
Mientras las etiquetas pasan y los algoritmos cambian de obsesión, Shoosh eligió otro camino: hacer canciones, cargar equipos y sostener una amistad capaz de sobrevivir al qué dirán. Entre Rafaela, la ruta y el escenario, la banda encontró una voz tan ruidosa como propia.
Es sábado por la noche y la temperatura intimida: diez grados, con una térmica de nueve. En Rosario, la humedad siempre rutilante se potencia con un otoño en su tramo final. Shoosh (Lucila Lilu Galetti en guitarra y voz; Rocío Roli Guevara en bajo y voz; Rodo Ingaramo en batería) prueba sonido en Bon Scott, en el marco de la quinta edición del ciclo Autochocador, junto a El Mejor Intento y DJ Iva Rough.
Acaban de llegar desde Córdoba, manejando los 400 kilómetros que separan a la Chicago argentina de La Docta, donde anoche tocaron en Un Mundo Feliz.
Dicha velada tuvo música en vivo y fiesta, en una fecha organizada por la estrella del indie pop La Lauri Fire, ya una compinche de Shoosh.
Alguien de confianza, destacan ellas, en lo que constituye un gesto de cercanía que dice tanto de ellas como de la música cordobesa.
Las Shoosh están en todo: tocan, componen, producen, manejan, activan, planifican, sueñan. Además de todo lo que demanda un proyecto como la banda, trabajan —en Tribunales y regentando una cafetería— y, en el caso de Roli, materna.
Todo es un montón, pero no hay peros que las detengan.
Ya hicieron dos giras nacionales, tocando por antros, festivales y salas chetas. Compartieron fechas con bandas de renombre, hicieron buenas migas con colegas de todo el país y siguen adelante.
El suyo es un oficio dedicado. Ante todo, paciente.
Ayer terminaron sus respectivas responsabilidades, cargaron la camioneta Berlingo con sus equipos y rumbearon para Córdoba. Manejaron, probaron sonido y tocaron. Luego, a dormir en casa de su anfitriona. Horas más tarde, repitieron la rutina, solo que enfilaron hacia el mítico barrio de Pichincha.
¿Hace mella el cansancio? Todavía no. Prueban, ya outfiteadas, listas para hacer fotos. Una Santa Fe helada ayuda a relajar, mientras se ríen de las boinas de cuero que estrenan para el show y la sesión fotográfica. El frío no las intimida. Chaquetas y botas. Maquillaje. Facha. Sonrisas cómplices.
Las fotos las entretienen. Adentro, entre sillones antiguos y ambiente climatizado. Afuera, posando junto a la camioneta, en el frío crudo. Posan junto al utilitario, casi un instrumento más, que las lleva a donde pinte tocar: Santa Fe, Paraná, Rosario, Buenos Aires, La Plata, Córdoba, Rafaela.
Mucho kilometraje detrás de un objetivo: hacer música. ¿El plan? Desarrollar canciones. Crecer etapa por etapa. Tocar todos los findes que sea posible. Encontrar la manera de meterle, incluso cuando no hay un peso dando vueltas y el ocio es uno de los primeros gastos que reduce la gente.
Mientras hablan y cuentan, compartiendo experiencias y frustraciones, afortunadamente la cerveza no se calienta a temperatura ambiente. Hay tiempo para escuchar, reírse, profundizar, armar y fumar. Luego volver y retomar.
La suya es una historia de creer en la música y apostar a su proyecto, sosteniéndole la mirada al prejuicio conservador de una ciudad como Rafaela, pero también al machismo que permea cualquier circuito al que vayan a tocar, o simplemente cualquier idea preconcebida que suponga ser una dupla de rubias. Pero hay más, por ejemplo, la estética de moda en las arterias independientes del país. ¿Negro sobre negro, cara de rabia y alienación estudiada? No. Para ellas, volumen alto para descontracturarse, colores vivos, paisaje abierto y vértigo horizontal.
Ante ese tablero de reglas aceptadas por la mayoría, Galetti y Guevara se plantan con tesón, inteligencia y un ánimo que se sostiene entre el humor y una paciencia zen. ¿Fácil? Para nada. Es un largo camino, pero acá están. Hablan en presente, de manera apasionada, elocuentes por momentos, incrédulas en otros.
Con los aprendizajes de los últimos tres años lograron desarrollar una cintura necesaria para no terminar verdes de frustración y calentura. También un equipo de trabajo para proyectar, apostando, sin apuros, a largo plazo.
Sin embargo, antes de todo, hubo que encontrarse y estar seguras de sí mismas.
“La verdad es que somos sobrevivientes de la vida y, con el paso de los años, nos encontramos en una sociedad re particular, que es Rafaela”, explica Guevara, con la mirada viva.
“Allá medio que terminamos siendo como las locas; de las que la gente siempre tiene algo para decir. Entonces dijimos: loco, que se vayan a la mierda. Nosotras mismas nos reímos de nosotras, porque también somos así un poco. Entonces, locas, sí. Pero siendo nosotras mismas. Y haciendo lo que queremos”.
“Creo que tiene que ver un poco con que salimos de la caca. En nuestra vida salimos de la caca y vamos a encontrarnos con la música, donde la vamos a pasar bien. Nos dejó de importar el qué dirán. Vamos a juntarnos con gente que sea piola, que nos dé ganas de hacer cosas. Dejamos aquello de lado para encontrarnos con productores y con el equipo que nos ayuda. Nos rodeamos de gente piola. Ahí hay una decisión: hacer la nuestra. Trabajamos de esa manera. Logramos que la música sea un espacio de disfrute”, señala Galetti.
“Rafaela es una ciudad súper cerrada y, a la vez, muy cultural y musical. Allá hay muchísimas bandas de músicos prodigio, gente que sabe muchísimo, gente que tiene los mejores equipos, los mejores pedales, etcétera. Entonces, nosotras salimos, empezamos a tocar con pedales de mierda, literal. Con instrumentos de cuarta, mal. Y nos subíamos al escenario y lo primero que nos preguntaban era: ‘¿Y vos qué pedales estabas usando?’. ‘No, son una cagada esos’. ¿Qué importa, boludo? Venimos a tocar una canción, ¿entendés? O nos decían: ‘Sí, está buena la canción, pero el audio de tal cosa era choto y tendríamos que hacer esto y aquello, tocar así…’. Y nosotras nos mirábamos y era como… ¿qué importa? La onda es ver qué te dice el tema. Entonces activamos esto de cortar con todo eso: ya fue. Somos nosotras. Somos esto”, cuenta Guevara.
“Cuando nos deshicimos del qué dirán, fue liberador. Qué importa lo que piense la gente de nosotras. Ahora nos chupa un huevo lo que digan. Vivimos en una ciudad chica, ya entendimos eso. El tema es que no se trata simplemente de Rafaela. Eso se repite en otros lados. Ahora aprendí a tomarlo con calma, pero antes me calentaba re mal. Todavía pasa. Ponele, aparecen boludos que nos dicen que somos unas milipili tocando con un batero pro. Eso nos hace mierda. Anoche, por ejemplo, estuvo re bueno, pero cuando terminamos apareció un chabón y nos dijo eso. Pero ya no me caliento más. Aprendí que no vale la pena”, comparte la guitarrista y cantante.
“Es muy de chabón todo ese rollo. Ese es el típico chabón que la rompe tocando, que es re prodigio, pero a la banda le va mal, no conecta con la gente, no toca nunca, y le da bronca. Y nosotras, que venimos tocando hace un montón, estamos ahí, a todo volumen, con seguridad, sin prestarle atención a lo que supuestamente es importante para los tipos. Nos chupa un huevo ya, pero sigue pasando. Por ahí mucha gente dice: ‘No, porque eso ahora no pasa más’, o que hay una movida más joven, con otra cabeza. Y la verdad es que nosotras nos movemos en ámbitos jóvenes o no tan jóvenes, y pasa en todos lados. Pero bueno, nosotras re seguimos”, concluye la bajista.

Tras dos años de tocar en vivo, buscando su forma entre rutas y escenarios, Shoosh publicó en mayo de 2025 su EP debut, Suena raro. Anticipando ese material, dos meses antes apareció el sencillo Esquizo, del que se desprende el “suena raro, eso suena raro”, que crece hasta estallar, tanto que termina traduciéndose, inevitablemente, en título de disco.
Esa canción, con un punteo dreampopero como introducción, que luego progresa hacia un pop estruendoso con base para saltar en puntas de pie, hasta que el estribillo extrañado estalla en gritos medidos, es mucho más que una canción principal. Ganchera, sin llegar a los tres minutos, parece salida de alguna radio universitaria de mediados de los noventa, ocultando rastros atractivos.
La letra de Esquizo se mueve en una frontera difusa entre la realidad y la imaginación, como si la voz que la protagoniza estuviera investigando los mecanismos de su propia mente. Todo comienza con una escena casi policial: “Revisando bien este caso / de villanas ideas mutantes”. Los pensamientos aparecen como sospechosos, entidades capaces de transformarse y escapar de cualquier clasificación definitiva. Lo que parecía un conflicto con el exterior termina revelando una verdad mucho más incómoda: ese “vos” al que se dirige la canción no es otra cosa que una creación propia.
Esa revelación, sin embargo, no desemboca en el rechazo. Al contrario. La voz quiere hablar con esa figura, “desmitificarla”, darle una oportunidad. La canción no plantea una lucha entre el sujeto y sus fantasmas, sino un intento de entendimiento.
El estribillo sugiere una calma que nunca termina de ser convincente. “Acá no hay más peligro, ya no hay más”, afirma, pero enseguida aparece la duda: “suena raro, esto me suena raro”. La voz intenta tranquilizarse, aunque algo dentro suyo sigue percibiendo una extrañeza imposible de ignorar.
Esa sensación se intensifica con frases como “otra vez adentro no era el trato”, donde asoma la idea del regreso de aquello que se intentó mantener a distancia. La mente aparece como un territorio donde ciertas imágenes, recuerdos o pensamientos siempre encuentran la manera de volver. La repetición de procedimientos —“seguí la receta paso a paso”— sugiere incluso cierta rutina en ese combate, una especie de ciclo del que resulta difícil escapar. Todo esto parece haber sido rumiado una y otra vez, inevitable.
En uno de sus momentos más luminosos, se aclara: “no es un garabato, es pura creación”. Lo que podría parecer confusión adquiere el valor de una obra. Las fantasías dejan de ser un error para convertirse en materia prima de la imaginación.
Por eso el verso final de Esquizo tiene tanto peso. “Nada que yo tome será una salida” desarma cualquier ilusión de solución rápida. La canción parece asumir que ciertos conflictos no se eliminan: se comprenden, se incorporan, se transforman en parte del paisaje propio.
Debajo de su lenguaje pop, Esquizo esconde una reflexión sobre la identidad, los deseos y las ficciones que cada persona construye para explicarse a sí misma.
En vivo, ese estribillo esquivo se canta fuerte, con la guitarra al frente y las voces de Guevara y Galetti queriendo sacar a la bestia hacia afuera, como cansadas de tanto rumiar.
En los toques, el progreso de Shoosh parece haber sufrido un quiebre cuando entendieron que lo suyo era tan ruidoso como catártico y divertido. Ambas encontraron un lenguaje corporal, complementándose, pero también entrando en sincronía.
Por momentos, giran sobre sus pies, en un movimiento ondulante de sus cabelleras rubias, con los mástiles de sus instrumentos siguiendo esa dinámica espiral. Es una especie de swing garagero que invita a soltarse, hasta que la distorsión de la guitarra patea y algo se desata.
En Bon Scott, el público arma un pogo amable y divertido, señal de que las canciones contagian su fiebre rockera relajada.
En 2023, cuando la banda debutó en Rosario, entre los claroscuros del desaparecido Puerto de Ideas, todavía se buscaba a sí misma, entre cierta timidez física, algo medio shoegaze, no tanto por el sonido, sino por la postura escénica. Desde entonces, la ecuación se alteró y evolucionó notablemente. Shoosh empezó a confiar en sí misma. Además, comprendió que su torrente garagero invita al público a subirse, entre electricidad y estribillos.
Con el paso de las fechas, en estos últimos veinte meses, la escena del trío fue ganando presencia y seguridad. Se plantan, de local o de visitantes, con firmeza física y disfrute, sabiendo que el camino recorrido está presente.
El proyecto que alguna vez fue pequeño, casi un secreto compartido entre dos y luego confiado a una tercera parte, ahora se desarrolla, con más certezas que dudas, y aciertos valiosos luego de tanta prueba y error.
“Estamos descubriendo lo que sembramos. Nos cagamos en las patas, a veces, eh”, admite Galetti. “Después decimos, ya fue”.
“Esto es lo que nos gusta, lo que elegimos. Tratamos de no pensar tanto. Es como que van llegando las cosas y vamos charlando entre las dos. Tomamos decisiones en base a nuestra vida también, porque, además de la banda, tenemos nuestros laburos, nuestras familias, nuestras responsabilidades. Nos elegimos y nos seguimos eligiendo. Optamos por este camino. Nos conocimos así. Vamos a seguir confiando en nosotras”, indica Guevara.

En mayo, Shoosh presentó el sencillo Gringa Gringa, que llegó para profundizar una identidad construida desde un espacio propio, corrida de las tendencias principales, así como también del camino transitado por los lugares comunes de toda banda obsesionada con encajar en el canon porteño.
Sosteniendo la sensibilidad de sus autoras como guía de un sonido directo, más envolvente y decididamente más rockero, durante cinco minutos Gringa gringa afirma las decisiones que las trajeron hasta aquí: hacer la suya desde el lugar que las nutre e inspira.
Gringa Gringa construye una trama que se mueve entre la celebración y la ironía. Debajo de su apariencia festiva y de la repetición obstinada del estribillo, la canción retrata una forma de habitar el mundo marcada por el trabajo, la disciplina y una ética del sacrificio que, desde una sensibilidad feminista, deja ver tanto una fortaleza como una carga heredada.
Desde el comienzo se presenta una imagen poderosa: “Soy una espiga, corteza de acero”. La metáfora mezcla campo y dureza. La espiga remite a la fertilidad y a la tierra; la corteza de acero, en cambio, habla de resistencia. La protagonista es productiva, capaz de soportar, de avanzar, de desear siempre más. Pero ese deseo aparece inmediatamente ligado al trabajo: “Es el trabajo furia y mi alimento”. El placer, el descanso o el ocio parecen desplazados por una lógica donde el valor personal se mide por la capacidad de producir.
La canción retrata así una subjetividad femenina atravesada por mandatos históricos. La gringa arrasa, planta, escarba y cosecha. La relación con la tierra tiene algo de épico, pero también de agotador. El deseo de “más” se repite como una pulsión constante, como si nunca hubiera suficiente. Esa búsqueda puede leerse como la internalización de una exigencia permanente: la necesidad de demostrar fortaleza, de no detenerse, de ser siempre útil.
Eso pronto se vuelve todavía más evidente: “Amor y descanso son gustos de ricos”. En apenas siete palabras, la canción resume una experiencia arraigada en las mujeres trabajadoras. El cuidado de sí mismas aparece como un privilegio ajeno, casi como un lujo inmerecido. El mandato del sacrificio ocupa todo el espacio disponible. Y enseguida llegan otras obligaciones naturalizadas: después de la escuela, limpiar la casa; agradecer la lluvia; aceptar la rutina. Una cadena interminable de tareas donde la crianza, el trabajo doméstico y el productivo se confunden.
La canción, no obstante, evita la victimización. Su personaje posee orgullo, humor y una enorme capacidad de resistencia. “Pisa el sol, no hay más pereza”, canta Shoosh, mientras prepara el mate y el pan. Son imágenes cotidianas, pero también símbolos de una cultura donde el esfuerzo diario se convierte en una forma de identidad. La mujer está siempre alerta. La tranquilidad nunca es completa. Hay una vigilancia constante, una conciencia de la precariedad que obliga a mantenerse en movimiento.
Ese “gringa gringa”, repetido como un mantra, funciona casi como una identidad impuesta por los demás. La protagonista nunca dice “yo soy gringa gringa”; son los otros quienes la nombran. La identidad aparece entonces como una construcción colectiva, cargada de expectativas y estereotipos.
El final resulta especialmente mordaz. Después de una canción poblada de esfuerzo y renuncias, aparece una frase inesperada: “Porque soy una chica rica”. El contraste es demasiado grande para ser ingenuo. La riqueza de la que habla no parece económica. Más bien suena a una ironía dirigida a quienes romantizan esa vida de sacrificios o a quienes reducen la identidad de la protagonista a una caricatura. Después de haber mostrado una existencia sostenida por el trabajo y las obligaciones, Shoosh devuelve una sonrisa ambigua, casi burlona. Como si dijera: ustedes creen conocer a la gringa, creen quererla, incluso creen saber quién es. Pero el personaje se reserva el derecho a reírse de todas esas etiquetas.
Gringa Gringa llegó junto con un video que agrega espesor. Las imágenes expanden las ideas, pero lo hacen desde el humor, la exageración y una estética que dialoga con la cultura popular, el kitsch y cierta tradición feminista de apropiarse de los estereotipos para ponerlos en crisis.
Galetti y Guevara aparecen caracterizadas con una iconografía profundamente asociada a la feminidad tradi: ruleros rosas, maquillaje llamativo, cabello rubio, cielos azules y colores pastel. Sin embargo, nada en esas imágenes responde a los códigos de belleza pulida o aspiracional. Hay dientes faltantes, muecas fisuradas y una composición deliberadamente incómoda.
El video (dirigido por Chiara Girimonti y Maia Chaves) avanza sobre el terreno del camp. Los colores casi saturados, el logo rosa, el maquillaje violeta, los ruleros y las sonrisas ligeramente deformadas producen una mezcla entre ternura, absurdo y artificio. Quien quiera entender, que entienda: esto es una performance.
Los baches en la dentadura resultan potentes desde un punto de vista simbólico. En una cultura visual obsesionada con la armonía aesthetic, esos rostros se presentan con una belleza maculada, incluso grotesca. Hay una reivindicación de aquello que normalmente sería ocultado. Lo vergonzoso, acá, es orgullo.
El exceso, el artificio y la exageración producen una especie de feminidad monstruosa y divertida, cercana al camp, donde la exageración de los códigos termina revelando su carácter teatral.
La sonrisa permanente de las gringas adquiere una ambigüedad fascinante. Hay alegría, pero también algo inquietante. Las expresiones parecen situarse en un lugar perturbador, entre la felicidad genuina y la máscara social.
Shoosh evita una denuncia frontal. Se corre de la literalidad que define nuestra contemporaneidad y opta por la ironía. Son retratos de mujeres trabajadoras, rurales y populares, pero filtrados por una sensibilidad pop que transforma los mandatos de belleza, sacrificio y feminidad en una representación extravagante. Como si John Waters hubiera filmado una publicidad agrícola en la llanura sojera.
Video y canción confirman que Shoosh elige una mirada propia. Lejos de querer encajar en el canon estético imperante en Capital Federal, la banda apuesta por sus propios patrones, permitiéndose jugar con colores vivos y liberando dosis de histrionismo.
De esa forma, Gringa Gringa y su imaginario —música, letra, vídeo y hasta el grito vaquero final— constituyen una condensación idiosincrática que no pide permiso ni busca encajar. Es una apuesta por lo identitario, aparejada a la decisión de ser ellas mismas.
A contramano de los titulares de bait y los consumos fugaces que privilegian las etiquetas de moda, Shoosh perfila su propia tangente. No se trata de reinventar la rueda, sino de hacer escuchar una voz diferente entre tanta información saturada y repetitiva.
Según Galetti, la química llegó tocando con curiosidad. Intercambiaron instrumentos. Buscaron. Jugaron. Hasta que salió algo. Primero, algo más crudo. Luego, lo direccionaron.
No quieren simplemente pertenecer para sumarse a una movida etiquetada. Les resulta distante y ajena. Buscan compartir, aprender y sumar esfuerzos.
“Tocamos mucho antes de Shoosh y después, cuando nos juntamos. Fue un proceso considerable”, remarca Galetti.
“Ya habíamos agotado el populismo del shoegaze, del noise, del grunge, de todo lo que se veía en esa cosa de lo pospandémico. No fue superación, ojo. Buscamos por ahí, pero teníamos otras cosas para decir. Queríamos hacer algo más rítmico. Mezclamos bastante los temas”, sostiene Guevara.

Cuando terminan de tocar, el público pide una más, pero no hay otra canción. Guevara, con el bajo colgado, avisa: “Tomamos esa deuda para volver pronto”.
Ingaramo, Galetti y Guevara tienen los cuerpos transpirados. Otra vez, el calor humano las cobijó.
Adelante, la gente baila con DJ Iva. Mientras tanto, Shoosh desarma.
Otra vez la rutina. Un ritual loopeado que sostiene, fecha tras fecha, la construcción paciente que eligieron para sus vidas.
¿Qué sigue? El disco nuevo que ya asoma, inevitable.
Ahora, de todas formas, hay que recoger los cables, desenchufar pedales, guardar los instrumentos y cargar la Berlingo. Lo de siempre.
Mañana se vuelve. Son casi 250 kilómetros hasta Rafaela. Unas tres horas. Maneja Roli.
Pero antes, una cerveza para relajarse.
Lilu quiere bailar.
A Rodo finalmente le cae el cansancio.
Toca dormir.
Espera la ruta.
Esperan los kilómetros.
Esperan los trabajos de la vida real.
Espera Rafaela.
El mañana se pausa.
Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard