
Editado por Mansalva, Polar Noise. Diario de una gira ártica no es un libro sobre música sino sobre exposición: al clima, al territorio y a una experiencia que se resiste a ser explicada. A partir de una gira realizada en 2009 por el archipiélago noruego de Svalbard, Alan Courtis construye una bitácora de registros mínimos donde el desajuste, la intemperie y el cuerpo organizan la lectura más que el concierto o la obra terminada.
Polar Noise. Diario de una gira ártica es el primer libro de Alan Courtis y, en cierto sentido, también una anomalía dentro de su trayectoria. Editado por Mansalva a fines de 2025, el volumen no funciona como una autobiografía ni como un texto teórico sobre música experimental, sino como el registro escrito de una experiencia concreta: una gira realizada en 2009 por Svalbard, un archipiélago noruego ubicado dentro del Círculo Polar Ártico, a pocos kilómetros del Polo Norte.
Courtis nació en Buenos Aires en 1972 y es conocido, sobre todo, por su trabajo como músico, compositor y artista sonoro. Cofundador del grupo experimental Reynols, participó en más de quinientos discos editados en distintos países, realizó giras por Asia, Europa, América y Oceanía y compuso obras para ensambles de todo el mundo. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires, donde también dicta talleres vinculados a la música y la escucha, su producción estuvo históricamente ligada al sonido antes que a la escritura. Polar Noise aparece, en ese sentido, como un desplazamiento: no un cambio de campo, pero sí un cambio de soporte.
El libro reconstruye la gira bautizada Super Ultra North of Everything, un festival experimental que reunió a músicos de distintas partes del mundo para realizar conciertos en condiciones poco habituales, tanto por el clima como por el contexto geográfico. Courtis fue el único participante latinoamericano del grupo. “No fue algo imaginado”, contó en Rosario, a fines de diciembre, durante la presentación del libro en Feuer. “Cuando llegó la invitación, de manera inesperada, arreglé la agenda para poder participar”.
La escena de esa presentación funciona casi como un contrapunto del libro. Acompañado por Daiana Henderson y Cristhian Monti, de Editorial Neutrinos, Courtis no se limitó a hablar del texto: esa misma noche realizó una performance sonora y, al día siguiente, dictó un taller de Escucha Cuántica inspirado en Pauline Oliveros. El libro, así, apareció integrado a una práctica de vida, donde la escritura no reemplaza al sonido sino que lo rodea, lo comenta y lo prolonga.
En Polar Noise, la gira por Svalbard se narra a partir de episodios concretos y observaciones puntuales. Jornadas con pocas horas de luz —en marzo, el día comenzaba cerca de las ocho de la mañana y a las dos de la tarde ya era de noche—, quemaduras producidas por el viento polar, traslados difíciles y visitas a lugares como Pyramiden, una antigua ciudad soviética hoy prácticamente abandonada. “Todo lo que creía saber sobre giras y conciertos en lugares extraños tomó otra dimensión”, explicó Courtis ante el público rosarino. “La cámara digital no andaba. La batería no duraba más que segundos“, agregó. Y sumó un dato que atraviesa el libro como una constatación persistente: en esa región hay más osos polares que habitantes humanos.

Courtis baja la experiencia al papel como quien vuelve sobre algo que todavía no terminó de pasar. Polar Noise es, en ese sentido, un ejercicio de memoria y de revisitamiento: no la crónica en caliente de una gira, sino un regreso posterior, cuando los detalles —el frío, la ropa, los traslados, el cansancio— ya no funcionan como estímulos inmediatos sino como restos. El libro combina texto y fotografías y recorre ocho días del invierno escandinavo, con todas las dificultades que implica producir música en un contexto donde el cuerpo está permanentemente a la intemperie.
En ese registro, la escritura se detiene muchas veces en lo material, en aquello que rodea y condiciona cualquier acción. La descripción de la indumentaria que deben usar para salir al exterior ocupa un lugar central, no como color local sino como experiencia física concreta: “Me pongo la campera. Pero para salir nos dan unos trajes especiales que van arriba de toda la ropa. Parecen trajes de astronauta, solo que son bien negros para distinguirlos en la nieve. Tienen varios cierres, bandas reflectivas en las piernas, brazos, hombros y también en la espalda. Arriba traen una capucha con piel bastante abundante. Dos pares de guantes, botas de goma grandes y un casco —también negro— completan el traje. El casco entra en la capucha sin problema. Con todo eso encima uno siente que tiene un segundo cuerpo que resulta tan protector como incómodo”.
Ese “segundo cuerpo” aparece como una clave del libro. Lejos de la experimentación entendida como gesto estético y lejos de las zonas conocidas de la práctica musical, Courtis escribe desde un lugar distinto: no desde el sonido, sino desde el cuerpo expuesto a una situación que obliga a recalibrar todas las decisiones. La escritura funciona entonces como un segundo viaje: no el desplazamiento físico al Ártico, sino el retorno posterior a algo que, incluso en el momento de ocurrir, parecía improbable.
Más que una bitácora de descubrimientos, Polar Noise puede leerse como un registro de desajustes. El asombro no aparece ante lo exótico, sino ante lo concreto: ciudades detenidas en el tiempo, prácticas culturales ajenas, preguntas sobre qué lugar ocupa ese territorio en una historia que no es propia y, sobre todo, una naturaleza que impone condiciones claras. Veintiséis grados bajo cero no son un dato pintoresco, sino una fuerza que organiza la experiencia.
En otra de las entradas, Courtis relata una decisión mínima que deriva en una marca permanente: “Ante la situación climática cada artista hace su obra, como puede. Desarmamos y nos vamos. A la vuelta me ofrecen ir en scooter pero como había venido caminando no tengo el casco. Decido subirme igual. Pero la decisión parece no ser tan buena: el frío que me entra de frente es tal que me quema la piel dejándome una cicatriz que me toma toda la nariz. Nunca se me ocurrió que el frío pudiera quemar la piel tan fácilmente, pero ahí está la evidencia. Una marca del Ártico”.
La escena no busca dramatismo ni enseñanza. Queda ahí, como quedan las cicatrices: como prueba material de algo que no se termina de explicar del todo. En Polar Noise, ese tipo de marcas —en el cuerpo, en la memoria, en la escritura— son las que sostienen el relato.

El libro adopta el formato de un diario compuesto por entradas breves y fechadas. Esa estructura, lejos de ordenar la experiencia, la fragmenta. La música queda en un segundo plano: no como ausencia, sino como algo que no necesita ser explicado. El texto no describe conciertos ni procedimientos sonoros; acompaña, más bien, los momentos previos y posteriores, los desplazamientos, las esperas, los desajustes. La lectura avanza así entre la imaginación y la suposición, pidiendo al lector una entrega similar a la que el propio autor asume frente a la experiencia.
Lo irrepetible atraviesa todo Polar Noise. No solo por tratarse de una gira en una región extrema, sino por la precariedad de los medios, por la convivencia de idiomas múltiples y desconectados entre sí, por la ausencia de protocolos claros para la música que se propone y por la imprevisibilidad de un público local del que poco se sabe y del que no se esperan certezas. Nada parece estabilizarse del todo. Cada situación es provisoria, cada decisión parcial.
Esa inestabilidad es, también, una de las virtudes del libro. Polar Noise no ofrece una descripción lineal ni fácilmente clasificable. No explica el Ártico ni traduce la experiencia a categorías conocidas. Se mantiene en un punto incómodo, donde lo culturalmente ajeno, lo detenido en el tiempo y lo hostil del entorno conviven sin jerarquías. La lectura se vuelve inmersiva no por acumulación de estímulos, sino por la persistencia de una sensación: la de estar siempre un poco fuera de lugar.
En ese desplazamiento, el libro dialoga de manera directa con la trayectoria de Courtis. No como confirmación de un recorrido, sino como su extensión lógica. A una obra discográfica que atraviesa la música experimental, el drone, el noise, la improvisación, el rock, la música contemporánea y la clásica, se suma aquí otra forma de práctica: la de exponerse a una experiencia sin garantías. Polar Noise no es la crónica de un resultado, sino el registro de una entrega. No hay cálculo ni previsión. Hay presencia.
Tal vez ahí resida el núcleo del libro: no en el viaje al Ártico, ni en la rareza del contexto, sino en la decisión de volver sobre lo vivido sin domesticarlo. Escribir no para explicar lo ocurrido, sino para dejar constancia de que, incluso mucho tiempo después, sigue siendo difícil de asimilar.

-¿Cómo fue el proceso de escritura de Polar Noise? En Feuer contaste que al principio todo te salía en verso. ¿Cómo fue encontrar el tono correcto?
El primer borrador que mandé estaba escrito en verso, pero no porque pretendiera ser exactamente poesía sino, simplemente, porque lo primero que escribí me salió así. Como vengo más de la música, no tenía tan claro cómo encarar la escritura, pero ya que estaba, había que aprovechar ese primer impulso. Después, el texto fue pasando por distintas etapas hasta llegar a su forma actual. Francisco Garamona (director de Mansalva) me propuso probarlo en prosa y cuando lo hice, inmediatamente sentí que esas eran entradas de un diario: entonces me fijé qué faltaba contar, qué había que ampliar y eso me sirvió para armar la estructura final del texto.
Tanto Francisco, como Nicolás Moguilevsky y Léonce W. Lupette me ayudaron con la corrección. Y el tema del tono fue apareciendo sólo, decidiendo qué podía contar, desde qué perspectiva y hasta dónde llegar con los detalles. También me importaba dejar algo de espacio para que el lector al leerlo pudiera, a su modo, completar la experiencia.
-En un clima tan hostil tenías que estar con doble capa de ropa y el traje térmico encima de todo. Un punto me llama particularmente la atención: tenías las manos cubiertas, las manos con las que tocás y manipulás tus instrumentos.
¿Cómo hiciste para tocar? Porque por acto reflejo vos ya te manejás de determinada manera con los instrumentos, pero acá no era lo mismo. ¿Hubo que recalcular y pensar cómo tocar?
Es que técnicamente es imposible tocar a 24 grados bajo cero: ni tus dedos, ni tu sensibilidad, ni nada de lo que hiciste en toda tu vida tocando te sirven en esa situación. Precisamente se trataba de otra cosa: lo importante no era obtener tal o cual resultado, lo importante era ir y hacerlo. Ahora yendo puntualmente a tu pregunta: sí, en Pyramiden toqué con dos pares de guantes. Obviamente es bastante incómodo, pero así y todo, pude lograr algunos sonidos interesantes. Y en esas circunstancias, haber podido hacerlo y haber sobrevivido para contarlo, creo ya es bastante.
-Polar Noise podría ser una bitácora de sorpresas ante lo inaudito de un mundo tan irreal. Transitaste sorpresa por sorpresa, sin tiempo para decodificarlas porque había que seguir un cronograma estricto. Una de las constantes del libro es el cansancio físico, pero también cada sorpresa significaba un montón de energía para procesar.
¿Cuándo tuviste la calma suficiente para procesar cada una de las vivencias del viaje?
En ese contexto, para alguien que venía de tan lejos, lo inaudito era lo real. Y diría que en la gira, había bastante cansancio físico en el día a día; porque esas temperaturas árticas te consumen un montón de energía. Necesitás energía para hacer hasta la actividad más básica, y hay momentos en que sentís como que se te apagan las baterías. Obviamente, cuando estaba ahí, todavía no terminaba de tomar conciencia de lo que estaba viviendo, simplemente porque estaba demasiado ocupado viviéndolo. Recién cuando volví pude tomar real dimensión de todo y me pareció que, de alguna forma, había que compartirlo.
-Uno de los trayectos más atrapantes es cuando emprenden el regreso de Pyramiden, y los scooters se atascan en el camino, de manera reiterada, con el sol bajando y la nevada constante. Una y otra vez el procedimiento era el mismo: bajarse del scooter, cargarlo, volver a ponerlo en marcha, avanzar pocos metros.
¿Hay plan B si falla algo en ese momento?
Había un protocolo de seguridad para casos extremos. Y también había un botiquín de primeros auxilios, bengalas, material de supervivencia y todo lo que se tiene que llevar en una expedición de este tipo. Ahora si realmente había un accidente o pasaba algo grave, diría que la situación era bastante incierta respecto a un eventual rescate. Es cierto que había algún helicóptero en el archipiélago, y con algo suerte tal vez incluso, pudiera haber estado eventualmente disponible para rescatarnos. Pero hay que ver cuántas horas podés sobrevivir a treinta bajo cero…
-En el libro la música queda en un segundo plano. Hablás del festival, de tus colegas, los instrumentos y las salas, pero la música está sugerida. Ponés énfasis en lo humano, te preguntás cómo vive esa gente, o la que pobló las ciudades antes; en esos habitantes que cayeron a un concierto improbable y se llevaron una sorpresa. Pero tu interacción con ellos es mínima, no hablás con el público, apenas con los trabajadores soviéticos. Siento que ahí hay una curiosidad tuya que no pudo ser satisfecha.
¿Cuánto pensás en esas caras presenciando los conciertos?
La música -y lo que pasó con ella- está más sugerida que explicitada en el texto. Digo, no me iba a poner a hacer una “reseña periodística” de los shows porque obviamente, participando de ellos no tenía la distancia suficiente y tampoco hubiera funcionado con el tono general del libro. Por otra parte, la experiencia vital en esta gira fue mucho más importante que la estrictamente musical. Lo que me dejó el viaje a nivel personal fue mucho y no sé si las palabras logran describirlo. Ahora bien, respecto a la respuesta de la audiencia en el concierto de Barentsburg, traté de registrar todo lo que pude; pero como no hablo ruso, seguro debe haber muchos detalles que se me escaparon. Así y todo, el organizador del festival, Harald Fetveit, me contó que allá todo esto generó su propia mitología y los pobladores siguen hablando de ese concierto. Es decir, algo de esa historia continúa viva en algún lado del inconsciente colectivo de la ciudad.
-Más allá de esta gira tan particular, ¿de qué manera se condensan en tu memoria las distintas experiencias que vas teniendo? ¿Conservás detalles puntuales? ¿Vivencias que te sorprenden desde lo artístico? ¿O con el paso de los años todo tiende al reduccionismo rutinario de “estuvo bueno”, “estuvo raro”, “sonó mal”?
La memoria retiene todo en alguna parte, pero eso no quiere decir que puedas tener control total sobre esa masa enorme de información. Claro que hay datos puntuales, pero por mi parte traté de quedarme más con las experiencias en sí y con las sensaciones que surgieron de ellas. También se podría decir que escribir el libro supuso, de alguna manera, realizar de nuevo el viaje ártico, o bien, realizar otro viaje en base a éste. Porque el protagonista del libro es, finalmente, el viaje. Y el verdadero viaje no se termina nunca.
Por Lucas Canalda
Fotos del archivo personal de Alan Courtis
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