
Treinta años después de irrumpir en el revival del garage rock, The Hives siguen haciendo del rock un espectáculo inmediato, teatral y cargado de energía. Con The Hives Forever, Forever The Hives, su séptimo disco, los suecos no reinventan la rueda, pero sí la aceleran: riffs filosos, ganchos inmediatos y un humor irónico que convierte cada canción en un acto de performance. Entre fans de siempre y nuevas generaciones que los descubren en estadios y festivales, la banda mantiene viva la chispa de su rock escandinavo, recordándonos que la energía y la autenticidad todavía se escuchan a todo volumen.
Entrevista exclusiva, anticipando su visita en febrero junto a My Chemical Romance.
En Suecia, donde la precisión y la disciplina suelen ser parte del paisaje cultural, un grupo de cinco músicos decidió hace más de tres décadas que el rock todavía podía permitirse el lujo de reírse a carcajadas, tanto de la cultura de la eficiencia escandinava como de sí mismos. The Hives —Howlin’ Pelle Almqvist en la voz, Nicholaus Arson y Vigilante Carlstroem en guitarras, The Johan and Only en el bajo y Chris Dangerous en batería— llevan ese credo como una bandera, con la teatralidad suficiente para convertir cada aparición en escena en un verdadero manifiesto.
Su último trabajo, The Hives Forever, Forever The Hives, no es solo el séptimo disco de estudio de la banda: es también una declaración de continuidad, un recordatorio de que el gesto eléctrico que los catapultó a la fama a fines de los noventa sigue vigente.
El disco se gestó con una rapidez poco común para ellos, casi como si se hubieran negado a dejar que la gira mundial apagara la chispa. “Normalmente grabamos un disco, giramos durante tres años, nos olvidamos de quiénes somos durante un año y después grabamos otro”, admite Almqvist. “Esta vez lo hicimos al revés: salimos de la ruta, entramos al estudio y volvimos a la ruta sin perder el impulso”.
La grabación tuvo lugar en Riksmixningsverket, el estudio fundado por Benny Andersson, de ABBA, en Estocolmo. Allí los esperaba Pelle Gunnerfeldt, el productor que los acompaña desde los primeros años y cuya habilidad —capturar al grupo tocando en simultáneo, sin artificios ni capas innecesarias— se convirtió en algo raro de ver. Al núcleo se sumaron visitas ilustres: Mike D, de Beastie Boys, que abrió su estudio en Malibú y después viajó a Suecia para grabar un par de sesiones; Josh Homme, de Queens of the Stone Age; y Shellback, productor pop que terminó convirtiéndose en un consultor inesperado.
El resultado es un álbum que suena, en palabras de los propios protagonistas, “muy de Hives”: canciones cortas, ganchos inmediatos, guitarras filosas y teatralidad intacta. Y, de cierto modo, también sirve como recordatorio de que The Hives nunca fueron una banda de reinvenciones radicales, sino de persistencia. Desde su irrupción, los suecos apostaron a un estilo que entendía el rock como espectáculo, como coreografía. El quinteto transformó ese espectáculo en adrenalina y esa coreografía en una mueca estrambótica e irónica.
The Hives Forever, Forever The Hives sostiene la fórmula del punk garagero con una intención clara: construir su propia versión de rock de estadios. Retoma el rock crudo y directo con el descaro y las ínfulas de estrella que alguna vez desplegaron los Ramones. El resultado es divertido, seguro y reconocible; un disco más de The Hives, pensado para devolverlos a su terreno favorito: el vivo.
Lo que a veces se percibe como exceso no está en la aspiración de sonar a arena rock, sino en la repetición del chiste interno de la banda. Al desarmar sus pretensiones discursivas y publicitarias —esa mezcla de arrogancia, ironía y humor que los convierte en los Jokers del rock—, The Hives Forever, Forever The Hives se revela como un producto sólido: otro disco disfrutable, lleno de guitarras y estribillos cantables a voz pelada. Puede resultar agotador, pero nunca engañoso. La banda se mantiene fiel a lo que sabe hacer: velocidad, guitarras y diversión, sin intentar reinventar la rueda ni perseguir fórmulas ajenas.
En tiempos de estéticas volátiles, donde las tendencias cambian al ritmo de algoritmos y modas efímeras, el disco se erige como una roca predecible a la que volver. La banda no corre detrás de novedades ni busca satisfacer la inmediatez digital; se mantiene firme en su fórmula, ofreciendo un refugio de consistencia y energía reconocible. Esa estabilidad, lejos de ser un límite, se convierte en su fuerza: un recordatorio de que, incluso en un mundo hiperconectado y mutable, todavía hay valor en la constancia, en la claridad de propósito y en la satisfacción de hacer aquello que uno sabe hacer mejor.
Más allá de singles gancheros como Enough is Enough y Legalize Living, vale la pena destacar canciones como «Bad call» y «They can´t hear the music».
La primera es un golpe directo de garage punk, una advertencia mordaz sobre la arrogancia y la repetición de errores. La frase que da título a la canción funciona como un mantra insistente, un juicio rápido sobre decisiones imprudentes: “bad call” se repite como un martillo, recordándole al oyente que las acciones precipitadas tienen consecuencias. La letra combina exageración y metáfora —sentarse en la silla eléctrica, perderlo todo tras intentar hacerse rico— para mostrar, con crudeza y humor, la caída inevitable de quienes actúan sin pensar.
El tono es al mismo tiempo acusatorio e irónico, con la teatralidad característica del quinteto. Cada repetición de “No quisiste escuchar, no es cierto?” tiene la cadencia de un regaño sarcástico, de un maestro que observa con diversión cómo el alumno tropieza una y otra vez. La urgencia rítmica de los versos, cortos y secos, refuerza la sensación de inmediatez: la acción se paga al toque, y la historia se repite sin descanso.
Desde el arranque del disco, la canción refleja la identidad de la banda: rock crudo, humor irónico y teatralidad sobre un pulso de garage punk. No es introspectiva ni busca sutileza; es un relato performativo, pensado para ser cantado con fuerza en el escenario, un recordatorio de que, incluso entre el caos y la velocidad, la consecuencia es inevitable. La canción convierte al oyente en testigo de la advertencia, reforzando la imagen de la banda como jueces de la conducta humana, con sarcasmo, energía y un estilo que mezcla punk y rock de estadio.
«They can´t hear the music» funciona como un testimonio de resistencia frente a la incomprensión y la alienación. Desde el primer verso, el narrador (¿Randy Fitzsimmons o Nicholaus Arson?) establece un contraste entre su percepción interna y la indiferencia del mundo: “Ellos no pueden escuchar la música pero yo sí”. La música se vuelve una metáfora de sensibilidad, verdad interior y conexión con algo que otros no logran percibir. Cada línea transmite la tensión de cargar con un peso que los demás no reconocen: oídos sangrando, puentes quemados, amigos que se alejan.
En su conjunto, «They can´t hear the music» refleja la tensión entre aislamiento y afirmación personal. Es un manifiesto de perseverancia, donde la música se transforma en refugio y lenguaje propio, y la experiencia de alienación se convierte en fuerza creativa. La canción captura, con imágenes potentes y cadencia insistente, la sensación de estar solo en la percepción del mundo, pero pleno en la conciencia de la propia intensidad y sensibilidad.
Son doce canciones confiables, más una introducción propia del universo Hive. Un disco más. Otra razón para seguir tocando por todo el mundo.
Cuando irrumpieron a fines de los noventa, The Hives se metió de lleno en un fenómeno mainstream conocido como el revival del garage rock. En paralelo, bandas como The Strokes en Nueva York, The White Stripes en Detroit y The Libertines en Londres devolvían al rock la urgencia y la tensión que parecía haberse diluido durante la década anterior. Lo que los diferenciaba a los suecos era su sentido teatral: trajes blanco y negro, movimientos sincronizados en el escenario y una teatralidad que convertía cada presentación en un acto de performance consciente. No eran cronistas urbanos ni excavadores del blues: eran maestros del gesto, del impacto inmediato.
Ese componente escénico, que podría haberse agotado como una moda pasajera, terminó siendo un pilar de su vigencia. Mientras otras bandas del mismo movimiento desaparecieron o se perdieron en experimentos estilísticos, The Hives mantuvieron una fórmula precisa: canciones cortas, ganchos inmediatos y un equilibrio constante entre ironía y entrega total. En un panorama musical marcado por la fragmentación digital y el dominio del pop, su consistencia se convirtió en una forma de resistencia silenciosa.
Hoy, más de veinte años después de aquel estallido inicial, la banda sigue ocupando un lugar improbable: el de recordatorio de una época en que el rock volvía a sentirse urgente. Festivales internacionales, estadios completos y nuevas generaciones de oyentes confirman que su propuesta, lejos de quedar anclada en la nostalgia, mantiene una vitalidad que dialoga con el presente. En una escena donde la autenticidad convive con la memoria de la cultura pop, The Hives se sostienen como una anomalía persistente: un espectáculo que aún funciona como detonador, entre guitarras encendidas, teatralidad medida y un pulso inmediato.

Para Pelle Almqvist, The Hives Forever, Forever The Hives no es solo un nuevo álbum, sino la expresión más pura de su vida musical. “Esta banda es lo que hice de mi vida”, dice, con la seriedad y la nostalgia que trae la experiencia. Ríe al definir la dinámica interna del grupo: “En cierto modo, es como una familia. En cierto modo, son amigos. En cierto modo, son colegas. En cierto modo, es un grupo cómico simbiótico”. La longevidad de la banda no le sorprende, la celebra: “Es genial que llevemos tanto tiempo como banda y que sigamos con ganas de seguir así. Nunca hemos sonado mejor. Esto es todo para mí. Seguiremos hasta que no podamos más. Esta es nuestra música clásica, nuestra música rock, ya sabés. Para siempre”. En esas palabras se condensa el espíritu de un disco que pretende ser, al mismo tiempo, homenaje y continuación de tres décadas de rock inmediato y teatral.
Para Vigilante Carlstroem, grabar cada disco sigue siendo una experiencia emocionante, más allá de la experiencia acumulada al tocar, grabar, producir, componer y repetir el ciclo. “Es el comienzo de algo nuevo”, dice. Cada sesión en el estudio se siente como un privilegio, un espacio donde el tiempo dedicado a trabajar canciones largas se transforma en pura satisfacción. “Me gusta estar en el estudio, porque soy afortunado de tener mi banda, con tanta historia. Estuvimos trabajando en canciones por mucho tiempo”, agrega el guitarrista, reflejando la paciencia y disciplina que acompañan a la banda tras tres décadas de carrera.
Trabajar con Pelle Gunnerfeldt, productor histórico de la banda, tiene algo de familiar y natural. Carlstroem describe la relación como la de hermanos que compartieron años de vida y música: “Se siente natural de alguna manera. Es importante para nosotros. Y creo que es muy importante para él también. Me gusta trabajar con Pelle. Creo que es uno de los mejores tipos para tener en el estudio. Me gusta su visión y cómo hace el sonido”.
Esa confianza permitió que el proceso creativo fluyera sin presiones externas: “Nunca corrimos detrás de la novedad o de las grandes promesas de vender más. Mantengamos nuestro barco y nuestra tripulación; vamos bien así”.
La selección de canciones para The Hives Forever, Forever The Hives también refleja esa filosofía de presente. Aunque muchas ideas antiguas quedaron en el tintero, Carlstroem insiste en que lo que surge en el instante siempre resulta más atractivo y mantiene viva la energía de la banda. “Hay ideas anteriores, pero lo que surge en el instante siempre resulta más atractivo. Eso garantiza que nunca nos aburrimos. No sé si alguna vez vamos a tener un Box Set con 40 canciones inéditas. Llamame otra vez en 30 años, por favor, capaz que hay algo”, comenta con una sonrisa cómplice.
Mirando atrás, el guitarrista reconoce que nunca imaginó, de chico, llegar a la magnitud que alcanzó el grupo. “No creo que hayamos imaginado algo así. Tocar estadios, viajar por el mundo, conocer a nuestros héroes… Lo enorme de The Hives, los millones de discos vendidos, las fiestas, los recitales… es una aventura jamás soñada”, admite. La banda nació como un escape de la vida predecible en Suecia, y esa libertad sigue siendo su motor.

El próximo tour, uno de los más grandes de su carrera, tampoco genera ansiedad. Para Carlstroem, el recorrido por tantos países y ciudades es simplemente la culminación de todo el trabajo duro previo: grabaciones, ensayos, entrevistas. “Es ponerse a trabajar con dedicación en algo que disfrutamos. La rutina también es salvadora; sabés cuáles son tus momentos de disfrute y de desconexión. Para mí, es lo más divertido”.
Serán más de treinta fechas en Europa. Luego vendrán otros continentes, con veinte fechas confirmadas, además de las que se agregan sobre la demanda. América, norte, centro y sur, están en los planes. Argentina el próximo verano, en el estadio de Huracán, junto a My Chemical Romance.
En Europa, adonde quiera que vayan, encuentran público de todas las edades. Sin embargo, en su país natal, así como en Noruega, Suiza, Irlanda y Dinamarca, notan que hay una aproximación intergeneracional: los fans de la primera época llevan a sus hijos, en plan familiar.
Esa llegada profunda es una fuente de orgullo para The Hives. Carlstroem celebra ver cómo tres generaciones pueden compartir un mismo concierto: “Me gusta que seamos una de esas bandas. No deja de ser tremendamente extraño, pero resulta muy grato. Llegar al corazón del público no es sencillo. No tenemos fórmulas seguras”.
En cuanto a los grandes escenarios, la naturalidad sigue intacta. “Siempre nos imaginamos como una banda de pub. Somos unos amigos que hicimos nuestra banda de garage. La primera vez que hicimos un estadio, había nervios, pero cuando arrancó el show, fue total naturalidad… Lo que cambia es la responsabilidad. Manejar audiencias de decenas de miles merece un cuidado particular”, explica.
Y aunque la banda explore distintas canciones y dinámicas, Carlstroem insiste en que la esencia de The Hives permanece inalterable: “The Hives siempre es pura energía, pura dinamita, puro rock and roll. Tenemos que ser los mejores cada noche… Pero en cuanto a los objetivos de The Hives, creo que The Hives debe ser The Hives. No creo que cambiemos demasiado. Somos energía y adrenalina, no importa la edad que tengamos. La combinación es rock, entrega y disfrute: para eso no hay edad. Si venís a nuestras fechas, vas a ver que siempre seremos The Hives”.
por Lucas Canalda
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