
En su edición número quince, el festival impulsado por Casa del Puente volvió a demostrar que Mar del Plata es escenario de un presente vibrante. Entre la pista queer del viernes, el pulso urgente del sábado y la tradición rock del domingo, Mar del Pop confirmó que, incluso en tiempos de ajuste y motosierra cultural, hay una comunidad que se organiza, se reinventa y mantiene encendida la llama.
En un país donde la mayoría de los festivales recortan fechas, ajustan grillas o directamente desaparecen bajo el peso de la incertidumbre económica, que un evento independiente sostenga tres jornadas completas no es un detalle: es una declaración de principios. La edición número quince de Mar del Pop confirmó algo que en la ciudad se percibe desde hace tiempo: hay una escena capaz de sostenerse y crecer incluso cuando el contexto empuja en sentido contrario.
La longevidad y la capacidad de expansión del festival van de la mano del momento que vive Mar del Plata como generadora de bandas y artistas con identidad propia. Lo que durante años fue un circuito subterráneo hoy exporta nombres, sonidos y estéticas que circulan más allá de los límites geográficos de la ciudad. Sin dudas, es una hazaña en una ciudad donde la “motosierra” pasó también por la cultura. Ahí están las bibliotecas y museos municipales subsistiendo con lo justo, mientras su patrimonio está siempre en peligro por fugas de agua o falta de mantenimiento. Desde hace años, la única política cultural activa parece ser la de rodear con food trucks lugares emblemáticos como Villa Victoria y darle escenario a artistas ATP para musicalizar el consumo inmediato: si no se genera negocio, no existe.
Pero como antídoto frente a esta desidia estatal, aparecen —como siempre— expresiones y espacios que luchan por mostrar qué está pasando por abajo. Lugares más o menos grandes, más o menos céntricos, más o menos chetos, pero sostenidos por una demanda real. Ciudad Cultural Brewhouse, una fábrica de cerveza del puerto reconvertida en stage musical (más marplatense no se consigue), sintetiza esa lógica. Organizado por el sello Casa del Puente, Mar del Pop funciona como vidriera y punto de encuentro: cuando hay identidad, trabajo y comunidad, los espacios aparecen y desafían incluso el agreste invierno costero para florecer en el verano.

El viernes, la apertura tuvo a la fiesta como lenguaje político. Six Sex y Juana Rozas encabezaron una noche que confirmó que la posta del pop performático cambió de manos. Si alguna vez la antorcha fue de Lali, hoy hay otra generación de power girls administrando el deseo y la pista. Six Sex convirtió el escenario en un ritual de desinhibición colectiva: ironía, erotismo y pulso rave sin pedir disculpas. Por su parte, Juana Rozas sostuvo la intensidad desde un lugar más hipnótico, elegante y envolvente, pero igual de magnético.
El público —marcadamente sub 25— respondió en consecuencia. La propuesta queer fue la más convocante y también la más coherente con el espíritu de la jornada: no había frontera entre show y pista. No había distancia entre artista y audiencia. Había espejo. En esa misma constelación orbitaron Uma Costa y Fiah Miau, parte de un recambio que ya no pide permiso. Punto aparte para Chechi de Marcos, que eligió otro camino: estética más cancionera, banda sólida y una decisión interesante de ensuciar el sonido cuando hacía falta. El final de «Hasta Que Llegue El Verano», con guitarras rítmicas entrando en una distorsión tan sana como necesaria, fue uno de los momentos más logrados del viernes.
La puesta volvió a ser diferencial. El escenario principal mutaba según cada artista: a veces saturado de leds y gráficas complejas; otras, despojado hasta el minimalismo. En la otra punta del predio, la cabina de DJs —láseres y humo incluidos— sostenía el pulso electro-disco en los intervalos y evitaba cualquier bache. Incluso hubo guiños familiares: Lisa Cerati calentando la pista antes del show de Benito funcionó como una pequeña postal generacional que terminó de formalizar la apertura simbólica de la fiesta.
Si el viernes me encontró como uno de los adultos más grandes en medio de una marea de brillos, el sábado devolvió otra imagen. El negro dominó la pista, las remeras de banda desplazaron el glitter y el puerto recuperó su fisonomía más rockera. En el dress code informal de la jornada, Buenos Vampiros ganó por goleada, secundado por Loquero, ambos encargados de cerrar la fecha.
Maniobras activó los primeros pogos con su new wave distorsionado, preparando el terreno para lo que vendría. Para que no quedaran dudas de que el sábado venía con peso específico, ahí estaba Richard Coleman. Incluso cuando un teclado se negó a arrancar y el comienzo se tensó por problemas técnicos, su temple sostuvo la escena. Apenas se solucionó, bastó abrir su carpeta de canciones para recordar el lugar que ocupa en el cancionero nacional. Con RC & el Transiberian Express combinó presente e historia: sonó «Como Antes», reapareció Fricción con «Héroes» y el espíritu de Cerati volvió a hacerse presente cuando llegó «Toma la ruta». No hizo falta sobreactuar la épica; la autoridad estaba en la ejecución.

La presentación de FEA era otro de los grandes ganchos. La banda de Sofía Gala, con debut reciente y padrinazgo de Fito en teclados, llegaba con expectativa alta. La propuesta es poderosa: Sofía domina la escena con naturalidad y un outfit pensado para ser icónico sin parecer calculado. La banda acompaña con precisión: ajustados, rockeros, desprejuiciados. Lo suyo es un indie punk de elite donde el “mal gusto” está medido al milímetro para que funcione perfecto en Instagram. Los pasajes donde Lady Trombón aportó su dub fueron lo más interesante del set, abriendo pequeñas grietas en la superficie.

Por otro lado, Winona Riders llegaron envueltos en la polémica de sus gestos contra Francisco Bochatón. Pero arriba del escenario la discusión se diluye: mostraron un bloque compacto, filoso y frontal. Su energía stoner fue un garrotazo contra cualquier tentación tibia del under. Están ajustados y en pico de forma; por eso traccionan.
Buenos Vampiros ya no juegan de locales: juegan de dueños de casa. A Ignacio Perrotta se lo vio desde el minuto cero del festival, caminando el predio como quien circula su propio living. Mar del Pop es territorio propio hace tiempo, y la relación con Casa del Puente ya funciona como sinónimo de crecimiento sostenido. Como Gardel, cada día tocan mejor. Administran mejor la tensión y no parecen encontrar techo. El repertorio combinó «Desmotivada» con canciones más recientes como «Puedo ver el mar en tus ojos», confirmando que no viven de un golpe aislado sino de una obra en expansión. Cuando podría pensarse que el post-punk gótico pertenece a otra década, los Vampis lo vuelven contemporáneo: conectan la angustia existencial de esta época con melodías hermosas y ruidos que parecen recién desenterrados de la tumba de Bela Lugosi. El punto flojo del sábado fue el corrimiento de horarios. Entre bises celebrados y jams lisérgicos, la grilla se desplazó hasta que Loquero subieron cerca de las tres de la mañana.
Para entonces el cansancio ya convivía con las cervezas y los porros que circulaban desde el sol de la tarde. Pero el oficio pesa. Y Loquero lo tiene. Próceres del punk argentino desde los 90, prendieron fuego el escenario y desataron los pogos más intensos del festival. Había fans con espíritu de viaje de egresados dispuestos a romper cualquier protocolo para saltar cuando sonaba «No sé», y del otro lado una camada centennial lista para absorber el golpe en fraternidad punk. No fue un cierre nostálgico. Fue un recordatorio: el fuego no entiende de generaciones.

El domingo fue más breve y más clásico en su resolución. Cartas a Mí apostó al grunge cuando el género parece demodé, pero el fin de semana dejó algo claro: ningún sonido está definitivamente fuera de época, sólo necesita contexto. El cierre quedó en manos de Pipo Cipolatti y Dante Spinetta. Oficio, hits y una felicidad sin cinismo para enfrentar la resaca dominguera. Dante confirmó su jerarquía guitarrera; Pipo sostuvo ese carisma inoxidable que convierte cada canción en celebración.
No fue un final explosivo sino una síntesis. Tres días donde convivieron la pista joven, el negro rockero y la tradición pop que todavía tiene cosas para decir. Si algo dejó esta edición es la certeza de que la escena marplatense ya no se explica como excepción ni como resistencia romántica. Se explica como presente. Quince años después, el festival no celebra sólo su permanencia. Celebra que hay una comunidad que lo sostiene y lo empuja frente a la inercia de una ciudad que, a veces, parece querer olvidarse de sus jóvenes. Y en ese cruce —entre generaciones, estilos y públicos— el fuego sigue encendido.
Texto por Lucas Alarcón
Fotografías de Ariana Varela + ShootingTobi cortesía de Mar del Pop
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