JULIETA LASO Y LA POLÍTICA DE LAS EMOCIONES ROTAS

La cantora volvió a Casa Brava para reencontrarse con su público y revelar algunos indicios de Fabriquera, su nuevo disco producido por Daniel Melingo. Entre tango, folklore latinoamericano y una sensibilidad atravesada por la angustia contemporánea, Laso reafirma una obra minimalista y visceral que desarma las fronteras entre canción popular, tragedia y performance. Perfil de una artista atravesada por su tiempo.

 

Julieta Laso se inclina hacia adelante, micrófono en mano, y su voz se robustece en tonos graves. Echa la cabeza hacia atrás y su cabellera tupida salpica el carmesí que ilumina el escenario de Casa Brava. Canta palabras que queman. Ella lo sabe. Por eso vuelve a inclinarse hacia adelante y le regala unas estrofas de contralto a las tablas. Apenas son segundos, pero alcanzan para dejar claro que ninguna sublimación es inocente.
Hay un tipo de arte que no pertenece del todo a ningún lugar. Un arte tan bastardo como anfibio. Vive entre aguas turbias y superficies secas, entre el cuerpo y la ruina, entre lo que se puede decir y aquello que apenas alcanza a respirarse en voz baja a las tres de la mañana. No reconoce fronteras limpias ni disciplinas puras. Se sobreencima a los territorios naturales de la experiencia humana como una humedad persistente: entra por las grietas, sube por las paredes, arruina la pintura prolija del bienestar contemporáneo. Ahí, donde las formas empiezan a deshacerse, donde las categorías fracasan y los sentimientos se vuelven demasiado grandes para el lenguaje, aparece lo único verdaderamente importante del arte.
No la perfección. No la industria cultural de la trascendencia empaquetada. No la pornografía emocional del algoritmo que convierte cada trauma en contenido aspiracional. Sino la capacidad brutal y casi obscena de conmover. De transformar. De abrazar. De acompañar. De sostener.
Porque hay zonas de la naturaleza humana que el capitalismo moderno decidió volver improductivas. El dolor ralentiza. La angustia no monetiza bien. La vulnerabilidad incomoda a los discursos del rendimiento perpetuo. La rotura existencial no acumula likes. El imperativo del sentirse bien —esa obligación contemporánea de estar siempre curados, saludables, resilientes, disponibles, deseosos para tenerlo todo— nos enseñó a esconder aquello que no puede traducirse en eficiencia emocional. Como si llorar demasiado fuera una falla logística. Como si el agotamiento espiritual fuese simplemente una mala administración del tiempo. Como si la alienación fuera algo solucionable con un tutorial.
Pero ese arte bastardo, anfibio y extraño avanza igual. Insiste como una fatalidad empedernida. Se arrastra incluso cuando no hay terreno firme. Y los artistas que trabajan ahí —en esas mazmorras húmedas de la angustia donde casi nadie quiere entrar— son los únicos que todavía producen algo parecido a una verdad. No porque tengan respuestas. A veces apenas tienen un encendedor. Pero alcanza.
Porque hay obras que decoran una época y otras que la sostienen para que no termine de derrumbarse. Hay artistas que producen entretenimiento y otros que construyen refugios clandestinos para personas que ya no soportan el ruido del mundo. Son esos los importantes. Los que entienden que el arte no vino a corregir el caos sino a sentarse dentro de él y permanecer ahí, acompañando. Los que convierten la asfixia en lenguaje compartido. Los que hacen visible aquello que nos enseñaron a ocultar para seguir funcionando.
Al final, quizá el único arte que importa sea ese: el que ilumina algo en nosotros cuando todo alrededor insiste en apagarse. El resto —las tendencias, las sofisticaciones vacías, la obsesión por la novedad, la estética convertida en mercancía de lujo emocional— empieza a parecer redundante. Como un edificio impecable construido al lado de una casa en llamas.
Y entonces vuelve Atahualpa Yupanqui, como vuelven siempre los que entendieron antes que nadie el precio secreto de las cosas verdaderas: “Decía mi mamá: hay cosas que no se compran en la botica de la esquina. Hay que hacer la enorme y costosa diligencia de adquirirlas con el espíritu, y eso cuesta”.

El trío Laso, Leandro Angeli (guitarra) y Matías Furbo (percusión), toca dieciocho canciones. «Llamame cuando amanezca», «Traidor del cielo», «La individualidad», «Mariposa triste» y «Me hice puré», entre otras.
Las canciones avanzan como un lamento arrabalero que llega desde la derrota emocional, pero nunca desde la solemnidad. Ahí aparece una de las virtudes de Laso: el dolor se disfraza de humor mugriento, de lunfardo deformado, de ironía callejera. La curaduría de su repertorio incluye autores como Michel Vaucaire, Daniel Melingo, Aldo Asenjo, alias El Macha, y el ya mencionado Yupanqui.
Es tango, milonga, bolero, copla y folklore latinoamericano. Pero hay una rotura estética que trasciende lo generacional, lo musical y lo geográfico: algo metafísico. Laso presenta una tragedia torcida. Atrevida. Queer. Punk. Desviados y desviadas del mundo, ¡únanse!
La trascendencia que golpea de inmediato es que estas canciones nunca piden compasión. No la necesitan. Construyen una estética de la derrota sentimental porque entienden el mecanismo de su propia caída. Aun así, siguen recayendo, como dentro de un bucle inexpugnable.
Laso llega hasta el núcleo humano de las canciones. Su respiración puede volverse cavernosa hasta desgarrarse. Su carácter emocional tiembla por dolor, pero jamás por duda.
Laso es visceral, casi instintiva, sobre las curvas de las canciones. Se mueve con confianza en un carnaval de fantasmas regido por el vaivén insoportable de lo cotidiano. En ese sentido, arrabal significa ley y territorio: aquello que no existe en los papeles, pero determina la vida, la derrota y la victoria, el dolor y el goce.
Sobre el final llega «Este cuore», un adelanto de Fabriquera, el disco producido por el maestro Melingo. Se trata de una canción desgarradora sobre alguien a quien le tocó, en la repartija del mundo, un corazón inútil para sobrevivir.
Dios no es una entidad sagrada sino un repartidor distraído, “de apoliyo”, una figura desprolija que entrega corazones fallados como quien reparte mercadería averiada en un depósito húmedo del conurbano. El “cuore” que recibe el protagonista no sirve para endurecerse ni para defenderse; al contrario: se ofrece, se regala, se deja usar. El problema no es la falta de sensibilidad, sino el exceso de ella.
Laso hace algo diferente con la canción: con su canto forma una avenida loopeada donde caminar y rumiar parecen la única pareja posible, entre el crepúsculo y el amanecer, o hasta que las luces de adentro se apaguen.
Su voz, entonces, construye un paisaje hecho de rispideces y profundidades.
Todo ese imaginario, desde las esquinas porteñas hasta los terruños sudamericanos, induce paulatinamente a un existencialismo cotidiano de lo malogrado. El pesar de un calendario que incinera fechas sin ofrecer matices, donde el dolor ruge, las gargantas arden de alcohol, los corazones se desangran azulados y la cocaína ofrece una resistencia alcalina para seguir tirando hasta que el extravío termine confundiéndose con paranoia y resignación.
La garganta de Laso conjura un aura de belleza y angustia que atraviesa la sala. Parecería que el secreto de Laso no reside tanto en su voz como en la capacidad de soportar semejante carga emocional: un bloque de canciones atravesadas por una angustia claustrofóbica. La cantora, entonces, se vuelve algo más: un pararrayos de lo falible.
La niña que soñó con el teatro a los nueve años sigue presente. Está en el arrojo de habitar las tablas desde tan pequeña hasta este presente donde la cantante se amalgama con la performer. Encarna las canciones y logra una experiencia física que quita el aliento, aunque sabe oxigenarla con quiebres de histrionismo y una complicidad que evita la literalidad.
Durante esos quiebres puede sentirse cómo toda la sala vuelve a respirar, en un ejercicio catártico colectivo. Tal vez por eso, entre canción y canción, desde las mesas le soplan besos seguidos de “te amo” discretos. No funcionan tanto como declaraciones de admiración sino como formas de gratitud: gracias por acompañar ahí donde duele, donde lo semántico ya no alcanza, pero el arte todavía consigue hechizar, aunque sea por un rato.
Laso no escucha cada voz que emerge desde lo recóndito de Casa Brava. Sin embargo, la energía se intuye. Está ahí. En cada mirada arrojada sobre el público, Laso parece saberlo, como una diabla que habita los escenarios desde hace décadas.

Temprano en la tarde del jueves, cuando todavía queda algo de sol, Julieta Laso y su banda llegan a Casa Brava para armar y probar sonido. No es la primera vez que tocan en la sala, pero el encanto de la otrora milonga El Levante sigue fascinándolos.
El frío escala mientras la humedad se profundiza en los cuerpos. Entre gorros de lana y abrigos, organizan detalles. Laso, mientras tanto, quiere saber si habrá algún matecito para convidar.
“Ya estoy lista para las fotos y para charlar, eh”, avisa. Acto seguido se quita el gorro de lana y suelta la cabellera característica. Se acomoda el pelo mientras disfruta el mate, sonriente. “Re estoy, eh”.
Hay un lenguaje corporal en Laso que delata calidez. Frunce el ceño. Sonríe. Se preocupa. Todo mientras se inclina hacia adelante. Después se echa hacia atrás cuando se ríe o cuando se amarga con recuerdos pasados.
Es que hay de todo en sus días. Fechas, viajes, estrenos, estudios, proyectos, festivales y más viajes. Entre Salta y Buenos Aires, la clave es una: construir.
Para Laso el arte, la política, la historia, el territorio y la cotidianidad no admiten distancias prudentes. No hay compartimentos posibles. Todo aparece intrínsecamente conectado, sosteniendo una misma materia sensible: la vida. La vida presente, la pasada y también la que todavía está por venir.
Lo dice con seguridad y vehemencia, aunque entre frase y frase asomen respiraciones profundas que delatan cansancio, resignaciones que no cicatrizan, una fatiga que parece alojada detrás de los ojos. Pero no le queda otra que decirlo. Que cantarlo. Que gritarlo. Se planta, incluso cuando sabe que habrá consecuencias. Es inevitable: Laso termina escupiendo aquello que lleva atravesado en la garganta o fermentando en el entripado.
Hay pausas para tomar aire. Otra vez el dolor, esta vez transformado en impotencia. Por la muralla de silencio que rodea el genocidio palestino en Gaza. Por la violencia que destilan los discursos de odio que bajan desde la Casa Rosada. Por el centralismo de un país construido sobre un federalismo apenas declamativo, que muchas veces impone nociones de corrección política desde la comodidad porteña sin haber conocido siquiera un atisbo de la idiosincrasia múltiple y contradictoria que vive en las provincias.
Laso habita esa vieja consigna de que “lo personal es político” no como teoría sino como una forma concreta de estar en el mundo, aunque eso implique desgaste, discusiones y problemas. Aun así, sigue adelante. Respira.. A veces pelea con todas las herramientas que tiene a mano. Otras veces apechuga porque no queda otra. A los 43 años aprendió —o intentó aprender— a elegir sus batallas. Costó. Hubo, y todavía hay, resignación y un sabor amargo que nunca termina de irse. Pero aprendió.
“Sería absolutamente imposible separar mi arte de lo político”, afirma Julieta Laso. “Jamás podría. De ninguna manera”, insiste, mientras deja caer la mirada sobre sus manos, como si ahí todavía quedaran restos de algo difícil de nombrar.
“No creo que pueda ser así. De todas maneras, fueron dos años muy complicados. Me pasaron cosas que jamás hubiese imaginado, sobre todo cada vez que hablé del genocidio en Palestina. Y también apareció la tristeza, la bronca, el dolor por las cosas que pasan en Argentina. En un momento me enojé demasiado, y tuve que abandonar algunas redes sociales porque sentía que no me hacía bien ni a mí ni a nadie vivir señalando o enojándome todo el tiempo. Tampoco me hacía bien entristecerme tanto, porque cuando salgo a cantar quiero dar un poco de fuerza. Si yo estoy planchada, no sumo en lo más mínimo. Entonces tuve que hacer algunos ajustes en mi cabeza durante estos dos años”.
Habla despacio, aunque por debajo de las palabras se percibe una aceleración interna, una tensión que parece no haberse resuelto. Como si el cuerpo siguiera procesando algo que todavía no encuentra salida. Su mirada, claro, sigue sobre sus manos.
“Participo todo el tiempo, voy a manifestaciones, sigo involucrándome. Pero me bajé de algunas redes. Estaba entrando en una violencia que… sentí que me ganaban. Porque en algún punto nos ganaron en eso del odio. Y no lo había sentido nunca, ni siquiera en otras épocas oscuras. Yo reclamo justicia, pero ahora es tanto el odio, tanta la violencia con la que nos hablan, que terminan convirtiéndote en eso mismo: seres odiantes. Ahí me di cuenta de que tenía que correrme. Igual, siento la misma incertidumbre. Te enojás. No entendés qué pasa con vos ni qué pasa con el resto del mundo”.
Hay algo particularmente contemporáneo en ese hastío que describe: la sensación de vivir emocionalmente sitiado, de recibir violencia incluso en los espacios donde antes existía la posibilidad del intercambio. Como si la discusión pública hubiese dejado de producir pensamiento para transformarse apenas en una maquinaria de agotamiento.
“Ahora intento entender las cosas de una manera más saludable, o por lo menos menos nociva. Si me enojo, pierdo. Por eso trato de no perder fuerza, porque la necesito arriba del escenario. Ese es mi lugar, al final”.

El intercambio con Julieta Laso es fluido porque ella misma va marcando balizas dentro de la conversación. Inquieta, avanza y retrocede constantemente entre recuerdos, ideas y asociaciones. Habla del presente, pero enseguida algo la devuelve a una escena del pasado; después vuelve a impulsarse hacia adelante, como si pensar también fuera una forma de moverse físicamente.
De algún modo, encarna aquello que señalaba Søren Kierkegaard: “la vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero debe ser vivida hacia adelante”. Laso parece entenderlo de manera intuitiva. El pasado ofrece perspectiva y sentido; el futuro, en cambio, exige acción, decisión y cierta valentía frente a la incertidumbre. En ella ambas dimensiones conviven todo el tiempo: la memoria como herida abierta y el movimiento como única forma posible de atravesarla.
Durante años, el nombre de Julieta Laso apareció inevitablemente asociado al tango. Pero escucharla hablar alcanza para entender que esa etiqueta hace tiempo empezó a quedarle estrecha. Hay algo en su recorrido que funciona más como deriva continental que como pertenencia fija a un género. Una cantora de música popular latinoamericana, quizás, aunque incluso esa definición parezca provisional frente a una curiosidad musical que no deja de expandirse.
Habla de esa transición con absoluta naturalidad, como si nunca hubiese existido realmente una ruptura. En su relato aparecen el folklore latinoamericano, el vals, la samba caboverdiana, la música cubana, las percusiones afrocaribeñas y africanas conviviendo dentro de una misma memoria afectiva. Antes incluso de pensar en cantar, esa música ya estaba sonando en su casa.
Hubo un momento —cuenta— en el que quiso ser percusionista. Estudió durante años. Viajó a Colombia para aprender currulao, cumbia y ritmos tradicionales; en Buenos Aires tomó clases con el maestro africano Abdoulaye Badian y se sumergió en músicas afro-cubanas mientras cantaba rumba casi como una extensión natural de la vida cotidiana. Nada de eso aparece en su relato como un gesto intelectual o programático. Más bien lo contrario: Laso describe el proceso como algo inevitablemente orgánico, una continuidad emocional entre la música que escuchaba, la que estudiaba y la que terminó cantando.
En esa cartografía afectiva aparece también El Macha, figura decisiva en la profundización de su vínculo con el folklore latinoamericano. Y más tarde Salta, donde el folklore argentino empezó a incrustarse todavía más en su vida cotidiana hasta filtrarse naturalmente en los discos.
Lo que emerge al escucharla no es la imagen de una artista “fusionando géneros”, fórmula demasiado pequeña para describirlo, sino la de alguien intentando habitar un continente a través de la música. Hay en Laso una fascinación casi física por las tradiciones populares latinoamericanas. Habla de Colombia con entusiasmo inmediato: hace apenas unos días pasó casi dos semanas allá y volvió obsesionada con la música llanera después de conocer a una cantora local. Algo parecido le ocurrió tiempo atrás en Palenque. Menciona a México, Chile y distintos territorios del continente no como destinos turísticos ni escenas musicales exóticas, sino como lugares hacia donde siente una gravitación espiritual y artística cada vez más fuerte.
Su deseo, dice, es profundizar ese vínculo. Permanecer más tiempo. Escuchar más. Aprender más. Como si todavía estuviera persiguiendo algo. O quizás recordándolo.
“Me siento bien saliendo de Buenos Aires, de mi territorio de toda la vida. Creo que hay algo en mi sangre: de mis familiares laburando en la ruta, yendo y viniendo. Es más que curiosidad porque me obliga a salirse de lo fácil. En su momento, me costó mucho tomar la decisión de mudarme de Buenos Aires y dejar la Fernández Fierro, pero ese miedo resultó inversamente proporcional a todo lo que descubrí y sigo estudiando”.

2026 promete ser un año importante. Hay un leve repiqueteo de dedos sobre la mesa cada vez que habla de lo que viene: Fabriquera, su inminente nuevo disco.
El título aparece como la confirmación de un recorrido —o de una vida— atravesada por desvíos, hallazgos y sorpresas. También funciona como la cristalización de una relación de aprendizaje continuo y admiración mutua que Laso sostiene con Melingo desde que escuchó Tangos Bajos décadas atrás. En su manera de hablar sobre él no aparece únicamente la referencia al maestro o al colega admirado; hay algo más parecido a una genealogía afectiva y artística.
Pero Fabriquera es mucho más que química entre dos artistas. En el relato de Laso, el disco representa desafío, paciencia, crecimiento y una búsqueda consciente de correrse hacia otro lugar dentro de su propia discografía. Esta vez la apuesta parece dirigirse hacia un minimalismo más áspero y expuesto, una desnudez sonora que la obligó a seguir interrogándose como cantante.
Ahí aparece una de las ideas que más se repiten durante la charla: en el canto no existe ningún destino seguro. No hay una llegada definitiva ni una técnica conquistada para siempre. Laso habla del oficio como quien describe un horizonte móvil, siempre corrido un poco más allá. Incluso después de décadas sobre los escenarios, sigue pensando el aprendizaje como un estado permanente.
La manera en que Julieta Laso habla de Fabriquera deja entrever que el disco no fue solamente una grabación, sino también una especie de desmontaje personal. Un proceso de vaciamiento. De quitar capas hasta dejar la voz completamente expuesta.
Cuenta que durante la producción hubo un ajuste drástico: los elementos comenzaron a desaparecer progresivamente hasta que la voz quedó ocupando casi todo el espacio emocional de las canciones. Y ahí apareció el verdadero desafío. Después de toda una vida cantando, Laso todavía tuvo que salir a buscar zonas desconocidas dentro de su propia herramienta.
Nunca antes había grabado tantas tomas vocales. Hubo canciones registradas en distintas tonalidades, pruebas constantes, repeticiones, búsquedas minúsculas sobre respiraciones, texturas y formas de decir. Durante dos años el trabajo con Daniel Melingo se sostuvo desde una paciencia casi obsesiva: grabar, volver a grabar y después volver a grabar otra vez.
Lo interesante es que Laso no describe ese proceso desde el perfeccionismo técnico sino desde el descubrimiento. Habla de Melingo como alguien capaz de empujarla hacia lugares que no le resultaban naturales, zonas incómodas o emocionalmente difíciles de alcanzar. Hay incluso canciones del disco —dice— en las que siente que directamente no es ella quien está cantando. Y lejos de vivirlo como una pérdida de identidad, lo experimenta como uno de los grandes hallazgos de su carrera reciente.
Algo de esa transformación ya empezó a filtrarse en los shows en vivo. Como si el disco hubiese alterado también la relación física entre la cantora y su propia voz.
Cada encuentro con Melingo terminaba de la misma manera: Laso grabando mentalmente cada observación, cada dirección, cada consejo. A veces volvía a su casa y anotaba todo.
Habla de él con una mezcla de admiración y disciplina casi artesanal, convencida de estar frente a uno de los músicos más sólidos que dio la Argentina reciente.
“Es una locura este viaje de la vida. Cuando empecé a escuchar a Melingo, yo todavía ni cantaba. Ni siquiera se me pasaba por la cabeza. Tangos Bajos me marcó a fuego. Y cuando empecé a cantar pensé: yo tendría que cantar con Melingo. ¿Podré alguna vez? Tuvieron que pasar diez años. Yo estaba con la Fernández Fierro y un día me llamó. Tocamos juntos. Giramos juntos. Participé en varios de sus proyectos. Y ahora el disco. No se puede creer cómo es la vida”.

Resulta imposible pensarlo ahora pero, en algún momento de su vida, Julieta jamás imaginó que terminaría cantando. Primero apareció el teatro, convertido rápidamente en curiosidad obsesiva y refugio. Después llegó la música.
Laso se ubica como una aprendiz de las músicas. El canto, pero también la percusión, explica. La necesidad física de entender cómo respira el ritmo dentro del cuerpo. La necesidad de entender qué hace a los pueblos y su música.
Hoy escucha la música con esa atención casi antropológica de quien sigue buscando algo en los sonidos: ecos dispersos de Sudamérica, pulsiones africanas, melodías populares que sobreviven viajando de pueblo en pueblo, de generación en generación.
De aquella niña de nueve años que hacía teatro a esta mujer que pasa buena parte del año atravesando continentes entre aviones, trenes, autos y micros, Laso ya vivió más de media vida arriba de los escenarios. Y sin embargo persiste la sensación de que nada termina de asentarse del todo. Quizás porque la velocidad misma de la existencia artística no deja demasiado espacio para tomar distancia. ¿En qué momento cae realmente la ficha de una vida así? ¿O será que el movimiento permanente impide cualquier perspectiva definitiva?
“La ficha cae. Porque es un montón”, aclara.
“Para esa piba que tenía ese sueño, toda esta vida es mucho. Sobre todo porque durante períodos extensos hubo muchísimas veces en las que pensé: esto no va a funcionar. Y bueno, parecería que sí, que está funcionando. Pero tuve la duda miles de veces. Muchas veces te caés y muchas veces me enojo conmigo por cosas de la vida. Pero trato de acordarme de lo que construí todo este tiempo, y de que mucho tuvo que ver con haber estado todas las semanas en un escenario. Así es como la gente te conoce. Soy consciente de que no paré, no paré, no paré y no paré. Fui muy constante. Eso lo reconozco, a pesar de los desbarajustes que una puede tener”.

Minutos antes de salir a tocar, Laso todavía se pone nerviosa. No importa si se trata de un concierto entero o apenas de cantar un cumpleaños: hay algo en el momento previo que sigue desordenándole el cuerpo. Lo admite entre risas, aunque debajo de esa risa asoma otra cosa más frágil. Un pequeño pánico escénico que la acompaña desde siempre y que durante años aprendió a atravesar como podía, a veces de maneras menos elegantes, intentando domesticar la ansiedad entre copas y vértigo.
Ahora intenta relacionarse distinto con ese instante. Más consciente. Más presente. Pero el temblor sigue ahí.
Mientras habla, resulta evidente que para Laso el escenario nunca terminó de convertirse en rutina. No existe, en su manera de pensar la música, la lógica mecánica de “un show más”. Hay algo casi ceremonial en la forma en que se aproxima a cantar. Como si arriba de las tablas el tiempo cambiara de velocidad. Como si el espacio se deformara apenas se encienden las luces y el cuerpo tuviera que ingresar a otra sensibilidad.
El escenario, dice, conserva algo sagrado.
Ahí reside una de las claves secretas de su intensidad artística: jamás dar por sentado el acto de cantar. Nunca subir relajada en el peor sentido de la palabra. Nunca economizar energía emocional. Para Laso, tocar implica entregarse por completo cada vez, incluso cuando el cansancio, el miedo o la incertidumbre siguen respirando cerca.
“Mi vida es así, aprendí”, dice. Ir hasta el fondo. Aunque tiemble antes de empezar.

 

Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard

 

 

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