
Siete dibujantes que se juntaban a pasar la tarde entre lápices, mates y conversaciones terminaron por armar Las Grandes Ligas, una revista de historietas donde el absurdo, lo cotidiano y lo inquietante conviven sin pedir permiso al mercado ni a las modas del algoritmo. Camila Torre Notari e Iván Riskin cuentan cómo nació el proyecto y por qué, en tiempos de pantallas, volver al papel también puede ser una forma de escape revitalizante.

Una de las principales virtudes de dibujar es estrechar vínculos, compartiendo horas valiosas en el arte de simplemente dejarse llevar, sin un plan fijo, entrelazando conversaciones, risas e información en un torrente de momentos que forman una nueva amistad. Hojas, cartucheras, lápices, pinceles y estilógrafos se confunden entre café, mates, medialunas, tostados, pizza fría y latas de cerveza. El menú depende un poco de la hora del día, pero también del mood: de lo que surge, de lo que se siente en esos momentos, porque —de nuevo— no hay plan, excepto juntarse a dibujar, a compartir, a pasar el rato en una pequeña comunidad ad hoc.
Las horas compartidas en mesazas de talleres, bares, ferias o domicilios particulares son una fuente inagotable de lo impredecible. Como en todo fluir producido por la química entre partes, siempre aparece lo inesperado. Dibujar es hacer amigos, enlazar sociedades creativas, potenciar complicidades estéticas, habitar códigos únicos que forman pandillas listas para enfrentar el mundo.
Las Grandes Ligas es todo eso y algo más. Un proyecto nacido entre amistad y complicidad, desde el encuentro y el disfrute. ¿Había un plan inicial más que sentarse a dibujar? No. ¿Había objetivos? No. ¿Alguien pensó que estaban iniciando una aventura conjunta? No. ¿Todo terminó en una sorpresa que es el principio de algo que todavía no está definido? Sí.
Enhorabuena. Bienvenidos a Las Grandes Ligas: una revista, una aventura, una forma de supervivencia en un año de locura desatada en Argentina y en todo el planeta.
Camila Torre Notari, Pitucardi, Wendy Niev, Juan Vegetal, Guido La Rosa, Gabicoco e Iván Riskin publicaron Las Grandes Ligas hacia finales de 2025, luego de meses de elaboración impensada. Al principio solo fue el gusto de encontrarse a dibujar. Más tarde, ante el disfrute compartido, apareció una idea: desarrollar una revista que reúna una historia por artista, con cuatro páginas por cabeza. El resultado es atractivo, divertido, ganchero y desparejo, pero fundamentalmente esquivo a las lógicas del mercado y a la homogeneización contemporánea, donde lo aesthetic reina bajo los preceptos de lo inmediatamente amable y lo fácilmente digerible.
El título podría funcionar como un grito de guerra punk o como punto de partida para un interrogante cuestionador y escéptico: ¿qué son las grandes ligas? ¿Quiénes las integran? ¿Por qué están ahí? ¿Quién dice que son las grandes ligas?
Todo funciona como un tono contagioso, como la intro de «Una vela», de Intoxicados: “…todos hablan de la lealtad. Y nosotros somos la lealtad. Así que, ¿qué me vienen a hablar de la lealtad?”. ¿Qué les vienen a hablar de las grandes ligas a estas siete almas inquietas que, a sus espaldas, cargan libros, zines, editoriales, ferias, viajes, residencias, talleres y una lista que podría seguir? No se trata de chapa: se trata del hacer, de la aventura.
Las Grandes Ligas tiene 32 páginas, a una tinta. El formato apuesta a la revista, escapando sin culpa del fanzine, un territorio que este plantel conoce al dedillo. Las siete historias están atravesadas por un hilo conductor sutil: lo inquietante. Los matices abundan y enriquecen el resultado general. El absurdo convive con lo costumbrista; la inocencia choca con lo arltiano; lo naive desemboca en un rollo pesadillesco. Los contrastes estéticos están marcados porque cada artista tiene un pulso único. La convivencia es saludable, nunca forzada.

Parte del proceso creativo de la revista puede reconstruirse a partir de las voces de dos integrantes del proyecto. Camila Torre Notari e Iván Riskin, parte de la troupe responsable de Las Grandes Ligas, responden desde Buenos Aires y reflexionan sobre los procesos detrás de la revista, las decisiones colectivas que le dieron forma y las posibilidades que se abren hacia el futuro.
Aunque cada historieta tiene un tono propio, hay un elemento que atraviesa todo el número: la presencia de lo inquietante. Ese hilo conductor no surgió como una consigna rígida, sino como una palabra disparadora que ayudó a ordenar el conjunto sin limitar la libertad de cada autor.
“Nosotros no lo mostramos muy abiertamente, pero quisimos buscarle la vuelta para homogeneizar de alguna manera las historias de la revista”, explica Torre Notari. “Elegimos el tema susto como una palabra que apareció en un momento en que buscábamos algo que unificara las historias, pero que tampoco nos ate o nos obligue a trabajar dentro de un género determinado”.
La idea, según la dibujante, era establecer una orientación común sin condicionar el proceso creativo. “Queríamos que salga lo que cada uno labure, que salga de manera bastante libre, que no lo sintamos como una limitación sino quizás como una guía. Entonces elegimos el tema susto para que cada uno lo interprete como quiera”.
Ese margen de interpretación terminó generando una variedad de registros dentro de la revista. “Por eso algunas historietas se fueron más para el lado del terror, otras tienen mucho humor”, señala. “Si prestás atención vas a encontrar un susto, pero puede ser algo mínimo. Como habíamos dicho desde el principio: puede ser ‘¡ay, me olvidé las llaves!’. No necesariamente tiene que haber monstruos o fantasmas. Después fue muy divertido ver cómo cada uno lo interpretó”.
Riskin describe la premisa en términos similares. “La consigna que tuvimos para hacer la revista era que en todas las historias aparezca el susto. No que sean cómics de terror, sino situaciones donde aparece el susto”. A partir de ese punto común, cada autor desarrolló su propia narrativa. “En el mío es algo más absurdo. En la historieta de Guido hay una cosa más paranormal, histórico-política. En la de Wendy hay algo más tipo Ren & Stimpy, absurdo, pero también hay situaciones de miedo, de terror, de pánico. Cada uno fue poniendo ese elemento dentro de su propio relato”.
Las decisiones formales de la revista también surgieron de acuerdos colectivos. El formato A4 y el trabajo a una tinta —negro sobre blanco— fueron parte de una elección consciente que combinó practicidad, economía y una cierta tradición dentro de la historieta independiente.
Para Torre Notari, esos límites funcionan de manera paradójica: restringen y liberan al mismo tiempo. “Ese tipo de decisiones para mí funcionan como las dos cosas: es una limitación, pero también te libera tener que tomarla. Cuando ya decidimos en grupo que las cosas van a ser de determinada manera —en este caso A4 y blanco y negro— eso mentalmente te relaja y te permite poner la energía o la creatividad en otra parte, ya sea en lo visual o en el guión”.
Riskin recuerda que la intención inicial era, justamente, hacer una revista en sentido clásico. “Queríamos que sea una revista, entonces sentíamos que tenía que tener una dimensión un poquito más grande que un fanzine A5. Nos gustaba la idea de A4 cerrado, que sería un A3 plegado”. En cuanto al uso del blanco y negro, la decisión tuvo un componente práctico pero también estético. “Fue una decisión económica, pero también de apostar al blanco y negro, que es algo con lo que nos gusta trabajar”.

Otro aspecto central del proyecto fue el intercambio de procesos. Aunque cada autor desarrolló su propia historia, gran parte del trabajo ocurrió en encuentros de dibujo donde circulaban ideas, referencias y sugerencias.
“Nos juntamos mucho a trabajar”, cuenta Torre Notari. “Algunos trabajaban más en sus casas, pero hubo muchas juntadas donde dibujábamos juntos. Yo, por ejemplo, hice los bocetos un día estando todos reunidos”.
En su caso particular, ese intercambio terminó influyendo directamente en la forma final de su historieta. La autora había escrito primero la historia como un relato narrado desde afuera, algo poco habitual en su trabajo. “Normalmente en mis historietas pongo mucho diálogo y la imagen es la que cuenta”, explica. Pero al trasladar ese texto al guión gráfico apareció una estructura basada en voz en off.
Durante una de las reuniones surgieron las referencias y los consejos. “Guido estaba haciendo algo con voz en off y me prestó un cómic de Mónica, de Daniel Clowes, editado por Hotel de las Ideas, que está casi todo hecho así. Y en un momento le comenté a Gaby Coco que no estaba acostumbrada a trabajar de esa manera. Me dijo: ‘Aprovechá que ya lo escribiste así y usalo como lo tenés’”.
El resultado fue mantener esa estructura narrativa, con algunos ajustes. “Lo emprolijé un poco, corregí algunas cosas y quedó de esa manera, que me pareció recopada”. Para Torre Notari, ese tipo de dinámicas de grupo resultaron especialmente valiosas. “Hace un par de años no me gustaba nada compartir procesos ni que la gente me opine, me daba mucha inseguridad. Pero ahora lo veo distinto. Nos conocemos hace mucho y me parece que son personas muy talentosas, así que sus opiniones las valoro un montón”.
En la experiencia de Riskin, esa lógica colectiva conecta con una tradición específica dentro de la historieta argentina. “Para mí tiene un poco el espíritu del suplemento Mal Flash, que salió en la revista NAN”, señala. “Esa idea de juntarnos a dibujar y sacar revistas de historietas”.
Pero el proyecto también nace de una necesidad concreta: volver al soporte físico en un momento dominado por la circulación digital. “La idea era salir un poco de lo digital”, explica. “Desde la censura hasta las limitaciones, o el enrosque mental que generan las redes sociales. Teníamos ganas de hacer revistas de historietas en papel”.
Esa decisión también funciona como una declaración de principios. “Darle valor al dibujo de historietas y plantarnos como eso: como dibujantes de historietas, los siete”.
Mientras tanto, el impulso original permanece intacto: el encuentro alrededor del dibujo. Las Grandes Ligas nació, ante todo, como un espacio presencial donde siete autores se juntaban a dibujar, charlar y compartir procesos. De esas jornadas surgieron las historias, las decisiones formales y, finalmente, la revista.
En ese sentido, más que un proyecto cerrado, Las Grandes Ligas parece funcionar como una plataforma abierta: un punto de encuentro entre autores con trayectorias propias que decidieron, por un momento, trabajar en colectivo. Lo que venga después —nuevos números, nuevos integrantes o nuevas formas del proyecto— todavía está por definirse. Pero el motor inicial ya está en marcha: una mesa compartida, hojas en blanco y la voluntad de seguir dibujando juntos.
Por Lucas Canalda