Entre atmósferas densas, poética urgente y arreglos que se despliegan como capas de un sueño inquieto, Dulce y Roto confirma a LvRod como una artista que trabaja la emoción sin filtros ni anestesia. Un álbum que avanza por terrenos vulnerables y contradictorios —la pena, el humor, el deseo, la duda— y que encuentra su fuerza en una sensibilidad que no se deja domesticar por el ritmo ansioso del presente.
“Hay barcos que zarpan hacia muchos puertos, pero ninguno va a donde la vida no sea dolorosa”, afirmaba Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego. La frase lleva un tono deliberadamente melancólico, no para fomentar la desesperanza, sino para aceptar la vida tal cual es: una mezcla inevitable de belleza y sufrimiento. El poeta portugués escribe desde una sensibilidad existencialista donde la conciencia del dolor es inseparable de la propia experiencia de vivir.
El uso de “barcos” y “puertos” —una de sus imágenes recurrentes— condensa esa visión de la vida como tránsito incierto. La metáfora sugiere, primero, que el movimiento constante no garantiza ningún escape definitivo. Luego, que la búsqueda consciente de sentido rara vez ofrece plenitud. Y, por último, que la fantasía de evasión opera como contraste inevitable frente a la realidad del sufrimiento.
Dos meses atrás, LvRod publicó Dulce y Roto, su tercer álbum, donde ese espesor existencialista y el temblor ante aquello que nos hace sentir vivos impregnan las ocho canciones, conectando, a su modo, con el pesar de Pessoa.
Pero el disco también habilita otras lecturas, con su tristeza y dramatismo a flor de piel. ¿Cuánto de rebeldía contracultural habita en los gestos de vulnerabilidad pública en una contemporaneidad dominada por la bajada aesthetic y la sonrisa impostada del feel good permanente? ¿Qué chances tiene un disco de elaboración preciosista en un tiempo regido por el vértigo? ¿Cuán dispuestos estamos a adentrarnos en canciones que duelen, que atrapan, que no nos dejan ilesos?
En tiempos en que la industria musical promueve la liviandad como estrategia de flotación, LvRod parece elegir el gesto opuesto: hundirse. O, mejor dicho, dejarse atravesar. No desde una épica del sufrimiento, sino desde una honestidad que incomoda porque rehúye del artificio.
Lo que se abre entonces es una pregunta incómoda: ¿qué tipo de escucha requiere un disco así? ¿Una escucha que tolere la fragilidad? ¿Una escucha que permita que algo duela, aunque sea un poco? Tal vez esa sea la apuesta secreta de Dulce y Roto: convocar a una audiencia dispuesta a suspender la anestesia generalizada y entrar en un territorio donde la sensibilidad vuelve a ser una experiencia alteradora.
En agosto llegó el sencillo adelanto del disco, Tanto Veneno, desgarrador y emocionalmente asfixiante. La canción trata sobre la toxicidad emocional y la imposibilidad de liberarse del dolor que deja una experiencia (posiblemente) amorosa. LvRod (Lucía Rodríguez) se debate entre el movimiento y la parálisis, entre la persistencia del “veneno” —una metáfora del daño o del recuerdo— y el deseo de seguir bailando, es decir, de seguir viviendo o sintiendo.
El tono es dolido, resignado y confesional, con momentos de lucidez poética. Bajo la sensación de peso y agotamiento, subyace una inercia narcótica que —tal vez— sea fortaleza: el cuerpo sigue “bailando” incluso bajo el efecto del veneno. No hay puntuación formal ni estrofas definidas, lo que genera un flujo continuo, casi un pensamiento bajado al papel y hecho canción de inmediato, como una necesidad de capturar a la bestia que anida en el pecho.
El sencillo fue un preámbulo ideal para lo que vendría, sentando el tono emocional. La canción se alza como una advertencia suave, casi un murmullo que anticipa el quiebre: avisa, tanto en la forma como en el fondo, que algo está a punto de mudar de piel. El tono, distinto y más afilado, delata una evolución que no necesita proclamarse; basta con escuchar cómo la curiosidad de la artista sigue avanzando, tanteando bordes nuevos mientras, por dentro, algo tiembla, como si las angustias encontraran por fin un lugar donde cristalizar. En tiempos de artificios, ¿puede existir una advertencia sobre la sublimación de lo genuino? Tal vez la canción diga, sin decirlo: cuidado, esto puede romperte el corazón —y aun así uno se acerca, sabiendo que la herida también es una forma de verdad.
Cuando se estrenó el disco, a mediados de septiembre, las canciones demostraron ser exigentes. Escuchar. Procesar. Pausar. Repetir. Veintiséis minutos de los que nadie sale ileso.
En lo musical, Dulce y Roto es un trabajo con una densidad de arreglos dedicados, que ofrece detalles que se van revelando lentamente: en las guitarras, en las cuerdas, en la percusión, en las voces. Es una obra elaborada con dedicación de orfebre.
En lo emocional, el desafío se plantea desde los primeros segundos de «Canción para los cuervos», donde la fatiga existencial y la supervivencia se dirimen usando la fantasía, lo onírico y el humor negro para soportar el agobio cotidiano. Esos elementos dicen presente desde el arranque y se quedan durante todo el disco, entrando y saliendo sin bajadas literales.
En «Canción para los cuervos» hay una lucidez que duele y una certeza: la imaginación como única defensa posible. Sublimar es el último recurso. Reír en voz alta, también. El cotidiano se vuelve pesado y desbordante. Dormir, imaginar, volar, morir “solo por un rato” son formas de escape. El humor es un mecanismo de supervivencia ante el agotamiento, como si el absurdo no soltase la mano nunca, en una clara señal de complicidad.
La canción despliega un universo simbólico donde el agotamiento vital se expresa como una lucha entre la realidad opresiva y un imaginario que funciona a la vez como refugio y tormento. El tiempo que “no alcanza” representa la insuficiencia crónica para sostener la vida cotidiana y emocional, mientras que las noches, con sus cuentos insomnes que atormentan, encarnan el espacio mental donde la mente se vuelve su propia enemiga y su único sostén.
Finalmente, los cuatro cuervos que presagian lo ominoso y comen los ojos dramatizan la pérdida de visión y claridad. El remate maradonian—“que no ensucien el mantel”— es un gesto brillante, convirtiendo la escena macabra en una viñeta doméstica, banalizando la tragedia. Ese contraste vuelve a la canción tan poderosa como irresistible, mientras se revelan detalles percusivos quizá llegados desde un folk gótico, además de texturas y arreglos de voces ascendentes.
El tema que da título al álbum trata sobre la dificultad de amar desde un lugar vulnerable. La protagonista quiere decir lo que siente, entregarse, pero cada acto afectivo está cargado de un peso que duele. El miedo a dejarse llevar paraliza y todo se vuelve incrédulo, casi ajeno. Es una bitácora íntima sobre la imposibilidad de un amor pleno: un deseo que no termina de concretarse, un beso que circula “de boca en boca” pero nunca llega, un camino “dulce roto” que promete pero no cumple.
Chelo y contrabajo marcan el territorio para un tono melancólico, suave, íntimo, con un dejo de resignación agridulce. No hay desesperación, sino una pena tranquila, contemplativa. La confesión está atravesada por la frustración: todo parece estar al alcance de la mano, pero no termina de ocurrir.
La línea “manos abiertas, ojos cerrados” propone un gesto casi ritual: confiar en lo sensorial y en la entrega interior para escuchar el amor de otra manera. «Dulce y Roto», entonces, se entiende como una canción sobre la pena que pesa más de lo que debería y el desafío tímido de aprender a sentir sin lastimar ni ser lastimada.
En el cierre del disco, otra vez signado por la combinación de chelo y contrabajo, «La sangre y el vino» construye un universo simbólico donde la búsqueda espiritual —encarnada en el “canto”— es la única forma de evitar un camino árido y lleno de piedras. La canción tiene un pulso mítico y nocturno, con un clima que oscila entre la fábula y la elegía. Todo parece ocurrir en un escenario onírico, una especie de paisaje espiritual entre lo salvaje y lo sagrado.
Quien no busca un “canto” queda con un “sol vacío” y un camino cargado de peso. El zorro que atraviesa la noche simboliza la búsqueda de un propósito perdido, mientras que los “laureles” representan un triunfo superficial sostenido por sacrificio y violencia, expresados en “la sangre y el vino”. La repetición de “Siempre se hace tarde para lo divino” sugiere que trascendente parece siempre fuera de alcance, como un anhelo que llega tarde, en una existencia donde lo espiritual es deseado pero inasible.
Parece lógico que un disco de sublimación tan poderosa como Dulce y Roto concluya reivindicando el canto como herramienta de sentido profundo. Este conjunto de canciones afirma el lugar de LvRod como artista en una época tumultuosa, quizá atravesada tanto por lo personal como por ese afuera intoxicado por el caos, la confusión y el agobio propio del capitalismo tardío. Algo en el disco reverbera más allá de lo íntimo: una búsqueda de conexión con lo verdaderamente valioso, aquello que LvRod parece encontrar en su decisión de ser artista, ahora desde una indagación más plena en su rol de cantora.
Al final, todo se reduce a sostener lo genuino mientras el mundo se apaga y la velocidad —siempre impuesta— se acelera. En ese gesto aparece también una forma de manifiesto: como quien afirma un pulso propio aun cuando el mundo se empeña en dictar el ritmo. Dulce y Roto parece decir que la belleza no es un lujo, sino una necesidad, un modo de sostenerse frente a lo que fragmenta. LvRod abraza ese borde entre lo frágil y lo luminoso, y desde ahí construye un espacio donde el temblor personal adquiere un eco que excede el cuerpo que lo produce. Tal vez por eso el disco deja la sensación de un retorno: no a un origen idealizado, sino a una verdad mínima, cálida, que sobrevive entre los escombros.

Mientras que Dulce y Roto tuvo su presentación oficial a principios de octubre en La Tangente, las canciones siguen girando, tanto en formato reducido como en banda completa.
La formación del formato full band se conforma por Rod (voz y guitarra), Nicolás Alfieri (guitarra), José Cerutti (percusión y clarinete), Brune La Cava (contrabajo) y Tao Plante (cello).
El intercambio con LvRod ocurre a la distancia, entre Buenos Aires y Rosario, durante días en los que apenas consigue detenerse: fechas que se encadenan, docencia, talleres que siguen creciendo, proyectos paralelos que reclaman su pulso como la CrewRod, y otros anuncios. Puede que al universo de LvRod le calce muy bien aquella máxima de Mariana Enriquez —porque demasiado no es suficiente— como si la vida, para ella, fuera una sucesión de intensidades que se sostienen a fuerza de deseo, cansancio y una terquedad luminosa.
2025, además de su tercer LP luego de Caudal y Los Bordes de la Noche (ambos de 2023), trajo una gira europea, con presentaciones en ciudades como Madrid, Barcelona y Berlín.
LvRod va saltando de una canción al mercado, del dolor a la risa. No se queja. Narra, observa, se ríe de sus propios excesos y vuelve siempre al mismo punto de partida: lo que hace, lo hace porque lo necesita.
LvRod se refiere a su trabajo junto a Máximo Cantón —socio creativo y productor del álbum— con respeto y devoción. También habla del territorio interno del que surgieron las letras, de esa mezcla de pesadez y lucidez, de humor negro y ternura descarnada que atraviesa el disco como una corriente subterránea.
– Cuando apareció Tanto Veneno, me sorprendió su estructura: no hay puntuación formal ni estrofas definidas, lo que genera un flujo continuo, casi de pensamiento.
¿Cómo llega esa canción que también podría ser una poesía bajada al papel?
Fue en una mañana turbulenta. Estaba recibiendo una avalancha de Whatsapps de pelea y opté por hacer lo que más me gusta hacer de mañana en mi cocina: sentarme con el mate, el bloc de notas y la guitarra. Lo primero que salió tocando ese La menor fue un suspiro seguido de “es imposible… tanto veneno…”
A partir de ese momento empezó a construirse esa canción que luego estructuramos junto con Max para convertirla en lo que es: la declaración de algo que está muerto por corrosión, sea un vínculo, un político, o lo que cada quien quiera que sea.
-Por todo el disco hay una voz que enfrenta el desencanto con un lenguaje poético, corporal y rítmico. Siento que dicho desencanto se hace tanto carne como pensamiento intrusivo.
¿De dónde sale ese universo interno? ¿Costó encontrar el tono correcto para que no sea demasiado doloroso?
Creo que hay algo de encantador en encontrarse en la desesperanza. A mi me pasa eso con las letras de Radiohead o Fiona Apple o con la oscuridad de Mariana Enríquez o Edgar Allan Poe. Lo terrible está en todos lados, pero muchos quieren taparlo.
Con respecto a encontrar el tono: a veces encuentro la ridiculez en la tristeza y creo que eso nos ayudó a nivelar, más allá de que este disco es bastante pesado. Pero es cierto que existieron muchos momentos – sobre todo con lo vocal – de estar grabando y decir: che, le bajamos un toque al drama, ¿no?
-Dulce y Roto se corre de la velocidad y del feel good dominante, y propone habitar sensaciones complejas. ¿En algún momento pensaste en ese afuera al hacer el disco? ¿Te preocupa no encajar en esta contemporaneidad?
Me preocupa no encajar en el sentido de que uno tiende a querer que le vaya bien con lo que hace, pero eso es completamente contradictorio con mi afán por hacer lo que quiero y el desprecio que siento a la idea de seguir fórmulas o pautas que impone la industria.
Lo que tengo claro es que me daría asco de mí misma hacer algo que no sienta y que trance con el mercado sólo por querer pegarla, ¡puaj!
-Hay una densidad de arreglos considerable, ¿cómo fueron encontrando lo que necesitan las canciones?
Fue hecho y grabado con muchísima dedicación pero no con planificación. Las canciones fueron grabadas por una banda de musicxs increíbles que se subieron a la idea de encarar canciones sin partitura ni cifrado, aportando a todo eso en el momento y dejándome ir moldeando la canción a medida que se construía.
Lo único predefinido fue en cuanto a la composición tímbrica por la elección de los instrumentos, pero no mucho más. Gracias Max, José, Tao, Tadeo, Brune y Nico por fumarse y jugar con todo eso.
-A través de los años lograste sostener diversos proyectos, los propios como tu faceta solista y la CrewRod, pero también con compinches como Marina, o tus talleres. ¿Cómo vas encontrando el lugar para cada proyecto?
Me entusiasman mucho muchas cosas y por suerte todavía no descifré cómo hacer todo en un mismo proyecto.
La docencia me encanta y me dio mucho, siempre. Tocar con Marina me deja expresar desde un lugar rockero que a mi corazón grunge le renueva la energía. Se me explota el alma de alegría haciendo las deformidades que hacemos con la CrewRod.
Tiempo casi no tengo y ando bien cansada pero es lo que elijo en pos de hacer lo que me gusta con la gente que quiero.
-En Spotify cada canción del disco figura con todas las partes involucradas. No es un detalle menor. Me parece que dice mucho sobre el proceso de trabajo de un equipo afianzado, al menos en la química y en la confianza que generó Dulce y Roto.
Por más que las canciones ya estuvieran compuestas fueron producidas por todos los participantes. Era fascinante y muy excitante ver como mutaba una canción que tenía solo guitarra y voz en una cosa preciosa clásica oscura con esos arreglos divinos.
Cada uno aportó desde su toque y desde su cabeza y su creación y decime si no es una comunicación hermosa esa manera de hacer música. Porque encima íbamos grabando de a uno o de a dos, entonces cada ser que se sumaba a grabar añadía una capa de arreglos nuevos que iba puliendo la identidad del tema. Una cosa de locos.
-¿Alguna vez sentiste que la música no era suficiente para canalizar tus emociones?
Siempre fue una gran terapia y creo que estaría muerta si no fuera esa puerta que me ayuda a conectar con algo profundo, revolver y escupir lo que sea necesario. Pero también siento que el cuerpo no me alcanza y son varios los medios de descarga. Recomiendo la danza para descargar y escribir lo que sea para ordenar emociones e ideas.
-Vienen apareciendo palabras como dolor o desencanto. Es un montón, no hay dudas. ¿Todo eso se alivia cuando las canciones empiezan a ser tocadas en vivo?
A veces se alivian y a veces te traen de nuevo esas sensaciones. Hay días que escucho las canciones de este disco y digo: la pucha, qué bien me viene escuchar esto ahora, o al revés, no me sirve para nada escucharlas porque me hunden en una nostalgia honda y me pongo a llorar y chau.
Por suerte cuando toco fondo me veo de afuera y me sopapeo por ridícula. La tristeza es un poco graciosa también.
por Lucas Canalda
Fotografías prensa
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