
Fuera de casa y sin máscaras estables, K4 convierte su paso por Rosario en una escena de prueba: un recital donde la música se empuja al límite y la forma nunca termina de fijarse. Entre la precariedad asumida, el desborde sonoro y una sensibilidad expuesta, el trío ensaya en vivo una identidad en transformación, poniendo en tensión sus propios mecanismos y el vínculo con el público. En ese territorio inestable —lejos de la comodidad y cerca del choque— aparece una verdad: cuando todo parece a punto de romperse, también puede empezar de nuevo.
Es domingo por la noche. La temperatura cae estrepitosamente.
En la puerta de Bon Scott espero a que toque K4. Nunca lo vi tocar en Rosario; siempre en Buenos Aires, en cuevas, festivales a gran escala o alguna sala de perfil más cool.
Doscientos noventa y nueve kilómetros separan Rosario de Buenos Aires.
Quiero verlo en estado despojado, sin estructura que cobije, ni sentimiento de localía. Sin flashes de fotógrafos renombrados, ni la compañía de sus compinches célebres. Encontrarse con una banda lejos de su lugar de origen produce una clase particular de extrañamiento. No importa cuántas veces uno haya asistido a conciertos: ver a un grupo desplegar su repertorio en una geografía ajena siempre altera la percepción y cambia el parecer. Fuera de su territorio natural, la música parece desprenderse de sus referencias más inmediatas y enfrentarse, casi desnuda, a la mirada de otros. Allí, donde los códigos locales dejan de funcionar como una red de seguridad, cada propuesta recupera su carácter de apuesta y vuelve a jugarse su sentido frente a un público que todavía no decidió qué hacer con ella.
Las condiciones inesperadas suelen ser, también, las más fértiles. Un escenario improvisado, un sonido que obliga a reajustar el oído, una audiencia que responde con claves distintas a las habituales, una convocatoria magra: todo eso altera el pulso y desplaza a los músicos de la comodidad de lo previsible. La rutina, después de todo, puede ser una forma elegante del adormecimiento. En cambio, la sorpresa obliga a afinar los reflejos, a escuchar de otra manera, a habitar el presente con una atención absoluta.
Porque tocar, en el fondo, también consiste en ponerse a prueba. Salir de la zona de confort no es un gesto de valentía abstracta, sino una necesidad. La adrenalina de enfrentarse a oídos nuevos, de conquistar un espacio desconocido, de medir la propia música frente a sensibilidades ajenas, le devuelve a la experiencia su riesgo original.
En los últimos años, K4 supo asomarse desde el circuito emergente porteño como una figura inquieta, cultivando una música bastarda que combina elementos de punk, trap, synth, pop oscuro, melancolía, surrealismo e incluso ciertos rasgos de una estética dank.
Sus presentaciones en vivo y sus apariciones en festivales de gran escala lo consolidaron como una propuesta inclasificable, situada en un territorio donde conviven la experimentación sonora, la teatralidad y una vocación por incomodar: a veces desde asperezas cercanas a la aversión; otras, desde la sensibilidad de aquello que se sabe roto, falible e imperfecto.
Su último disco, Yo también les tengo miedo, marcó un punto de inflexión en su camino, luego de años de novedades que presentaban distintos personajes y pieles. Debajo de todo eso, sin embargo, había mucho por excavar y descubrir. El disco significó la posibilidad de adentrarse en K4 desde otra perspectiva. Podría leerse como una obra de apertura emocional: después de años construyendo personajes, máscaras y alter egos, K4 aparece aquí más expuesto, vulnerable y directo. Esa caída de la máscara es uno de los aspectos más celebrados por la crítica. Sin embargo, el interrogante sigue abierto: ¿ese laberinto de skins habrá cesado realmente o solo el tiempo podrá confirmarlo?
Pero hay otras preguntas flotando alrededor de K4 en este preciso domingo por la noche: ¿cómo condensa en vivo ese alto nivel de hibridación técnica y estética que define su universo? ¿De qué manera se resuelve esa multiplicidad de lenguajes en un territorio desconocido? ¿Cuánto sobrevive, cuánto se transforma, cuánto se aplaca en este performer adrenalínico que también es un músico exigente, con dificultades para delegar?
Son interrogantes que encuentran respuesta en la propia voz de la banda, pero también en la acción misma del directo. En ese sentido, Bon Scott se convierte en una caja de resonancia para esas respuestas, y también en un espacio donde sus integrantes siguen poniendo a prueba y reafirmando la química que los une.

K4 es Tomás, productor y multiinstrumentista. Está acompañado por Fraxu en sinte y guitarra, Pablo en batería y Joaquín en sonido.
En la calle, el frío disuade al público de tomarse unas birras en las mesas de afuera mientras espera el recital. En el fondo de Bon Scott, frío y humedad se combinan como solo las casas de pasillo de Pichincha saben hacerlo.
La fresca los agarró medio improvisados, entre Córdoba y Rosario. “Che, capaz que un pantalón largo te ayuda a entrar en calor”, le sugiere Pablo a Tomás, que sigue en short y remera a pesar de la temperatura. Sale buzo y pantalón largo, al menos hasta que arranque la música.
Fraxu pide que lo orienten hacia una farmacia para comprar algo de propóleo. Frío, ruta y responsabilidad: mañana se vuelve a la rutina. Pero para eso todavía falta. Primero lo primero.
Pegados en un sillón de tres cuerpos, entre caramelos de propóleo y Coca-Cola, la banda encara preguntas que, más que respuestas, propician un intercambio horizontal sobre la evolución de la propuesta. Por momentos, incluso, la situación adquiere algo de terapia grupal: un punto de encuentro, una suerte de checkpoint sobre lo que viene ocurriendo entre ensayos, fechas y conexión.
Para K4, lo que sucede en vivo constituye el núcleo de todo lo que hace. Es allí donde los hechos adquieren su verdadera significancia, donde el acto de hacer música encuentra su sentido más pleno. No resulta casual, entonces, que en el último tiempo componga pensando de antemano en su traducción escénica, en la forma que esas canciones asumirán una vez enfrentadas al cuerpo, al espacio y a la inmediatez del show.
El enorme desafío consiste en resolver en vivo la hibridación natural de K4: lograr que esa condensación de información, tan conseguida en el estudio, pueda sostenerse entre tres, alcanzando una consistencia orgánica capaz de involucrar tanto a la banda como al público.
Nadie se adelanta con la palabra. Solo responden con risas cómplices que lo dicen todo: fue —y es— un quilombo.
“Para mí, ese es el verdadero desafío: ¿cómo carajo se condensa todo esto?”, explica K4. “Toda esa evolución en un vivo demanda muchísimo. Es como estar estudiando constantemente un ejercicio. Por eso también creo que estamos tan cansados. Tenés que estar todo el tiempo con la atención puesta y encendida, como cuando manejás un auto. La enorme brecha que existe entre las distintas categorías de canciones, entre los distintos registros del repertorio, y el hecho de unificar todo eso con instrumentos acústicos, representa un ejercicio y un desafío gigantescos. Eso ya implica un nivel de dificultad del doscientos por ciento. Después está la cuestión de cómo hacerles justicia a todas las personas que fueron apareciendo: el del suéter, el alienígena y tantos otros. Cómo unificar toda esa locura en algo que sea música, y no un espectáculo dependiente de herramientas con las que hoy no contamos”.
“Vuelvo al ejemplo del auto: no podés descansar ni distraerte un segundo, porque chocás. Y eso pasa. Pasa muchísimo. Nos pasó y nos va a seguir pasando”, comparte.
“El otro día hicimos un ensayo de seis horas y después estuvimos tres horas más charlando, hablando de todo un poco. Nosotros mismos nos sorprendemos de todo el trabajo que implica llevar esto al vivo”, explica el baterista. “Hace un rato, de hecho, estábamos comentando cosas que notamos entre nosotros: ‘¿Viste anoche? Me olvidé de esta parte’; ‘Sí, y yo de esta otra’. La complejidad que tiene todo esto nos obliga a ensayar mucho, todo el tiempo, incluso cuando no tenemos fechas, para tratar de llegar al escenario con la mayor solidez posible y sostener esta hibridación compleja”.
“Ahora estamos en el barro, directo entre la gente. Por ahí es llenar más con ruido y poder transmitir más. En momentos el bajo y ahí parece más fácil transmitir una agresividad, pero en el sintetizador tenés que encontrar el recurso justo, que al mismo tiempo permite ese híbrido, pero tiene que ser agresivo, también. Parece que se va a romper todo, entonces tenés que lograr esos lugares más de los límites”, agrega Fraxsu.
“Es un show que está vivo, aun cuando las cosas pueden salir mal. Si todo sale perfecto, se ve la euforia, la conexión, la potencia con la que hacemos todo lo que hacemos. Y si no, también. Eso es algo que hoy vale la pena reivindicar, porque pareciera que ese supuesto camino hacia el éxito conduce a lo contrario: a lo monótono, a lo que funciona perfecto, a lo seguro, a esa lógica binaria que dicta que las cosas deben ser de una sola manera y que cualquier otra forma está mal”, concluye K4.

“Esto re parece un diván. Ese tema fue fuerte para mi”. Delegar es el tema. Un gran tema.
Para K4, delegar dejó de ser una dificultad para convertirse en una de las principales potencias de su proyecto. La palabra, admite, tiene algo de terapéutico. Durante años sostuvo una lógica de control absoluto: componía, producía, mezclaba, masterizaba, diseñaba portadas, distribuía y supervisaba cada detalle. Todo pasaba por sus manos. Ese método, que en otro momento resultó necesario, también delimitaba con precisión los bordes de su propio mundo creativo.
El punto de inflexión llegó con Yo también les tengo miedo, frase que lleva tatuada en su espalda. Más que un cambio estético o sonoro, implicó una transformación profunda en su manera de concebir el trabajo artístico. Ceder espacio, compartir decisiones, permitir que otros intervinieran en un universo que hasta entonces había sido casi exclusivamente suyo. Allí hubo una revolución íntima. El pasaje de una práctica solitaria a una construcción colectiva no solo alteró la dinámica del proyecto: también modificó su manera de estar en el mundo.
Hoy reconoce con claridad la distancia entre aquel artista aferrado al control y el presente que habita. Antes, admite, muchas de las situaciones que hoy resuelve con flexibilidad le habrían resultado intolerables. Cambios de último momento en una lista de temas, ajustes de producción, decisiones tomadas en conjunto: todo eso habría sido vivido como una amenaza a una idea previa, rígida e innegociable de lo que debía ser un show. Ahora, en cambio, entiende que la música también se construye en esa negociación constante, en esa capacidad de adaptarse sin perder el centro.
Esa apertura, lejos de diluir su visión, la fortaleció. Compartir, ceder y evolucionar junto a otros amplió las posibilidades del proyecto y le permitió descubrir nuevas formas de disfrute. Hay, en ese desplazamiento, una renuncia saludable a la rigidez. Menos lucha contra lo imprevisto, menos necesidad de que todo responda a un plan inalterable. Más confianza en el proceso y en quienes lo acompañan.
Ese mismo espíritu atraviesa la manera en que K4 piensa hoy la circulación de su música. Salir a la ruta, incluso en un contexto económico adverso, no responde a una lógica temeraria sino a una convicción profunda. Córdoba y Rosario no fueron escalas elegidas al azar: son espacios que los alojan con calidez y donde el vínculo excede la mera contratación. En tiempos en que tocar en vivo se volvió una empresa cada vez más compleja —incluso en Buenos Aires—, esa red de afectos y complicidades resulta fundamental.
La decisión de realizar shows gratuitos forma parte de esa misma lectura del presente. Entienden que el contexto limita las posibilidades del público y que insistir en una lógica excluyente sería desconocer la realidad material de quienes los escuchan. Por eso negocian con las salas, ajustan recursos, apuestan a la venta de merch y sostienen la gira desde una economía de cooperación. La ecuación no es sencilla, pero responde a una ética clara: mientras la situación siga así, la prioridad será garantizar el acceso.
K4 sabe que no va a dejar de tocar. El vivo sigue siendo el núcleo de todo. Es el espacio donde las canciones se ponen a prueba, donde la banda crece y donde el vínculo con el público adquiere una dimensión irremplazable. En un mundo alterado, compartir una experiencia artística en tiempo real conserva algo de refugio. Ellos lo saben no solo como músicos, sino también como espectadores. Porque, al fin y al cabo, antes que nada, también son parte de esa multitud que sigue buscando en la música una forma de respiración.
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La sala trasera de Bon Scott recibe un público variopinto, desde un padre con dos hijes preadolescentes hasta punks ortodoxos.
La banda toca de manera directa, en estado de electricidad. La versión pystranceada de «A forest» abre el juego, seteando la velocidad crucero.
K4 viste un short blanco, ideal para un Roland Garros de los ochenta aunque también iría bien en la pista de baile de Studio 54, algunos años antes. Con el torso desnudo, repiquetea sobre sus zapatos de punta, contagiando calor hacia el público que, tímido, se acerca.
El volumen es alto, con la batería y pads marcando el ritmo directo en el pecho de toda la sala.
El trío maneja una fortaleza musical centrada en el dinamismo. Pasan de una data a otra en un pestañeo. El desafío es arduo, pero siempre van hacia adelante. El beat se sostiene, casi impasible, durante los cincuenta minutos, aún cuando el clima cambia. Eso le imprime una pátina desconocida a muchas de las canciones.
“¿Alguien se acuerda de Fido Dido?”, quieren saber. La respuesta es nula, lo que denota la edad de les presentes. Mejor seguir tocando.
Suenan «Anorexia», «Hisopos y disfraz», «3090», «Sigan llamando», «Baldosas» y «Piedra marplatense», entre otras.
Puede que «Piedra marplatense» sea la canción más hermosa de K4. Construye una metáfora tan simple como eficaz: una piedra convertida en voz y personaje. Desde esa perspectiva, reflexiona sobre el afecto, la pertenencia y los límites dentro de un vínculo.
El eje está en el encuentro. “¿Que la encontraste, o yo te encontré?” plantea la reciprocidad de los vínculos y la dificultad de determinar quién elige a quién. A partir de allí, la piedra se ofrece como compañía, pero también marca una advertencia: no puede dar más de lo que es. En esa frase repetida —“como soy una piedra no me pidas mucho”— reside el corazón de la canción: toda relación exige aceptar la naturaleza del otro.
La letra combina ternura, humor y melancolía del presente. También subraya una idea central: el valor no está en ser único, sino en ser elegido. Entre tantas piedras en el mar, esta adquiere sentido porque alguien la guarda, la recuerda y la convierte en favorita. Allí radica la potencia de una canción que, desde la sencillez, habla de amor, compañía y aceptación.
Combustión, bajón, contención, estallido: todo seguido, sin pausa, entre saltos y caídas al piso. Cuando bajan, el ritmo marcial los rescata del silencio. Un quiebre viene aparejado con un gancho furibundo que se rastrea al grindcore.
A medida que avanzan en la lista, los tres músicos se buscan con la mirada. Embalados, le meten. Pareciera que no saben adónde van, pero algo es certero: van juntos.
Las canciones están en estado de alteración. Distorsionadas por el acelere. La velocidad supone un problema: quizás haya demasiada prisa por lo que se pierden matices narrativos. Algo valioso del universo K4 es precisamente ese espesor narrativo alienante y doliente. Ahora aparece comprimido. Tal vez, en realidad, se trate de un seppuku identitario directamente en nuestras caras. Sin explicaciones ni aviso de curva, K4 está pelando su piel y diciendo el ahora está llamando. Al final, puede que el show funcione una tesis: todo está cambiando, sin pausa, de manera irrevocable.
Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard