
International es el adiós de una banda que hizo del pop un territorio de belleza melancólica y bailable. A treinta años de su debut, Saint Etienne vuelve con un álbum vibrante y lleno de vida que redefine su legado entre la celebración y la introspección. Hablamos con Sarah Cracknell desde Inglaterra sobre este cierre de capítulo, el futuro incierto y la manera en que la música todavía puede traer luz a un mundo que parece empeñado en lo contrario.
Bob Stanley, Pete Wiggs y Sarah Cracknell cierran con broche de oro una carrera de tres décadas con International, su decimotercer y último álbum para Heavenly Recordings. El trío británico entrega un disco que funciona como epílogo y celebración: una síntesis de todo lo que Saint Etienne construyó a lo largo de treinta y cinco años de travesía por el pop.
International aparece un mes atrás, en octubre, y llega como una declaración final en formato larga duración. El grupo lo define como “una fiesta de despedida”, y esa idea atraviesa las doce canciones que componen el álbum. Es un trabajo coral, con colaboraciones que abarcan distintos universos del pop y la electrónica: Vince Clarke, Nick Heyward, Erol Alkan, Confidence Man, Chemical Brothers, Orbital, Doves, Xenomania, además de artistas emergentes como Augustin Bousfield y Flash Cassette. La lista parece más la de un mapa de afinidades que la de un proyecto de nostalgia. Saint Etienne celebra los vínculos y el tiempo compartido con quienes, de una manera u otra, marcaron su historia.
Desde los primeros segundos de escucha, International respira un tono de madurez ligera, el tipo de sabiduría que sólo puede alcanzarse cuando la forma está completamente dominada y el oficio se ejerce sin ansiedad. Es un disco que revisa sus raíces tratando de evitar la repetición. Hay una claridad de sonido —un pop electrónico pulido, elegante, con una melancolía apenas sugerida— que dialoga tanto con sus inicios como con su presente. La producción, a cargo de Tim Powell (Xenomania, Sugababes, Girls Aloud, Pet Shop Boys), recupera el pulso más rítmico de la banda, en contraste con The Night (2024), el álbum ambiental e introspectivo que funcionó como su contracara inmediata.
Si The Night proponía una deriva nocturna y meditativa, International abre las ventanas y deja entrar el aire del día. Es, en gran parte, un disco uptempo: canciones que invitan al movimiento, que recuerdan que Saint Etienne nunca dejó de ser, en esencia, una banda de pop para la pista, incluso cuando sus letras se sumergen en la melancolía o la memoria.
La apertura con «Glad» establece ese tono optimista. Entre guitarras relucientes y un beat de cadencia luminosa, Cracknell canta sobre encontrar placer en las cosas cotidianas, sobre la necesidad de mantener la calma cuando la vida se vuelve abrumadora. Hay en su interpretación una serenidad que no niega la tristeza, sino que la disuelve. «Dancing Heart» continúa en esa línea: un himno emocional y rítmico, donde el grupo vuelve a habitar su territorio favorito, ese punto exacto entre lo estimulante y lo nostálgico.
«The Go Betweens», dueto con Nick Heyward, suena como una canción rescatada de los archivos del pop británico. «Sweet Melodies», con Erol Alkan, traduce en sonido el resplandor del verano urbano, una elegía a las noches largas y las despedidas elegantes. «Save It for a Rainy Day», con el productor y músico Flash Cassette, aporta un brillo sintético con guiños al funk digital. «Brand New Me», junto a Janet Planet de Confidence Man, suma un aire playero y despreocupado, casi ingenuo, pero con el pulso sofisticado que siempre caracterizó al trío.
En el tramo final, «Take Me to the Pilot» (con Paul Hartnoll, de Orbital) despliega un ácido house contenido, mientras «Two Lovers», escrita con Vince Clarke, narra una historia de amor imposible que suena a cierre de película. Cada colaboración funciona como un reflejo: no diluye la identidad del grupo, sino que la amplifica.
International no es un repaso nostálgico ni un greatest hits encubierto. Es una declaración sobre el presente: cómo suena Saint Etienne hoy, qué puede decir después de todo este tiempo. En las palabras de Bob Stanley en el comunicado de prensa, “esto es donde estamos, con quiénes hemos trabajado y el lugar al que hemos llegado”. Esa frase sintetiza el espíritu del álbum: la conciencia del recorrido y la gratitud por haberlo transitado.

El disco también retoma una tradición interna del grupo: los interludios narrativos. Como en Foxbase Alpha (1991), aquí reaparecen fragmentos hablados —en distintos idiomas, grabados por Caroline Catz, Colin Murray, Isabel Waidner, Debsey Wykes y Katie Puckrick— que funcionan como pequeñas viñetas de su historia. Más que nostalgia, hay un gesto de archivo íntimo, como si la banda revisara su propia memoria antes de guardarla con cuidado.
La coherencia estética de Saint Etienne es uno de los aspectos más notables de su trayectoria. Desde aquel debut nominado al Mercury Prize, con la versión balearic de «Only Love Can Break Your Heart» de Neil Young, el trío se mantuvo fiel a un ideal de modernismo pop: combinar la sofisticación urbana del Londres de los sesenta con la sensibilidad electrónica del post-acid house. Esa fórmula, lejos de agotarse, se fue transformando con cada disco, adaptándose a las épocas sin perder identidad.
Su permanencia no depende de la reinvención radical ni del gesto rupturista, sino de una consistencia poco habitual. Saint Etienne nunca cayó en la tentación del revival ni en los excesos de la nostalgia. Prefirió construir una obra paciente, abierta, más cercana a la idea de evolución que de reinvención. Por eso International se siente menos como un cierre y más como un punto de suspensión.
El disco cierra un ciclo, pero deja abierta la posibilidad de otras formas. En sus notas de portada, escritas por el crítico Jonathan Meades, se subraya ese espíritu celebratorio: la idea de un grupo que se despide sin dramatismo, que prefiere brindar antes que llorar. Cracknell, Stanley y Wiggs no se separan: simplemente eligen detener el movimiento en un momento de plenitud.
Saint Etienne opta por un cierre sereno, casi ceremonial. International suena así: como un álbum consciente de su lugar en el tiempo, que no busca epatar ni innovar, sino dejar testimonio. Un último baile bajo las luces de la pista, con la elegancia intacta.
Sarah Cracknell aparece en la pantalla con su sonrisa habitual. Está en su casa, algo abrigada porque, según cuenta, afuera es un día tan gris como el de cualquier postal británica. Habla con calidez y una energía serena, como si los años no hubieran hecho mella en la voz que definió una -pequeña- parte esencial del pop de los noventa. Faltan apenas veinte días para el lanzamiento de International, el último álbum de Saint Etienne, y se la nota entre feliz y reflexiva, como si estuviera aprendiendo a mirar su historia desde un punto de llegada.
“Sí, es un sentimiento muy feliz y triste”, dice, con una pausa leve, como buscando el equilibrio exacto de esas dos palabras. “Sobre todo feliz, pero un poco triste, ya que es el último álbum. Las sensaciones son un revoltijo. Queríamos que este álbum fuera algo hecho de alegría, como una celebración de todo lo que hemos hecho, de todas las experiencias que hemos tenido, de la gente con la que hemos trabajado, y qué buen momento hemos tenido. Es un poco como un álbum de fiesta celebratoria, pero obviamente tiene un poco de tristeza y melancolía, más que nada, porque es el último álbum de estudio que grabaremos. Un poco de ambos. La historia sigue, no concluye, pero sí termina un capítulo”.
En esa definición —una celebración atravesada por la melancolía— parece condensarse la esencia del disco. International es un resumen vital de tres décadas y media de música, pero también un ejercicio de apertura: un álbum que suena luminoso, vibrante, sin nostalgia. Cracknell explica que esa energía se alimenta de una mezcla generacional. “Algunos de los colaboradores están en nuestro radar desde hace años”, cuenta. “Por ejemplo, Tom Rowlands de los Chemical Brothers, o Jez Williams de Doves, con quien trabajé cuando era adolescente. Y por supuesto, los Chemical Brothers han hecho grandes remixes para nosotros en el pasado. Así que sí, queríamos trabajar con personas que han formado nuestra carrera de alguna manera, pero también con nuevos artistas.”
Ahí menciona a Nick Heyward —“Bob fue a un evento, se lo encontró, y como todos somos fanáticos de Haircut 100, fue un nuevo comienzo”— y a Janet Planet de Confidence Man, “una amiga con la que veníamos yendo y viniendo con una canción hace tiempo, hasta que encajó brillantemente en el álbum”. La describe como “una mezcla de colaboradores”: veteranos que moldearon su sonido y voces jóvenes que traen aire fresco, una convivencia que parece el ADN natural de Saint Etienne.
Hay un nombre que aparece con especial gratitud: el productor Tim Powell. Sarah se ilumina al hablar de él. “Sí, definitivamente es parte esencial de nuestros años”, dice. “Siempre fue increíble. Nos ayudó a armar este álbum. Pasamos mucho tiempo en su estudio. Es muy creativo. Es muy rápido en lo que hace, lo cual es increíble. Es muy bueno para grabar voces, algo que siempre supe apreciar especialmente. Es muy… no sé, es muy…te nutre cuando estás grabando voces. Te informa. Te hace crecer. Entiende lo que necesita tu voz.”
Esa sensibilidad técnica y emocional, dice, fue esencial para lograr la textura del disco: un equilibrio entre lo electrónico y lo íntimo, entre el pulso de club y la canción pura.
En redes, International ya empezó a tejer su propia comunidad. Cuando se lanzó el single Glad, los comentarios se multiplicaron en YouTube y en foros de fans. Hubo mensajes de todas partes: Latinoamérica, Asia, Estados Unidos, Australia. Tras tantos años en el ruedo, la trascendencia de Saint Etienne alcanza rincones impensados, incluso donde jamás tocaron. Cracknell asiente con sorpresa genuina. “Sí, fue muy emocionante conocer a gente de todo el mundo. Si no hemos podido tocar en algunos lugares no es nuestra culpa, siempre quisimos viajar. Amamos esa parte de nuestro oficio”, responde con un gesto entre resignado y cariñoso. “Nos encanta viajar y conocer nuevos lugares. Mucho de eso depende de encontrar promotores o eventos que nos inviten. Y por supuesto, el Brexit no nos ayudó con nada que ver con viajar y tocar en el extranjero. En ese sentido, el Brexit le jugó una mala pasada al oficio de los músicos. Por supuesto, ni hablar de la identidad de nuestro país. Todavía se siente esa herida.”
Hace una pausa y agrega: “Pero sí, ha sido muy emocionante toda nuestra carrera, viajando, alcanzando lugares impensados. Siempre hemos tenido gente enviándonos mensajes desde países lejos. Y nos sentimos como una banda muy internacional. Por eso el nombre del álbum es International. Estamos muy a favor de que no haya fronteras ni restricciones, y que la gente pueda ir y disfrutar de otros países. Y deberían poder venir cuando quieran disfrutar de nuestro país. Creo que la libertad de viajar y trabajar debería ser una cosa seria y justa, para ambas partes.”

Saint Etienne nunca fue una banda de corporaciones ni de estrategias de mercado. Siempre eligieron el camino de la independencia, incluso cuando las grandes discográficas llamaban a su puerta. Cracknell lo explica con una claridad que sólo otorga la experiencia. “Creo que para nosotros fue muy importante nuestra soltura comercial, digamos”, dice. “Nos gustaba tener control de la estética y de la ética de todo lo que hacíamos. Nos gustaba tener control de cuándo y dónde grabábamos. Sólo grabábamos álbumes cuando queríamos y cuando sentíamos que teníamos algo nuevo para decir o algo nuevo para descubrir. Y Heavenly siempre ha sido nuestro hogar espiritual. Me encanta ser parte de esa gran familia. Es una familia muy grande y somos parte de ella, lo cual es genial.”
Después sonríe, como si adivinara la pregunta siguiente. “Tal vez somos un poco locos del control, no lo sé”, ríe. “Pero te da la libertad de hacer lo que quieras cuando quieras. Podríamos haber estado en una discográfica mayor, pero hubiera sido un gran golpe a nuestra libertad. Quizás estaríamos felices con cuentas bancarias abultadas, pero probablemente sería el final de nuestra carrera, ¿sabés? Cuando tenés un gran éxito y estás en un sello corporativo, ellos quieren que recrees ese éxito una y otra vez. Y eso mata la creatividad y tu espíritu un poco, creo”,
Esa independencia, dice, fue la clave de su longevidad. Les permitió elegir cuándo hablar y cuándo callar. International suena a eso: a libertad, a despedida, pero sin dramatismo.
Antes de terminar, volvemos al tono del álbum, su carácter luminoso. Le comento que, en tiempos oscuros, no deja de ser necesario publicar un disco tan alegre. Sarah asiente, pensativa. “Sí, sé a lo que te referís. Muchos de las letras son arriba, pero también algo grises. Hacemos un poco de lo alegre y algo de lo triste. La melancolía, es el sentimiento de atmósfera favorito de nosotros tres, así que me encanta en la música. Eso siempre está. La melancolía y la pista de baile siempre fueron una combinación maravillosa, creo. Tenemos canciones que suenan muy alegres, la música es muy alegre, pero el contenido en las letras es un poco trágico o no tan feliz. Y me encanta esa yuxtaposición, una especie de disco triste.”
Hace una pausa breve, como si buscara las palabras adecuadas para cerrar la conversación. “Estamos pasando por momentos espantosos en todo el mundo, y creo que es una de las razones por las que este álbum puede hacerte bailar y sentir alegría. Las cosas pueden ser muy malas en tu vida, pero deberías hallar placer en las cosas simples, como el sol en tu cara, o alguna comida deliciosa, las pequeñas cosas que son gratis, para contrarrestar todo lo horrible que anda dando vueltas ahí afuera. Si tenés un mal momento o te sentís triste, toma placer en las cosas simples.”
Sarah sonríe. Afuera sigue lloviendo, pero su voz deja una sensación de calma, de continuidad. Como si Saint Etienne, incluso en su capítulo final, aún estuviera comenzando algo.
por Lucas Canalda
Fotografías prensa Saint Etienne