CUERPO, DERIVA & FLASHES: EL ESPIRITU FRENETICO DE LA NOCHE Y VANYARA EN VIVO

El Espíritu Frenético de la Noche presentó Squenun, su primer disco de estudio, en El Aserradero, junto a Vanyara como invitadas especiales.
La noche se sostiene en una misma intensidad: cuerpos, luces y sonido desbordando al lugar. Entre flashes, sudor y movimiento, el público se mezcla con las bandas en una coreografía inestable, hecha de gestos, fragmentos y pertenencias que no terminan de fijarse. En ese cruce, lo musical se vuelve cuerpo y la escena, una forma de comunidad que se arma y se desarma en tiempo real.

 

Es viernes por la noche. La jornada está marcada por la cita mundialista de la selección argentina, que se enfrenta a Cabo Verde.
El triunfo se hace esperar. Infartante, dice en Twitter.
Cuando llega el tercer gol, un vecino asoma por la ventana de un octavo piso, cruzando la calle. Asoma la mitad de su cuerpo, en remera, gritando por minutos, expuesto a una temperatura polar. No parece importarle demasiado. Grita electrizado, con el grito triunfal atravesando todo su cuerpo; como imantado por algo inexplicable.
En todo, el cuerpo. Expuesto. Electrizado. Imantado.
En camino al Aserrado, donde tocan Vanyara y El frenético espíritu de la noche (EEFDLN), las calles están inundadas de bocinazos, con cientos de autos que van de un destino a otro, activados luego del partido. De los autos también asoman cuerpos festejando, gritando, alentando.
Por la calle, algunos grupos de personas enfundadas en camisetas, celebran. Cuatro jóvenes, cerveza en mano, van a los gritos. Uno abraza a su amigo, pero mejor aún, le da una serie de palmadas en la espalda, resonantes, aun cuando tiene abrigo grueso. El cuerpo como instrumento percusivo, pero también como instrumento afectivo: acaso un gesto espontáneo de male bonding.
El cuerpo está en todo. En la alegría. En el festejo. En el frío gélido que, a cada hora que pasa, baja un poco más.
Hay cosas que el cuerpo sabe antes que nosotros. Lo sabe cuando repite la coreografía mínima de los días —hacer café, caminar las mismas cuadras, saludar con una inclinación de cabeza, encender un cigarrillo, acomodar un cable sobre el escenario— y también cuando esa rutina, sin previo aviso, se interrumpe por lo inesperado. Basta un gol, un abrazo largo entre amistades, una mano que encuentra otra en medio del ruido o una mirada compartida al borde del escenario para que el cuerpo abandone por un instante la lógica de la costumbre y se entregue a lo impensado.
El cuerpo está.

En El Aserradero, los trabajadores esperan frente a una pantalla enorme. También las bandas, algo dispersas.
El motivo de la noche es la presentación de Squenun, primer disco de estudio de EEFDLN.
Esas canciones fueron compuestas entre 2024 y 2025, y grabadas a principios del corriente, en estudio Oz, por Lucas Lorenzo. El estreno oficial promete sorpresas y material nuevo que ya empieza a asomar.
El público lentamente llega. El ánimo mundialista es casi unánime.
Vanyara abre la noche con su versión de «No love lost» de Joy Division. Pronto deja atrás las versiones para encarar sus canciones propias, que representan la mitad de su lista. Ya tienen cinco y están grabando.
Ante todo, Vanyara (Anto en voz y teclado, Oli en guitarra, Agus en bajo, Male en batería) exuda seguridad y decisión. Tomaron una pizca de cada una de las bandas que catalizan su deseo por ser músicas para fundirlo en el caldero donde maceran su propia impronta.
El cuarteto genera un desborde performático mientras logra una firmeza musical impecable. A diferencia de otras tantas bandas de tintes post-punk que surgieron luego de Buenos Vampiros, en Vanyara la performance y la fantasía se alimentan mutuamente hasta desdibujar los límites. Lo lúdico no funciona como evasión, sino como un gesto de ruptura: durante una canción, lo imposible encuentra un cuerpo, un escenario y un tiempo donde existir.
Desde sus primeras apariciones públicas, lo más estimulante del cuarteto es su ímpetu por dominar la fantasía lúdica mediante un asalto musical mordaz, que es tanto político como estético. Tienen una postura clara, pero no caen en la proclama panfletaria: se atreven al hechizo, como buenas banshees, y formulan desde la conexión, no desde la literalidad.
Anto nunca ocupa el escenario como un centro estable. Lo invade, lo abandona, vuelve a entrar a los saltos. Se agacha, se arquea, deja que la fantasía la cubra por completo. Es un cuerpo atravesado por el volumen que lidera al público hacia el mismo destino.
La puesta lumínica de El Aserradero es modesta. No obstante, los estrobos funcionan muy bien en ese escenario esquinero y parecen saberlo, puesto que disparan a discreción.
Las luces estroboscópicas no iluminan: interrumpen. Cortan la percepción en fragmentos nerviosos, como si la realidad se deshiciera en cuadros sueltos que el ojo ya no alcanza a unir del todo. Todo se vuelve un tartamudeo visual, una máquina de pulsos que desarma la continuidad del tiempo y lo convierte en golpes. El cuerpo empieza a responder antes de entender: los músculos siguen el ritmo, el equilibrio se desacomoda, la cabeza entra en una especie de mareo dulce y agresivo. No hay contemplación posible, solo reacción. La luz acelera los sentidos hasta un punto donde mirar ya es tocar, y el espacio se vuelve una vibración que atraviesa la piel más que los ojos.
La identidad se dibuja detrás del movimiento de Vanyara. Una ilusión de los sentidos, una alucinación o una sucesión rápida de imágenes y visiones creadas por la fantasía o el sueño: una fantasmagoría.
La adrenalina de los flashes ayuda a construir esa sensación. El rojo constante elimina profundidad y detalles. Todo queda reducido a masas negras, sombras y destellos. Las Vanyara aparecen y desaparecen. El escenario deja de ser un lugar descriptivo para convertirse en una especie de cámara de combustión.
Cuando los reflectores blancos irrumpen desde atrás, las figuras se convierten en siluetas. Es un recurso casi expresionista: la luz no revela, borra.
El ambiente respira el sudor de la multitud revuelta, con Anto en el medio, escabullida entre los flashazos.
La banda se despide demasiado pronto.
Una de ellas se siente mal.
El cuerpo vuelve a decir presente, aun cuando el disfrute del vivo vuela alto.
Bajar es lo peor. Que sea inevitable no lo vuelve más aceptable.

Bien pasada la medianoche, Facundo Del Castillo (voz, guitarra) y Serafín Re (batería, voz) toman el escenario,  Sin preámbulo alguno, tocan.
Squenun llegó hace dos semanas, a través de Sello Errante.
En el disco, el foco de EEFDLN está puesto en construir estados de percepción donde lo cotidiano se vuelve extraño y donde las emociones se encarnan en objetos y cuerpos. La ciudad, una mesa de luz, un vaso, un balde, un jardín o un living nunca son simples escenarios: funcionan como extensiones de la conciencia.
Uno de los rasgos más consistentes es la desconfianza hacia las certezas. En estas canciones, el conocimiento no resuelve (“sabemos que saber no significa nada”), la identidad se desdobla (“despierto y me veo dormir”) y la memoria es incompleta (“recuerdo algo de anoche”).
También resulta llamativa la relación entre lo abstracto y lo material. El aburrimiento, el rechazo, el olvido o el paso del tiempo no son nombrados de manera conceptual: se vuelven humo, vino, polvo, vómito, huesos o charcos. Esta operación recuerda una tradición poética que privilegia la imagen concreta por encima de la explicación psicológica. Las emociones adquieren cuerpo.
Son canciones escritas desde los umbrales. Los personajes nunca están plenamente vivos ni plenamente muertos, nunca completamente presentes ni completamente ausentes, nunca seguros de quiénes son. Habitan zonas intermedias: entre el cuerpo y la conciencia, entre la memoria y el olvido, entre la apatía y el hacer, entre la ciudad y el margen, entre el deseo y su agotamiento. Esa insistencia en los estados de transición es, probablemente, la marca más original de la banda.
En vivo, el dúo no te deja pensar tanto. Más bien, te arrastra.
Con su guitarra, Del Castillo deambula sobre el lugar, inquieto. Primero entregado, luego preocupado. Pero sigue.
Bajo los flashazos imperantes, la dupla arremete con las tres primeras canciones.
Para «Porvenir» reciben a Anto. Más tarde, reciben a Luchi con su saxofón. La banda entra en otro nivel: el lenguaje se torna minimalista y cansado, como si estuviera anquilosado en su cansancio. Lo grave del saxofón se complementa muy con el tono de Del Castillo.
La lista avanza.
Del Castillo inquieto, se ve obligado a quedarse estático un segundo, calculando qué pasa.
Fallan los cables. O los pedales. O el plug. Hay que seguir, mientras intenta dilucidar qué ocurre.
Los flashazos contrarrestan la confusión, entre velocidad y distorsión.
No existe una sensación de descanso: no hay una mirada general para entender el escenario completo. Todo permanece desbordado. Los cables atraviesan el piso. Del Castillo entra y sale de su ubicación. Re apenas insinuado bajo los fogonazos de las luces. Las guitarras son fragmentos. Todo este pequeño gran caos obliga al oído a ordenar todo aquello que queda fuera del encuadre lógico.
Los estrobos están lejos de conocer la piedad. La banda se traduce en pedazos: un brazo, una nariz transpirada, un salto, un grito, una petaca que pasa de mano en mano, el mástil, la correa, la mano izquierda desplazándose por los trastes, el brazo tensándose con cada cambio de acorde. Los músicos dejan de ser alguien para convertirse en órgano de una criatura mayor.
El cuerpo se vuelve canal. Responde a los golpes del bombo, a la presión del público y al ruido que sostiene la noche.
Entre tanto recorte lumínico y la guitarra tensionada, por frustración o por entrega, o quizás ambos, aparece con claridad la batería, completamente concentrado sobre el instrumento.
Ese momento es importante.
Mientras Del Castillo permanece fragmentado, Re aparece como una presencia absoluta. Sin embargo tampoco ocupa el centro del relato. Está absorbido por el ritmo, con la mirada baja, no tanto llevando como llevado.
Si la verticalidad estaba declarada desde el principio. Lo que ahora se revela es que vamos cuesta abajo y hay una decisión de no poner freno. sin buscar contacto con el público. La cámara apenas lo visita antes de volver inmediatamente hacia la guitarra.
Hay una idea que atraviesa a EEFDLN: el vivo entendido como trabajo físico. Por eso desde debut hasta esta noche, la corporalidad se vuelve protagonista, tanto en la ejecución como en la construcción lúdica, como incorporar a la performer Matilda Micol, o invitar a Anto de Vanyara a cantar. No se trata simplemente de tocar, se trata de socavar la música afuera de la carne. El interés está puesto en el esfuerzo microscópico que exige ejecutar una canción. Los dedos presionan las cuerdas, los músculos del antebrazo se contraen, el cuerpo acompaña el tempo casi de manera involuntaria, mientras la transpiración gotea.
Hay una línea conceptual, tal vez. En Céline la literatura no es un salón de ideas sino un cuerpo en estado de choque: la frase va con fiebre, con respiración corta, como si pensar fuera siempre un accidente físico. Y ahí aparece algo clave, que es esa insistencia en la carne como lugar de verdad, como superficie donde todo ocurre de manera brutal y sin mediaciones. No hay abstracción posible porque todo baja al estómago, a los nervios, a la saliva. Leerlo es entender que la vida no se organiza desde el concepto sino desde la descarga: la electricidad del deseo, el placer que no pide permiso, la droga como acelerador del pulso, el vértigo como forma de conocimiento. En ese mundo, el cuerpo no es un soporte de la mente: es el medio mismo por el que pasa todo. Lo mismo podría aplicarse a EEFDLN.
No hay movimientos grandilocuentes ni búsqueda del momento épico ni declaraciones, excepto comunicar los problemas técnicos. El recital concentra su corriente. El objetivo es tocar las canciones del disco, pero la energía evita toda formalidad. Se desvía hacia lo imprevisto. Esa modestia termina siendo una virtud estética.
En Burroughs hay una idea que nunca se articula de manera clara, pero que insiste como un virus: soltar el control, dejar que lo impredecible edite la realidad. No como una invitación romántica al caos, sino como la constatación de que el orden es apenas una ficción administrativa sobre un mundo que se filtra por todos lados. Cortar, pegar, interrumpir, dejar que el lenguaje se rompa para que aparezca otra cosa: ahí también hay una ética de la deriva. En esa deriva lo impredecible no es un accidente, es el motor mismo: lo que entra sin permiso, lo que desarma la intención, lo que convierte la percepción en experimento. Abandonarse a eso es aceptar que no hay guion, que el sentido se construye en tiempo real, entre interferencias. Lo que resulta de esa aceptación, es lo genuino.

 

Más allá de la convocatoria de cada grupo, hay algo compartido en esta noche. Una corriente atraviesa al público, a las bandas, a las canciones e incluso al lugar. Flota una quintaesencia del encuentro.
El rango etario oscila entre los 19 y los 45 años. La mayoría ronda entre los 28 y los 30, aunque también hay una presencia significativa de personas de poco más de 20.
No siempre estas camarillas coinciden en un mismo espacio, pero esta noche están acá por una razón que excede a un disco o a los nombres propios. La sensación no es la de compartir un idioma, sino la de estar construyéndolo entre la sobreexcitación, la pertenencia, la ansiedad y el hambre de algo propio: una identidad que interpele, que no nazca como producto ni pueda ser absorbida por los circuitos culturales habituales, capaces de devorarlo todo para devolverlo convertido en mercancía, validada por el binomio municipio-productoras y sus respectivas vidrieras de domesticación.
Entre el público hay integrantes de, al menos, catorce bandas, además de varios proyectos solistas.
¿Qué buscan quienes están presentes? Es difícil responder desde la escala individual. Sin embargo, se percibe una urgencia compartida: construir lo nuevo, lo próximo, lo propio, aun mientras caen sobre nuestras cabezas los escombros de aquello que no fue.
La mayoría de los adolescentes y jóvenes que están acá va tejiendo los nuevos refugios afectivos del mañana. Nadie sabe cuánto durarán ni dónde encontrarán su forma definitiva. Tampoco cuánto resistirán o, siquiera, si existe un plan para que perduren. Aun así, acá hay un pacto comunitario que contiene y abraza.
Los escombros también sirven para levantar una nueva utopía. Durará más o menos que la anterior; será distinta, con sus aciertos y sus errores. Pero será, otra vez, única, necesaria y nuestra.

 

Escribe Lucas Canalda + Fotea Nacho Abstract

 

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