MI MURMULLO ES MÚSICA: ESTRELLA Y EL BRILLO SUAVE DE LO MÍNIMO

Estrella llegó a Rosario con un puñado de canciones que combinan melancolía, vulnerabilidad e intimidad. Entre la precariedad del presente y la insistencia afectiva del under, la banda de Lanús narra su crecimiento sin épica: tocar, adaptarse y sostenerse con ganas, encontrando en cada recital una pequeña comunidad donde, por un rato, la vida parece descansar.

 

Pasada la medianoche, Estrella toca sus canciones en Majo. Son cuatro integrantes: Cande en guitarra y voz, Dacil en guitarra, Jeju en bajo y Mauh en batería. Tocan ocho canciones. Durante media hora nadie levanta la mirada más allá de sus instrumentos. Guitarras, batería, bajo, voz. Su música reúne retazos de la música alternativa de los últimos treinta años —de Argentina, de Estados Unidos y del Reino Unido—. Podrían enumerarse subgéneros y movimientos de manera obvia. Sin embargo, la sensación es que su música es más un murmullo que un género ya clasificado por necesidades de mercado. En Estrella hay un ruido envolvente que se insinúa desde un gesto sagrado de lo íntimo, como si las adolescentes volcadas en un diario hubiesen tomado forma de canciones confesionales que usan la distorsión pop y la disonancia como manto protector.
Este puñado de canciones no tiene apuro por multiplicarse ni anotarse en ninguna de las tendencias que acaparan los titulares de los medios generadores de bait. Algo de esa cualidad de lo íntimo y lo pequeño marca una diferencia en este proyecto de Lanús, que debutó en vivo en diciembre de 2024: Estrella no quiere ser la mejor banda del mundo, ni la más exitosa ni la más original; Estrella quiere ser la banda que te dé canciones para cantar en tus momentos de soledad, caminando sin rumbo por la calle, volviendo del laburo en colectivo, atravesando la ciudad en subte o llevando adelante cualquier otra actividad de nuestra estructura cotidiana.
En Majo la atención del público es respetuosa y distante. La mayoría está descubriendo al grupo ahora mismo, en esta primera visita, compartiendo fecha con Princesa Tetrabrik. Hay una asimilación progresiva de lo que baja desde el escenario. Suena. Contagia. Quizás hasta incomoda. Por melancolía. Por falta de una estructura obvia. Por la disonancia que entrelaza noise, shoegaze y rock alternativo sin arraigarse de manera definitiva.
Suenan «Ruido», «Estrella», «uuuuu» y «Bienteveo», entre otras. Hay concentración en la banda, pero también algo parecido a la unidad: la certeza de que el núcleo de lo que están haciendo ocurre entre ellas y no hacia afuera.
Apenas hay palabras entre tema y tema. Presentarse, dejar saber que son de Lanús. Agradecer a Princesas. Saludar y despedirse. El tono tímido y cercano permanece, con Dolly sonriendo de manera cálida.
Majo respira su modo de siempre: luces bajas, el murmullo inconstante del público que entra y sale, un pequeño desorden que hace a la noche. Afuera acecha una tormenta que no termina de manifestarse.
Es 37 de noviembre, lo que complejiza la convocatoria en un contexto signado por los bolsillos perforados, una vida cara y los salarios más bajos en décadas. El público cuida la billetera y elige de manera puntual cada uno de sus gastos. Concurrir a cualquier fecha sigue siendo una decisión crucial, una elección que dice mucho sobre nosotros. Es difícil ese afuera donde la plata no alcanza y hay que equilibrar una vida entre dos trabajos y algún kiosko extra. Con todo tirando para abajo, tal vez sea el momento propicio para apostar a conocer artistas nuevos; salir a enamorarse de micromundos, códigos y lenguajes. Entre el hastío y el agotamiento físico, la posibilidad de encontrarse con nuevos disfrutes puede ser el combustible afectivo necesario para sostenerse en lo pantanoso de un presente que no da tregua.
«Volcánico» parece una canción ideal para eso. Toparse con una canción pequeña, un gesto emocional que engancha cuando la frustración y el temblor entran en tensión. El lugar está señalado de manera puntual: Ezeiza. Se trata de un territorio simbólico, un lugar de tránsito, un borde del mapa donde nada termina de asentarse. La enumeración de fenómenos ausentes —nieve, mar, montañas, volcanes— convierte al espacio en una especie de no-lugar donde, a diferencia de otros paisajes cargados de energía o misticismo, “no pasa nada”. Esa quietud geográfica es una metáfora de la falta de reciprocidad afectiva: así como en Ezeiza no hay terremotos, en la relación tampoco hay señales que “despierten la atención” del otro.
Ese vacío exterior contrasta con la intensidad emocional interna. La letra avanza desde la neutralidad inicial hacia una revelación íntima: la verdadera conmoción ocurre cuando el yo está cerca de la otra persona. Allí, mientras nada se mueve afuera, adentro se desata un “terremoto”. La narrativa desarrolla este desplazamiento: primero la búsqueda de una experiencia distinta en el Uritorco, luego la frustración por no llegar y, finalmente, la constatación de que el único temblor real es afectivo, pero unilateral. Alguien vibra mientras alguien más permanece inalterado. Algo está roto.
Esta dinámica se sostiene sobre una atmósfera melancólica, suave y confesional. Hay un tono íntimo que mezcla vulnerabilidad con un leve humor autodepreciativo, especialmente en la caída de expectativas (“no llegué ni a la esquina”). Es un registro cotidiano, casi pudoroso, donde la emoción se dice sin estridencias.
En conjunto, la canción narra un choque entre un mundo externo plano e indiferente y un mundo interno que tiembla. Esa tensión es el corazón simbólico de la letra: una historia de intensidad unilateral en un territorio donde nada —ni nadie— parece moverse.
Lo unilateral aparece también en «Sagrado corazón». Allí encontramos una herida afectiva: la voz protagonista se siente como un reemplazo de alguien a quien la otra persona sigue extrañando. La pregunta inicial revela inseguridad e identidad inestable: parecerse a alguien que otrx desea, pero aun así no ser elegidx. La indiferencia del otrx rompe el ideal romántico que la voz protagonista había imaginado. Los últimos versos, con la repetición de “mi amor”, funcionan como un intento de sostener un sentimiento que ya no encuentra eco. En síntesis, la canción describe la frustración de un amor unilateral y la caída de una fantasía afectiva frente a la falta de reciprocidad. Otra vez, la escala es pequeña, como un compendio de revelaciones taciturnas hilvanadas en forma de canción.
Estrella se siente especial porque trabaja la vulnerabilidad sin esconderla detrás de una producción excesiva ni de poses estéticas, algo que muchas bandas jóvenes todavía temen hacer. Lo que logran es una mezcla poco común de honestidad emocional, sencillez formal y precisión expresiva nacida de un minimalismo no planificado: sus canciones parecen pequeñas, pero dicen mucho.

El camarín de Majo está transitado toda la noche. Bandas, equipo técnico, performers, vestuaristas. Hay risas, cerveza que se entibia rápido, porro, preparativos que orbitan alrededor de algo tan elemental como la iluminación del show.
En una de las paredes, los fibrones pasan de mano en mano, firmando los nombres de las dos bandas de la noche. Es un gesto mínimo, casi infantil, pero dice más sobre la escena que cualquier comunicado: dejar un trazo, un rastro, un pequeño intento de permanecer en un lugar que, por definición, es siempre de tránsito.
A las tres de la mañana parte el micro de vuelta hacia el Gran Buenos Aires. No habrá fin de semana de relax para Estrella en Rosario. Pero ahora, por lo pronto, la noche está para disfrutarse.
La banda se toma un segundo antes de responder las preguntas de RAPTO, como si todavía estuvieran acomodándose dentro de todo lo que les pasó este primer año de vida.  En noviembre de 2024 llegó el EP debut titulado como la banda, editado por 1/4 Compañía Discográfica. También hubo videos y participaciones en ciclos como Semillero, del Centro Cultural Konex. Además, proliferaron toques por todo Buenos Aires y ahora están en Rosario. Pero el 2025 todavía no se acaba.  El miércoles 3 de diciembre tocan en Niceto, como banda invitada en la presentación de Subidos al pony, de El Nota y su banda. El viernes 5  participan en el Festival Fulana, en Matienzo, con Fletes Raquel, Francis Amante y Fortuna. Al otro día, comparten fecha con El cómodo silencio de los que hablan poco, que llegan desde Chile, junto a Meseta y Bidones Auxiliares.
Acerca del periodo de actividad sostenido que atraviesan, con fechas constantes, su llegada a Rosario y un disco que logró capturar la atención de un público reducido pero fiel, lo primero que aparece es la velocidad. La falta total de pausa. “Pasó tan así que no te das ni cuenta en dónde estás parado de repente”, dice Cande. No lo dicen con soberbia ni con agotamiento: lo dicen con esa mezcla de incredulidad y vértigo que tienen los procesos que se aceleran sin pedir permiso.
Explican que se prepararon para cada reci, uno por uno, casi sin mirar más allá del día siguiente. “Nos preparamos para cada fecha y nos va llevarlo así”, señala Cande, y la frase queda un poco torcida pero auténtica, como si fuera el eco directo del trajín. Y enseguida aparece lo otro: “Tocar tantas veces seguidas en vivo es un desafío y es un montón”. Ese “un montón” no es queja, es constatación. “A veces no te da tiempo a parar y procesar”, asegura Dacil y ahí asoma una sinceridad libre de protocolos. Crecer no les llegó como una épica de titulares triunfantes: les llegó como adaptación. Ensayos apurados, cambios de instrumentos, soluciones caseras. “No todo es ideal, entonces está bueno poder adaptarse”, completa Cande. Crecer, para Estrella, no fue expandirse: fue ajustarse.


No esquivan referirse a la coyuntura, en una Argentina donde sostener un proyecto cultural requiere varios trabajos, una entrega estresante y un futuro difícil de predecir.
“Entregarse a la banda es una manera de transformarlo, también”, piensa Mauh. Repiten varias veces la palabra ganas. “De diciembre para acá fue como: bueno, agarramos esta fecha… y vamos, vamos, vamos”, cuenta. Y después la frase que más les define: “Lo sostenemos con ganas”. Es curioso: para repasar un año desgastante, hablan con una calidez que no suena resignada, sino insistente. “En un momento no nos dimos cuenta que pasó un calendario así, que fuimos cortando el ciclo de calendario”, dicen entre risas, pero lo que se escucha por debajo es la sensación de haber atravesado algo sin poder narrarlo del todo.
Y ahí aparece la gente. “Lo que nos permitió entregarnos fue un poco la respuesta del público”, explican. La escena está difícil, la convocatoria de fin de año está durísima, pero aun así encuentran señales. “Así y todo siempre hay alguien que te motiva”, dice , y ese “alguien” que aparece en cada fecha —una cara nueva, una canción cantada, un mensaje después del show— funciona como combustible emocional. Cuentan que sienten una necesidad colectiva de encontrarse en medio del caos. “Está todo re mal, pero vamos a encontrarnos”, dice Jeju. Y agrega algo hermoso: “Los recitales son los únicos lugares donde me estoy sintiendo bien”. Lo dice casi al pasar, como si fuese una obviedad; pero ahí se condensa la dimensión comunitaria del proyecto. “Es como que te encontrás con gente piola… con una comunidad”, remata. Después, casi a coro: “Es lo único que tenemos, entonces hagamos lo que se pueda con lo que tenemos”.
Sobre la sensibilidad melancólica que atraviesa sus canciones —esa estética suave, casi nostálgica, que los separa del under porteño post pandemia, con sus etiquetas de oscuridad y ruido—, no dudan: no fue buscado. “Creo que es algo que salió naturalmente”, dice Cande. Y enseguida amplía: tener una banda, para elles, no es solo juntarse a ensayar o tocar en vivo. “Es generar una conexión real entre todos los integrantes”. Esa conexión está hecha de personalidades fuertes, muy distintas entre sí, y de músicas distintas que traen al grupo como quien trae un objeto querido. “La personalidad de cada uno y la música que escucha cada uno le aporta a lo que es Estrella”, explican. Y hacen una distinción que es clave: lo que está grabado no es necesariamente lo que sucede en vivo. “En vivo es otra experiencia, es más sensorial, más personal. Como un refugio”.
No quieren una etiqueta porque no la necesitan. “Estrella no se encasilla”, dice Dacil, “porque el día de mañana se pueden presentar composiciones que no sean lo que venimos tocando y eso igual nos va a gustar como grupo”. Hablan del sonido como una búsqueda permanente. “La idea es que suene a Estrella”. Y allí, en esa frase mínima, se condensa todo: un deseo sin forma rígida, una identidad que está en formación.

 

Escribe Lucas Canalda + Fotea Nacho Abstract

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