NEIL HANNON: “ESTAMOS PRESENCIANDO UN REMOLINO DE INMORALIDAD HUMANA Y NO HACEMOS NADA”

En Rainy Sunday Afternoon, el nuevo disco de The Divine Comedy, Neil Hannon convierte la melancolía en una arquitectura sonora paciente y minuciosa. El álbum, grabado en Abbey Road con banda completa, cuerdas y vientos, desafía la lógica de lo inmediato, siendo un gesto deliberado contra la velocidad de la industria. En lugar de perseguir la novedad, Hannon escarba en los recuerdos más íntimos —la fragilidad de la vejez, la ternura de lo perdido, la amenaza de la desaparición— y los transforma en canciones que oscilan entre el duelo y la celebración discreta de lo que aún permanece. Confesión y resistencia para un recordatorio de que el arte todavía puede encontrar en la melancolía una forma de trascendencia.
Entrevista exclusiva desde Inglaterra.

 

Neil Hannon saluda desde Inglaterra, a media mañana. Tiene una sonrisa amable, una camisa abotonada hasta arriba y un suéter ligero. Es una estampa británica que condice con su cortesía de etiqueta, aunque hace trampas: es tan ocurrente como espontáneo, moviéndose con plenitud, incluso saltando fuera del sillón donde está sentado.
Durante media hora, hace gala de su habilidad como conversador, sin caer en lugares comunes. Admite culpas, confirma admiraciones, confiesa afecto —especialmente por su familia animal, perros y gatos que duermen en sus propios almohadones, entre el living y la cocina de su casa.
La excusa de la charla es el nuevo disco de Divine Comedy. Rainy Sunday Afternoon es un álbum pensado, reflexionado, esculpido hasta el último detalle, de manera casi grandilocuente. Y, sin embargo, la materia que lo compone surge desde el dolor más íntimo, quizás el más personal y franco de toda la carrera de Hannon. Es un disco de duelo, sentido y búsqueda de equilibrio interior, mientras afuera todo parece completamente desequilibrado.
«The Last Time I Saw the Old Man» detiene el tiempo: un encuentro donde la fragilidad de la vejez se mezcla con ternura y melancolía. Cada imagen —las manos grises y delicadas, los ojos que recorren paisajes lejanos, los círculos de confusión— transmite la belleza silenciosa del paso del tiempo y la distancia que el olvido impone. La repetición de la línea inicial y final de cada estrofa crea un ritmo circular, meditativo, como un suspiro que recuerda y despide a la vez.
El sol que se pone al final no es solo paisaje: es símbolo de cierre, de fin de etapa, de la serenidad que acompaña a la despedida. La canción habla de memoria, de afecto, de la inevitable decadencia del cuerpo y de la mente, pero sobre todo habla de humanidad: de cómo el amor y la ternura persisten incluso cuando el tiempo y el olvido se imponen. Lo cotidiano, observado con atención, se vuelve universalmente conmovedor.
Neil Hannon es Divine Comedy. Pero Rainy Sunday Afternoon no es Neil Hannon: es apenas un capítulo de dolor e incertidumbre. “Si logré hacer un buen disco, me siento conforme. No quiero la aprobación de nadie. Solo necesitaba hacer algo con lo que tenía adentro, y luego fue trascendiendo hacia afuera. Si vos me decís que es un disco diferente al resto, lo tomo como un logro. Hiciste feliz a este viejo, al menos por un rato”, dice.
Rainy Sunday Afternoon no es un material para consumir rápidamente; es un disco para habitar. Cada escucha revela capas ocultas, conexiones que pasan inadvertidas en un primer encuentro. Y, sin embargo, hay un hilo de ligereza que impide que la melancolía se vuelva opresiva: la ironía sutil, la cadencia juguetona de Hannon, y un humor que se cuela entre los silencios, recuerdan que la vida, incluso en sus momentos más dolorosos, tiene destellos de gracia y sorpresa.
Este álbum reafirma a Divine Comedy como un proyecto que trasciende géneros: pop, chamber pop, folk, teatro musical. Pero, sobre todo, demuestra la valentía de Hannon al enfrentarse a su propio dolor, al exponerlo sin pudor, y convertirlo en algo estéticamente hermoso y emocionalmente resonante. No se trata de un disco para fans o para críticos, sino de un disco que dialoga directamente con quienes estén dispuestos a escucharlo con atención.

Sucedieron muchas cosas en la vida de Neil Hannon desde el último álbum de estudio de Divine Comedy, el bien ponderado Office Politics de 2019. Todo su catálogo anterior fue remasterizado con cuidado y relanzado en 2020, mientras que un sensacional recopilatorio, Charmed Life, salió en 2022, acompañado de una gira por el Reino Unido y Europa. Más recientemente, Hannon compuso todas las canciones originales de la taquillera película Wonka (2023).
Con la aparición del decimotercer álbum de Divine Comedy, Rainy Sunday Afternoon, las noticias siguen llegando para Hannon y su extenso fandom internacional. Las críticas fueron elogiosas y las ventas confirmaron que su audiencia permanece fiel, resistiendo los avatares digitales del presente: comprando el disco con anticipación y concurriendo también a las disquerías del Reino Unido, Estados Unidos, Francia y Alemania.
La estela del grupo permanece tan vigente como pujante. Buenas nuevas, por aquí y por allá, para un Hannon que, ante todo, sabe tomarse el tiempo para disfrutar, sin presiones externas. No corre detrás de nadie. Pasea a sus perros. Descansa con sus gatos. Disfruta de esa convivencia hogareña como un regalo preciado.
Grabado en Abbey Road, Rainy Sunday Afternoon está compuesto, arreglado y producido por Hannon. El álbum abarca exquisitamente su gama habitual de emociones: tristeza, humor, hastío y todo lo demás.
“Mi producción musical es, para bien o para mal, una representación de mi personalidad”, admite Neil. “Gran parte de esa personalidad se deleita en lo bullicioso; celebra lo absurdo. Y lo aproveché ampliamente para las canciones de Wonka, por ejemplo. Sin embargo, tengo, como todos, un lado más oscuro y melancólico. Y, por una razón u otra, se hizo muy evidente últimamente. Necesitaba usar este álbum como vía de escape para esos sentimientos, para superar algunas cosas: la mortalidad, los recuerdos, las relaciones, la agitación política y social”.
Cuando se le pregunta por qué ese lado oscuro se ha manifestado de manera tan pronunciada recientemente, Hannon se pausa, reflexivo, para confiar: “Creo que mirar hacia afuera, tanto en persona como a través de las noticias, deja claro que es un tiempo dañado moralmente. No se trata de juzgar al resto de la gente. No voy por ahí. Me refiero a que está sucediendo un remolino de inmoralidad humana directamente frente a nuestras narices, en nuestro propio tiempo, y no parece haber reacción alguna de nuestra parte. Puede ser eso. O quizás, sencillamente, me esté poniendo viejo.”
“No creo que tenga que ponerme literal para que nos entendamos”, explica, dejando claro que no hacen falta redundancias en la charla, así como tampoco en la música. “Creo que, al final, nuestras vidas no pueden estar ajenas al resto del mundo.”
¿Será que, con los años, Neil se volvió político, pero jamás explícito? La respuesta es directa, pero cómplice. Con una sonrisa, sostiene: “No tengo que decirte nada demasiado obvio, por algo tus preguntas nos trajeron hasta acá. Creo que las canciones que más me cerraron fueron las que tenían una trascendencia sobre el presente, pero desde reflexiones del pasado. Pueden ser lecturas curiosas de la historia mundial o británica, pero también poesía. Hay una desazón contemporánea que me recuerda a periodos de entreguerras, cuando flotaba cierto estrabismo, digamos… no hay un rumbo fijo en el presente.”
Lo que Hannon transmite mediante sus nuevas canciones es que la vida no puede ser siempre alegre. Los matices son inevitables. Todo transcurre en estaciones: hay ascensos luminosos y también descensos que invitan al recogimiento. Hannon siempre lo supo, pero ahora parece componer en consecuencia de esa certeza. Por un lado, el mundo; por otro, lo personal: la muerte de su padre y de su perro más querido.
Rainy Sunday Afternoon se perfila como el más oscuro y, paradójicamente, el más transparente de toda su producción. La presencia de la muerte y el paso del tiempo impregnan cada canción: lo mismo en la sátira de «The Man Who Turned Into A Chair» que en la emoción contenida de «The Last Time I Saw the Old Man», que terminan por otorgarle al disco un carácter de recordatorio inevitable sobre la finitud. Incluso cuando el registro se acerca a la balada amorosa, como en «I Want You», el tratamiento es más profundo que sentimental: el arreglo de cuerdas amplía el gesto romántico hacia una meditación sobre el propio sentido de la existencia.
No se puede negar que Rainy Sunday Afternoon reúne algunas de las composiciones más íntimas de Hannon hasta la fecha. El recorrido va desde la memoria agria de una discusión en tiempos de encierro, narrada en el tema que da nombre al disco —donde el repliegue a la habitación termina en un gesto de reconciliación—, hasta el duelo por la muerte de su padre, el obispo Brian Hannon. La enfermedad de Alzheimer que lo afectó desde 2008 ya había motivado la pieza clásica «To Our Fathers In Distress», estrenada en 2014 en el Royal Festival Hall.
En 2023, mientras paseaba a sus perros, Neil comenzó a tararear una melodía que con el tiempo se transformaría en «The Last Time I Saw the Old Man». “Volver a esos recuerdos duele —admite—, pero hay que atravesarlos.” La canción permaneció inconclusa hasta que volvió a sentarse frente al viejo piano de la casa familiar. El resultado es un retrato de devastación contenida: cuerdas que se sostienen a distancia, casi reverenciales, y un fliscorno de Tom Rees-Roberts que se abre lentamente entre los versos.
El álbum entero funciona como una mirada doble: hacia lo vivido y hacia lo que queda por delante. Rainy Sunday Afternoon se instala en ese punto de cruce, a veces incluso dentro de una misma canción. Inspirada en el título de la novela The Heart Is a Lonely Hunter, de la novelista norteamericana Carson McCullers, la canción homónima es una de sus piezas clave y aparece como metáfora del tránsito vital, más allá de cómo termine el viaje. “Aunque hoy encontré un refugio en lo afectivo —canta Hannon—, todavía recuerdo lo que era sentirse lejos de todo eso.”

Divine Comedy tiene un ajustado calendario de presentaciones por delante. Por todo el Reino Unido ya se van colgando carteles de agotado, mientras se anuncian más países y se agregan fechas. Con todo, todavía falta un detalle: que Hannon haga las paces con la idea de salir de gira, noche tras noche, semana tras semana, lejos de su casa, su cama y sus perros y gatos.
Llegado el momento de hablar sobre volver a girar, el tono se suaviza, casi entrañable. “Pero tratá de entender…¿cómo podés dejar a estas criaturas tan maravillosas?”, dice, y muestra por la cámara del teléfono a sus perros y gatos, que duermen apilados en sillones y almohadones. Luego se encoge de hombros: “Debo admitir, aunque siempre amé el tour y tocar en vivo, cada vez es un poco más difícil. Sabés, estoy bien arriba de los cincuenta años ahora, y partes de mí no están funcionando bien. Por ejemplo, solo subís por las escaleras y de repente tu brazo derecho se sale de lugar. Uno piensa: ¿qué acaba de pasar? Nada sucedió para inducir esto. Es solo la vida. Y estoy seguro que una vez que salga de gira, estará bien. Pero siento que tengo que tomar un respiro muy profundo y, como, ingresar a una piscina y nadar hacia lo profundo. Paciencia”.
Habla con una mezcla de humor y gravedad, como si le divirtiera su propia propensión a la tristeza. Cuando se le señala que es reconocido en tres generaciones por trabajos tan distintos como Divine Comedy, componer el tema de IT Crowd y recientemente las canciones de Wonka, vuelve a reír: “lo gracioso es, especialmente con Wonka, ¿soy conocido? La gente conoce las canciones porque fue un gran film. Y la cantidad de gente que está sorprendida cuando les digo que hice las canciones para eso, es impensada. Pero no me molesta  trabajar desde el anonimato. Divine Comedy fue todo sobre ser un popstar en los 90, mientras hacía buena música. Pero realmente quería ser famoso. Fui un poco famoso, pero no mucho. Y desde entonces me convertí en este tipo de celebridad de tercer plano, lo cual me sienta bien. Nunca fuimos populares como Suede, Oasis, Blur o Pulp. No me interesaba eso. Ni la popularidad ni lo estético. Aunque, por supuesto, Jarvis tiene toda mi devoción y respeto como compositor. Pulp fue una criatura diferente dentro de aquel estallido británico de los noventa. Todo eso sigue siendo gigantesco, pero Divine Comedy era otra liga. Ahora puedo ir a las tiendas y nadie me mira. No me importa quién soy”.

Rainy Sunday Afternoon, admite, está atravesado por esa conciencia del tiempo, de lo efímero, de la muerte: “todavía no las canté mucho. Será interesante ver si después de treinta noches todavía quiero cantarlas. Es realmente más doloroso el acto de escribir. Por ejemplo, «The Last Time I Saw the Old Man» es una canción muy poética para mí. Pero, al principio, no quería hacer ningún juicio ni ser poético. Sólo quería decir exactamente lo que sucedió y lo que vi. Pero pasa que la música te da la emoción. Creo que eso es un buen consejo para escribir canciones. No hay que intentar forzar nada. La canción sabe cuál es el tono correcto. Para serte honesto, es un álbum melancólico. Lo sabía. Pero jamás lo forcé. Salió. Hay mucho sobre la muerte. Pero también hay mucho sobre la vida. Creo que llegás  a esto cuando tenés cincuenta años, tu hija creció y las personas alrededor están muriendo. De repente, empezás a pensar ah, bueno, soy el siguiente. Estoy seguro de que voy a superar este triste capítulo en la carretera de mi vida. Pero solo espero haber logrado un buen álbum”.
“Bueno, la primera respuesta es sí. Pero pondría eso en contexto”, dice Hannon cuando se le pregunta si fue difícil volver a recuerdos dolorosos para escribir las canciones. Se ríe un poco, casi sorprendido por su propia confesión. “Estas fueron solo algunas de las canciones que estuve escribiendo durante los últimos años. Estuve escribiendo muchos otros estilos también. Algunas canciones muy locas, un efecto Wonka. Y fue recién en julio del año pasado que decidí qué tipo de álbum iba a hacer. Decidí hacerlo en Abbey Road con la banda, y bastante en vivo. Pensé que esto me daría la pauta si lo sentía a pleno. Y sí.Todo fue melancolía, pero resultó”.
Su honestidad, tan despojada, contrasta con la precisión obsesiva con la que describe el proceso creativo: “creo que necesito mucho menos la aprobación externa que otras personas. Porque siempre tengo en mente algo específico que voy a hacer, y tal vez solo yo sé lo que es. Hay gente alrededor en la confío plenamente.  Obviamente la banda, todos tienen oídos increíbles. Y Natalie, mi manager, no es muy entrenada musicalmente, pero tiene un buen instinto sobre lo que está pasando. Admito que soy controlador. Me cuesta delegar. Pero porque tengo una idea en mi cabeza que tengo que encontrar. Entonces se vuelve complejo, en ocasiones. Tengo que admitir que, muchas veces, alguien de afuera tiene razón. Eso me asusta, no te voy a mentir. Pero es parte del proceso. Creo que aprendí a funcionar a mi manera. Con Tom Bailey me pasó que grabó el disco brillantemente, pero cuando entramos en la mezcla, estaba haciendo todo lo contrario de lo que yo habría hecho. Fui mejorando mucho técnicamente durante estos años, pero todavía no soy ingeniero de grabación. Así que me tomó varias semanas entender lo que iba a hacer. Fue un proceso largo. Me hago cargo. Soy culpable. Fue un negocio doloroso”.
Sobre los indicadores que aparecen cuando se insinúan los bosquejos de buena canción, Hannon responde con una mezcla de sabiduría y autocrítica: “No tengo un método. Sé que una canción es buena porque sigo escribiéndola. Lo gracioso es que hoy en día sucede mucho más rápido que antes. Me tomaba meses escribir una canción cuando tenía veinte años porque no sabía qué hacer. Ahora sé lo que quiero, también cómo lograrlo. El asunto es que ahora, entendiendo de formas y técnicas, es más difícil encontrar la originalidad. Entonces medio que tenés que luchar por alcanzarla. No hay garantías de nada. Supongo que la vida te da y te quita por partes iguales. Pero aprendí algo:  creo que fue Benny de ABBA, que dijo que cualquier canción o melodía que aparezca un día y no se recuerde al siguiente es porque no era lo suficientemente buena en un principio”. 

Sobre el final de la conexión, Hannon se acomoda otra vez en el sillón, como si volviera lentamente de un escenario invisible. Sonríe, amable.
Rainy Sunday Afternoon no es un disco de consuelos fáciles. Es un mapa del duelo, de la memoria, del desgaste del tiempo. Pero también es un testimonio de resistencia estética: la voluntad de hacer un álbum en Abbey Road, con cuerdas, con viento, con texturas que desafían la velocidad de la industria. Es un gesto contra la inmediatez, contra la ansiedad resultadista.
Hannon, al final, no parece preocupado por ser recordado. Lo mueve otra cosa: la necesidad de traducir lo que lo desborda, de fijar en canciones los fragmentos de vida que, de otro modo, se perderían en el aire. “Si logré hacer un buen disco, me siento conforme”, había dicho, casi como un suspiro, un rato antes.
Hay artistas que buscan permanecer en el centro de la escena; otros se retiran a la periferia y, desde ahí, construyen obras que hablan con más fuerza que cualquier portada de revista. Neil Hannon pertenece a estos últimos. Escucharlo hablar es escuchar también sus canciones: la misma ironía, la misma fragilidad, la misma lucidez. Lo que queda, cuando la llamada termina, es una certeza: Rainy Sunday Afternoon no es solo un capítulo en la discografía de Divine Comedy, sino un espejo íntimo de un hombre que, en medio de la tormenta, todavía encuentra maneras de cantar.

 

 

Texto por Lucas Canalda
Fotografías por Kevin Westenberg 

 

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