RECLAMA EL CORAZÓN

La cantautora mexicana-estadounidense Renee Goust llegó a Rosario por primera vez para presentarse en Casa Brava.
Más allá del suceso viral de La cumbia feminazi, la nativa de Nogales probó ser dueña de un poderoso puñado de canciones que capturan el espíritu de un tiempo de contrastes.

 

El jueves 17 de enero, la cantautora mexicana-estadounidense Renee Goust, se presentó por primera vez en Rosario.
Su visita a la ciudad tuvo un lugar en Casa Brava, compartiendo escenario con sus compatriotas aztecas de Ampersan y la cantante local Jimena Domínguez, en representación del Colectivo de Mujeres Músicas  Rosario como también al colectivo Feminoise Latinoamérica.
Goust llegó a su primera gira argentina bajo el precedente viral de La cumbia feminazi, canción que amasó cientos de miles de reproducciones en Spotify, Facebook y YouTube,  para convertirse en un pequeño himno de arenga para estos tiempos de lucha y transformación que atraviesan al continente.
Pero detrás del hit viral que estalló a partir de la sencilla espontaneidad de compartir una canción por las redes, radica la historia de una joven que desde hace una década crea canciones desde sus experiencias y aprendizajes.
Ante una concurrencia que ocupó todas las ubicaciones, la cantautora mostró la calidad de un repertorio breve, pero poderoso. Munida solo con su guitarra acústica, obtuvo la atención total del público presente, quien se había mostrado indiferente a las propuestas previas.
Entre otras canciones, sonaron Caminar a solas, Nuestro himno, La bruja, El vals de Doña Teresita, Vuelves al mar, Septiembre, Caminar contigo (dedicada especialmente a la comunidad LGTBI local) y, por supuesto, el éxito La cumbia feminazi.
Vuelve al mar es una delicadeza intimista que se cuenta entre lo mejor de la nativa de Nogales. En el aire rosarino logró un silencio devoto propio de un público que, tal vez, descubría esa joya por primera vez.
La cumbia feminazi, el tema más esperado, fue una celebración que se acompañó con palmas, manos arriba y cantos con gargantas en alza.
El concierto llegó a un clímax único cuando llegó el turno de la mejor canción de Goust hasta la fecha: El patriota suicida, combinación única de lamento folklórico despatriado y las desesperantes posibilidades que recorren la cabeza de un instante desesperado. Durante los casi cinco minutos que dura la canción, todo el salón retiene la respiración, capturado por la magia que baja desde el escenario.
El cierre llegó con su propia versión de La llorona, otra vez con todo el público acompañando a viva voz.
Fue una primera visita personal, de carácter cómplice, que ojalá abra camino para una larga relación entre la artista y Rosario.

GOUST

Renee creció en la frontera entre México y Estados Unidos. Cruzando diariamente los  controles fronterizos para ir al colegio. De niña su rutina consistía en marchar desde Nogales, Sonora, a Nogales, Arizona. De un lado: dormir, desayunar, cenar y vivir. Del otro: educarse, almorzar y vivir. De ambos lados: enamorarse. Primero de la música. Luego, de amores secretos que encontraban sublimación en canciones de lenguaje codificado que pudieran sortear al conservador núcleo familiar.
A los diez años comenzó sus lecciones de piano y poco tiempo después aprendió a tocar la guitarra. Más tarde, bien entrada su adolescencia, estudió canto clásico en la Universidad de Guadalajara, dentro de un ámbito formal y de dogmas artísticos.
En sus años de Universidad se mostró agradecida por las lecciones de piano, ya que llegó sabiendo leer música y desde ahí nomás se fue yendo solita, primero improvisando, después cayendo en cuenta que estaba tomando un camino muy diferente a la rigidez académica.
“Estando ahí tomé conciencia que siempre sentí que mi cultura familiar fue bastante rígida. De repente, también me topaba con eso en mi educación. Empecé a sentir que no me gustaba que me dijeran qué hacer. Encontrarme con que en el arte haya conceptos sobre qué está bien y qué está mal, me hizo ruido. Al final, sentí que no era para mí”, recuerda sobre sus años formativos en el claustro académico.
Nogales, Guadalajara y Nueva York son las ciudades que más se repiten en la bio de esta música de treinta y dos años. En detalle, el listado de ciudades y pueblos que su familia exploró se traduce en un GPS lleno de paradas y aventuras. La primera hija de unos padres trabajadores y jóvenes, Renee llegó cuando su madre tenía veintiún años e inmediatamente se pusieron a trabajar. Luego llegaron dos hermanos menores. Así, la familia completa viajaba constantemente, disfrutando de la experiencia de explorar, en clave de vacaciones.
Renee no duda en describirse a sí misma como la oveja negra de la familia. El primer indicio de esa rebeldía fue su deseo inmutable de dedicarse a las artes. En un lugar donde las distintas expresiones de la cultura tienen una decidida raíz machista, Goust terminó rebelándose contra todo eso. Nada de canciones sobre seducciones a lo guapo, nada de historias de tipos ganadores y mujeriegos, nada de aporreo porque te quiero. Su arte iba en contramano de una cultura que pocas personas osaban cuestionarse.
Sin tapujos, la neoyorquina de adopción, apunta otra decisión que contribuyó a correrse de la tradición familiar: “Estoy separada pero todavía no legalmente divorciada de una mujer. Eso para su cultura muy católica fue bien fuerte. No soy tan representativa de mi cultura familiar. Al tener la oportunidad de salir de México, de viajar y conocer otros países, aprendí otras culturas. Expandí un poco mi visión del mundo. Así fue que terminé estando a la izquierda de mi familia”.
Volviendo sobre su niñez y juventud, la cantautora va trazando paralelismos y diferencias entre México y Argentina. Haciendo gala de una calidez que se suelta cuando encuentra complicidad, su verborragia crece y envuelve. Es su primera visita a nuestro país, pero está empapada de nuestros modismos y guiños. Entusiasmada, cuenta sobre Buenos Aires, sobre artistas que conoció, sobre canciones que le llegaron. Principalmente, la forma en que se detuvo a escuchar la circulación de las calles argentinas. Hay lecciones coloquiales, oportunidades de percepción, que encontró simplemente caminando. Jerga, referencias populares, alguna novedad mediática de las últimas horas, Renee estuvo buceando con dedicación.
La presencia callejera del torrente feminista la emociona, la compromete a ir por más allá en el norte, un territorio áspero que todavía tiene mucho que aprender. Goust es consciente de la dureza de México, sabe que llevará mucho tiempo generar un cambio significativo. Se muestra incrédula ante un Brasil envalentonado en un retroceso de derechos y homofobia institucional. Más por las calles argentinas, el compromiso se redobla bien adentro de su corazón cancionero.
Ante los desafíos que la realidad presenta -no importa dónde- la cantante hace hincapié en la unión de las fuerzas de cambio, en la confianza que le inspira la sororidad en este tiempo de luchas. Por eso compone, anota ideas, piensa a futuro todo lo que tiene para decir sobre el presente y el mañana. Expresarse es vital para Renee, algo tan necesario como respirar o enamorarse.
“Nunca me costó trabajo expresarme. Lo saqué de mi madre. Ella, a pesar de ser más conservadora, siempre fue de decir lo que pensaba. Nunca tuvo problemas en expresar su desacuerdo. En casa siempre se habló lo que se sentía. Yo aprendí mucho de eso, aprendí de esa personalidad. Al momento que tuve otras ideas, nunca tuve miedo de decirlas. Mientras crecía, a mis dos hermanos se les permitía decir palabras que a mí no. Malas palabras. Cuando yo las decía, mi papá me reprendía. “Tu no puedes decir eso”. ¿Por qué no? Si mi hermano las acaba de decir. ¿Cuál es la diferencia? “Es que tu eres mujer”. Siempre me hizo ruido eso. Me daban o me quitaban el permiso de decir algo. Eso mismo pasó según fui creciendo”.
Criada en el filo de dos países, educándose en dos idiomas, es natural que ahora Goust arroje, en su verborragia, palabras en castellano y alguna que otra intervención en inglés. Dejó en claro que no tiene problemas to speak her mind sobre nada. Lo hace valiéndose con la riqueza de dos idiomas y con expresiones de aquí, de allá y de muchos otras latitudes. Lo mismo pasa con sus canciones que al oído suenan conmovedoras y son un híbrido policultural de folk, pop, rancheras, cumbias norteñas, algún aporte de rock, ciertos recursos del bossa.
En esa mixtura musical siempre tan sencilla como bien equilibrada, Renee le canta mucho al amor. Sus canciones narran flechazos, desatinos, dolores y esperanzas. Pasiones varias, siempre reales, nunca salidas de un manual de Disney de irrealidades inalcanzables, incomprensibles o anacrónicas. Son aprendizajes propios de una vida que se disfruta, que sabe de goce, pero que, además, supo vencer prejuicios ajenos, que supo desligarse de los mandatos que otros quisieron imponer por género, tradición o biología. ¿Qué se hace cuando un amor que se siente tan bien es señalado como incorrecto, como pecaminoso? ¿De qué manera sobrellevar aquello de pueblo chico, infierno grande, cuando el amor te atraviesa por primera vez?
La primera vez que tuve una relación con una chica fue en la preparatoria. Tenía unos 16 años. Iba a una escuela católica. Fue un escándalo. Parecía que estaba muy mal eso. Pero sabía bien dentro de mí que no era malo, pues. No estaba mal yo. Había algo que no terminaba de entender la otra gente acerca de mí. Hoy lo cuento con mucha calma, pero cuando tienes dieciséis o diecisiete años estás en un estado emocional y mental mucho más frágil. Más tarde, cuando fui a la universidad en una ciudad mucho más grande como Guadalajara, encontré mis comunidades. Allí encontré contención, la comprensión a lo que me pasaba. Había gente que pensaba lo que sentía yo. A partir de entonces, fui buscando gente con quién aliarme. También siento que, poco a poco, los aliados me fueron encontrando a mí”.

VIRAL

En 2016 La cumbia feminazi se viralizó por todo Internet. Facebook, Twitter, Instagram y YouTube sumaron millones de reproducciones para una artista que súbitamente estaba en la boca de todas y todos. La canción surge a partir de experiencias de desigualdad que vivió la compositora en primera persona, pero que también habían atravesado muchas mujeres de su círculo inmediato.
En clave bailable, celebrando un sentimiento de unidad y fortaleza, La cumbia feminazi se siente potente, una respuesta celebratoria ante lo reaccionario de un heteropatriarcado unificado más allá de lenguajes, partidos y fronteras.
El éxito que de manera contundente se iba expandiendo por la red obligó a Goust a poner paños fríos a una situación que crecía sin un final aparente. En situaciones semejantes son muchos los artistas que salen sin un plan determinado a tratar de capitalizar el siempre extraño, diferente e impredecible fenómeno de la viralización. Mientras que muchos hits son el basamento de una carrera a futuro, algunos terminan condenados al olvido inmediato, luego que otra novedad les quite protagonismo; otros, en cambio, siguen generando furor pero también son eclipsados por un backlash que produce negatividad y termina enterrándolos en el olvido colectivo.
Goust supo mantener los pies en la tierra y tomar una perspectiva saludable sobre lo que hasta el día de hoy constituye su más grande hit. La atención fue más que bienvenida. Las reproducciones se sumaron de a cientos de miles, pero no fueron los clicks del momento los más significativos, sino que los más preciados fueron -son- aquellos que pudieron ir más allá del hit en busca de la -joven pero determinada- obra de Renée. Desde allí, la construcción y la hermandad acerca de un mensaje en común fue lo más significativo para seguir cimentando una carrera en la música.
“Yo no quise dejar que el fenómeno influenciara mi composición”, apunta la songwriter de frontera. Rápidamente va por más, dejando en claro que no busca ser una música efectista corriendo tras una fórmula que le depare seguridad y confort: “Mucha gente me decía que tenía que empezar bien rápido a hacer canciones similares. No. Cuando algo es auténtico, se nota. Hacer un disco, forzado, con intenciones oportunistas, no me saldría. Hago las cosas porque quiero hacerlas. Así salen las propuestas interesantes. En una entrevista me preguntaron si todas mis canciones son feministas, y sí, porque yo soy feminista, aunque no todas las canciones hablen de género. Lo de La Cumbia feminazi me tomó por sorpresa.  Me sorprendí mucho porque subí la canción como cualquier otra y eso se fue como fuego y llamas por toda Latinoamérica y España. Por Estados Unidos y México también. Estoy acá, en Argentina, gracias a eso. Las oportunidades que se han abierto fueron, en parte, gracias a esa canción. Por más que se viralice una canción, tenés que estar preparada. Llevo muchos años tocando, porque si no estás ahí en el momento, no estás lista para hacerle frente. Ahora en Buenos Aires grabé un tema con Matías Chela, un productor tremendo. En esa canción metimos un coro de chicas. Habíamos convocados a dos chicas, pero terminamos siendo diez con pañuelos verdes. Siento que hay una comunidad para la cual soy una voz. En ese sentido, La Cumbia feminazi, me ha abierto las puertas para tener charlas como la que estamos teniendo.

NYC

Entre recitales por los cinco boroughs y su faceta como chef, hace once años que Goust vive en la ciudad de Nueva York. Con sorpresa, la cantautora puede estar un rato largo adentrándose en los recovecos culturales de la gran manzana. Miles de espacios albergan todo tipo de expresiones; perspectivas individuales que año tras años se multiplican y se reinventan en un constante devenir de  influencias pluriculturales. Admite que, aún en toda su curiosidad, todavía le quedan muchas cosas que explorar.
La combinación entre música y cocina constituye una forma dual de ingresos para vivir en casa y salir a recorrer el mundo. La cocina, por un lado; la música por el otro, casi siempre, pero Goust sabe que ambas disciplinas pueden combinarse en pos de seguir corriendo la voz con sus canciones. En todos lados se disfruta de la buena cocina y teniendo un CV forjado en una de las capitales gastronómicas del mundo, su faceta como chef puede combinarse exitosamente con la música si se encuentra el balance justo.
Lo veo como una habilidad redituable a la combinación música-cocina”, precisa Goust. “Los trabajos en cocina son un poco esclavizantes en cuanto a los horarios, en general. Para ganar respeto en tu puesto, tienes que permanecer un tiempo. Tienes que pagar el derecho de piso, encontrarlo con el tiempo. Sin embargo, hay otras formas de hacerlo posible. Algún tiempo atrás, viajando por México, di cursos de una jornada por las ciudades que iba visitando. Como ingreso está bueno y se complementa muy bien con la agenda del músico”.
La mezcla de culturas anglosajonas, africanas, latinas y caribeñas, y asiáticas producen una proliferación de expresiones que mantienen ardiente la atención de Renée, quien de manera cotidiana descubre artistas que están de paso por NYC o que llegaron desde otros estados (o países) a epicentros como Greenwich Village con el deseo de cumplir sus sueños. Esa circulación de  incesante contrasta fuertemente con la ciudad que envejece a la par de cuentas bancarias que se engrosan y empujan a una juventud hacia los límites de los departamentos o directamente hacia ciudades vecinas, resignando valiosas horas diarias a la resignación de conmutar.
Son cosas muy padres las que están saliendo de Brooklyn. Es música que surge desde nuevas formas de hacer reuniones. Conciertos caseros, foros underground, mucha circulación allí. Lo cierto, además, es que la gentrificación es más intensa. Eso es muy triste. Gente de barrios bajos está siendo empujada hacia las afueras. Muchas áreas se están gentrificando. Eso hace que para las y los artistas se nos hagan más difícil. Suben las rentas por lo que tienes que hacer más conciertos, dedicarte a trabajar tiempo completo de otra cosa. Es algo que sentimos mucho en nuestra comunidad artística. Cada vez uno vive más lejos. Vivimos cargando la guitarra, el amplificador, el teclado, todo hacia Manhattan y Brooklyn. Es pesado, sin dudas. Al mismo tiempo, se viven tiempos estimulantes. Hay una total libertad de experimentación y colaboraciones bonitas. Está lleno de fusiones de todo tipo, muchas sorpresas”.
Estimulada por los resultados que surgen del crossover de estilos, folklores étnicos y voces, la cantante parece siempre estar en una evolución, consciente o no, de sus propias canciones. Esa mixtura cultural de la música, de los lenguajes, de amores felices y no tanto, de los territorios, son una constante en la vida de Goust, por eso busca reflejarlo en el material que está por venir y que, también, asoma en sus conciertos. Así como las calles de su ciudad de adopción muestran remezclas de plena diversidad, la nativa de Nogales desea reimaginar los ritmos autóctonos y populares de México combinándolos con temáticas que hoy en día corren por toda latinoamérica pero que todavía no terminan de calar en profundidad en su país.
Quiero usar la música tradicional mexicana y algunos ritmos latinoamericanos para contar las historias menos representadas dentro de nuestro folklore. Inevitablemente, nuestro folklore es algo machista porque nuestras culturas lo son. Además, parece que sólo se habla de amor y de sufrimiento. Quisiera expandir un poco esas narrativas, pero sin tenerle miedo al pop o la cumbia, o a alguna balada. Ahora estoy trabajando mucho con polkas, música que originalmente es del este de Europa, pero que se usa mucho en el norte de México. Me gusta tocar esos ritmos con los cuales crecí para ahora contar historias muy propias de mi vida, vivencias por ejemplo, de la comunidad LGBTI. Cantar una ranchera, que sea una mujer cantándole a otra mujer. Sacudir un poco en cuanto al género”.
Desde su EP Septiembre, Goust está dando forma a un mensaje a través de sus canciones. En sus estrofas y estribillos, se encuentran ideas de empatía, feminismo, sororidad, construcción y lucha que se combinan con amores, decepciones, aprendizajes cotidianos, pequeños universos personales que buscan la forma de conectarse con el resto del mundo. Son narrativas universales que pueden identificar a cientos de oyentes, pero que, en detalle, buscan ser una voz que encuentre identificar y fortalecer a los espíritus desperdigados por pueblos y ciudades hostiles.
“Mi próximo disco sería el folklore desde una perspectiva de género Queer. Allí hablo sobre no ser aceptada dentro del núcleo familiar, en medio de un ambiente conservador. Cuando era chica, a veces sentía que nadie cantaba para mí. Obviamente, me refiero sobre el espectro de la música comercial, sí había gente e información más allá de eso, pero yo no tenía acceso. Entonces me parece que hoy, con todo el acceso vía redes, sería hermoso que alguien me pueda encontrar. A lo mejor una chica de 16 años, como yo fui en su momento, lo encuentre y puede identificarse con eso, que sepa que somos iguales, que no está sola, que está teniendo las mismas luchas que yo”.

– Recién hablaste de identificación con una canción, con un artista. ¿Quién era una voz significativa mientras crecías?

La primera vez que yo quise estudiar guitarra fue porque vi a Shakira cantando “Pies descalzos”. Encontraba el sarcasmo en “Saludar al vecino, acostarse a una hora/trabajar cada día para vivir en la vida”. Notaba ahí una pequeña crítica, dentro del pop que se escuchaba en mi casa, eso me resonó. Me dije a mí misma que podía escribir canciones de lo que quisiera. Eso lo capté. Tendría unos diez años cuando salió ese disco. Si bien yo era muy chica y ella muy comercial, encontré mi voz. Después empecé a escribir mi propia música. Me acuerdo que había una chica que se llamaba Alma y escribí una canción llamada “Mi alma”. Era como disfrazada. Ahí empezaba a coquetear con la idea de cantar crípticamente sobre cosas que no podía cantar. Ahora lo hago mucho más abierto.

SUR

La primera incursión a tierras argentinas la tiene loca de contenta a Renee. Es la oportunidad de llegar a un país pleno de vivencias para asimilar y personas fascinantes con quienes trabar amistad. Desde las conmovedoras historias humanas que surgieron en los tiempos más oscuros hasta un cancionero popular que atravesó toda sudamérica hasta llegar a las radios de México y las fronteras estadounidenses, Argentina estaba en una lista de prioridades para la cantante.
Además, ese deseo de llegar a nuestro país, está fuertemente alimentado por la certeza que los movimientos feministas y LGTBI locales están liderando una corriente de cambios históricos en la región y que son seguidos con mucha atención por el resto del continente y el mundo.
Mientras vive su paso por el país con un pleno disfrute, Goust ya está pensando en lo mucho que le encantaría volver. Probando aguas para una futura visita, piensa formas de gestionar nuevas fechas. Tal vez, haya forma de combinar jornadas de cocina mexicana que concluyan con sus conciertos.
Mientras piensa a futuro y va tejiendo contactos por Capital Federal, Rosario y Córdoba, la cantante aprecia cada instante. Viajera avezada, Goust sabe zambullirse en la idiosincrasia de cada lugar. Sabe que cada gesto, expresión, cada estallido de espontaneidad por las calles dicen mucho de cada rincón por el que pasea. Conversaciones con desconocidos; intercambio con periodistas; colaboraciones con colegas; hay que apreciar la riqueza de detalles que componen una información más amplia. De esa forma, en los días que lleva en Argentina, Goust pudo corroborar lo que desde la lejanía ya avizoraba: “Veo a la Argentina como muy fuerte ahorita en el movimiento feminista y queer. Estando aquí lo siento de cerca, lo experimento. Hombres que hablan abiertamente sobre el tema, que promueven el tema, que hacen entrevistas acerca del tema, que están produciendo shows. Ya no es solo decir que estamos las pibas con las pibas”.
Mientras que la cantante destaca los avances que se evidencian a simple vista en Argentina, es consciente de las noticias que los medios arrojan durante su estadía en nuestro país: los femicidios de Agustina Imvinkelried y Gisel Varela.
A pesar de los avances, la violencia machista no para. El resto de los países de Latinoamérica no están exentos de lo que ocurre en la Argentina. Según explica Goust, “en México se empieza de a poco. La ciudad de México, ciertamente por ser tan grande y por ser el lugar donde históricamente se iniciaron muchos movimientos en el país, tiene una movida más fuerte. En el norte del país, está mucho más difícil, al igual que en el interior en general. Yo llego a Argentina, me subo al Uber que tiene la radio prendida y escucho que hablan con lenguaje inclusivo. En México nunca lo he visto o escuchado, nunca. Obviamente comparando con Nueva York, es otra cosa. Allá, si tienes algún amigo machista, se tacha del círculo. Veo esos grados de avance social en cuanto al género. Siento que en México estamos por detrás en cuanto al avance. Acá siento un poco más la unión entre hombres y mujeres, aunque sé que va lento”.
Conversando sobre su tiempo en Argentina y paso por sudamérica, es imposible olvidar un detalle que pueda ejemplificar el fuerte contraste que se vive en nuestro país. Cuando el hit La cumbia feminazi empezó multiplicar sus reproducciones y visionados, un significativo porcentaje de esos clicks fue desde Argentina, logrando así gran responsabilidad en la viralización de este neo himno creado por Goust. Entre las cientos de miles de reproducciones que tenía su canal de YouTube, la contraposición podía encontrarse en los comentarios, con cientos de ataques virulentos hacia su autora.
Muchos de mis haters, irónicamente, son de aquí” revela Renée, con una sonrisa entre curiosa y agria. El sentir lover/hater que se manifestaba en Internet podía percibirse a la distancia, mucho antes de venir. “Desde lejos, yo veía que la energía estaba muy fuerte, porque los que más me odiaban y los que más me seguían eran hombres y mujeres de Argentina. Eso lo sentí desde Nueva York. El país donde tengo más escuchas es Argentina, luego España, recién luego México. Entonces yo asocio esas reacciones con los países donde se están moviendo fuerte esos temas”.

– A propósito de países y de tensiones. ¿Cómo se siente la peligrosa charlatanería de Trump por allá? ¿De qué forma se vive en la tensión racial dentro de Estados Unidos? ¿En México y las zonas de frontera qué pudiste observar?

Yo crecí en la frontera. Soy de la ciudad fronteriza de Nogales. Una de las tantas ciudades de la frontera. En un momento fue el cruce más importante para seres humanos y narcóticos. Es una frontera problemática en las relaciones de ambos países. Crecí viendo esas tensiones, pero las tenía muy internalizadas porque para mí es una realidad diaria. Mi escuela estaba en Estados Unidos y mi casa en México. Yo despertaba en México, me alistaba para ir a la escuela, cruzábamos la frontera, iba a la escuela y luego volvía a casa en la noche, a México. Crecí mucho con ese rollo de enseñar mi pasaporte. De decir “US citizen”, porque nací en Estados Unidos, pero me crié en México, con padres mexicanos. Esa tensión yo la viví de manera cotidiana. Cuando me fui de esa área, la pude entender en toda su forma. Al estar inmersa en ella, no me daba cuenta de lo fuerte que era ese racismo de que si hubiese sido más blanquita, rubia, no te harían ese problema para pasar. Como, entre comillas, tengo cara de mexicana, tuve problemas. Desde Estados Unidos, hay muchas realidades. En Nueva York es otra cosa, lo siento así por lo cosmopolita que es, por lo pluricultural. La educación es altamente educada. El promedio de la gente tiene buen nivel socioeconómico. No se siente tanto esa tensión. Sí hay instancias de racismo, pero no se siente tanto. La tensión sí se siente en otras partes del país y cuando te encuentras en el extranjero. Cuando uno sale del país se encuentra mucha tensión y muchos comentarios, te caen de todo tipo. En Nueva York, solamente una vez me pasó algo desafortunado. Conté que era de la frontera y alguien me respondió “Ah, o sea que eres coyote, tu cruzas gente”. Medio que me incendié. En Nueva York no se siente tensión entre estadounidenses y mexicanos. Con Trump lo que más se siente es una especie de enojo colectivo en contra de alguien que sentimos que no nos representa como ciudadanos. Yo voy al extranjero, digo que soy de Estados Unidos y lo primero que se piensa es en Trump, imperialismo, dominación. En ese sentido, sí es vergonzoso que te represente alguien así. También creo que es parte de algo que pasa a nivel global. En Brasil, por ejemplo, ¿qué decimos? En Argentina pasa algo similar. La solución es involucrarse cada uno a su forma, sino no sé dónde vamos a parar.

 

TXT – Lucas Canalda
PH – Renzo Leonard
Edición – Agostina Avaro

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