A tres décadas de sus primeras canciones, Nekro sigue construyendo una poética donde amor, memoria, hardcore melódico, nostalgia y resistencia colectiva funcionan como formas posibles de supervivencia frente a la lógica del mundo exterior. Crónica desde Jaguar Haüs.
Una línea de bajo suena profunda pero dinámica. La cuerda vuelve una y otra vez al mismo lugar. Se sostiene hasta que la sala estalla de fervor. La canción tiene algo más de veinticinco años. Habla de promesas probables. De destinos enlazados. De miedos. De decisiones conjuntas.
“Será diferente”, dice.
Aparece la carga de un pasado invisible. No se explica qué ocurrió antes, pero se siente: hubo decepciones, promesas incumplidas o una relación signada por dificultades. “Será diferente” funciona como una bisagra entre el daño y la esperanza. La palabra “diferente” es ambigua: no promete felicidad absoluta, pero sí un cambio. Y esa ambigüedad hace que el verso resulte humano.
“Por favor que sea promesa”, dice después, desatando una vulnerabilidad a flor de piel. La voz deja de narrar y suplica. Necesita creer. La palabra “promesa” adquiere un peso enorme porque aparece ligada a la confianza, algo que parece haber sido herido antes. Además, el poema no dice “que sea verdad”, sino “que sea promesa”, como si incluso la posibilidad de prometer sinceramente ya fuese valiosa.
El estribillo es sencillo: apenas siete palabras en repetición épica. Pop crucial para que cada alma presente conecte cruzando un puente propio; cada quien sabrá cómo se interpela, cómo siente, en qué piensa, a qué lugar vuelve.
Suenan una seguidilla de, quizás, treinta canciones. Apenas si hay espacio entre una y otra. El cúmulo se desdibuja rápidamente entre velocidad, épocas, proyectos, estéticas, referencias, guiños y reminiscencias. Las del artista responsable, pero también las del público oyente, que tiene cada uno de los temas incorporados dentro de su propio sistema sensible.
Pubertad, adolescencia, juventud, adultez y ¿madurez? colisionan en mil pedazos interiores. Porque lo que suena pertenece al presente, al ayer, al mañana; a toda una vida: la propia, la compartida, la colectiva, la que se atomiza por adentro y la que estalla ahora en gritos, saltos, transpiración, empujones, stage diving y abrazos desaforados con la gente que aparece girando en el slam, con toda la mirada desenfocada por la adrenalina vertiginosa que se inyecta desde los sentidos.
El desenfoque no dura mucho porque la velocidad es inmediata: arriba del escenario y adentro, en el organismo.
La adrenalina por el placer es una respuesta neuroquímica intensa donde el cerebro libera epinefrina ante situaciones de alto estímulo, peligro o emoción, generando euforia, energía y una sensación placentera. Esta respuesta actúa como un motor de alerta que mejora el enfoque y la intensidad, convirtiéndose muchas veces en una experiencia adictiva.
¿Son adictivas las canciones? Sin duda.
Las de tres minutos. Las de dos minutos. Las de cuarenta segundos.
¿Cómo puede reformularse el modo de alerta cotidiano, propio de un mundo explotado de dolor, en apenas unos segundos, siendo esa alarma ahora una baliza del goce catártico? ¿Por qué las canciones son dolor, placer, resignificación, resurrección, salvación, horizonte y amor, todo junto, en pocos segundos y con mil posibilidades abiertas?
La música trabaja así: desordena el tiempo. Lo vuelve corporal. Hace convivir versiones incompatibles de una misma vida. Esa misma vida que compartimos, desde el aula hasta el bar, con Carlos Damián Rodríguez. Desde Fun People hasta Boom Boom Kid. Desde el cassette hasta el CD; del mp3 al simple de vinilo. Y no tanto hacia las plataformas de streaming porque, afortunadamente, hay muchísima vida afuera de ese caldo de cultivo que hegemoniza la escucha, la estética y los modos de vida.
Las canciones que te brotan desde el alma no son consumo cultural: son la sublimación de todo aquello que la realidad no consiguió aplastar.
La música de Nekro siempre estuvo por afuera. Sus lanzamientos son algo más que caramelos de propóleo: son pequeñas grageas sobre cómo pararse ante el sistema. Canciones que no solamente acompañan una vida, sino que proponen maneras de atravesarla.
Sus temas forman archipiélagos políticos donde infancia, adolescencia, militancia, erotismo, amor, antiespecismo, racismo, sexismo, dolor, fantasía y disfrute se conjugan en un mismo territorio sensible, diciendo —una y otra vez— que existen otras formas posibles, alumbrando otros caminos en medio de la normalización de la crueldad.
Porque escapar o romper con la hegemonía cultural dominante no se logra simplemente por fuerza física, sino a través de una lucha política, intelectual y cultural constante. Y ahí aparecen las canciones: no como mercancía ni entretenimiento vacío, sino como herramientas afectivas para reorganizar la percepción del mundo.
Las canciones como herramientas.
El júbilo como resistencia.
Lo colectivo como fuerza.
Suenan «A mi manera», «Perfume de vos», «Si pudiera», «FMI», «She runaway», «Julio», «Pei pe koa», «Masticar» y «Vientos», entre otras.
Lo íntimo es político. Tan necesario como urgente. Se trata de páginas de una historia pasada que, cuando una las piensa, parecen propias de estos días, como si el amor fuera una de las pocas cosas capaces de resistir y sobrevivir a las múltiples formas del sistema: las prisiones visibles e invisibles, la alienación, la depresión, el aislamiento programado.

¿Qué dice Nekro a mil por hora? Dice que la historia es cíclica. Que los mecanismos cambian de forma pero no de intención. Que el mundo insiste, constantemente, en endurecerlo todo. Pero también dice que la ternura sigue siendo una trinchera inexpugnable, aun cuando desde todos lados —en una cadena interminable, 24×7— te repitan que no, que sentir demasiado es una debilidad, que el cinismo protege más que el afecto.
¿Y qué propone? Escaparse. De varias maneras.
No es un hedonista. Tampoco un solipsista. Hay algo profundamente tangible en su mirada del mundo: el romanticismo, la curiosidad, el deseo de permanecer sensible sin quedar completamente destruido en el intento.
¿Todxs tienen que ser como él? Claro que no. Ahí está la sutileza más potente del mensaje: no señalar un camino único, sino insinuar la posibilidad de mirar el mundo desde otras perspectivas. Salirse de la norma. Escaparse de los binarismos. Atreverse a acariciar los relieves que todavía ofrece la vida.
Una vez le preguntaron a Alberto Laiseca para qué sirve el arte. La respuesta fue simple: “Sirve para que funcione todo lo otro, sencillamente”.
Lo mismo podría plantear Nekro.
Especialmente cuando es domingo a la noche y la temperatura baja cada vez más a medida que la medianoche se acerca. Mañana habrá que trabajar o estudiar. Quizás las dos cosas. Volver a la rutina. A las obligaciones. A las horas partidas por relojes, transportes, pantallas, cansancio.
Y sin embargo, acá adentro, todavía circula un júbilo extraño que hace que todo valga la pena. Aunque sea por un rato más. Aunque dure lo mismo que una canción de dos minutos. Aunque mañana vuelva el mundo con todo su peso encima.
Porque pasan los años.
Pasan los amores.
Pesan los años.
Pesan los amores.
Suenan las canciones.
Quedan las canciones.
Porque sobreviven. Porque vuelven cuando nadie las llama. Porque pueden doler, iluminar o salvar con apenas unos segundos de aparición repentina en medio de cualquier noche.
Las canciones son amores.
Porque no se trata de las canciones que escuchamos desde hace treinta años, desde Fun People, Boom Boom Kid o Il Carlo. Tampoco importa si lo llamás Nekro o Carlitos. Toda esta cantera de canciones que llevamos adentro es algo más que cualquier zona de confort.
Así como nadie entra al mismo río dos veces, en sus gigs las canciones de Nekro nunca jamás son iguales. No tiene tanto que ver con la velocidad, sino con el constante ejercicio dadaísta de hacer de las letras —y de lo semántico en general— una entidad viva, donde la plasticidad se conjuga con la oralidad y la musicalidad.
Ninguna letra es igual porque se canta en inglés, en castellano o en italiano, sin responder necesariamente a lo plasmado en una grabación.
Sí, Nekro es un Endless Kinder. Lo acepta. Por eso te dice adiós: no quiere ser parte de tu mundo cruel que se apaga con los años.
Nekro juega a muchas cosas; hasta se vuelve situacionista. Por eso escapa del mero espectáculo. Por eso evita la repetición aturdidora de los sentidos. Se divierte promoviendo la ruptura de la inercia de lo seguro, siempre manteniendo intacto el espíritu original.
Las letras cambian.
Los ganchos cambian.
Los interrogantes quedan.
Nekro construye desde una sensibilidad profundamente afectiva, vulnerable y musical. Es una voz que parece escribir desde la necesidad de preservar algo frente al desgaste del mundo: un amor, una amistad, un recuerdo, una forma de ternura o incluso una identidad emocional. En sus canciones aparece una conciencia del dolor, de la pérdida o de la hostilidad, pero nunca desde una mirada completamente derrotada. Por el contrario, insiste en encontrar refugios posibles.

Uno de los rasgos más fuertes de su obra, a través de los años, es la manera en que transforma lo cotidiano en materia poética. El perfume de una persona en un pullover, una llamada telefónica, una tarde de invierno, un abrazo o una canción adquieren una intensidad afectiva enorme. No necesita apoyarse en imágenes complejas ni en metáforas excesivamente elaboradas; su potencia surge justamente de la cercanía emocional y de la sencillez de las escenas.
En sus canciones también hay una fuerte presencia de la nostalgia. El tiempo aparece fragmentado, siempre mirando hacia atrás: “los viejos días”, “otra vez”, “el lugar de siempre”, “hace un año”. Lxs protagonistas viven atravesados por recuerdos y vínculos que ya no existen de la misma manera. Sin embargo, la memoria no aparece solamente como tristeza, sino también como una forma de permanencia afectiva. Incluso cuando hay distancia, desaparición, cárcel, muerte o separación, el recuerdo mantiene vivos a los otros a través del aroma, las canciones o los hábitos compartidos.
Cuando surge la violencia —como en la referencia a “la cana” o a “los vientos de odio”— no se desarrolla desde el discurso ideológico directo, sino desde las consecuencias emocionales que produce sobre los cuerpos y los vínculos. El conflicto social entra a la poesía a través de la pérdida y del afecto.
Su obra sostiene una fe persistente en el amor como forma de resistencia. “El amor es ese escudo contra maldad” resume gran parte del universo poético que construyen sus temas. El amor no aparece idealizado ni perfecto: está atravesado por ausencias, errores, distancias y heridas. Pero aun así conserva una potencia protectora. Hay una necesidad constante de cuidar y de ser cuidado.
Desde principios de los noventa, Nekro construye una poética del refugio. Es una voz que escribe desde la herida, pero también desde la esperanza obstinada de que todavía es posible abrazar, volver o permanecer.
La musicalidad que puebla su repertorio tiene su principal basamento en el hardcore punk melódico y el punk rock. Sin embargo, desde el inicio de Fun People quedó claro que la música es libertad. Evitando dogmas y uniformes, se abrió espacio al emocore, pop punk, reggae y ska, y hasta a un folk astillado.
Más tarde, los años de Boom Boom Kid ampliaron aún más el abanico sonoro: lo-fi, rockabilly, surf, anti-folk, grindcore, bolero, candombe, pop psicodélico, power pop y hasta la canzonetta.
Esta noche, al igual que durante toda su carrera, puede afirmarse que hablamos de algo más que una propuesta punk: un universo musical propio dentro del under argentino.
Nekro entiende que la música son músicas.
Abraza al camp como un juego.
Hace de la inocencia un método.
Por eso aborda los instrumentos con desparpajo, de manera frenética. La guitarra le dura apenas tres minutos colgada. El xilofón lo espera, siempre, a sus espaldas, para giros frenéticos que terminan en escalas de color. El cencerro aparece, algo castigado. Las maracas, ya una postal clásica, contagian.
Corre, canta y salta como un saltimbanqui poseído. Los colores fluorescentes de su atuendo podrían generar una estela borroneada de tanta velocidad, pero no: sólo queda imaginarla. Bajo su sombrero, una peluca con la cabellera de algún eslabón perdido de la evolución humana.
Entre movimientos circulares sobre el escenario, cantando, recibiendo abrazos y besos del público que sube para bailar, gritar y zambullirse otra vez entre la gente, la figura de Nekro transmuta en algo más: un cuerpo performático; una criatura escénica que es tanto niño como hombre, tanto músico como gimnasta ad hoc.
Hay algo carnavalesco y, a la vez, ritual en la composición visual: el gorro peludo con una pequeña máscara animal, las rastas largas, la textura desprolija del pelo, el micrófono pegado a la boca, la luz verde atravesando la escena. Todo empuja hacia una identidad híbrida, inestable, deliberadamente fuera de norma. Misión cumplida.
El accesorio animal sobre la cabeza funciona casi como un tótem absurdo: mezcla ternura, monstruosidad y humor. Es importante porque rompe cualquier posibilidad de lectura “seria” o heroica. El personaje no quiere ser un ícono limpio; quiere ser un animal más. Se vuelve primitivo.
Las rastas remiten a algo orgánico, tribal o nómade, mientras que la iluminación verde lo empuja hacia una atmósfera artificial. Esa tensión entre naturaleza y artificio genera profundidad visual. Es como si convivieran un chamán y una criatura feliz de no tener clasificación.
La escena está construida desde la acumulación de texturas. Hay lana, pelo, tela, rastas, sombras, sudor, luces saturadas. El cuerpo parece expandirse más allá de sí mismo mediante materiales. No vemos solamente una cara cantando: vemos una silueta deformada por objetos y capas. La sensación es la identidad como collage.
El gesto de cantar con los ojos semicerrados y la boca tan cerca del micrófono nos introduce en la intimidad. Pero aparecen una mata de pelos reales y artificiales; el rostro transpirado; una máscara y otra más. El movimiento no se detiene. La imagen se desdibuja. Máscaras sobre máscaras. El personaje parece esconderse detrás del disfraz para poder exponerse emocionalmente. Eso ocurre mucho en ciertas escenas musicales: la máscara no tapa, sino que habilita.
“Never know it’s obvio/Never know it’s obvio/Never know it’s obvio/Never know it’s obvio/Never know it’s obvio”. La garganta va pelando capas con cada repetición.
“Why are you talking about me?/ Why are you talking about me?/ Why are you talking about me?/Why are you talking about me?”. Uno no sabe si abrazarlo, mirarlo o seguirlo. Hay quienes saltan sobre el escenario para abrazarlo. La mayoría lo mira desde su lugar. Otra parte lo sigue, acompañando la purga catártica con gritos.
Chicos, chicas, chiques toman el control del escenario. Bailan gogó por segundos, con sonrisas plenas. Poguean, gritan, deforman la letra a su modo se la apropian y la resignifican. Luego vuelan.
Este recital no intenta sonar o verse bien: intenta volverse irrepetible.
Texto por Lucas Canalda – Fotos por Seba Radio
