
No Me Toques llegó por primera vez a Rosario y transformó la fecha en algo más que un debut: una escena en expansión donde música, cuerpo y fantasía se entrelazan. En una noche compartida con Vanyara y Mica Racciatti, el cuarteto desplegó su universo estético entre el desborde punk, el júbilo provocador y una sensibilidad política que hace del vivo su territorio más intenso.
El camarín de D7 se torna una caja de resonancia rectangular mientras desde el escenario alguien toca la batería de manera insistente. Las luces son tenues, procurando un ambiente intimista y relajado. Afuera hay un calor considerable que pronto será astillado por una lluvia profusa. Acá adentro, ahora mismo, cuatro jóvenes sonríen, algo despatarradas. Saludan de manera cariñosa y medio que intentan rescatarse, como guardando las formas, pero lo piensan bien y deciden seguir cómodas. “Ya tenemos total confianza. Vos fijate“, dice alguien, amable. Se ríen a la par, potenciando los chistes.
Se disculpan por estar mal dormidas. Ayer hicieron doble función en Niceto Club, luego de agotar entradas. Ahora intentan descansar, tranquis.
Desordenadas por todo el camarín, entre sofá, sillas y sillones. Sin embargo, lúcidas.
Algo de ese desorden se transfigura en su formación. Nada está seteado de manera predecible. Margo Valencia canta y toca la batería. Luna Korenman se encarga de las cuatro cuerdas. Paloma Acosta es responsable de la guitarra y también puede ponerse detrás de los parches. Luna Etchegaray es cantante, baterista y guitarrista.
Valencia y Korenman, además, dirigen videos de la banda.
Todas actúan. Todas explotan. Todas le ponen el cuerpo a todo.
Hay algo que pasa antes de que empiece la entrevista, incluso antes de que alguien diga «¿grabamos?». Una energía palpable, como si el aire ya estuviera ocupado por ellas. No por lo que dicen —oficialmente todavía no dijeron nada—, sino por cómo están. Se mueven como si compartieran una frecuencia interna que no necesita traducción.
Se ríen fácil, se pisan las frases, se corrigen sin corregirse. Hay algo de banda, sí, pero también de pequeña comunidad autosuficiente que vive una aventura.
Activo el grabador. Ellas ya están ahí, expectantes. Cuando llega café para todas, su atención se agudiza, a medida que su mirada se intensifica.
La escena podría ser cualquiera de este mapa emergente nacional: Rosario por primera vez, justo después de una doble fecha en Capital, y todavía falta volver a Córdoba el mes que viene; la sensación de que algo creció mientras nadie estaba mirando. Lo que empezó en pandemia —chico, íntimo, casi doméstico, nunca frágil— ahora tiene público, logística, costos, gente que paga entrada. Y, sin embargo, cuando les pregunto qué hacer con ese crecimiento, no hay discurso armado. Hay algo llamado espontaneidad.
“Creo que nos lo estamos preguntando a nosotras mismas también”, señala Korenman.
“Una nota cómo progresan las cosas, pero a su vez es como que ni lo estás pensando. Simplemente fue un re disfrute trabajar, porque obviamente hay cosas muy difíciles. Llegar hasta acá, habiendo crecido un montón. No logro entender cuándo fue que pasó eso”, comparte Acosta.
No hay épica del ascenso. Hay desconcierto compartido.
Hablan del público como si hubiera aparecido de golpe, como una especie de aparición colectiva: un día estaban invitando amigxs para llenar la sala; al otro, ya no sabían a quién habían invitado. Se ríen recordando ese momento en que dejaron de necesitar ese gesto casi desesperado de la escena precoz: vení, por favor, así no tocamos para nadie.
Pero el miedo sigue.
Siempre hay una de ellas que, antes de salir a tocar, piensa que no va a haber nadie. No es inseguridad artística —aclaran—, es otra cosa: el costo, la sala, el seguro, la autogestión total. Ser banda y ser productora. Ser el proyecto y la infraestructura. El crecimiento no es solo hermoso: también pesa. Porque, al final, adonde sea que toquen, sigue siendo autogestión.
Ahí aparece una de las claves de lo que hacen. No hay separación entre lo que suena y lo que sostiene ese sonido. No hay industria que amortigüe. Todo es cuerpo. Todo son ellas.

Anoche tocaron a doble turno. Se agotó la capacidad, así que hubo que responder. Hubo disfrute y entrega. Hay una convocatoria creciente. Junto a ella, sobreviene un mayor sentido de la responsabilidad.
Cuando les pregunto por esa responsabilidad —esa palabra incómoda que aparece cuando una banda empieza a ser mirada—, no dudan.
Sí, la sienten.
No como carga, sino como espejo. Les llegan mensajes de pibas más chicas que empezaron a hacer música después de escucharlas. Bandas nuevas que ahora tocan con ellas. Les regalan stickers, les pasan sus demos, les mandan invitaciones. Una cadena que se arma sin que nadie la planifique.
“Siento que soy ellas“, indica Valencia. “Yo me siento parte del público de No Me Toques. Yo sería ellas. Re necesitaba algo así en mi vida, a esa edad”.
Y ahí aparece una imagen: a los 15 años, dicen, les hubiera encantado ver algo así. Una banda de pibas arriba de un escenario, ocupando ese lugar que siempre parecía ajeno.
En cambio, cuando iban a fechas, tocaban chabones. Ellos tocaban; ellas, en el mejor de los casos, leían poesía al costado. O hacían fotos. O performaban en los márgenes.
“Nos conocimos así, de hecho”, recuerda Valencia.
“Siempre las bandas eran de los chicos”, agrega Etchegaray, volando los ojos hacía arriba.
Hay algo de reparación en lo que hacen. Pero no como ajuste de cuentas, sino como apertura: esto también se puede.
La conversación se abre. Se desdobla.
“Somos políticas. Afectivamente“, considera Etchegaray.
La frase cae con una naturalidad desarmante. Como si no hubiera otra forma de existir siendo una banda de cuatro pibas jóvenes en este presente dominado por discursos odiantes, pedófilos, bélicos y un llamado a los valores de antaño porque el progresismo se pasó tres pueblos.
Se trata de construir un lugar. Un espacio donde el cuidado no sea una excepción. Donde ir a verlas no implique exponerse a la violencia habitual de tantos recitales.
Hablan de elegir dónde tocar en función de eso. Piensan en su público. En no llevar a su público a lugares donde saben que la experiencia puede ser hostil. En pensar la fecha como un territorio.
“Vengan acá, las vamos a abrazar”, dice Valencia, sensibilizada.
Más que declaración, es una dirección.
Y en ese punto, la comparación aparece sola: recitales de bandas de chabones donde el cuerpo propio deja de ser propio. Donde ir a escuchar música implica negociar con el miedo. Ellas no quieren eso. No lo reproducen. Lo interrumpen.
Lo que arman, entonces, no es solo una banda: es un pequeño sistema de cuidado dentro de un mundo que no cuida.
“Cuando estoy produciendo una fecha pienso en la gente. Ponele, realmente me encantaría tocar en el Salón Pueyrredón, por toda la mística que tiene, pero no voy a llevar a mi público ahí para que una piba la pase mal. No vamos a incentivar la violencia. Me pasa a veces cuando voy a ver ciertas bandas queer o de amigas, que me siento cómoda, pero cada tanto voy a un recital de alguna banda de chabones y la verdad es que me tocan el culo, me acosan, me persiguen. Tenés miedo o te sentís insegura. Hay algo de eso en determinados espacios“, afirma Valencia.

Alrededor de las cuatro, además de las tazas de café ya vacías, hay bolsos y valijas.
Ayer tocaron y luego armaron el equipaje para viajar, cuentan.
Llegaron a Rosario, pasearon un poco y ahora están a punto de entrar, otra vez, en modo fecha.
Para probar sonido visten la misma ropa con la que viajaron y hacen la nota. Luego se transforman. Sale vestuario y maquillaje para la sesión de fotos. Hay energías para jugar, dejarse llevar por la espontaneidad, probar poses, caras e ideas. Más tarde, para el show, aparecen más outfits.
La estética —esa mezcla de blanco, sangre, glitter, teatralidad, maquillaje y fantasía estallada— aparece como otro territorio que se fue construyendo en el hacer. Al principio era juego, disfraces, caos. Después empezó a tomar forma. Sentido. Lectura.
Lo interesante es que muchas veces fueron lxs demás quienes nombraron lo que estaban haciendo. El público, la prensa atenta, esa mirada externa que devuelve una imagen y la fija.
Pero lo más potente es cómo ellas lo viven: el vestuario como armadura. Como uniforme. Como algo que se ponen antes de salir y que habilita otra versión de sí mismas.
“Me pongo esto y ya estoy segura“, dice Valencia, acariciando gentilmente su pollera de detalles interminables.
No es solo estética. Es protección. Es identidad compartida. Es entrar en una zona donde el cuerpo deja de estar expuesto y pasa a estar sostenido.
Eso también se contagia.
Sus seguidoras aparecen vestidas de novia. Con velos. Con pestañas blancas. Gente que se toma el tren así, que decide que ir a verlas no es solo ir a escuchar música, sino participar de un ritual.
Ellas lo miran con admiración genuina. No terminan de creer que eso también lo generaron. Se vuelven locas con lo que está pasando.
Una pandilla estética para arrasar con lo que jode. Ya lo dijo Courtney Love en «Awful», en 1998: «Si el mundo está tan equivocado / podés romperlo todo / con una canción».
Por eso están acá.
Vanyara abre la noche, dominando el escenario, entre energía y canciones propias que asoman con firmeza. Mica Racciatti será el epílogo de la jornada. Entre ellas, No Me Toques hace su debut en Rosario, entregando su tercer show en un período de veinticuatro horas.
No hay margen para la dubitación. El cuarteto arremete con once canciones. La mayoría de su álbum debut Matate Amor, de 2024. Suenan «Tacones», «Playmobil» y «Mayonesa», entre alaridos de fanáticas acérrimas que, prendidas al escenario, le regalan una tiara a Valencia. El obsequio va acompañado por una sucesión de “¡Las amo, la puta madre!” que se extiende durante todo el recital.
Las canciones hacen mella en lo predecible. Hay estallidos, quiebres, besos al aire y patadas. Canciones que son segundos y segundos que son delirio. Se baila. Se canta. Se grita.
«Me cortaría» funciona como canción insignia del grupo: cuatro minutos climáticos, entre el susurro y un ruido languidecido que va in crescendo, permitiendo que el escenario sea zona segura de expresividad extramusical, con las cuatro músicas en trance, cabizbajas, sangrientas y provocativas, hasta que el ritmo se incrementa a la par de la narrativa obsesiva.
La canción construye una experiencia de intensidad emocional extrema a partir de la repetición, el uso de imágenes gore y un progresivo desplazamiento de la voz. Desde el inicio, “me cortaría la mano para tocarte donde no llego” funciona como un núcleo obsesivo que instala una sensación de encierro: no hay avance, sino un bucle mental donde el deseo se vuelve desesperado. La imagen une impulso erótico y autolesión, planteando un deseo que implica mutilación para alcanzar lo inaccesible. Ese “donde no llego” mantiene una ambigüedad clave: puede ser una distancia física, pero también emocional o simbólica.
Luego, se desplaza hacia una voz más narrativa con “era una chica frágil, débil, y la dejó”, marcando un cambio de perspectiva: del yo obsesivo a una figura femenina definida por su fragilidad y abandono. La repetición vuelve la escena mecánica, como un recuerdo fijado o una forma cruelmente simplificada de contar una historia. El corte en “la de-dejó” introduce una tensión oral que quiebra la fluidez, y “hasta que se ahogó” intensifica el sentido hacia un límite oscuro, donde el ahogo puede leerse tanto literal como metafóricamente.
En el tramo final, la canción gira hacia lo abyecto: “están llenos de pus”, “estábamos llenas de pus”. El cuerpo deja de ser deseo y pasa a ser infección. La pus remite a heridas abiertas y a lo no sanado, transformando la experiencia afectiva en algo degradado. El paso de “están” a “estábamos” elimina la distancia e implica a la voz en esa condición.
En conjunto, «Me cortaría» traza un recorrido del deseo imposible al abandono y la descomposición. La repetición construye una temporalidad obsesiva, mientras que las imágenes corporales inscriben el vínculo en el terreno de la herida, alejándose de toda idealización.
El llanto, el gemido y el grito se tuercen, por momentos, en una sola entidad viva. Lo performático marca el camino y se vislumbra como el horizonte por venir.
Hay una evolución lógica de lo que es el disco hacia lo que es el vivo actual. El ruido se corre para dejar espacio a un dinamismo sucio más punzante. La cantidad de shows que tienen encima evidencia una evolución. Gana lugar el drama, por supuesto, pero también el entendimiento de las distintas formas del ruido y del punk originador, entendiendo al garage como herramienta y puente hacia nuevas orillas. La guitarra es omnipresente, pero victoriosamente sutil: rasgueada como reminiscencias desde el margen alternativo de las canciones inteligentes que no superan los tres minutos, entre el Cure primerizo, The Pretenders, Las Viudas y Los Brujos, todas bandas que podrían estar reventando sótanos del under, aunque también sonando en alguna radio FM de otras épocas, sin resignar su identidad.
Como guitarrista, Acosta toca con sus pies cruzados, casi de costado, relajada y muy cool. Evita despliegues onanistas, optando por la premisa fundacional del menos es más. Resuelve entre pasajes distorsionados o melódicos.
Hay varias canciones nuevas como «Perdón», «Copión» y «La La La La». Muchas ya sonaron en recitales anteriores, pero nunca en Rosario, al igual que el material perteneciente al disco. El abanico de canciones permite entender los matices que componen la actualidad del cuarteto, a medida que se afianzan y crecen sin precisar la aprobación de nadie.
La banda parece evolucionar hacia un beat pasional, con esqueleto de garage, atrapando para cantar, poniendo énfasis en el drama de las letras, casi como hizo Luludot en su transición de Los Rusos Hijos de Puta hacia La Piba Berreta. En ese sentido, toman la agresividad y el ruido para canalizarlos en una sonoridad que les permite mayor plasticidad, tanto en lo estético como en lo físico.
La rotación de instrumentos y roles (voz por batería, guitarra por batería) prueba, por un lado, refrescar la escena, mientras que, además, deja en claro que No Me Toques tiene el tesón musical para ser dueñas de su porvenir. Por eso, cuando se les pregunta por el disco que llega pronto, apenas revelan que lo están haciendo ellas solas, por su lado, a su forma.
La autogestión aparece otra vez cuando hablan de grabar. No hay plan maestro. No hay calendario cerrado. Hay oportunidades que se agarran cuando aparecen, estudios que se pagan con lo que dejan las fechas, la posibilidad siempre abierta de que alguien ofrezca algo y eso cambie el rumbo.
“Si mañana viene alguien y nos da el estudio gratis, vamos”, comenta Valencia.
No hay romanticismo en esa precariedad, pero tampoco resignación. Hay movimiento. Adaptabilidad. Una forma de existir en el presente sin esperar validaciones externas.
Y, al mismo tiempo, algo está pasando: gente que apuesta por ellas, que las ayuda, que cree. Lo dicen con una mezcla de sorpresa y gratitud, como si todavía no terminaran de entender por qué.
Cuando hablan de Matate Amor, aparece la palabra explosión. Pandemia, encierro, rabia acumulada, salir a tocar como quien rompe algo. Todo eso está ahí, en esas canciones que nacieron en habitaciones individuales y terminaron gritándose en conjunto.
Pero lo que viene ahora —lo que están produciendo— es distinto.
Más triste, dicen. Más simbólico. Como si después del grito viniera el ardor.
En ese primer momento fue salir a decir “me pasa todo esto”; ahora es habitar lo que queda después. La resaca política de un mundo que no mejoró. La sensación de hablar y que no te escuchen. El avance de una violencia más estructural, más difícil de señalar con el dedo.
“La tristeza también es política”, confía Etchegaray.
Y en ese desplazamiento hay algo profundamente contemporáneo: ya no alcanza con la furia. Hay que narrar lo que deja.
El nuevo material —todavía en proceso, todavía inestable— parece ir hacia ahí: un nosotras más coral, más compartido, donde ninguna voz se impone del todo. Cantan todas. Sostienen juntas.
“El dolor también es colectivo“, dicen, casi a la par. Las cuatro se miran, algo sorprendidas de expresar exactamente lo mismo.

Vivimos tiempos mezquinos, regidos por la dispersión, la hiperconectividad y la premisa totalitaria de la novedad, como un horizonte definitivo que no reconoce pasado ni proceso. La voracidad del recorte deglute sensibilidades y simbolismos, arrasando con los gestos humanos que hacen de la imperfección tanto una virtud como una identidad.
¿Cómo ubicar a No Me Toques en este mundo de urgencia tiktokera, donde prevalece la lógica del conteo y el acumulamiento? ¿Qué hacer con una banda que derrite la sangre de su rabia y angustia hasta convertirla en una pátina de maquillaje que profundiza la mueca provocadora y celebratoria hasta volverla catarsis?
Las cuatro tienen entre manos un pequeño botín de canciones que son una provocación cursi afilada para el cachetazo preciso, tan correctivo como ubicador, suficientemente poderoso para decir “andate para atrás, infeliz”, o directamente “si te sentís interpelado, fijate: puede que seas un rancio”.
Con todo, sus composiciones van un poco más allá, logrando algo identitario, fuera de las etiquetas rápidas que caracterizan a su generación: están corridas de la obviedad, sin encajar en lo fácil. No Me Toques tiene canciones con texturas disfrutables. En vivo, se descubren hendiduras donde el histrionismo, la musicalidad y el arrojo impertinente las vuelven un ave rara. Nada es lo que aparenta. Demasiado eclécticas para el punk obvio; demasiado imaginativas para la proclama cerrada; demasiado divertidas para la lógica resultadista. No Me Toques es, para esta era digital de consumo pasatista, tan entrañable como la letra cursiva: imperfecta, distinta y perdurable.
Se reconoce en ellas una frescura que no corre detrás de nadie. Su impronta es resultado de una lengua absuelta y carente de solemnidad, donde el atrevimiento tiene el mismo rango que la diversión. No bajan línea de manera literal: usan herramientas expresivas que parten desde la complicidad y el histrionismo y se proyectan hacia una narrativa propia. ¿Hay rabia? Claro que sí. ¿Frustración? Por supuesto. ¿Urgencia por romperlo todo? Sin dudas. Con todo, la propuesta tiene un sentido de construcción que se refleja en ellas mismas, en su público, en el encuentro que se genera —feedback mediante— en cada fecha. La apuesta por la fantasía de un posible vodevil riot se respira sutil —y no tanto— entre movimientos y caídas al piso, entre contorsiones, risas, gruñidos y guiños que generan histeria comunitaria. Todo se conjuga en un lenguaje corporal propio, como una pandilla de atrevidas herederas de Epumer, Díaz, Sinesi y Ruffinatti, que encienden el fuego para pibas y disidencias que están bajo el escenario, bailando y cantando, que llegaron bajo la lluvia y que —acá y allá— viajaron outfiteadas en colectivo, subte, tren o Uber para vivir una noche de comunidad estética y ética, como una pequeña revuelta musical que redunda en una multiplicación; un “nosotras estamos acá, ahora. Mañana están ustedes” que puede tornarse manifiesto de la acción.
La entrevista podría seguir. De hecho, hablamos media hora más, sin grabador. Podríamos ordenar mejor las ideas, limpiar las repeticiones, construir una narrativa más prolija. Pero hay algo en ese caos —en esa superposición de voces, en esa risa constante, en esa dificultad para cerrar conceptos— que es exactamente lo que las define.
No hay una sola voz. Nunca la hubo.
Son cuatro, pero también son más: son el público, son las que vienen atrás, son las que se reconocen en ese espacio que arman y lo expanden.
Cuando las dejo, comprendo algo: no entrevisté a una banda. Estuve un rato dentro de algo que está pasando. Algo que todavía no tiene forma fija, pero que ya tiene cuerpo.
Y ese cuerpo —ruidoso, dramático, afectivo, político— está creciendo. Sin saber del todo hacia dónde. Pero creciendo igual, sin pedir permiso alguno.
Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Gaby Terre