
Con empeño arltiano, ruido y canciones atravesadas por el desencanto contemporáneo, Tensión construyó durante más de una década una de las propuestas más singulares del under argentino. Un recorrido por la historia, la sensibilidad política y las formas de resistencia afectiva de una banda que convirtió la incomodidad, la autogestión y el hacer colectivo en una forma de habitar el presente.
Calle Tucumán. Un sábado. Cerca de la medianoche, cuando el otoño ya cedió ante un invierno avanzado. Afuera no queda casi nadie. La temperatura vació las veredas. Los bolsillos perforados tampoco ayudan.
Dentro de la sala, el sonido tiene una honestidad estructural. Los instrumentos no se superponen por protagonismo. No hay virtuosismo ni onanismo alguno. Apenas, quizás, una lucidez feroz en la poética: las letras funcionan como manifiestos escritos para resistir el tiempo y la intemperie emocional de una época que, en realidad, son todas las épocas.
El sonido no busca belleza. Pero la impone desde otro lugar: la permanencia. Hay un propósito.
Las guitarras aparecen como bloques rectangulares, grises, sin ornamento. La batería golpea de manera rudimentaria mientras el bajo sostiene todo desde abajo, como columnas enterradas bajo toneladas de cemento y ansiedad.
Hay algo brutalista en la forma en que el quinteto ocupa el espacio. No seduce, no decora, no entretiene. Expone falencias, grietas, asperezas. Y entonces ya no queda claro si hablamos de arquitectura o de humanidad; de existencia, de política, de hegemonía, de afecto, de amor, de construcción, de supervivencia. Tal vez de todo eso al mismo tiempo.
Cada canción parece atravesada por la condición humana. Como si hubiera sido construida para sublimar un pesar monolítico que arrastramos hace años en el pecho.
La banda casi no habla con el público. Un gracias, tal vez. No mucho más. No se trata de parquedad, sino de la certeza de que la música ya está diciendo suficiente. Todo lo demás sería redundante.
La escena termina de completarse con la gente. La sala está bastante llena. En muchas canciones aparece un remolino de saltos, abrazos, gritos y sonrisas. Pero incluso esas reacciones nacen desde un lugar catártico, como si cada cuerpo estuviera intentando expulsar algo acumulado durante demasiado tiempo.
¿Cómo se mide el pesar crónico en gargantas y corazones? No lo sabemos. ¿Las canciones pueden curar? Difícil. Y sin embargo seguimos yendo. A salas, cuevas, festivales, parques. Seguimos buscando ese resto imposible que sobrevive en la música en vivo y también en los discos: una forma precaria, momentánea, pero profundamente humana de resistir el derrumbe.
«Hacia el oeste» es una de las canciones que desata al público. Esta noche y siempre. La gente la canta a viva voz, haciéndola suya.
La canción construye una poética de la precariedad, el cansancio y la búsqueda de comunidad a partir de imágenes cotidianas atravesadas por una fuerte dimensión afectiva y política. Desde los primeros versos —“Los labios no besados, / en los bolsillos los puños apretados”— aparece una tensión entre el deseo contenido y una rabia silenciosa, ligada a la rutina, la privación y el desgaste cotidiano. Los afectos no llegan a realizarse plenamente, mientras que los puños cerrados remiten tanto a la resistencia como al autocontrol.
La experiencia del trabajo ocupa un lugar central y la canción puede leerse como una reflexión sobre la vida cotidiana de la clase trabajadora. El agotamiento aparece no solo como una consecuencia material, sino también como una forma de sensibilidad producida por una lógica que vuelve natural la repetición y el desgaste. La imagen del “día soleado” que cae “en la fosa común del tiempo” refuerza esa percepción de un tiempo homogeneizado, donde las jornadas pierden singularidad dentro de una temporalidad administrada por el trabajo y la productividad.
Sin embargo, la canción también deja ver espacios donde persisten formas de construcción cultural y comunitaria. Cuando los personajes “buscan sus rastros / en un Anuario de poesía asturiano”, aparece la voluntad de reconocerse en una tradición popular y periférica, ligada simbólicamente a memorias obreras y antifascistas. Del mismo modo, la frase “El plagio es necesario” funciona como una reivindicación de la cultura entendida como circulación y apropiación colectiva, en oposición a la idea individualista de la propiedad intelectual.
La canción, entonces, no se limita a retratar la tristeza obrera o el agotamiento urbano. También imagina la posibilidad de una cultura compartida nacida de los márgenes: libros prestados, memorias comunes y pequeños gestos de solidaridad que, pese al cansancio, todavía sostienen la búsqueda de comunidad.
Hay una obstinación en todo eso. Libros que pasan de mano en mano. Canciones aprendidas de memoria en salas pequeñas. Ideas viejas reapareciendo en cuerpos nuevos. Persisten, igual que el malestar que atraviesa los cuerpos.
Quizás toda cultura nacida en los márgenes termine pareciéndose un poco a eso: una cadena precaria de personas intentando encontrar algún sentido.

En una contemporaneidad repleta de bandas que pontifican sobre cambiar el mundo o generar revoluciones desde escenas donde la rebeldía muchas veces termina funcionando como una forma más de autopromoción, Tensión (Maxi y Lea en guitarras, Nacho en bajo, Nico en batería y Rodrigo en la voz) parece ser una de las pocas que enfila su acción poética hacia interrogantes concretos capaces de plantear una disrupción de la inercia. Sin fórmulas ni estridencias, prefiere la magia modesta de la discreción y la prepotencia del trabajo. El guiño a Roberto Arlt no parece fuera de lugar: el escritor sostenía que la trascendencia no depende del talento innato o de la perfección técnica, sino de la fuerza de voluntad, el esfuerzo incesante y la perseverancia. Arlt defendía que, escribiendo con pasión y constancia, lograría imponer su voz frente a los académicos y críticos de su época.
En ese sentido, la construcción sostenida de Tensión durante más de una década hoy se prueba en fechas regulares en Rosario, Córdoba, Buenos Aires y Mar del Plata, además de convertirse en referencia para bandas de todo el país y contar con el respeto y la admiración de sus pares, sellos editoriales y los pocos medios especializados que sobreviven fuera del radar de la obviedad. Tensión, como Arlt, se enfoca en su arte desde un hacer tozudo, confiando en que lo real todavía es capaz de trascender una contemporaneidad signada por el paradigma de la inmediatez, la frivolidad y lo fagocitado.
En su oficio constante, el quinteto se escabulle por las grietas de la hegemonía para dar una disputa simbólica dentro del campo cultural. ¿Son pugilistas gramscianos los integrantes de Tensión? Su accionar no deja demasiadas dudas.
Frente a un sistema que tiende a homogeneizar las producciones artísticas para volverlas consumibles, Tensión elige trabajar desde la tangente, desde el ruido, lo afectivo y lo artesanal. En lugar de adaptarse al canon estético dominante, construye un lenguaje propio que cuestiona las formas establecidas por una escena enfocada en el hype y en la retórica vacía de la pose aesthetic, evitando además definirse dentro de las etiquetas que marcan tendencia en medios que necesitan inventar y vender para sobrevivir.
Sus prácticas disidentes suelen aparecer en los márgenes: escenas independientes, espacios autogestionados, sellos pequeños o comunidades subterráneas donde el valor artístico no depende de la masividad ni de la rentabilidad. Lo disidente no se manifiesta solamente en el contenido político de la obra, sino también en la manera en que las canciones son producidas, distribuidas y compartidas.
Al proponer nuevas sensibilidades, otros modos de narrar la experiencia y formas alternativas de habitar la existencia —o al menos intentarlo—, la banda disputa el sentido común impuesto por la hegemonía cultural. Sus obras abren espacios para imaginar otras formas de vida posibles, por fuera de las narrativas dominantes del consumo, el éxito y la normalización estética.
2014 marca el inicio de la banda, aunque sus integrantes activan desde mucho antes, siempre enfocados en el hacer. Podría afirmarse que se unieron por una forma conceptual y artística de acercarse al punk. Pero la realidad parece más sencilla y más humana: se formaron por la necesidad de seguir haciendo música, de querer tocar, de construir algo, de sentirse hermanados en algo más profundo que las actividades de la biblioteca o las juntadas sociales.
Hay una urticaria que les impide quedarse quietos. Una incomodidad permanente que simboliza la necesidad de no acomodarse nunca en ningún lugar. Hablamos de activar, de discutir, de tender redes. De catalizar acciones reales.
Sería inútil ponerse a enumerar las influencias musicales de la banda. En este proyecto, la observación va por otro lado. Tensión se fusiona no con la música de una época o de una latitud determinada, sino con el contexto social y político que atraviesa su existencia. La apuesta es elocuente: no aceptar ni las reglas dogmáticas del punk ni el mercantilismo del rock and roll. De hecho, la banda incorpora elementos de una sensibilidad estética mucho más amplia: poesía, filosofía, collage, cine y el cotidiano de cualquier yugo anónimo. Cualquier cosa lo suficientemente conmovedora para su paleta creativa puede servir.
Más que integrarse a un ecosistema musical completamente ajeno —donde prima la inercia de comportamientos adquiridos por asimilación hegemónica—, encuentran la manera de operar y proponer.
Quieren que el oyente piense por sí mismo. Sus canciones funcionan como incitación e invitación. Escapando de la bajada burda y de la condescendencia, todavía queda espacio para una construcción mutua.
Lo más interesante —y quizás lo más sincero— es que Tensión no promete nada: ni verdades absolutas, ni soluciones, ni postas. En cambio, invita a quien quiera escuchar a pensar por sí mismo, con honestidad brutal, y a esforzarse por imaginar algo distinto. ¿Cómo? ¿Cuándo? Eso nadie puede responderlo.
Su legado inmediato, como manifiesto urgente, tiene tintes realistas y, por ende, pesimistas. Pero también sostiene la idea de que todavía es posible torcer el rumbo si alguien está dispuesto a intentarlo. La batalla existe, aunque no desde la lógica de la trinchera y el fusil, sino desde una resistencia poética y afectiva.
Cada uno de nosotros conserva talento, sensibilidad, belleza. Son cualidades profundamente humanas, aunque permanezcan enmascaradas y suprimidas por la cultura en la que vivimos. Si uno acepta convertirse en víctima del mundo —como muchas veces se nos enseña a ser— entonces ya no queda posibilidad de transformarlo.
Por eso el viejo lema del DIY sigue funcionando como un manifiesto mínimo y urgente: este es un acorde, este es otro acorde, ahora salí a armar una banda. O a publicar un fanzine. O a dibujar. O a pintar. O a escribir.

Calle Pichincha. En invierno. La sala tiene la capacidad colmada. Maxi pasa al frente sin su instrumento para tomar el micrófono. Viste como un partisano contemporáneo. Cargando todo el peso de su existencia sobre el pie del micrófono, recita Los nueve monstruos, de César Vallejo, poema que refleja el dolor humano como una experiencia colectiva atravesada por la desigualdad, la miseria y la violencia estructural del siglo XX.
Vallejo no habla de una tristeza íntima, sino de un sufrimiento social que invade cada aspecto de la vida cotidiana: el trabajo, la salud, el alimento, los objetos y hasta el lenguaje mismo. El hambre, la enfermedad y la alienación aparecen como consecuencias de un mundo deshumanizado. La figura del “Señor Ministro de Salud” introduce una crítica directa a las instituciones incapaces de responder al padecimiento popular, mientras que imágenes como “el pan, crucificado” transforman la pobreza y el hambre en símbolos universales de injusticia social.
Con todo, Vallejo no cae en el cinismo ni en la resignación: detrás de la desesperación existe una ética de la solidaridad. El llamado constante a los “hermanos hombres” propone una conciencia comunitaria frente al dolor compartido, y el cierre del poema —“hay, hermanos, muchísimo que hacer”— funciona como una afirmación política: ante la devastación humana, todavía es posible imaginar una respuesta común, activa y transformadora.
El recitado le pone espesor al padecimiento. La vehemencia de la voz, con los ojos cerrados con fuerza, como si la musculatura de las cejas pudiera volverse inexpugnable, se corresponde con el sudor y las lágrimas que emanan, conspicuas. Alrededor de esa voz, el bajo oscila en escala entrópica mientras la guitarra dibuja espirales. La percusión de una pandereta sostiene el paso.
El poema se traga el oxígeno de la sala. Hasta que no termina, nadie respira. No es perfo. No es lectura de poesía. Tampoco es una adaptación musical. Es otra cosa: la necesidad imperiosa de manifestarse. No hay academia en ese gesto. Solo escupir algo. Vomitar una verdad aunque salga desprolija, desafinada o rota. Porque hay emociones que, si no encuentran una forma de circular, terminan pudriendo lo de adentro.
Tensión toma a Vallejo (y a Daniel Viglietti) porque sabe que una obra genuina deja de pertenecerle a quien la escribió y pasa a convertirse en un pequeño refugio común. Una barricada emocional armada alrededor de proto acordes, transpiración y minimalismo. No se trata solamente de cambiar el mundo —aunque el deseo exista, incluso derrotado— sino de soportarlo juntos durante unas horas. Hacer más habitable la intemperie.
Por eso la música hecha en estos márgenes nunca persigue la perfección. Lo que busca es reconocimiento. La posibilidad de que otro escuche una frase y piense: yo también siento exactamente esto. Porque el problema de esta época no es únicamente la miseria material. También existe una soledad organizada. Una maquinaria que fragmenta, aísla y convence a cada persona de que su dolor le pertenece solamente a ella. Contra eso también se construyen estas escenas mínimas. Lugares donde todavía sobrevive la capacidad de sentir en conjunto.

Calle Cafferata. La banda es un cuarteto. Sin nadie al frente, la voz grave resuena detrás de los parches. El ritmo es marcial. Se vuelve cavernoso cuando se mezcla con la reverberación del salón.
Hay pocas luces. La escena recorta unas sesenta cabezas rasantes, en movimiento. Las voces se flexionan al grito de “Desobediencia”. Son apenas noventa segundos, pero el canto compartido entre la banda y la gente, alrededor de aquellas canciones primigenias, vuelve fantasmal la oscuridad aletargada de la sala.
La situación se vuelve gestáltica: el todo parece mayor que la suma de las partes. Algo se eleva por encima de la propia banda que, en formación de cuarteto, arma un triángulo inconexo sobre el escenario. Nacho se mueve de manera circular. Se recorta entre claroscuros, casi siempre de espaldas.
La letra reduce el lenguaje a su forma más elemental, casi como una pintada escrita con bronca sobre una pared húmeda. “El padre. La patria. El patrón.” Tres figuras de autoridad condensadas en una misma estructura vertical: la familia, el Estado y el trabajo como dispositivos que ordenan, disciplinan y aplastan cuerpos. No hay desarrollo narrativo ni metáforas complejas. La canción funciona por acumulación y choque. Apenas unas palabras alcanzan para construir una sensación de asfixia histórica que atraviesa, al mismo tiempo, lo doméstico, lo político y lo laboral. Después aparece esa única respuesta posible: “Desobediencia”. No como programa ideológico ni como solución definitiva, sino como una reacción instintiva frente al peso de esas estructuras.
La etapa fundacional de Tensión ya está sellada para entonces.
Un disco tras otro. Fechas sostenidas. Decisión.
La banda se destaca por una propuesta certera: cortar todo lo innecesario. Reducir. Enfocarse. Evitar las fisuras.
Letras lúcidas. Sonido monolítico. Una apuesta minimalista que se adapta a las circunstancias que se presenten.
No Hay Nostalgia (2014) aborda la frustración, el agotamiento y la depresión cotidiana desde una mirada completamente alejada de cualquier idealización del pasado. La precariedad emocional y la ausencia de expectativas aparecen como síntomas de una vida atravesada por la alienación. Sobre todo, el disco deja en evidencia la dificultad de imaginar un futuro diferente, como si incluso nuestra capacidad de soñar hubiera sido moldeada y esterilizada.
En Sujeto automático (2016), la banda expone cómo opera la normalización del sufrimiento dentro de la rutina contemporánea. En «Insoportable», cuando repiten “Lo verdaderamente insoportable es que nada resulte insoportable”, condensan el núcleo conceptual del álbum: la capacidad del sistema de volver natural incluso aquello que debería resultar intolerable.
En Extrañamiento (2017), las canciones giran en torno a la deshumanización, el aislamiento y la pérdida de identidad bajo la lógica capitalista. Desde el inicio, en «Un hombre sin cualidades», la figura humana aparece reducida a algo “medible” e “intercambiable”, como si las personas terminaran absorbidas por el lenguaje de la productividad y el valor económico.
Con Perspectiva (2018), la banda profundiza ese clima de alienación a través de un sonido más frío, oscuro y contenido. La furia directa del hardcore comienza a convivir con una sensibilidad más cercana al post punk, opresiva y melancólica. En ese cruce, surgen nuevos matices, llevando sus texturas ásperas hacia un terreno más denso y sofisticado.
Aun sosteniendo la disciplina conceptual, la banda se permite evolucionar. Empiezan a aparecer interrogantes sobre lo que conmueve, lo que entumece, el afecto, el cuerpo y lo metafísico.
De la misma manera, amplían su formación. Como quinteto, pasan del ritmo machacante y marcial a un dinamismo más catártico y muscular.
La evolución parece ir de la mano de la curiosidad, de una necesidad orgánica de entender qué pasa. Eso no significa que haya respuestas. Husmear con rabia más allá de lo evidente parece suficiente. Pero la rabia, por sí sola, ya no alcanza. La sangre del asalto no sostiene nada por demasiado tiempo. Hay que profundizar más en lo afectivo, en aquello que permanece entumecido.
En vivo, la situación cambia. Con un cantante al frente, una cabeza asoma para conectar de manera directa con la gente. Y entendido esto sin metáfora alguna: en muchas fechas no hay escenario y el público rodea al grupo casi sin distancias.
Rodrigo aparece absorbido por su propia acción. Hay algo contenido pero explosivo en su postura rígida: la presión se concentra en la mandíbula, el cuello, la cercanía al micrófono y el contraste con las luces. Lo más potente del cantante es esa mezcla entre vulnerabilidad emocional y dureza visual.
Lo monocromático del quinteto y de toda la puesta en escena refuerza una atmósfera melancólica y áspera.
La violencia ya no aparece como estallido. Se vuelve clima. Presión. Persistencia.
En Los besos nunca dados (2024), piensa en el afecto como una forma de resistencia. Las canciones se abren hacia algo más íntimo: la amistad, el deseo, los recuerdos compartidos y la necesidad de encontrar refugio en los vínculos frente a una realidad cada vez más individualista. Se propone volver a confiar en el afecto, en el deseo y en el cuidado mutuo como formas reales de sostenerse frente al agotamiento.
Musicalmente, hay más espacio para la melodía y la contemplación. Dentro de la discografía de la banda, Los besos nunca dados se siente como un cambio importante. Tensión no abandona su mirada crítica sobre la vida contemporánea, pero empieza a imaginar una salida posible: construir vínculos, recuperar la ternura y defender lo común en medio de un contexto marcado por el individualismo y el desgaste emocional.
Nuevo Movimiento (2025) funciona como una síntesis de sus temas centrales: alienación, violencia cotidiana, tecnología y la necesidad de mantenerse sensibles en un mundo cada vez más hostil.
El quinteto transforma la ansiedad y el caos del mundo contemporáneo en canciones urgentes y oscuras. El disco habla de violencia, saturación tecnológica y desgaste emocional, mostrando un presente donde los vínculos, las ciudades y hasta los cuerpos parecen atravesados por el control, la velocidad y la deshumanización.
Nuevo Movimiento puede leerse muy cerca del universo de J. G. Ballard, especialmente por la forma en que el disco muestra ciudades deshumanizadas y cuerpos atravesados por la tecnología, la saturación visual y el aislamiento emocional. Igual que en novelas como Crash (1973) o Rascacielos (1975), en el disco la modernidad aparece como un espacio donde las personas empiezan a perder sensibilidad y a relacionarse con el mundo de manera cada vez más automática y fragmentada.
En canciones como «Conexión» o «Otra ciudad», la ciudad deja de ser un lugar humano para convertirse en una estructura fría de cables, edificios, circulación e información constante. Los vínculos aparecen mediados por pantallas, contraseñas y sistemas de control, mientras los cuerpos parecen absorbidos por la lógica tecnológica y urbana. Esa mirada recuerda mucho a Ballard, que entendía la tecnología no como algo externo al ser humano, sino como una fuerza capaz de modificar la percepción, el deseo y hasta la identidad.
También puede relacionarse con otra obsesión central de Ballard: la ciudad moderna como espacio psicológico antes que físico. En sus novelas, autopistas, edificios y tecnologías terminan moldeando la conducta humana. En Nuevo Movimiento, algo similar ocurre cuando la banda retrata ciudades uniformes y hostiles que producen cansancio, paranoia y desconexión emocional. No se trata sólo de criticar la tecnología, sino de mostrar cómo el entorno urbano contemporáneo reorganiza la forma de sentir y relacionarse.
Así, el disco no funciona únicamente como una obra punk o política, sino también como una exploración antropológica sobre qué pasa con los cuerpos y las emociones dentro de un mundo cada vez más artificial, automatizado y alienante.

Calle San Luis. En una primavera recién iniciada, quince personas fuman en un patio de concreto que mira hacia el cielo como una geometría atrevida, todavía a salvo de la especulación inmobiliaria y la gentrificación. Hacia la izquierda vibra, sonora y físicamente, una sala donde treinta personas rebotan sobre un piso de madera castigado por las décadas.
Es un momento de ebullición. No se distingue la banda del público. El borroneo de movimiento y sudor forma un coro réprobo que entona: “Nada nuevo dentro/de la cámara de eco/Opiniones repetidas/esperando su reflejo”.
El ritmo es repetitivo, machacoso. La estructura avanza de manera mecánica y opresiva. Las guitarras son punzantes, aunque medidas. El bajista toca de espaldas, soportando los embates del revoltijo.
“Distancia entre dos puntos/Distancia, distancia/Distancia del conjunto/Distancia, distancia”.
La velocidad se lleva puesta la paradoja de la escena.
«Estado de aislamiento» describe una soledad que ya no aparece como una experiencia individual, sino como una condición colectiva de la vida contemporánea. La idea de una “cámara de eco” muestra un mundo donde el diálogo real parece extinguirse, reemplazado por opiniones que se repiten una y otra vez dentro del mismo círculo.
Pero algo se desacomoda cuando un revoltijo de personas contradice esa lógica desde el cuerpo, el canto y el ruido. Aunque sea durante unos minutos. Aunque después cada uno vuelva a su casa con el mismo cansancio.
En algún punto difícil de precisar, Tensión deja de ser solamente una banda. Las canciones empiezan a circular de otra manera: como apropiación, como descarga, como una forma precaria de seguir imaginando algo distinto.
No alcanza para cambiar el mundo. Pero nos recuerda que todavía existen otras formas posibles de atravesarlo.
Escribe Lucas Canalda + Fotea Nacho Abstract