ROCK & ROLL SUICIDE: DUM CHICA, PRINCESA TETRABRIK Y FRESITA VENENO ENTRE LAS HORAS FELICES

Dum Chica, Princesa Tetrabrik y Fresita Veneno convierten Rosario en un pacto de fantasía: 250 personas reunidas en torno a la música como un ritual comunitario, donde el desorden se vuelve celebración y cada canción abre un resquicio hacia lo imposible. Con un minimalismo carmesí, viajes dadaístas al borde del delirio y el fulgor adolescente que enciende como chispa colectiva, la noche hace de la figuración una estrategia de supervivencia.

 

 

I

¿Qué hace memorable a una noche? No hablo de la nostalgia vulgar ni de la amnesia alcohólica que disfraza de mito lo que apenas fue exceso. Pienso en otra cosa: en ese instante que, al volverse recuerdo, se transforma en un punto de inflexión, en la evidencia de que estuvimos allí y que ese allí no se repetirá. Lo nocturno es un territorio político: el lugar donde se tejen conspiraciones, amistades y derrotas que la luz del día no sabría tolerar.
Quizás lo memorable no sea el hecho en sí, sino la trama invisible que lo sostiene: los cuerpos reunidos, la música como consigna, el rumor de una multitud que cree, por un rato, en la posibilidad de otra vida.
Se trata de horas sin hora porque, como escribió Susan Sontag, “el reloj no existe en las horas felices.”
¿Qué extraño efecto amnésico sucede en una sala para que 250 personas desconocidas olviden el mundo exterior y focalicen toda su energía, consciencia y libido en tres horas de música sin pausa? Quizás porque, como advierte la escritora de terror Shirley Jackson, “ningún organismo vivo puede continuar existiendo sanamente durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta.” Bajo la presión de lo real, saturado y extenuante, la música se convierte en un respiro, en un conjuro colectivo que suspende por unas horas la tiranía de lo cotidiano. En esa oscuridad compartida, las jerarquías se disuelven, las diferencias se apagan, y el cuerpo colectivo emerge como un organismo nuevo, vibrante, incapaz de obedecer a otra lógica que no sea la del ritmo.
Lo inesperado es desorden y el desorden quiebra la continuidad de lo seguro. Nadie entra a una sala para confirmar lo que ya sabía, sino para dejarse arrastrar por lo imprevisto, por ese instante en que una canción rompe el cauce de lo familiar y lo convierte en otra cosa. La música, en su exceso y en su repetición, desorganiza el tiempo: tres horas se vuelven tres minutos, o tres vidas; da lo mismo, porque la medida se evapora. Esa es su fuerza política: interrumpir la máquina del día, sabotear la cronología del capital.
Encontrarse para el simple acto de escuchar música nos retrae a lo más básico de nuestra humanidad, a lo comunitario, a lo tribal, a aullarle a la noche, cuando los únicos dioses posibles eran los terrenales y la urgencia era tan ajena como el mañana. Tal vez por eso recordamos ciertas noches como si fueran rituales: porque en ellas revivimos el eco antiguo de las hogueras, cuando lo que estaba en juego no era la nostalgia de lo vivido, sino la intensidad de estar vivos, juntos, en ese ahora que arde.

II

La música nunca fue solamente música. Fue, desde sus comienzos, un dispositivo de encuentro, un modo de reconocerse en los márgenes cuando la vida oficial imponía disciplina y uniformidad. Bowie lo entendió como pocos cuando escribió «Rock ’n’ Roll Suicide» a principios de los setenta, en el álbum The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars.  La canción es la puesta en escena de esa soledad inicial —el cigarrillo que se consume, metáfora del tiempo que nos devora—, transformada en grito colectivo: “You’re not alone”. Cada palabra es un signo que atraviesa la intimidad del oyente y lo proyecta hacia la comunidad.
La canción funciona como un ritual de tránsito: empieza en la alienación, con el cuerpo reducido a humo y tiempo, y crece hacia la apoteosis coral, donde la voz de Bowie se erige como un gesto mesiánico. El suicidio no es literal: es un signo de transformación. Semióticamente, indica que la caída individual puede convertirse en fuerza compartida, que la desesperanza puede reactivarse como energía ética cuando se encuentra un cuerpo colectivo que late al mismo ritmo. El crescendo orquestal y la progresión lírica funcionan como código: del aislamiento al pacto social, de la vulnerabilidad al júbilo compartido.
Hoy, esa misma canción resuena como manual de supervivencia política. Frente al avance del fascismo, los discursos anti-derechos, la hostilidad hacia las disidencias y minorías, y el hastío de lxs cuerpxs castigadxs, la voz de Bowie se vuelve un conjuro contra el aislamiento. El sistema necesita individuos quebrados, atomizados, reducidos al consumo. Bowie nos recuerda que el arte es la posibilidad de resistencia: que la comunidad se construye cuando la caída individual se transforma en fuerza compartida.
Vivimos en una época donde el individualismo feroz es el imperativo contemporáneo. Todo se mide en términos de rendimiento, eficiencia y consumo; el yo se reduce a moneda de cambio, aislado y competitivo. La soledad no es circunstancial: es norma, un mandato. Bowie, en su simbología, nos recuerda que escuchar y reconocerse en lxs otrxs es un acto ético. Cada acorde, cada palabra, cada silencio de la canción es un gesto de rescate: el suicidio simbólico se invierte, y la caída se convierte en punto de partida para la solidaridad.
Aquí, en un Refi cargado de música y cuerpos que laten, hay 250 personas que no se arrodillan ante el desánimo, la violencia y la chatura consumista. Cada aplauso, cada gesto compartido, cada voz que canta es un acto ético, un rechazo silencioso al imperio del yo solitario. Lo que se forma es un corazón colectivo: no una multitud indiferenciada, sino una red de afectos que se reenergiza en la acción común. Bowie ya lo había señalado: el arte y la música no salvan en abstracto, salvan en la comunión.
En este contexto, la canción se vuelve casi un ritual anti-individualista. Ziggy muere para que otros puedan reconocerse y afirmarse; el sacrificio del artista es la prueba de que la existencia tiene sentido cuando se comparte, cuando la creación se multiplica, cuando la ética no es abstracta sino vivida en comunidad. La resistencia cultural frente al mundo que oprime se vuelve un acto de júbilo, un canto a la continuidad del ser en colectivo.
La música es más que espectáculo: es un ritual travestido de re-energización social, un pacto entre disidentes que se reconocen vulnerables y, justamente por eso, poderosas cuando se encuentran.
Volviendo a la canción de Bowie, en el borde del suicidio teatral y fantástico, lo que se revela es la promesa de seguir: hacer-ser en comunidad, multiplicar el acto de la creación y el deseo.
El gesto final de «Rock ’n’ Roll Suicide» no es la muerte, sino el renacer colectivo. Y en tiempos donde la intolerancia pretende aplastarlo todo, escuchar ese grito —“No estás  solx”— es tanto un recordatorio como un llamado: no estamos solxs, porque decidimos no estarlo.

III

¿Por qué pienso en Bowie justo en esta noche que tocan Dum Chica, Princesa Tetrabrik y Fresita Veneno? En primer lugar porque Juana tiene un platinado que me recuerda al David de Station To Station, cuando la década del setenta ya se había puesto espesa para la psiquis del músico británico. Pero hay otra razón más puntual: Bowie eligió la fantasía como la única constante de su carrera. Al hacerlo, nos dejó la inquebrantable lección de que lo musical no es solo estética, es autopreservación, es un pacto colectivo contra la “realidad absoluta”.
Adentro, la música; afuera, el horror mileísta.
Adentro, la comunidad; afuera, el mandato de la individualidad.
Adentro, el deseo compartido de inventar otra vida; afuera, el cinismo de quienes quieren reducir la existencia a mercancía.
La música no es únicamente música.
Un recital no es sólo un recital.
La fantasía no es únicamente escapismo.
La fantasía puede ser tu mejor amiga.
La fantasía del nuevo stone catalizado por Dum Chica.
El viaje dadaísta de Princesa Tetrabrik, como una pandilla druga, en viaje vertiginoso hacia el próximo choque poético.
Juana, Lucy, Cata, Mery, Zadu y Lush: la mecha de la historias que habrán de venir, mientras sus figuras se reflejan en la mirada de decenas de adolescentes por toda la sala.
Cassin flasheando Reina de Naboo por una noche, desde Refinería hacia las galaxias muy muy lejanas.
Chicos fantaseando con vestir la ropa de sus ídolas músicas. Detalles de satén que dispersan reflexiones difusas por toda la sala, entre rugosidad y elegancia. La locura de activar tu propia productora independiente y lograr una sala repleta, luego de romperte el lomo laburando, aprendiendo de los errores, apostando, esperando lo mejor.
Y en medio de todo eso, la certeza de que lo que sucede acá no puede repetirse: ni la luz azul filtrada desde el escenario, ni el humo denso del porro que suaviza los contornos, ni el murmullo eléctrico de quienes se reconocen parte de algo que excede a las canciones. Como en los viejos relatos mitológicos, la reunión se vuelve irrepetible porque depende del azar y de la entrega de todos los que están presentes.
Lo que vibra en la sala no es solo música: es la afirmación de que, aun en un país fatigado por crisis cíclicas, odio reinante y promesas incumplidas, se puede levantar un templo precario donde la fantasía es combustible y el desorden es celebración. La noche se transforma entonces en un manifiesto colectivo: bailar, gritar, gustar, cantar juntxs no como evasión, sino como la manera más antigua y más radical de decir que seguimos vivxs.

 

IV

Fresita Veneno abre la noche  ante una sala ya concurrida, señal que la manija acompaña de manera completa.
Zadu (batería), Paya (voz), Cata (sinte, voz) y Nachu (bajo) tocan ocho canciones. Su lado más seguro aparece cuando hacen «Siempre está», el sencillo publicado en junio. La canción tiene una intro de sinte ganchera que la gente reconoce, por lo que resuenan alaridos al aire, lo que se siente como un abrazo para la banda.
Los tonos vocales son un arrullo espinoso mientras el sintetizador lo envuelve todo hasta que cede el paso a la batería, densa, casi pesada, dividiendo la canción en dos partes. Si algo la sostiene es ese preciso tono de confesión solitaria, como alguien que usa la claustrofobia como una cámara de eco seguro para vomitar todo temor y dolor.
En «Siempre está» late la sensación de una generación que creció entre lo precario y lo repetido. La letra parece escrita en un cuarto sin ventanas, con la tele encendida de fondo repitiendo viejas novelas, como si la cultura popular no ofreciera más que un loop de lugares comunes gastados. El inventario de escenas —rodillas raspadas, muñecos de trapo, figuritas repetidas en cajones extraños— habla de una infancia atravesada por la erosión, donde los recuerdos son objetos rotos antes de ser recuerdos.
El estribillo, ese “Siempre está” que se repite como un golpe seco, funciona como un signo abierto: lo que siempre vuelve puede ser la violencia, la frustración, la rabia acumulada. Pero también puede ser la memoria colectiva que se niega a extinguirse. En esa ambigüedad se juega su fuerza: el “algo” que persiste es al mismo tiempo amenaza y refugio.
En la canción los rostros que caen solos y los escombros que vuelan remiten tanto a un derrumbe personal como a un paisaje urbano en crisis, un eco de la Argentina del presente donde la precariedad es la norma.
Fugazi alguna vez cantó: “Cuando la necesidad es necesaria, todo lo demás debe esperar”. Esa urgencia —ese estado de alerta permanente— resuena en la atmósfera de «Siempre está». Como si la vida estuviera siempre en llamas y la única salida fuese registrar el derrumbe en tiempo real.
«Siempre está» no busca consuelo, más bien señala el malestar como una constante generacional: la conciencia de que el tiempo se acelera, que el sol quema más cada año y que lo que escribimos se deteriora antes de tomar forma. Es una canción que, en lugar de embellecer la ruina, la abraza como estética y como verdad.

Princesa Tetrabrik se desmarca de su tiempo al destilar lecciones de Lady Gaga, Iggy Pop, Luca Prodan y Lucy Patané para encender algo súbitamente potente: brillo, rabia, confusión sexual, shock subcultural y un sentido de lo chillón y lo sórdido atravesado por un humor cómplice. A todo eso le suman una dosis cruda de frenesí rockero que raspa los huesos, emanado directo del corazón de la oscuridad juvenil.
Princesa domina su narrativa de lo impredecible con la suficiente vehemencia para convertir al oyente en un espectador activo que no sale ileso. Cuando versionan «Criminal Mambo», Mery regurgita el recitado italiano directamente desde sus entrañas, sobre el verde del escenario, como si abriera un portal hacia un imaginario propio.
Por sobre todas las cosas, estas seis criaturas cargan con cientos de miles de horas de melomanía, tanto en lo individual como en lo grupal. Princesa es, ante todo, una banda de amantes de la música: no condensan referencias, sino que cristalizan la inspiración en un universo propio que apenas comienza a asomar. La fortuna es nuestra: asistir a cada uno de sus pasos es como presenciar la escritura en vivo de una mitología que se está inventando a sí misma, con sudor, ruido y un fulgor que no se puede domesticar.
Esa mitología se alimenta también de la intensidad con la que se entregan al escenario, un lugar que no funciona como plataforma sino como laboratorio. Cada show es una prueba de resistencia: cuerpos al límite, sonidos que se desbordan, un pacto tácito con el público que exige sudar, gritar y dejarse arrastrar por la energía.
Al mismo tiempo, hay en ellxs una conciencia aguda de pertenecer a una tradición disidente, a una genealogía de artistas que usaron el exceso y la incomodidad como armas. Princesa recoge esa herencia y la devuelve amplificada, atravesada por su propio tiempo, con una insolencia que es a la vez política y estética. Por eso no se limitan a tocar canciones: levantan un territorio simbólico donde el caos se vuelve lenguaje y la juventud, lejos de ser nostalgia, se afirma como potencia en presente.
Más allá de la versión de «Criminal Mambo», la influencia de Patricio Rey se manifiesta en cómo utilizan el mito como herramienta para un universo expansivo y meta performático. La banda cierra con una perfo donde un rey Ja-momo —cabezón, grandilocuente, desorbitado— es linchado lúdicamente, entre telas y pistolas de agua cargadas con vino, rodeado de muecas y risas de locura, hasta que finalmente cae al piso y alguien salta sobre su cabeza para aplastarla. El escenario tiembla y la cabeza estalla.
La puesta en escena, con las caras pintadas y las carcajadas corales, refuerza la idea de destino inevitable que le aguarda, tarde o temprano, a cualquier dictador o bufón con ínfulas de líder iluminado.
Es una tragedia griega ad hoc, solarística y hastiada. El cadáver del momo Javo, cabe aclarar, es arrastrado fuera del escenario, decapitado, sangrante, listo para ser colgado de sus pies en la plaza central.
La sensación que queda flotando en la sala es que la banda sublima el hastío de las calles, el hartazgo de lxs cuerpxs que sostienen tres laburos para apenas sobrevivir, el aturdimiento de las minorías perseguidas físicamente y abusadas verbalmente por no encajar en el plan maestro de las fuerzas del cielo y los argentinos de bien. Es una manera de golpear, entre poesía y simbolismo, que elige a la fantasía como medio.
En ese gesto final, Princesa Tetrabrik se revela no solo como banda sino como colectivo que condensa la rabia de su generación y la transforma en rito compartido. No buscan adornar la herida: la exhiben, la teatralizan, la vuelven himno. Y en esa operación se abre un espacio donde el dolor se vuelve energía común, donde la juventud no es simple tránsito, sino motor de insurrección estética y vital. Como dijo un punk vieja escuela luego del recital: “gracias por estar tan enojadas como yo. Las quiero”.

V

«Desconocido» abre la noche de Dum Chica, entre alaridos apabullantes. La banda sale a escena frente a la fecha más convocante de su historial en Rosemary. Sin tomar atajos facilistas, cada una de las visitas de Dum Chica a nuestra ciudad cuenta para que la expectativa siempre esté encendida.
El sencillo comienza sin rodeos: un bajo distorsionado, saturado y frontal se adueña del espacio sonoro desde el primer segundo. Juana comanda toda la sala. Su bajo no cumple solo la función de sostener la armonía, sino que se convierte en la columna vertebral de la canción. La batería de la recién llegada Carola Zelaschi entra seca, sin adornos, con un pulso constante y mecánico que intensifica la sensación de urgencia.  Lucy, en un registro casi monolítico, concentra toda la atención en las palabras. Vistiendo integramente de negro, parca, sostiene un personaje inicial monocorde como la canción.
«Desconocido» es un mantra minimalista opresivo. Textura áspera y riffs. Todo es justo y preciso. Control total. No sobra nada. No quieren nada. No necesitan nada. La batería sostiene el pulso con precisión maquinal. Su insistencia rítmica es pistera, ideal para un club infernal fundado hace cincuenta años por Alan Vega y Martin Rev.
Abajo del escenario, lo primero que me golpea es la quietud. No es silencio, porque el bajo ya está marcando territorio, sino un recogimiento extraño que se encarna en Lucy. Se queda ensimismada, como si escuchara algo que solo ella pudiera oír, y de pronto lo rompe todo con una patada al aire. Gira sobre sí misma como un bólido jaggeriano, eléctrico y felino, siempre en control aunque el público se desarme, como si ese gesto fuera una ofrenda derramada a sus pies. Yo también pierdo equilibrio; me aferro a la visión de esa patada como a un presagio, porque la presión de la gente completamente sacada corre las vallas y la zona franca entre escenario y público se vuelve efímera.
La gravedad la pone Juana. Cada nota convierte a Refi en un vórtice de reverb, un espacio líquido y denso donde todo se hunde y se multiplica. El cuerpo de Lucy marca el tiempo mientras el minimalismo se vuelve expansión. Y mientras eso sucede, Carola se desliza en perfecta sintonía con sus compañeras: juntas dibujan la geometría de una triada recién inaugurada que promete más de lo que todavía sabemos imaginar. No están al ciento por ciento todavía, pero eso va a llegar con cada fecha, con cada ensayo, con cada guiño cómplice que esté por venir.
Juana es ama y señora, autoridad absoluta. Entre canciones prende un cigarrillo sobre el escenario y deja caer el encendedor al piso sin siquiera mirarlo. Cae entre sus botas y jamás lo pisa. Durante el clímax de «Such a Witch», asegura su postura y comienza a girar en contorsiones sobre sus pies, con el torso moviéndose hacia arriba y hacia abajo, cayendo de lado mientras doblega las cuatro cuerdas. Las luces se reflejan tanto en su trench como en sus cuernos de vinilo, irradiando un rojo corrompido que se derrama a su alrededor.
Negro y rojo son los colores de un dress code no exigido, pero omnipresente en la puesta en escena. El negro lo cubre todo. El rojo corta. No el negro de moda, sino el negro pegajoso, mojado de sudor, que brilla bajo las luces como una piel viva. Ese negro transpira, late, respira con ellas. Es el marco de un ritual donde sensualidad y contención se mezclan, donde lo mínimo estalla en exceso y el público se entrega sin remedio.
Ya sobre la recta final, cuando el trío ataca con «Sangre Buena», Refi se transforma en una catedral de la reverberación, con luces que gradualmente se vuelven carmesí (luego de una sugerencia desde el micrófono por parte de Lucy). El instante es postal, con los ingredientes en el tono justo: iluminación, sonido, público acalorado y la banda desatada. A contramano de la velocidad hiperquinética, ahora el tono es envolvente y tan enorme como Súper Premium Ultra.
«Sangre Buena» se sitúa en una bien estudiada intersección del post-punk, el dance-punk y el rock minimalista. Acá aparecen clásicos neoyorquinos como The Velvet Underground o ESG, donde la urgencia y la simplicidad se convierten en elementos centrales de la expresión musical. Con Juana reverberando la sala completa, Carola sosteniendo, y Lucy recta y firme, todo se vuelve una fantasía brutalista: fuerza, presencia y monumentalidad, generando un impacto visual y emocional inmediato.
La tensión emocional de la canción llega para dar cuenta de cómo la banda entiende su show. Con «Sangre Buena» logran que la intensidad se vuelva atmosférica y estática, generando un matiz de contraste respecto al movimiento, pero sin perder fuerza. Simple pero potente, cruda pero rítmica, introspectiva pero bailable: la canción alcanza un equilibrio entre energía y contención, haciendo que la música y la interpretación vocal trabajen de manera conjunta para abrir otro nivel en su show.
Lucy y Juana conocen el paño y guardan muchos recursos en su bolsa de trucos. Saben que los matices contrastantes logran una estrategia que permite capturar la atención y profundizar la experiencia del público. Alternar intensidad y quietud, velocidad y pausa, insinuación y advertencia, crudeza y delicadeza, convierte cada momento en un territorio imprevisible donde la música puede sorprender y atrapar. Los contrastes crean respiraderos para que la energía se acumule y se libere, estableciendo un diálogo constante entre la banda y la audiencia. Así, cada tema deja de ser un fragmento aislado para transformarse en un flujo continuo de emociones y sensaciones, donde la tensión, la sorpresa y el alivio se entrelazan.
Suenan «Terremoto», «El Hit», «Figuritas» y otras canciones. En el arrastre circular de la gente se pierden y se encuentran celulares, lo que redunda en un momento de comicidad. Hay gritos de aguante, por más canciones, por un after, declaraciones de devoción y más.
Su música es simultáneamente sencilla y compleja: la economía instrumental no significa pobreza, sino concentración. Cada elemento ocupa un lugar exacto, cada silencio es parte de la intensidad. Esa precisión minimalista permite que lo explosivo surja con violencia cuando menos lo esperás, y que lo sutil se vuelva insoportable de tanta carga.
El sonido es orgánico, vertiginoso y directo al sistema nervioso de un presente pasado por IA, donde todo ha sido explicado, deconstruido, desarmado, etiquetado y lubricado de manera concienzuda, pero ya nada es experimentado en primera persona. Por eso sucede que cada fecha de Dum Chica multiplica su público: quien llega por primera vez, vuelve, en el medio alimentando el boca a boca. Se vuelve a lo básico: el vivo como magnetismo.

VI

Al final, lo que queda no es únicamente júbilo, sino la sensación de haber participado en una ceremonia donde lo ordinario se disuelve y lo posible se expande. La música, como en los antiguos rituales, se convierte en portal: un espacio donde la fantasía es tangible, donde los dioses son terrenales y la noche acepta todos los excesos de la imaginación.
Salir de Refi es despertar de un hechizo, pero la memoria de esa suspensión permanece: un brillo fugaz que se instala en la conciencia y nos recuerda que la vida puede ser otra cosa si nos permitimos entregarnos. Bowie, Dum Chica, Princesa Tetrabrik o Fresita Veneno nos muestran que la música transforma, eleva y conecta. Y así, la noche se vuelve un pacto silencioso, un manifiesto colectivo de existencia y resistencia, donde lo imposible no solo se imagina, sino que se habita, aunque sea por unas horas.

 

Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard

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