
Marina Fages desembarcó en Rosario con las canciones de Atalaya Avalancha para compartir una noche junto a Invernaculus. Lo que ocurrió en Capi fue más que la presentación de un disco reciente: una celebración ruidosa en tiempos donde la velocidad y la intemperie parecen haber ganado demasiado terreno.
La alegría nunca llega con avisos. Llega como las canciones ruidosas, entre vasos vacíos, conversaciones cruzadas y ese aire eléctrico de las noches en las que parece que todo está ocurriendo al mismo tiempo. Entonces hace falta anotar, dejar una marca, fijar las observaciones antes de que se escurran en la velocidad de la noche, porque el júbilo es un animal fugaz y no espera a nadie. Una mirada cómplice, una carcajada que desarma la gravedad del mundo, el instante preciso en que una melodía encuentra su lugar entre varias personas y por unos segundos las vuelve inseparables; todo eso merece una bitácora, no para conservarlo intacto sino para seguirle el rastro. Después vendrán los años y el corazón hará su trabajo, transformando esas escenas en una memoria más suave, más imprecisa, más parecida a una leyenda personal. Pero antes de que eso suceda, cuando la noche avanza impaciente, conviene registrar las pequeñas pruebas de la felicidad, esas evidencias dispersas que demuestran que la alegría decidió quedarse un rato con nosotros.
Es un viernes por la noche con una velocidad particular. Capto impresiones. Intento retenerlas hasta poder bajarlas al papel.
En mis anotaciones se adivinan apuro y desprolijidad. Las palabras se enciman, escritas como se pueda, en la luz escasa del patio de Capi.
“Descarga de flashes lumínico hace que la gente gire en un stop-motion psicotrópico”.
“Tefita: qué tremendas ellas”.
“Camila: Marina me da vida”.
“En la esquina un grupo de chicxs con un trapo del Club Atlético San Telmo. Nube de porro”.
“Municipalidad vallando las calles por la visita de Milei”.
“Marina con el vino”.
“Vengan las chicas adelante”.
“Marina se cae. Rebota y corre hasta la otra punta de Capi”.
“Boix sostiene todo”.
“Tienen que cortar a las doce”.
“Gente canta contra Capi”.
Las frases quedan suspendidas en la página como telegramas enviados a uno mismo desde el centro de la noche. Ninguna alcanza a explicar todo lo que pasa ahí adentro. Apenas son rastros. La música, en cambio, se ocupa del resto. Sobre el escenario, Marina Fages parece moverse con una lógica propia, un poco elfa, un poco chamana, toda curiosa por estrenar las canciones de Atalaya Avalancha, su nuevo disco.
Va de un extremo al otro del escenario Capi con una energía contagiosa, micrófono en mano, rodillas raspadas y una sonrisa de esas que parecen decir que no hay ningún oficio mejor en el mundo. Detrás suyo, Martina Boixader sostiene el andamiaje invisible de las canciones con la serenidad de quien sabe que el vértigo también necesita una columna vertebral. Maca Zalazar maneja las cuatro cuerdas mirando al público y también, divertida, baila y se ríe con Fages. Flor Silva, recién incorporada guitarrista, entre lanzada y nerviosa, se carga el rol de guitar hero. La gente forma una criatura centrífuga frente al escenario, correspondiendo la descarga musical. Mientras tanto, afuera, la ciudad vive otra historia. Las vallas levantadas por la visita presidencial comprimen el tránsito y reordenan la circulación mientras los patrulleros alumbran azules las calles. Adentro ocurre exactamente lo contrario: las canciones desarman cualquier forma de orden y producen algo mucho más raro y más difícil de conseguir. Júbilo.
Tocan unas quince canciones antes de que la noche se corte porque llega la medianoche y hay que terminar, so pena de que todes les presentes en Capi se transformen en calabaza, lo que genera unos justificados cánticos del público hacia el lugar. Suenan «Escama de vidrio», «San Telmo», «Mi casa en llamas», «Soy una llorona», «Camino a la luna», «Gracias a vos» y «Tan adorable». Las nuevas se mezclan con las clásicas mientras el cuarteto lidia con algunos minúsculos problemas técnicos o arranques en falso. Son los primeros toques del nuevo material en territorio nacional, luego de haber regresado de Europa.
Los contrastes son marcados mientras la lista avanza. Fages corre hasta rebotar contra las paredes del escenario, como midiendo la resistencia estructural del lugar. En «Corazón de la isla», Zalazar, Silva y Fages saltan sobre su lugar, sincronizadas, cantando y tocando, generando una réplica en oleadas en la primera mitad de la sala. Entre tanta energía, sin embargo, hay espacio para la delicadeza: la flauta cromada de Fages ganando espesor sobre el bajo estoico de Zalazar.
Además de la química explícita entre público y banda, cantando todas las canciones —nuevas o viejas— palabra por palabra, o las melodías con la misma o mayor intensidad que los instrumentos, saltando y alentando, hay una sensación de desafío que salió bien: en 2025 Fages volvió tras algunos años de ausencia en Rosario y desde GeDe Producciones hubo una decisión de mantener el vínculo, sembrando entre pasado y presente con la vista puesta en el futuro. Si la previa visita a D7 demostró que había un público local fiel, esta noche sobre calle Mendoza confirma que Fages tiene una base sólida para seguir creciendo.
Se trata de confiar. De proyectar más allá de la inmediatez y la fugacidad. De volver a una ciudad y encontrar las mismas caras mezcladas con otras nuevas. De ver cómo una canción editada hace apenas unos meses ya es cantada como si hubiera acompañado a esas personas durante años. De comprobar que las relaciones entre artistas, productores y público todavía pueden construirse a fuego lento, noche tras noche, lejos de las lógicas de la ansiedad y el rendimiento.

Desde el público bajan pedidos -reclamos-por las canciones nuevas. ¿Por qué el disco que pegó tan bien tan pronto?
Atalaya Avalancha (producido por Fages y Boixader y publicado en abril) puede leerse como una respuesta a una época marcada por el individualismo y la fragmentación. Sus diez canciones no proponen una salida heroica ni una revolución espectacular. Construyen algo más modesto: una cartografía de los cuidados.
Mientras la lógica dominante insiste con la competencia, el éxito individual y la autosuficiencia, Fages responde con amistad, cooperación, fragilidad compartida y pequeñas comunidades afectivas. En Atalaya Avalancha no aparece el “yo” triunfante del neoliberalismo. Aparece un “nosotras”.
Bajo una apariencia de hardcore punk, velocidad, melodías sencillas y growling, se despliega una serie de canciones atravesadas por el amor, la amistad y una necesidad casi desesperada de construir refugios en medio de un mundo hostil. Es un disco sobre cómo sobrevivir a la rabia, la frustración y el dolor.
Una de las frases clave del álbum aparece en «Avalancha»: “Esta es una ciudad violenta, mi refugio es con vos acá”. La ciudad se presenta como un espacio hostil y agotador. El refugio no está en la disociación, ni en el hedonismo, ni tampoco en una abstracción espiritual, sino en los vínculos.
La respuesta al malestar contemporáneo, parece decir Fages, no es individual. En un mundo desigual, la salida siempre es colectiva.
Esa idea recorre todo el disco. «Gracias a vos» es una canción de gratitud hacia alguien que permite seguir adelante. «Tregua» propone algo tan simple como humano: cocinar juntos, abrir una botella de vino y esperar a que el dolor amaine.
«Equipo putas», por su parte, despoja al rock de cualquier épica masculina para transformarlo en una celebración de la experiencia colectiva: mujeres recorriendo las rutas del mundo, entre mates, pizzas, instrumentos perdidos y escenas íntimas de gira.
La vulnerabilidad ocupa un lugar central. En «Soy una llorona», Fages canta: “Sé que me hice fuerte, pero a veces no alcanza”. Aquí no hay personajes invencibles. La emoción deja de ser una debilidad para convertirse en una forma de relacionarse con el mundo.
Incluso «Tan adorable», con su humor y sus referencias a gatos, alcohol y amistades, deja entrever una angustia generacional reconocible: el miedo a quedarse sola, al rechazo y al desgaste de los vínculos.
Los desastres naturales que aparecen desde los propios títulos —avalanchas, tsunamis, huracanes, incendios— tampoco anuncian el fin del mundo. Son imágenes de la intensidad emocional. En «Camino a la luna» se aproxima un huracán. En «Avalancha», el derrumbe adquiere la forma del deseo y la entrega amorosa. La naturaleza, una presencia constante en la obra de Fages, deja de ser un escenario contemplativo para convertirse en una extensión de los estados de ánimo y en un reflejo de un presente estallado, hastiado y desorientado.
Por eso Atalaya Avalancha resulta un disco tan terrenal. Porque entiende que, en tiempos de incertidumbre, la resistencia puede adoptar la forma de una reunión entre amigas, de una canción de amor, de un vino después del ensayo o de la promesa sencilla de que “todo lo que duele, pronto va a pasar”.

Las canciones suenan casi en modo estreno y son bien recibidas. Los clásicos desatan los cuerpos. Se dispara la adrenalina.
Pero no son las canciones las que deciden cuándo termina la fiesta. Tampoco el cansancio. Ni siquiera esa sensación inevitable de que toda noche, por hermosa que sea, tiene un final. Son las doce en punto y el reloj se impone con la autoridad de un reglamento que resulta demasiado ajeno. Se acabó el baile.
Los cánticos dirigidos al lugar no son tanto una protesta como la expresión sincera de quienes todavía no quieren volver romper la burbuja del disfrute.
Durante algo más de una hora el cuarteto había conseguido suspender el tiempo, crear la ilusión de que la alegría podía estirarse un poco más. Pero el mundo exterior siempre termina reclamando lo suyo. Por eso mismo esos momentos resultan tan valiosos. Porque son breves. Porque no duran.
Escribe Lucas Canalda + Fotea Nacho Abstract
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