PERROS QUE ANUNCIAN TORMENTA: CAMPEÓN, DE JAZMÍN VARELA

Con una narrativa austera y perturbadora, Jazmín Varela explora en Campeón la herencia emocional, la superstición familiar y las formas contemporáneas de la soledad. A través de una saga doméstica atravesada por perros que son símbolo y herida, la autora construye una mitología íntima donde memoria, afecto y fatalidad conviven sin explicaciones tranquilizadoras. Una obra de madurez que confirma a Varela como una de las voces más singulares y consistentes de la historieta argentina actual.

 

 

En Campeón, los perros no son simplemente mascotas: son presencias que acompañan la vida familiar y que, al mismo tiempo, parecen anunciar una serie de pequeñas tragedias domésticas. A lo largo de los años, cada animal que entra en la casa deja una marca afectiva, pero también una herida. En esa acumulación de recuerdos —hechos de cariño, pérdida y superstición— se construye el núcleo inquietante de la novela gráfica de Jazmín Varela.
Campeón (Editorial Sigilo) construye un relato personal y sombrío donde se entrecruzan los recuerdos familiares, la observación de la vida cotidiana y una atmósfera que bordea el terror doméstico. La historia sigue a los distintos perros que forman parte de una misma familia a lo largo del tiempo, mostrando cómo esos animales se integran a la vida afectiva de sus dueños y dejan huellas profundas en su historia emocional.
En el centro del libro aparece la idea de un destino adverso que atraviesa a esa familia. Todo parece originarse en un episodio trágico relacionado con un perro —el Campeón que da nombre a la obra—, después del cual se instala la creencia de que quienes pertenecen a ese linaje están condenados a no poder convivir en paz con un animal. A partir de ese punto, el relato encadena distintas situaciones en las que el cariño hacia las mascotas se entrelaza con experiencias de pérdida, sufrimiento y tensiones propias de la vida cotidiana.
Más que seguir una línea narrativa estricta, la obra avanza como una reconstrucción emocional del pasado. Los perros funcionan como un hilo que une generaciones y permite narrar relaciones familiares, marcas afectivas y episodios dolorosos. A lo largo de sus páginas conviven escenas de cercanía y ternura con otras más ásperas e inquietantes, componiendo una mirada sobre la vida doméstica donde el afecto y el daño aparecen estrechamente ligados.
Campeón propone así una reflexión sobre la memoria familiar y las herencias emocionales. Los animales no ocupan sólo el lugar de protagonistas: se vuelven una vía para indagar en los vínculos humanos y en sus aspectos más sensibles y vulnerables.
Por otro lado, Varela —una artista que a lo largo de los años ha explorado imaginarios como el Gauchito Gil o el tarot— traza un rumbo que conduce hacia la mitología íntima de la memoria familiar. En muchas familias, la memoria se organiza menos como archivo que como relato en movimiento: historias repetidas en sobremesas y reuniones, transmitidas de boca en boca hasta volverse una forma de patrimonio invisible. Con cada nueva versión, los detalles se acomodan al presente, los silencios se rellenan con intuiciones y las anécdotas adquieren un brillo casi legendario, como si la vida cotidiana necesitara su propia épica doméstica.
Así se construye una mitología íntima donde los abuelos adquieren rasgos de personajes, los episodios mínimos se vuelven fundacionales y los recuerdos se deslizan suavemente hacia la invención. Con el tiempo, nadie distingue con certeza qué ocurrió realmente y qué fue añadido por la persistencia del relato: la historia familiar termina funcionando como una ficción compartida que, sin embargo, todos aceptan como verdad.

La mirada de Varela se vuelve la memoria sentimental de un entramado doméstico donde abundan esos personajes destinados a los márgenes de una realidad que exige funcionalidad. Nadie aquí encaja del todo en la norma. Todos buscan la manera de existir, enlazando afectos como se puede, en una cotidianidad por momentos estallada por los matices únicos de cada vida. Hay belleza y derrota mezcladas en días anónimos que, aunque rutinarios, no están exentos de momentos memorables. El viaje de Campeón consiste en descubrir esos momentos y comprenderlos: entre amor y violencia, entre abrazos y llantos. La muerte acecha, al igual que la vida.
Aunque medie una distancia que parece inabarcable, el libro de Varela establece un vínculo inesperado con Tombuctú, la novela de Paul Auster publicada en 1998, narrada desde el punto de vista de Mr. Bones, el perro de William G. Christmas, un hombre que vive en los márgenes de un Estados Unidos donde el sueño americano aparece resquebrajado.
En Tombuctú, tanto el protagonista humano como su mascota cumplen un papel central en la exploración de temas como la identidad, la soledad y la conexión humana. Mr. Bones, símbolo de lealtad y compañerismo, funciona como contrapunto al viaje introspectivo de William, ofreciendo una perspectiva singular sobre la condición humana en la cercanía a la muerte y en la búsqueda de sentido dentro de un mundo atravesado por la incertidumbre.

Varela también aborda la incertidumbre de la vida, pero sin levantar grandes interrogantes. En ese sentido, la autora rosarina parece acercarse al sinsentido cotidiano, retratando la fragilidad —y a veces la torpeza— de la condición humana sin intención de ensayo existencialista, pero sí desde una sensibilidad profundamente falible. Los personajes que habitan Campeón están hechos de contrastes y contradicciones, muchas veces conscientes, como si intentaran ganar en un juego que ya saben destinado a terminar mal.
Con sus viñetas a página entera y escasas líneas de texto, Campeón condensa una deriva cercana a la bitácora sensible que, por momentos, roza el new weird. Varela construye una narración libre, sin patrones predecibles ni estructuras rígidas.
Al terminar la lectura aparece la necesidad de volver sobre ciertas páginas —tal vez sobre el libro entero— con la sensación de haber presenciado algo difícil de asir. Varela trabaja sobre nervios delicados, pero también parece disfrutar de la incomodidad que genera: desde allí se abre hacia desvíos que no se apoyan en explicaciones racionales, científicas ni religiosas y construyen sentido a partir de la incertidumbre.
El color ha sido un elemento central en los fanzines y libros anteriores de Varela. En Campeón, la autora rosarina elige otra dirección. El cambio de técnica responde —probablemente— a una necesidad interna de la obra y se traduce en un quiebre visual estimulante. Además, dada la extensión de la novela gráfica, la decisión de reducir los recursos al mínimo termina encontrando el ritmo adecuado.
Los trazos son firmes y continuos. El grosor de la línea se mantiene relativamente uniforme, aunque aparecen variaciones espontáneas que aportan vitalidad al dibujo.
Las imágenes producen un clima de intimidad y observación cercana. Las escenas representadas corresponden a situaciones ordinarias, pero están tratadas con una atención que les otorga densidad emocional. No hay dramatización excesiva: Varela va directo al hueso, con decisión. Predomina una sensibilidad que se apoya en lo cotidiano como espacio de significación. El resultado es una atmósfera de registro personal que sugiere memoria, afecto y experiencia vivida.
Más que buscar el virtuosismo técnico, el dibujo privilegia la expresividad y la inmediatez. El resultado es un sistema visual que funciona simultáneamente como registro íntimo y como forma de construcción narrativa.


Luego de años de constancia discreta con títulos como Crisis capilar (2016, EMR), Guerra de soda (2017, Maten al Mensajero), Tengo unas flores con tu nombre (Maten al Mensajero, 2018), y Cotillón (2020, Maten al Mensajero), Campeón parece consolidarse como la obra definitiva de Varela: la prueba de que todos los caminos previos condujeron hacia este punto de quiebre, tanto por su potencial de alcance como por sus resultados artísticos. Se trata de un título de referencia, una obra que puede funcionar como puerta de ingreso tanto a la producción de la autora como a la historieta argentina contemporánea.
En ese sentido, Campeón también rubrica los objetivos que Varela se trazó durante la última década: concentrarse en lo narrativo hasta alcanzar un grado de evolución y precisión que le permitiera avanzar con decisión hacia territorios inesperados, donde la sorpresa se vuelve parte esencial de la experiencia de lectura.
Campeón es, en última instancia, un libro sobre la soledad; sobre los afectos que nos rescatan; sobre las corazas que inventamos para seguir adelante y sobre los dolores que nos marcan y nos definen sin llegar a hundirnos.

 

Por Lucas Canalda

 

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