criada entre altares de San Benito y Bubis Vayins, fue construyendo una identidad inclasificable que hoy desemboca en El Porvenir: su primer disco, aunque no la primera señal que logra capturar la atención y quedarse, con paciencia, en la memoria afectiva de quienes escuchan.
En El Porvenir, Candela Cheres Buigues entrega un material vitalista y afectivo, capaz de construir una mitología íntima y, al mismo tiempo, compartida. No da nada por sentado ni busca la condescendencia. Canta, escribe, comunica. Toma posiciones —afectivas, estéticas— y hace girar a quien esté dispuesto a entrar con profundidad.
El disco de 28 minutos hace una diferencia porque parte de un pacto con lo pequeño. No hay aquí voluntad de épica ni de enunciado total. La mitología que propone es íntima y, al mismo tiempo, contagiosa. Se despliega como una constelación de guiños afectivos que no buscan ser decodificados sino reconocidos. Cada micromundo conserva sus propias inquietudes y sus propios gestos. Ninguna historia es igual a otra. Y sin embargo algo las une. Un tejido colectivo que se filtra en las formas de decir, de callar, de estar. De eso estamos hechos también. Aunque no siempre sepamos nombrarlo.
Candela compone y produce. Se atreve a desdibujar límites. El disco se presenta como una pieza híbrida que se mueve con naturalidad entre el reguetón, la no forma de la canción y el poema performativo. Candela encuentra en esa zona ambigua su mayor potencia. No hay aquí una disyuntiva que resolver sino una convivencia que se vuelve método.
La repetición insistente y una sintaxis simple, casi coloquial, remiten a las estructuras del reguetón. Pero Candela no las cita desde afuera. Las habita y las tensa. En ese desplazamiento, la poesía pierde solemnidad y el reguetón deja de ser un gesto liviano. Ambos aparecen como lenguajes capaces de alojar afecto, pensamiento y cuerpo.
“Todo es lo mismo para mí: me acerco del mismo modo. Todo lo que está en una canción puede estar en un poema y todo lo que aparece en un poema puede aparecer en una canción, de diferentes maneras”, afirma sobre los roles entre la poeta y la música, entre la hacedora de música que desconoce límites auto impuestos.
“Eso no significa que la canción tenga una musicalidad o ritmo similar o idéntico al de los poemas, pero tanto en forma y en contenido se parecen mucho. Quizás hay recursos que son más difíciles de utilizar en la canción o en el poema pero para mi todo es viable. Si nace en un poema puede morir en una canción y si nace en una canción puede vivir toda su vida en un poema”.
“En las canciones me plagio los poemas y viceversa. Es casi seguro que todo va a mezclarse. Apunto a eso. No pienso que esto sea válido para todas las canciones o todos los poemas, pero sí para lo que hago porque soy hacedora de canciones gracias a la poesía. Mucho tiempo renegué de no saber nada sobre música, ahora lo agradezco porque eso me permite acercarme así. Lo similar es la manera de acercarme a la canción y al poema , tanto a su composición como al modo de consumirlo. No estoy leyendo poesía todo el día y tampoco escucho música todo el día. Son momentos que elijo a conciencia: tres canciones en un colectivo, un poema en la cama, diez minutos de música caminando, un fanzine en el parque”, señala. 

A medida que se desarrollan las canciones, Candela se confirma como una descarada en una misión anti solemnidad que atenta contra la rigidez de las poses y las fórmulas. Atraviesa el deseo y la angustia, el abrazo y el perreo, poniendo a tono una pista de baile sensorial, dentro de la cabeza. Lo logra con su registro cansino pero decidido. Usa ternura, sensibilidad y encanto, avanzando sobre zonas algo riesgosas.
«Hechizo» se construye como una confesión íntima, dicha en voz baja, donde el secreto no apunta a un hecho puntual sino a una forma de desear. Desde el inicio, la protagonista se mueve entre el placer y la culpa: obtener “lo que yo quería” la hace sentirse una estafadora, como si el deseo cumplido fuera siempre un poco ilegítimo.
El collar de plástico rosa, mordido y escondido, funciona como un objeto cargado de sentido afectivo más que de valor. Es un talismán infantil que concentra deseo, vergüenza y apropiación. A su alrededor aparece la idea del conjuro: palabras capaces de modificar el mundo, de inundar una fiesta o devolverle el agua a un río. Sin embargo, ese poder está siempre a punto de fallar. Falta una palabra, algo parecido a la fe, un sonido apenas recordado.
La relación con la otra parte se marca por la huida y el silencio. Ante la pregunta por las mordidas, la voz no puede responder y se va sin despedirse. Más adelante, cuando se intenta reconstruir la escena y se pide que el deseo vuelva a activarse, el conjuro vuelve a olvidarse. El lenguaje, como el río, no siempre responde.
El cierre reordena todo: las mordidas no eran de un animal externo, sino de los propios colmillos. La confesión no revela un engaño, sino una identidad. Candela sugiere que el deseo no es algo que simplemente ocurre, sino algo que se muerde, se marca y se asume como propio, incluso cuando incomoda.
En «Reguetón y poemas» se propone una escena clara y persistente: una mujer atravesada por la melancolía de los días de lluvia que no logra —ni quiere— elegir entre dos formas de deseo, el reguetón y los poemas. Lejos de presentar esa duda como conflicto, el poema la toma como punto de partida para una afirmación: no hay que resolver el dilema eliminando una opción, sino sosteniendo ambas al mismo tiempo.
La voz interna acompaña, no discute ni corrige. Dice “yo no tengo problema” y “voy a la acción”, pero esa acción no es control, sino disponibilidad. Dar “reguetón y poemas a la vez” se vuelve una forma de vínculo: ofrecer sin imponer, seguir en lugar de guiar.
A mitad de la canción, la escena se abre al campo, al galope, a los galgos. El deseo deja de ser una elección íntima y se vuelve persecución, danza, velocidad compartida. Sin embargo, la palabra —cuando aparece— no puede ser capturada. No hay cuerpo ni esfuerzo que alcance para atraparla, ni siquiera dicha en voz baja. La palabra corre sola.
Candela se la juega: afirma que el deseo, como el lenguaje, no se fija ni se posee. Solo puede seguirse, acompañarse y dejarlo moverse. Reguetón y poemas no son opuestos: son dos ritmos de una misma marcha.
Hasta acá, El Porvenir se deja leer como un sistema sensible. Pero debajo de esa coherencia hay movimiento. Una ebullición constante. En Candela conviven la estudiante de Letras, la poeta, la cancionera, la reguetonera, la hacedora DIY. No como roles ordenados, sino como fuerzas que empujan al mismo tiempo. En ese cruce, la búsqueda no es estética sino comunicacional: cómo decir algo verdadero sin endurecerlo, cómo salir hacia afuera sin traicionar la fragilidad que dio origen a la canción o al poema.
Ese proceso no parece del todo consciente. Mientras ensaya lenguajes, Candela va formando una voz. No como una decisión estratégica, sino como un efecto lateral. La identidad no llega como revelación, sino como consecuencia. Aparece cuando ya está en marcha.
En ese punto surge una pregunta inevitable. Para quién hace música Candela. Para ella, sin duda. Para el mundo, en un sentido amplio. Pero sobre todo para quienes se reconocen en las preguntas antes que en las certezas. Para quienes construyen su cotidiano desde la duda, avanzando por aproximación, armando un mapa estético y afectivo a partir del paso a paso. Personas que investigan lenguajes mezclados, se permiten desobedecer la norma y, sin buscarlo, terminan habitando un territorio propio.
Ahí la originalidad deja de ser una virtud perseguida y se vuelve una consecuencia. Algo que aparece, como tantos descubrimientos valiosos, desde el error, la deriva o la casualidad. No como programa, sino como accidente fértil. Brian Eno diría que se trata de honrar la búsqueda abrazando lo inesperado.
Entre preguntas, Candela no habla de identidad ni de escena. Habla de acercamientos. De lxs demás. De los modos en que se tejen vínculos y se arma una comunidad. No piensa su hacer como un gesto individual, sino como algo que se activa en contacto con otres. Si ese movimiento parte de una introspección persistente o de una observación atenta del afuera es difícil de precisar. Lo que sí aparece con claridad es una forma de estar: escuchar, rodear, acercarse.

El Porvenir se publicó hace apenas diez días en plataformas. Llegó acompañado por un texto. No como explicación ni como manifiesto, sino como una pieza más del universo del disco.
En ese relato, Candela imagina la vida de una bandicut antropomorfizada, desde su infancia hasta su llegada a una ciudad donde es criada y amada por un “nosotras” colectivo. La historia avanza entre el juego, la ternura y una mística doméstica. Hay música, movimiento, idioma, rituales mínimos. La bandicut gira, aprende, se mezcla. Construye identidad a partir del vínculo. No importa tanto de dónde viene como en qué lengua y en qué sonidos es querida.
La figura funciona como símbolo flexible. Es criatura y extranjera. Cuerpo en movimiento y sujeto en formación. El giro aparece como metáfora insistente de la búsqueda identitaria, del deseo, de la mezcla cultural. Indonesia y “nuestra próspera ciudad” no se oponen como geografías, sino como climas afectivos. Lo que define el destino no es el origen, sino la comunidad elegida.
Cuando le pregunto por ese texto, por su manera de pensar identidad, ciudad, amor y política sin solemnidad, Candela no habla de programa ni de mensaje. Habla de juego.
Dice que jugar es algo que se toma muy en serio. Que el juego exige compromiso, atención y amor. Y que, tal vez, esa sea la razón por la que su música nunca termina de volverse solemne. “Si lo que hago no produce esa sensación es justamente por tomarme en serio hacer canciones jugando”, comparte.
Cuenta que el texto apareció como una necesidad puntual, pocos días antes de la salida del álbum. Quería que funcionara como un prólogo y, al mismo tiempo, como un mito de origen. Del disco, pero también de ella. No como una declaración de identidad, sino como una forma de rodearla.
Habla de ideas que no nacen en el momento de escribir, sino mucho antes. Ideas que permanecen, se mezclan, se separan y vuelven a unirse hasta que un día ya no son una intuición, sino algo completo. En ese punto, escribir no es inventar, sino ordenar sin traicionar el flujo inicial. “Respeto mucho el orden en el que la idea sale”, dice. Corrige, edita, mueve cosas, pero sin desarmar ese primer impulso.
El “nosotras” del texto también tiene un origen concreto. Una preescucha íntima con amigas. El Crash girando en la pantalla mientras sonaba el disco. De ahí ese plural afectivo que después se expande y se vuelve ciudad. Rosario como espacio de acogida. Una comunidad de artistas independientes que siguen eligiendo crear desde ahí y que reciben a quienes quieren sumarse.
La bandicut no fue una elección caprichosa. Apareció, insiste Candela. Y cuando algo aparece con esa persistencia, ella prefiere seguirlo. El sentido viene después. Primero el animal. Después el amor, la ciudad, la identidad. “Elijo animales y objetos porque no creo que mi cuerpo difiera tanto del de un animal o del de una mesa ratona que alguien tiró a un contenedor”, dice. El significado no antecede a la imagen. Se arma a partir de los detalles.
Hablar con Candela es aceptar un ritmo. No responde en línea recta ni busca cerrar ideas. Rodea los temas, vuelve, se corrige, retoma. Se ríe, sin dudas.
Cuando intenta pensar su evolución en los últimos años, no lo hace en términos de etapas. Dice que le cuesta ser consciente de sus desplazamientos. Que hay fundamentos que se sostienen. La forma, sobre todo. El detalle, lo orgánico, lo simple, el juego, lo conciso. La atención puesta en la palabra, en su musicalidad, en el ritmo que produce al ser dicha. Eso estuvo siempre.
Lo que cambió, dice, tiene que ver con la escucha. Con aprender a escuchar la música como música. Durante mucho tiempo el sonido de fondo le resultaba casi indiferente. Ahora se detiene. Disfruta los instrumentos, los timbres, los silencios. Empieza a entender cómo se produce eso que escucha y, a partir de ahí, las canciones comienzan a diferenciarse más entre sí. No por decisión estética, sino por aprendizaje.
Hubo un momento —que coincide con el tiempo de El Porvenir— en el que intentó conjugar de manera más explícita poesía y reguetón. Algo de esa búsqueda quedó en los Poemas reguetoneros que publicó en formato fanzine. Hoy los mira con cariño, pero también con distancia. Hay algo ahí que no termina de convencerla. Una mezcla que, por momentos, se volvió solemne. Demasiado cargada. Faltaba humor.
Esa observación no es menor. El humor aparece en su obra como una herramienta de equilibrio. No para quitar peso, sino para permitir que ciertas sensaciones entren sin volverse densas. Candela prefiere que la tristeza, la angustia o el deseo aparezcan con gracia. Que no se impongan. Por eso ahora elige otro camino: conservar algo del ritmo del reguetón, pero escribir sobre otras cosas. Dejar que la cadencia trabaje en segundo plano.
La poesía, en ese sentido, sigue siendo su laboratorio. Por la facilidad material, pero también por la libertad. Prueba ideas en los poemas y luego las traslada a la música. Juega. Se toma su tiempo. Aprende. En los últimos meses empezó a escribir poemas de largo aliento, muy distintos a sus canciones, que suelen ser breves. En esos textos aparecen con más fuerza los cuerpos de animales y de objetos, mezclados con una identidad argentina, latinoamericana, ampliada. Detalles mínimos que devuelven al poema una dimensión política, sin necesidad de enunciados explícitos.
Esa deriva también empieza a asomar en las canciones. En «ACAB», claro.  Sobre todo en «Perreo para todas», la última del disco, la más reciente en términos de composición. Candela habla de política, pero desde el desvío. Desde la sugerencia. Dice que el contexto empuja a ser clara, tajante, explícita. Pero esa forma no le resulta propia. Le parece impostada. Su lugar, al menos por ahora, está en otro lado. Más cerca del antipogo que del grito. Sentarse en el piso, escuchar calmo. Pensar. No porque sus canciones sean aburridas, aclara, sino porque su forma de estar es esa.
En el vivo, esa tensión se vuelve visible. Se define vergonzosa, insegura. Le costó amigarse con ese espacio. Por eso los vínculos con sus compinches importan tanto. Busca amistad antes que virtuosismo. Personas en las que pueda confiar, no solo en lo musical, sino en lo humano. El formato banda no aparece como ambición, sino como cuidado.
Con Nuria Clerici (guitarrista), Julián D’Agostino (tecladista) y Rama Empanada (Ingeniero de sonido) construyó algo que se parece más a una complicidad que a un proyecto cerrado. Hay pocas indicaciones. Mucha libertad. Candela no pretende que las canciones suenen igual en vivo que en el disco. Al contrario. Celebra el cambio. Algunas decisiones que nacieron para el escenario terminaron filtrándose en las versiones finales. Le gusta que el vivo tenga algo propio, algo irrepetible.
Rama ocupa un lugar particular. Es continuidad. Fue quien grabó Específico, aquel primer EP, y sigue ahí. Candela habla de un voto de confianza mutuo. De crecer juntos. De alguien que entiende su mundo y, al mismo tiempo, lo vuelve audible. Que cuida la organicidad de la maqueta, pero piensa en esos parlantes del mundo tan distintos entre sí.
Esa misma lógica aparece cuando habla de su modo de estar y de retirarse. Nunca pensó su carrera en términos de presencia constante. Hay ritmos que no puede ni quiere sostener. El trabajo, la facultad, la escritura, la música. Todo convive con dificultad, pero también se retroalimenta. Antes esa dispersión la angustiaba. Hoy la acepta como forma.
Sueña con una tesis que sea una canción que hable de un poema escrito mientras da clases y que se publique como fanzine. No lo dice como provocación, sino como deseo genuino. Para Candela, esos mundos no están separados. Se contaminan. Se abrazan. Descansan juntos en lo privado y, cuando pueden, salen al encuentro de otros.
A veces le asusta desaparecer del todo. Sentirse cómoda sin compartir nada. No volver. Otras veces entiende que ese riesgo también es parte de su identidad. Aparecer y desaparecer. A su modo. A su tiempo. Sin épica, pero atrevida.
El Porvenir no trabaja con promesas. No se proyecta hacia adelante como consigna ni como horizonte épico. Se sostiene en el presente. En lo que se hace cuando se puede, en un cotidiano convulsionado que rara vez da respiro.

Candela arma su identidad mientras escribe, mientras hace canciones, mientras prueba. Entre poemas que pasan a la música y canciones que vuelven al papel, entre el aula, el trabajo y el ensayo. No hay separación clara.
“Primero aparece la cosa y después el significado”, dice. La frase funciona como una clave. No solo para leer el texto que acompaña al disco, sino para entender su modo de hacer.
En ese orden, El Porvenir no señala un destino. Marca una práctica. Hacer, detenerse, volver. Aparecer cuando hay algo para decir. Y confiar en que eso, por ahora, alcanza.

 

Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard

 

 

 

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