
Durante más de tres décadas, Loquero escribió canciones sobre pérdidas, desencantos y pequeñas formas de supervivencia cotidiana. Sin confiar demasiado en las verdades absolutas la banda construyó una obra que parece hablarle a quienes siguen adelante cuando las certezas se derrumban. Ahora, mientras sus integrantes bromean sobre la edad y el paso del tiempo, una nueva generación aparece frente al escenario. Entre recuerdos, contradicciones y reflexiones sobre el oficio de crear, se explora una pregunta persistente: cómo seguir haciendo música cuando todo cambia alrededor, excepto las canciones.
“Todo esto es una gran mentira”, dice Yamandú. “Si estamos acá, ahora, es porque triunfó la mentira por sobre la verdad”, agrega.
Son casi las ocho de la noche y el invierno todavía no oficial golpea fuerte, incluso sorprendiendo a los nativos marplatenses.
Loquero acaba de probar sonido y todavía falta un rato para que Knockout arranque una fecha que cierra Eterna Inocencia.
Refi ya tiene público en la puerta, esperando paciente.
Chary, Aku, Ito y Yamandú me rodean. Se acercan al grabador. Se ríen. Hacen chistes sobre jubilarse, sobre PAMI, sobre su edad. El guitarrista, mientras tanto, insiste con que todo esto es una simulación.
Con su larga y tupida cabellera gris, digna de un monje ocultista ruso, metida dentro de su abrigo, Yamandú afirma que todo esto es una ficción: la banda, el celular, los números que hacen a la matrix. No está en modo conspiranoico, sino reflexionando sobre la banda que integra desde principios de los noventa.
De manera espontánea, el eje del encuentro gira. Más que una entrevista sobre la banda, parece una conversación sobre el paso del tiempo, la persistencia y la contradicción de convertirse en una referencia contracultural sin haberlo buscado.
Dos chicos pasan por la vereda de enfrente y saludan al grito “Ehh, ¡aguante Loquero!”, que por acto reflejo es respondido por los cuatro, de manera amistosa.
En ese segundo, reflexiono que no se trata de una nota sobre la banda, sino de las personas reales que aparecen detrás de las respuestas: cuatro músicos que llevan treinta años negándose a dormirse en los laureles, en aceptar la comodidad, o siquiera hacer las paces con que son buenos en lo que hacen y, finalmente, referentes de varias generaciones.
Saliendo de Refi, la gente en la puerta, los saluda y los abraza. Alguien cuenta que vino desde Concordia para verlos. Hay algo más que cariño ahí: es el amor por la compañía que se remonta a los momentos de una vida.
“Todo es una ficción: incluso esta entrevista que nos estás haciendo. Todo es algo a decodificar. Se puede leer de mil maneras”, afirma el guitarrista y principal arquitecto del sonido de Loquero, una especie de eslabón perdido entre el resabio crudo del punk proletario y el post-punk de tintes góticos.
“Nuestra tarea es decodificar e interpretar. Yo nunca tuve ilusiones, ni banderas, ni nada. No sé porqué hago esto, pero lo sigo haciendo. Es como que hay una obligación extraña, que no es moral ni ética, que me dice que tengo que seguir adelante. Y lo hago. Como que alguien o algo me obliga a hacerlo. No sé quién…pero lo hago por una obligación, porque me gusta, porque es lo único que me sale, porque es lo único que me dan ganas de ir a comprar vino o whisky”.
“Y yo sigo haciendo esto porque lo veo a él sobre el escenario y digo, ¡tengo que tapar el vino!”, remata Chary, generando una risa general, y así descomprimiendo la cacería de sentido de Yamandú.
En algún momento del siglo pasado, Loquero era una banda de pibes. No porque fueran jóvenes —eso es una cuestión biológica— sino porque pertenecían a una generación específica: la de los que tocaban en cuevas, clubes de barrio, viajaban doce horas para tocar cuarenta minutos y regresaban sin dinero pero con una historia para contar. Una banda en los márgenes de lo establecido y aceptado. De esas que parecían destinadas a existir únicamente para quienes estuvieran ahí.
Treinta años después, sucede algo curioso.
Los adolescentes aparecen en los recitales.
No llegan acompañando a sus padres. No vienen por nostalgia heredada. Llegan solos. Con curiosidad y una vida que no tiene ninguna relación con el mundo donde nació Loquero. Aunque no hace falta ser tan pillo para entender que cuánto más cambian las cosas, más se mantienen iguales.
La escena no desconcierta a Loquero. Ya lo tienen observado.
“Están viniendo los nietos”, dice Chary.
La frase parece un chiste, pero tiene algo de diagnóstico cultural. Porque mientras la industria musical vive obsesionada con la novedad, Loquero se convirtió en otra cosa: una anomalía. Una banda que atravesó generaciones sin adaptarse demasiado a ninguna.
“Vienen los nietos de quienes venían a vernos al principio”, indica Aku, que viste remera de Buenos Vampiros.
“Las bandas emergentes van a las raíces. Empezaron a buscar bandas como Loquero para escuchar de dónde viene su sonido, también. Son pibas y pibes de 20, 25 años, que toman como influencia a Loquero como a otras tantas bandas”, añade el bajista.
“Es increíble, pero de alguna manera el mensaje, o lo que sea que transmitimos, va llegando. No solo eso, sino que ha pasado de un par de generaciones. Obviamente tocamos para todo el mundo, adolescentes y viejos a punto de jubilarse, como nosotros. Pero es muy lindo ver gente joven. Viste que los chicos escuchan otras cosas, no la música que nosotros hacemos”, reflexiona Chary.
Nadie parece especialmente interesado en comprender de manera específica el fenómeno.
Nadie habla de estrategia.
Nadie menciona algoritmos.
Quizás porque no pueden.
Quizás porque la explicación reside en la acción.
“Es grato. Pero la verdad loco porque nunca imaginamos nada así”, comenta Chary, encogiendo sus hombros.
“Hay como una recuperación de ciertas instancias por parte de gente joven. Simplemente porque no las vivieron. Por ejemplo, gente comprando vinilos, o recuperando cámaras viejas para sacar fotos con rollos, o casetes. Esa gente no vivió nada de lo que vivimos nosotros. Y bueno, nosotros estamos vivos todavía. Hay una retroalimentación extraña de gente que va a ver a los que no se renovaron, que seríamos nosotros”, considera Yamandú.
“Se está renovando el público y nosotros siempre somos los mismos. Entonces hay una cuestión generacional que se perdió y al mismo tiempo se va ganando otra, que no es la del mainstream”, agrega.
“Es una cuestión generacional que va por los bordes de lo que está escrito para la mayoría. No sé cómo, pura suerte o casualidad, o están equivocadísimos, pero vienen a vernos. Igual, es muy poca cantidad de gente. Porque la mayor parte de la gente está dentro del mainstream”.

La edad aparece varias veces en la charla. A veces en forma de chiste. A veces como resignación. A veces como experiencia.
Pero siempre aparece.
Los Loquero se ríen de la jubilación, del cuerpo que no responde, de los achaques. Se llaman a sí mismos “viejos chotos”. Sin embargo, cuando hablan del escenario ocurre algo curioso: esa supuesta vejez entra en pausa.
La energía sigue ahí mientras arremeten con 24 canciones.
¿El escenario es el único lugar donde el tiempo deja de comportarse como tiempo?
Tocan «Rusita», «Diabolo», «Muchachos», «No sé», «Black out» y «Chocolate», entre otras.
La velocidad es trepidante. No parece haber pausa entre canción y canción.
Chary apenas se mueve de su lugar frente al micrófono. Toda su energía se concentra en respirar y cantar. Lo está disfrutando por un detalle particular: está estrenando monitoreo in ear.
“Me escucho como en un cedé”, dirá más tarde, en el camerino, sonriente y acalorado, vistiendo una remera de Emil Cioran, el filósofo rumano. “Una amiga me dijo: tomá, a vos seguro te gusta este escritor, que es medio tristón como vos”, confía.
Durante una hora, escurren cada segundo, entre volumen enorme y brazos en alto.
El bajo de Aku suena al frente, brutal, una vibración en directa colisión con los cuerpos que arremolinan la sala.
Yamandú es quien más se suelta, especialmente disfrutando correntadas de feedback, como si estuviera cruzado y quisiera desquitarse con el amplificador.
Tocan «Esculturas» y saltan un par de cuerpos hacia adelante, con los brazos bien arriba, hacia Chary. Cantan a los gritos, como si el alma estuviera barreteando la garganta para salir. Una boca tan enormemente abierta que puede verse un chicle, aun estando detrás del escenario.
“¿Y con qué fin toda esta dialéctica en historia? / ¿Para qué ir al paraíso estando muertos? / ¿Para qué buscar la gloria estando vivos?”.
Interrogantes que estallan sin ensayar respuestas. Es una característica de Loquero: una desconfianza persistente hacia quienes pretenden explicarlo todo. No porque sea una banda anti intelectual. Al contrario. Muchas de sus letras están llenas de preguntas filosóficas, dilemas morales y observaciones sobre la historia, el poder o el sentido de la vida. Lo que parece incomodarlos es otra cosa: la ilusión de que comprender equivale a vivir.
Por eso sus canciones suelen escapar de las conclusiones. Incluso cuando se acercan a cuestiones abstractas, terminan regresando al cuerpo, a las amistades, al barrio o al deseo. Frente a quienes prometen la gloria, el paraíso o una explicación definitiva del sufrimiento, Loquero opone una sabiduría más terrestre. Cantar. Caminar. Enamorarse mal. Compartir una mesa. Equivocarse. Volver a empezar. Como si la experiencia valiera más que cualquier teoría capaz de ordenarla.
En ese sentido, construyeron una obra extrañamente coherente. Una poética de la gente común que sigue avanzando sin comprender del todo qué está haciendo. Sus personajes dudan, se contradicen, se pierden y fracasan. Pero rara vez se colocan en el lugar del que sabe. Hay una dignidad en esa incertidumbre. Una negativa a transformarse en predicadores. Por eso sus canciones, desde 1992 hasta hoy, conservan una vitalidad tan poco frecuente. No ofrecen respuestas. No prometen redenciones. No venden salidas. Apenas acompañan. Esa compañía honesta vale mucho más que cualquier certeza. Por eso hay adolescentes acá. Por eso hay cincuentones. Por eso viajan desde otras provincias para verlos. Por eso los abrazan, les cuentan cosas, les estrechan la mano.

Hay bandas que hablan de la calle y hay bandas que vienen de la calle. Pero también hay otras que conocen la intemperie. La diferencia suele notarse cuando se apagan los amplificadores y las palabras reverberan. En Loquero no hay pose de derrota ni romanticismo de la marginalidad. Lo que hay es conocimiento del desgaste. Un rastro. Una piel dura.
Loquero nunca cantó para los vencedores. Loquero hizo canciones para otra gente. La mayoría silenciosa, la proletaria, la que se pasa los días masticando preocupaciones, pesares y realidades.
Habitan lugares que están ahí pero damos por sentado. Las pensiones, las casas tomadas por el abandono, las amistades que se evaporan, las ilusiones que se contaminan y los cuerpos que siguen caminando cuando ya no queda demasiado combustible. Están en tránsito loopeado.
Escuchar a Loquero es encontrarse con un catálogo de sobrevivientes.
Sus canciones están pobladas por amistades que se fueron, por tipos que se vendieron, por personas que no encuentran dónde encajar, por amantes que cambian a otros por “un pobre hueco”, por sujetos que despiertan cada mañana con la ansiedad pegada al cuerpo como una segunda piel. No hay héroes. Si acaso, apenas algunos obstinados. No hay finales felices ni triunfantes.
Por eso resulta engañoso encasillarlos dentro del punk. Claro que están ahí la desconfianza hacia la autoridad, el desprecio por los caretas, la alergia al dinero convertido en religión y la fidelidad a ciertos códigos de barrio. Pero Loquero siempre pareció interesado en otra cosa. Mientras muchas bandas levantaban consignas, ellos escribían sobre personas.
Personas cansadas.
Personas rotas.
Personas que siguen.
Personas a las que no les queda otra que ser esas personas.
En las letras de Loquero aparece una pregunta que vuelve una y otra vez bajo distintas formas: ¿cómo seguir siendo uno mismo cuando todo empuja hacia otro lado? La respuesta nunca llega convertida en doctrina. Llega en forma de amistad. De memoria. De canciones. De afectos. De pequeñas lealtades. De derrotas compartidas y comprendidas.
“Mis amigos ya no están”, cantan. Y la frase no funciona como una queja sino como el reconocimiento de una pérdida colectiva. Porque en el universo de Loquero la amistad ocupa un lugar casi central. Son las amistades quienes sostienen el mundo cuando el resto se derrumba. Son lxs amigxs quienes “renuevan mi color y mi visión”. Son lxs únicxs capaces de devolverle algo parecido a una infancia inocente a quien ya conoce demasiado bien la derrota.
Hay también una sensibilidad de clase que atraviesa toda su obra. No aparece como consigna ni como identidad declamada. Aparece como experiencia. En la frustración de la clase baja. En los comedores populares. En los desplazados para quienes nunca sale el sol. En las medias rotas y los zapatos gastados.
Loquero no observa la precariedad desde afuera. Habla desde adentro. Por eso sus canciones están tan lejos del cinismo.Vieron demasiadas cosas para ser ingenuos, pero también atestiguan demasiado para entregarse al nihilismo. Entre una posición y la otra construyeron una ética propia que corre rápido, apenas si alcanzando los noventa segundos.
Los personajes de Loquero viven cayendo. Lo extraordinario es que nunca terminan de caer.
Siguen cantando.
Siguen buscando.
Siguen caminando.
Siguen soportando.
Siguen creyendo que “algo debe haber”.
Esa frase podría funcionar como una definición secreta de toda la banda marplatense. Porque después de décadas de tocar en los márgenes, de atravesar cambios de época, modas, escenas y despedidas, Loquero sigue aferrado a una convicción mínima y poderosa: si el mundo está roto, si los amigos se van, si el amor se contamina, si la ansiedad ocupa cada rincón de la cabeza, entonces ¿qué queda? Camus escribió que hay que imaginar a Sísifo feliz. Loquero parece imaginar otra cosa: gente caminando con las osamentas rotas, volviendo de madrugada, cargando decepciones como quien carga bolsas del supermercado. Gente que no espera ninguna recompensa. Sin embargo siguen. Porque todavía creen que algo merece ser salvado. O porque seguir buscando es la única forma de estar vivos. O porque no queda otra.

Cuando arrancaron nunca pensaron en la música como un oficio.
Girar, tocar, componer, producir y grabar: Loquero es un oficio. Y un oficio de años.
Se hace un silencio. Se encuentran las miradas.
Todo se dio de manera orgánica. No saben hasta cuándo va a durar. No arriesgan.
Según consideran, casi de forma unánime, varias cosas mejoraron con los años. Otras que nunca cambian. Y hay otras que se vuelven fáciles, señal de que deben estar atentos.
Aku primerea y declara que el power y la sinergía entre Loquero y la gente sigue intactos.
Para Chary, algunas cosas cambian con la edad. “Pero la música está desde siempre. No sé si escribir canciones mejorará con los años. Nadie tiene garantías. Capaz que al principio salía rápido, pero eso no significa que fuera fácil”.
De acuerdo a Yamandú, “lo musical se puede volver algo muy simple. Estoy tratando de encontrar cuestiones que me generen un desafío. La construcción de canciones me sale tan fácil porque se convirtió en un oficio. Estoy buscando continuamente el desafío. Quiero que me cueste. Porque si me sale de oficio, se pierde la emoción”.
La idea de oficio la aceptan. La idea de trayectoría redunda en incredulidad.
Cada vez que aparece una pregunta sobre legado o permanencia, responden con ironía, se van por la tangente, con una ronda de chistes que se potencian, como adolescentes.
Sin embargo, acá están.
El jueves fue La Plata, el viernes Córdoba. Ahora Rosario. Mañana Buenos Aires.
Conocen el territorio argentino por tocar de provincia en provincia. A veces ciudades, a veces pueblos. Tuvieron frío y calor. Pero llegaron, tocaron y volvieron.
Asoma la verdadera dimensión de Loquero.
No es una banda legendaria.
No es una banda masiva.
No es una banda de culto.
Es una banda federal.
Lo aceptan de manera decidida. No hay chistes, ni escepticismo. Aparece, por primera y única vez, un tono de orgullo.
Durante más de tres décadas construyeron lejos de Buenos Aires. Tendieron una red de afectos, amistades y seguidores que no depende de la prensa nacional ni de las modas culturales. Una red hecha de kilómetros.
Por eso cuando hablan de su historia aparece una certeza: al ser una banda federal todo les costó el doble.
Pero lo hicieron.
Desde Mar del Plata.
Desde el interior.
“Nosotros viajamos por todo el país. Tocamos ante desconocidos, de cualquier edad, que ni idea tenían de la banda. Pero conectamos. Eso sí lo tenemos. Nadie nos va a sacar eso. Lo hicimos desde abajo, sufriendo”, sostiene Chary.
“Somos una banda que laburamos por todo. No somos de Capital Federal, somos del interior. Así todo es cuesta arriba, más del doble te diría. Pero pudimos”, concluye.
Lo hicieron sin permiso.
Sin titulares.
Sin fanfarria.
Tocando.
Resistiendo.
Perdurando.
Loquero nunca ganó la batalla cultural. Nunca dominó el centro de la escena. Nunca ocupó el lugar que la industria reserva para los triunfadores.
Pero sobrevivió.
Y acá está.
Aunque ellos no quieran creerlo.
Texto por Lucas Canalda – Fotografías por Renzo Leonard