MANZA, UNA OBRA EN MOVIMIENTO

 

Por años, Mariano Manza Esain construyó una obra mientras ayudaba a construir la de otros. Entre estudios de grabación, giras internacionales y canciones que parecen seguir escribiéndose con el tiempo, este perfil explora una forma singular de habitar la música: lejos de las marquesinas, cerca del silencio donde las canciones encuentran su verdadera voz.

 

 

Manza está rodeado de silencio. Solo su voz frente al grabador rompe la quietud.
Son las diez de la noche y está en las alturas del corazón de la manzana, en un patio terraza de unos cuarenta metros, al fondo de La Lengua del Juglar, un espacio cultural que funciona a puertas cerradas. Es una enormidad que escapa al tejido inmobiliario contemporáneo, en uno de los pocos edificios antiguos del microcentro rosarino que sobreviven al tridente demolición-construcción-gentrificación.
Estamos solos, en silencio, entre paredes enormes y gruesas. Podría jurar que la combinación de vacío, altura, humedad de ciento cincuenta años y frío invernal genera una especie de reverberación orgánica. Se lo comento a Manza, que lo chequea con un pisotón certero de su Doc Martens derecha sobre la superficie. No hay conclusión. Solo silencio y palabras que van y vienen. Un torrente de “no sé” que denota espontaneidad e incredulidad, entre rumiaciones de ayer, hoy y siempre.
Décadas de discos, bandas, fechas, giras y estudios. Miles de pedales y kilómetros de cable.
Todo eso en un rato de charla, rodeado de silencio, un elemento que resulta clave para entender a un tipo relacionado con lo opuesto: el sonido, el ruido, el volumen, la distorsión y la palabra dicha sobre aquello difícil de expresar.
¿Cuánto necesita Manza del silencio? No hay respuesta.
En los últimos años, al artista del que siempre hubo que andar rastreando su material, me lo crucé muy seguido. En Rosario o Buenos Aires. Siempre en escenarios donde el silencio está ausente: música en vivo, pruebas de sonido, el bullicio de salas o estadios, el ruido de las grandes avenidas, bares. La lista podría seguir.
Mariano Manza Esain se ríe tras otra seguidilla de “no sé”, bajo la penumbra rosarina.
Ya probó sonido junto a sus cómplices, Federico Pérez Losada (percusión y teclado) y Pablo De Caro (sinte y sampler). En un rato cerrará la segunda edición del ciclo El Pacto Sensible. Después será el turno de Gabo Boccio y del debut de Luzseñal.
Ahora la noche espera por la música y por un detalle no menor: Manza tocará para un público muy joven que descubrirá sus canciones de forma directa, sin algoritmos ni pantallas de por medio. No es poco para un artista que, en los últimos años, parece cada vez más interesado en husmear allí donde exista una oportunidad genuina para ejercer su oficio fuera del radar.
No es tarea fácil. El calendario laboral aprieta entre giras por Europa como sonidista de Él Mató o como guitarrista de Santiago Motorizado en México. Eso sin mencionar el estudio, donde graba y produce discos para otros.
La agenda completa, sin embargo, no atenta contra el disfrute artesanal de los procesos. Entusiasmado, spoilea material de Los Altares, el nuevo proyecto de Julieta H (Fin del Mundo), mientras le da play a un archivo en su teléfono.
El silencio se corta.
El silencio vuelve
Mientras habla, cuesta encontrar una frontera entre el Manza compositor, el productor, el sonidista o el guitarrista. Las categorías parecen importarle menos que el trabajo mismo. Su vida transcurre pasando de una canción a otra, aunque casi nunca sean las propias. Hay días en los que mezcla el primer disco de una banda nueva; otros, cruza un océano como parte del equipo de artistas populares que tocan frente a decenas de miles de personas. Después vuelve a encerrarse en el estudio.
Cambian los nombres, cambian las escalas, cambian los escenarios.
La música cambia.
El trabajo permanece.
Y desde cada lugar aprende. No habla de los proyectos como compartimentos estancos. Lo que descubre produciendo un disco aparece meses después en un arreglo propio. Una solución técnica termina modificando una forma de escribir. En medio de la escala de festivales y giras internacionales absorbe para reflexionar. Todo circula. Nada parece desperdiciarse.
Resulta interesante escucharlo cuando habla de la música popular. No desde la fascinación ni desde el entendimiento: Manza habla desde una posición algo incómoda y, justamente por eso, más lúcida. Lleva años entrando y saliendo de esos dos mundos: lo pequeño y lo enorme. Los conoce desde adentro. Sabe cómo funciona una gira de estadios, cómo se construye una carrera masiva y también qué clase de exigencias tiene ese recorrido. Simplemente reconoce que hay una manera de trabajar que nunca le perteneció.
“Hay un montón de cosas que yo digo: esto acá yo no podría haber hecho. Cosas que tienen que ver con la industria, con seguir ciertas estructuras y rutinas. Pienso: esto acá yo no podría haber hecho, como que el sistema me eliminó.”
La frase no suena amarga. Tampoco resignada. Más bien parece el diagnóstico de alguien que, después de tres décadas viviendo de la música, entendió que una carrera también es el resultado de las decisiones que uno toma. Él eligió otra velocidad. Más lenta. Más incierta. Más difícil de explicar en términos de éxito, pero infinitamente más cercana a la idea de una obra.

Giras. Aviones. Pasaportes. Micros. Estudios. Grabaciones. Trabajo. Disfrute.
La conversación deriva, casi sin querer, hacia sus propias canciones. O, mejor dicho, hacia el tiempo que les puede dedicar.
“No tengo tanto tiempo para mi música. No me gusta dedicarle los días libres. Me gusta saber que tengo una semana entera, que mi cabeza está puesta ahí. Necesito ese tiempo para meterme. Las canciones empiezan a crecer”.
Hay algo revelador en el verbo que elige. Las canciones, para Manza, no se terminan: crecen. No aparecen de golpe ni responden a un calendario. Necesitan días seguidos de convivencia, de insistencia, de dejar que una melodía encuentre su propia respiración antes de salir al mundo.
La escena contrasta con la velocidad que organiza buena parte de su vida. Las horas de la ruta son largas, a veces interminables. Todo se disfruta.
Así pasaron los últimos años. Cuando puede, entra al estudio. Aunque no para sus canciones: producciones para artistas de distintas generaciones y una agenda que rara vez deja espacios vacíos. Su trabajo consiste, justamente, en que la música de otros encuentre la mejor versión posible.
Las propias esperan.
No parece incomodarlo. Tampoco romantiza esa espera. Simplemente entiende que hay procesos que no admiten apuro. Quizás sea esa una de las paradojas más curiosas de su recorrido: vive exclusivamente de la música desde hace décadas, pero la parte más personal de ese oficio sigue dependiendo de un lujo cada vez más escaso. El tiempo.
Porque si algo atraviesa toda su trayectoria es una convicción silenciosa: una canción nunca vale menos por haber tardado años en encontrar su forma.
Ese tiempo también puede escucharse.
En El Pacto Sensible, Manza interpreta doce canciones escritas a lo largo de tres décadas. Pertenecen a proyectos distintos y fueron compuestas en momentos muy diferentes de su vida. Sin embargo, hay una voz que las atraviesa más allá de la banda o del año en que nacieron. Si en los últimos quince años fue celebrado como un orfebre del sonido, conviene recordar que también es, desde hace más de treinta, un autor.
Escuchadas en conjunto, esas canciones revelan una obra antes que un repertorio. No funcionan como piezas aisladas ni como postales de distintas etapas. Dialogan entre sí. Se corrigen, se responden, se prolongan. Lo que cambia no es tanto la mirada como el lugar desde donde esa mirada observa.
Hay obsesiones que vuelven una y otra vez. El movimiento. Los viajes. Los paisajes abiertos. La sensación de atravesar un territorio que nunca termina de ofrecer un destino definitivo. En las canciones de Manza casi nunca se llega. Se permanece en tránsito.
La naturaleza tampoco aparece como escenografía. El desierto deja de ser un lugar para convertirse en una forma de la soledad. El río carga el peso del escepticismo. El viento, la humedad, la noche o la intemperie funcionan como estados del cuerpo antes que como accidentes del paisaje. Lo exterior y lo íntimo hablan el mismo idioma.
Con el paso de los años hay una transformación menos evidente. En las primeras canciones predominan personajes arrastrados por fuerzas que parecen excederlos. Más adelante aparece otra forma de movimiento. Ya no se trata solamente de soportar la deriva. También de elegirla. Hacer las valijas. Irse. Abandonar un lugar para construir otro. La soledad deja de ser únicamente una herida para convertirse, poco a poco, en una forma de estar en el mundo.
Por eso nunca habla de sus canciones como piezas terminadas. Tampoco las interpreta de ese modo.
“Hay temas que vuelvo a tocar porque encuentro una manera distinta de decirlos. Si no, no tendría mucho sentido”.
La frase ayuda a entender por qué en sus conciertos conviven composiciones separadas por décadas sin que ninguna funcione como un gesto de nostalgia. Manza no administra un catálogo. Vuelve sobre una obra que sigue moviéndose junto con él. Cada nueva versión no busca reproducir el pasado: intenta averiguar qué permanece vivo en esas canciones después de tantos años.
“Voy cambiando. Un día me pinta hacer alguno, otro día me pinta otro. No sé, sé que hay un montón de gente que le gustaría escuchar un grandes éxitos mío, pero también sé que quiero tocar lo último que estuve haciendo. Un artista tiene el derecho a querer tocar lo que piense que conforma su obra en el momento”.
“Hago temas de Valle de Muñecas y Menos que Cero, pero no los toco para satisfacer el pedido de la gente. Los toco porque pienso que encontré una versión que se adapta al sonido de lo que estoy haciendo ahora”. 

Hay otra persistencia menos evidente que atraviesa su recorrido. No aparece solamente en las canciones. También en los discos que produjo, en lxs artistas con los que eligió trabajar y en la forma en que entiende la música.
Durante décadas, el rock argentino construyó buena parte de su identidad alrededor de una idea bastante estrecha de la masculinidad. La autenticidad, por la dureza del carácter. El escenario era un territorio donde había que imponer presencia, exhibir certezas y ocupar espacio. Incluso la fragilidad debía expresarse desde una épica masculina: la testosterona, la fisicalidad, el aguante, la autodestrucción, la figura del macho herido. El rock fue, durante mucho tiempo, un lenguaje profundamente falocéntrico.
La obra de Manza parece haber crecido en dirección contraria.
En sus canciones no hay héroes ni triunfos. Hay personajes que dudan, que esperan, que aceptan no entender del todo lo que les ocurre. La vulnerabilidad nunca aparece como un momento excepcional: es el punto de partida. Incluso cuando las guitarras se vuelven densas o la distorsión gana protagonismo. Es duda. Es atmósfera. Textura. Respiración.
Esa sensibilidad tampoco nació de un manifiesto. Se fue formando lentamente, escuchando otras músicas, caminando espacios. Por eso Manza exhibe rastros del Daniel Melero de los ochenta y mediados de los noventa: por eso fue un contemporáneo permeado por Jaime Sin Tierra, Suárez o She Devils.
Su dirección nunca fue el resultado de un programa estético. No nació de una voluntad de discutir con el canon del rock argentino ni de escribir un manifiesto generacional. Fue, más bien, el resultado de una educación sentimental.
Cuando la charla deriva hacia las músicas que lo formaron, Manza no enumera influencias para justificar una genealogía. Habla de las bandas que le enseñaron que una canción podía conmover desde otro lugar. Que el silencio también podía ser una forma de tensión.
“Creo que es la búsqueda de, no sé, un poco de escapar del rock con testosterona. Del macho rock, que es una música que a mí nunca me estimuló particularmente”.
“Después, no es que yo busque adrede la femineidad en mi estética, pero sí busco que no sea una estética absolutamente masculina. No sé, tiene que ver con las bandas que escucho y que me gustan y la música me interesa. Ojo, no tiene que ver con una cosa conceptual. Esto que te estoy diciendo ahora, es como si fuese un análisis posterior por la observación que me hacés”.
“En realidad, deriva del tipo de banda que escucho y las cosas que siento que tengo ganas de decir”.
Habla desde la experiencia de alguien que nunca terminó de sentirse cómodo dentro de ese modelo de masculinidad que el rock nacional celebró durante décadas. Desconfiaba de todo lo que esas formas parecían obligadas a representar. Pero encontró un camino propio.
Su ruptura nunca fue sonora. Fue emocional. Menos que Cero y Valle de Muñecas sostuvieron su pulso la fragilidad, la contemplación, el detalle y el derecho a la incertidumbre.
Se escucha en las letras, donde el paisaje reemplaza a la consigna y las preguntas pesan más que las certezas. Se escucha en la manera de producir discos, privilegiando el clima antes que el impacto inmediato. Se escucha, incluso, en las artistas y bandas con las que decidió trabajar durante los últimos años: Nina Suárez, Fin del Mundo, Coiffeur, Siempreterno, Mimi Maura, Un Día Perfecto Para El Pez Banana y Acorazado Potemkin.
Quizás por eso resulte difícil encontrar, en toda su trayectoria, un gesto de impostación. Hay ruido, pero rara vez estridencia. Hay emoción, aunque casi nunca explosión. La música avanza con la misma lógica que sus personajes: intentan atravesar el mundo buscando hacer pie y encontrar algo de claridad.
Desde esa perspectiva, el silencio con el que empezó esta historia deja de ser una simple imagen. Se convierte en una clave de lectura para toda su obra.

Manza, De Caro y Pérez Losada construyen un clima inmersivo. Los teclados y los sintetizadores abren una profundidad sobre la que la guitarra encuentra espesor y relieve.
Las canciones cortan profundo. Quizás demasiado para una gélida noche de viernes. Hay algo peligroso en ellas: si uno se asoma demasiado, corre el riesgo de espiralear hacia esas vivencias que nunca terminan de cicatrizar.
Lo verdaderamente significativo, sin embargo, ocurre frente al escenario. Manza toca para un público joven que, en su mayoría, llega sin conocer su obra.
Escuchan. Algunos se sientan en el piso, a pocos metros de la banda, estudiando la escena.
El aplauso final rompe el hechizo.
Después vuelve el silencio.
El mismo que esperaba a Manza antes de la primera pregunta.

 

 

Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard

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