En Gringa Gringa, Shoosh construye un mapa de deseos, miedos y desplazamientos: la casa, la ciudad, el cuerpo y la terminal como espacios donde una identidad busca hacerse lugar. Un disco sobre la necesidad de irse, la dificultad de permanecer y aquello que, por más que cambie el paisaje, sigue viajando con uno.
Crónica desde La Mula, corazón rockero de Rafaela.
Alrededor de la medianoche, desde el escenario de La Mula, Shoosh se toma un minuto para agradecer. “Gracias por venir a la presentación del disco. Gracias por apoyar a esta banda de chicas. Gracias por apoyar a esta banda de chicas que, además, invita a una chica de Córdoba para abrir la presentación”.
Lilu Galetti (guitarra y voz) y Roli Guevara (bajo y voz) hablan con sinceridad y cierta incredulidad. El mítico reducto rockero de Rafaela está lleno. El público tiene edades dispares: desde 20 hasta entrados los 50. Hay una leve mayoría de público femenino, una observación que no pasa desapercibida. El otro dato a considerar es que la sala tenía unas 90 entradas vendidas para el sábado por la tarde, siendo una excepción llamativa para una ciudad donde generalmente no existe la venta de anticipadas, así como tampoco tienen acogidas las ticketeras online. Entonces, ¿qué pasa acá, ahora?
Es sábado por la noche en Rafaela. Shoosh presenta Gringa Gringa, su nuevo disco. La Mula está llena para verlas, además de recibir con respeto a La Lauri Fire, invitada especial.
No se trata de una velada de consagración. Esas palabras parecen demasiado enormes pero, sobre todo, resuenan por lo definitivas. Galetti y Guevara tienen años de experiencias sobre sus espaldas, pero esta banda es joven, con todo por delante.
Lo que parece arraigar esta noche, es la posibilidad de un cambio, de torcer un poco la historia. Si a las conductoras de Shoosh, Rafaela les resulta por un lado estimulante por la cantidad de gente haciendo música, por el otro, hace años que están en batalla directa con la parte más conservadora de su ciudad. La que mira de reojo, la que desconfía, la que vive del prejuicio del qué se creen, quiénes son, por qué no se quedan en sus casas.
Un centenar de personas llegando a La Mula, pagando entrada, sosteniendo una expectativa por lo que sucede, es un paso considerable quizás para romper una estática. ¿Las Shoosh son las únicas agitadoras en Rafaela? Claro que no. Sobran ejemplos de bandas que sostienen un faro de la ciudad. Tal es el caso de Los Diamantes y Silencio Espiral. El punto es que, poco a poco, esa constancia para construir y agitar, va sembrando, de manera modesta, para desviar rumbos. Para torcerlos, para salir de la rigidez, posibilitando más voces, más encuentros. Menos de lo siempre, más de lo diferente.
En su libro Las ciudades invisibles, Italo Calvino escribió “las ciudades, como los sueños, están hechas de deseos y miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas y todo oculte algo más”. El escritor italiano compara la ciudad con un sueño porque ambas son construcciones donde se mezclan cosas reales con cosas imaginadas. Una ciudad puede ser el lugar donde alguien espera progresar, escapar, enamorarse, crecer o empezar de nuevo. Pero también puede contener el miedo al prejuicio, a la soledad, al fracaso, a la frustración, a la angustia. La ciudad física está atravesada por esas expectativas y esos temores.
Rafaela, como todas las ciudades, se construye tanto con cemento como con deseos, miedos, recuerdos, expectativas y conflictos. Y, como ocurre en los sueños, lo que vemos nunca cuenta toda la historia: detrás de cada cosa hay otra cosa que la explica o la contradice.
“¿Y qué vamos a hacer con eso?” canta Shoosh. En el escenario, invitando a desandar el camino que las trajo hasta acá.
Gringa Gringa apareció en agosto. En el disco, las voces se espejan, se alternan, se cruzan. Sus voces adquieren un peso mayor que el de una simple decisión de arreglos. Lilu Galetti y Roli Guevara producen una subjetividad que nunca termina de ser individual. La identidad del disco puede duplicarse sin perder fuerza. Dos mujeres similares pero no idénticas, una figura que puede ser espejo, personaje, alter ego o deformación.
Tierra y distorsión. Deseo y miedo. Casa y terminal. Escape y anclaje. Cuerpo y cabeza. Encuentro y soledad. Aquello que permanece cuando todo lo demás cambia.
La ciudad ahoga. La casa puede asfixiar. El cuerpo necesita defenderse. El viaje ofrece una salida, aunque sea provisoria. Desplazarse dentro de una geografía que no siempre ofrece lugares donde quedarse. La construcción de una identidad capaz de resistir contradicciones.
Shoosh hace música desde esa misma tensión. Guitarras que envuelven y guitarras que raspan. Voces que se desdoblan. Melodías que buscan una superficie luminosa mientras debajo persiste una materia más áspera. El disco quiere avanzar y, al mismo tiempo, registra todo aquello que tira hacia atrás.
No hay un discurso político superpuesto a las canciones. La política está en las condiciones materiales de esos cuerpos: quién ocupa un espacio, quién tiene que irse, quién puede desear, quién puede permanecer, quién construye una identidad propia con los materiales que tiene disponibles. El disco habla de poder sin convertirlo en consigna. Habla de autonomía desde la intimidad.

Gringa Gringa tiene la estructura de un desplazamiento. No porque cuente una historia de principio a fin, sino porque las canciones van cambiando de territorio: una madrugada, la ciudad, una casa, una identidad, aquello que no permanece, una terminal, la cabeza. El disco avanza por estados antes que por acontecimientos. Hay deseo, miedo, pertenencia, pérdida, movimiento. También una insistencia: nada termina de quedarse quieto. El tránsito es seguro, el destino, no.
«Madrugada» inaugura ese recorrido desde un lugar íntimo. Vino, sábanas, canciones, alguien que gusta. “Me gustás” funciona como una frase sencilla que se repite hasta adquirir otra densidad. La noche permite postergar el resto: “Tengo algo de tiempo aún para lucirme”. Hay tiempo para el deseo, para la canción, para esa pequeña transformación que ocurre cuando todavía no amaneció. La madrugada es un intervalo suspendido, una zona en la que las reglas del día pierden fuerza. El amor todavía puede ser juego, cuerpo, posibilidad.
La suspensión dura poco. «Autoridad» ensancha el campo de visión y pone a la ciudad en primer plano: “Vengo de la ciudad de autoridad y temores”. La frase condensa una procedencia y también una atmósfera. La autoridad no está planteada como concepto abstracto; está incorporada a la experiencia. La ciudad produce miedo, condiciona los movimientos, determina qué caminos parecen posibles. El conflicto empieza a salir de la habitación y a ocupar el espacio público, donde entre cosas, aparece la mirada del otro.
La música acompaña ese desplazamiento. Shoosh cruza rock alternativo, shoegaze áspero y garage rock, y en Gringa Gringa esa mezcla funciona como una tensión permanente entre atmósfera y materia. Hay guitarras capaces de envolver una melodía hasta volverla casi vaporosa, pero también una base rítmica que devuelve el peso al cuerpo. La distorsión no funciona como una capa ornamental: introduce fricción. La melodía quiere avanzar liviana; el ruido la obliga a atravesar algo. La música tiene ese doble movimiento, flota y golpea.
«Casa Viviente» vuelve a cerrar el espacio. Pero la casa ya no es simplemente un lugar de protección. Es organismo, cuerpo, territorio. “Nadie se mete con mi casa viviente”. La frase tiene algo de consigna y algo de amenaza. Después llega otra imagen: “Cuesta respirar, sobra gente en el lugar”. La contradicción modifica la idea de refugio. Estar adentro no garantiza estar a salvo. Una casa puede proteger y asfixiar con la misma eficacia.
Por eso el espacio doméstico adquiere una dimensión corporal. La casa puede ser una pareja, una intimidad, una identidad, un cuerpo propio. Las fronteras entre esas cosas se vuelven deliberadamente inestables. Quién entra, quién sale, quién ocupa demasiado espacio, quién tiene derecho a permanecer. El disco piensa esas preguntas sin convertirlas en tesis. Las deja circular entre las canciones.
En el centro aparece «Gringa Gringa», y con ella una figura que concentra varias de las contradicciones anteriores. La gringa es tierra y artificio, rusticidad y pop, trabajo y deseo. “Soy una espiga, corteza de acero”: dos imágenes vegetales y materiales que conviven en un mismo cuerpo. La espiga remite a la tierra, al crecimiento, a la cosecha. La corteza protege, endurece, resiste. Entre ambas aparece una identidad que no necesita ser coherente para ser poderosa o tener sentido.
La “gringa” tampoco parece construida como una identidad definitiva. Tiene algo de personaje, de exageración, de máscara. Una forma de apropiarse de los mandatos y deformarlos hasta hacerlos propios. La mujer trabajadora, la mujer deseante, la figura rural, la chica pop, la rockera: no hay obligación de escoger una. La canción las pone a convivir y produce una identidad desde esa fricción. El exceso funciona como herramienta de construcción. «Gringa Gringa» puede ser camp made in Rafaela.
Después llega «No Permanece» y el movimiento cambia de dirección. La canción trabaja con la repetición, con aquello que vuelve una y otra vez aunque ya no produzca el mismo efecto. El pasado insiste. Las caras se repiten. Los lugares también. La permanencia empieza a aparecer como una ilusión. El amor entra en esa misma lógica: algo que se sostuvo y que ahora se desgasta hasta convertirse en una frase que ya no alcanza.
El título de la canción opera casi como una sentencia sobre todo lo que la precede. La madrugada no permanece. La relación no permanece. La casa tampoco es completamente estable. La identidad se transforma. La ciudad cambia. Lo único constante es el desplazamiento.
«La Terminal» convierte ese desplazamiento en una imagen concreta. Tres de la mañana, cigarrillos, gritos, perros, papeles, vendedores, comida, gente esperando. El paisaje tiene una textura reconocible y, al mismo tiempo, una condición simbólica muy precisa: una terminal existe para que nadie permanezca demasiado tiempo. Es un lugar hecho de partidas y llegadas. Una arquitectura provisoria.
El deseo de irse adquiere entonces una dimensión física. Ya no se trata solamente de escapar de una relación, de una ciudad o de una situación. Hay un cuerpo sentado esperando un colectivo. Hay un boleto. Hay una hora de llegada. “Esperame, que llego a las seis”. La promesa es mínima y por eso resulta efectiva. No se promete una nueva vida. Se promete llegar. Se promete un encuentro. Compartir. Respirar con otrxs.
«En tu cabeza» modifica todo lo anterior. Después de tanta circulación, el disco encuentra un territorio que no admite desplazamiento geográfico. La canción empieza con una puerta y con el deseo de huir, pero termina señalando aquello que viaja con uno: la propia cabeza. “Es tu cabeza / lo que te pesa”. La frase transforma retrospectivamente la fuga en otra cosa. Cambiar de lugar no necesariamente modifica aquello que produce el malestar.
El cierre tiene una fuerza particular porque evita la resolución. La pregunta “¿Y qué vamos a hacer con eso?” deja el conflicto abierto. No hay destino final ni transformación asegurada. Después de siete canciones de movimiento, queda una pregunta. Y queda adentro.
Con «En tu cabeza» las Shoosh logran una de sus mejores canciones hasta la fecha. Es ruidosa, pegadiza, coreable, catártica y bailable: con justa razón debería convertirse en el desata-pogos de sus fechas.
El clima de euforia, furia y calma remite a la era dorada del rock alternativo: no buscan la fórmula Albinista que le resultó a Pixies, Nirvana y Breeders, sin embargo tiene el mismo espíritu, excepto que acá está desordenado, grooveado en los arreglos de voces.
De esa forma, Shoosh logra que Gringa Gringa cierre con una nota alta, arriba, dejando ganas una vuelta más.

En La Mula la actividad arranca por la tarde, cuando el sol brilla fuerte, como refugio temporal del frío. Ambas bandas arman con paciencia, entre cables, pedales, amplis y luces por colgarse. No hay plomos ni asistentes ni facilidades: autogestión, sudor y risas.
La Lauri Fire abre la noche con sus canciones. La lista se integra, mayormente, de los temas de Telecomunicaciones, su LP de 2025, editado por el sello An Der Pop.
Lo que antes era un synth pop etéreo, ahora cobra un espesor de dream pop, gracias al aporte del guitarrista Martín Chiappe. El minimalismo se convierte en lenguaje para texturas contemporáneas.
Lauri ofrece una paleta bastante deliberada de pop electrónico casero: sintetizadores de timbre brillante, cajas de ritmos, bajos simples y muy presentes, guitarras que aparecen más como textura que como centro de la mezcla y una voz puesta casi siempre adelante.
El complemento llega con el lenguaje corporal: una estrella que mueve su cuerpo, especialmente brazos y manos, hacia una fantasía popera de complicidad. La perfo de popstar que pasó de la habitación hacia el escenario; que cambió el reflejo del espejo del baño por los reflectores de las salas, ante la mirada atenta del público.
En Rafaela, la audiencia escucha de manera respetuosa. Hay brazos arriba y hasta baja algún pedido, a viva voz, de una fan de la artista cordobesa. La noche escapa de la obviedad, entre perfo, fantasía y glitter.
Minutos después de las once, Shoosh toma el escenario, entre luces color rojo sangre. Arremeten de manera directa, sin mediar palabras ni gestos, concentradas en cumplir una lista de trece canciones, además de una introducción para aclimatar a la gente.
Suenan «Autoridad», «Casa viviente», «Esquizo» y «Comunicación», entre otras. También estrenan una canción. Antes se detienen para presentarse, agradecer al público por acompañar.
Shoosh construye un sonido en el que la aspereza y la melodía conviven sin necesidad de resolverse. Las guitarras tienen una distorsión granulosa, deliberadamente pulida, donde hay un trabajo melódico preciso, con riffs que parecen sencillos hasta que se escucha cómo están encastrados. El bajo y la batería sostienen una base potente, directa, que deja espacio para que la guitarras alterne tensión y luminosidad.

Por momentos, el trío empuja el contraste hacia una dimensión más frontal y expansiva. Su sonido se apoya en guitarras densas, cambios de dinámica y una combinación especialmente efectiva entre potencia y armonía vocal. La presencia de dos voces femeninas permite construir un juego de tensiones que no depende únicamente de la distorsión: las melodías se superponen, se responden y, por momentos, generan una sensación de choque dentro de estructuras de rock relativamente accesibles. Hay una energía física evidente, pero también una preocupación por el arreglo que impide que el volumen sea el único recurso expresivo.
Galetti y Guevara comandan todo. A sus espaldas, Rodo Ingaramo es un virtuoso de la polirritmia; una de esas criaturas que nacieron para habitar la batería en toda su dimensión. El otrora batero de D.I.E.T.R.I.C.H. sostiene la potencia de la banda, con un pulso que evita recaer en lo muscular. Ingaramo opta por el dinamismo, logrando una agilidad que nunca se ancla en lo básico. El caso del experimentado Ingaramo nos devuelve a mítica frase de origen incierto, pero afamada por Joe Strummer (The Clash) y Bobby Gillespie (The Jesus and Mary Chain, Primal Scream): “Solo sos tan bueno como tu baterista”.
Entonces la apuesta de Shoosh escapa más allá de lo evidente: el atractivo está en esa convivencia entre pop y ruido, vulnerabilidad y contundencia, precisión y apariencia de espontaneidad. Toman un legado del rock alternativo que entiende la distorsión no como una demostración de fuerza sino como una textura capaz de alterar una melodía. El trío trabaja desde el espacio y una extraña mezcla de dulzura y desgaste; pero también hacen uso del empuje rítmico, el ataque guitarrero y los juegos vocales. El sonido conserva lo imperfecto y humano: una música que puede ser pegadiza sin volverse complaciente y potente sin perder intimidad.
El trío suena seguro. No tiene que ver con la perfección sino con encontrar una forma orgánica, entre adrenalina, disfrute y llevar el disco hacia un estadio elevado.
Está preparado para la ocasión. Listo para la gira que les espera, con fechas por Paraná, Rosario, Santa Fe, Córdoba , Villa María y Buenos Aires.
Mientras tanto. Galetti, Guevara e Ingaramo disfrutan, entre sonrisas compartidas, guiños cómplices por alguna entrada, entre saltos y revoleos capilares. La aventura acaba de empezar.
Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard
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