
Después de recorrer distintos festivales del país, la obra dirigida por Matías Federico regresa a Rosario con dos únicas funciones en el Teatro Del Rayo. Interpretada por Miguel Bosco y Mayra Sánchez, Dois desplaza el centro del lenguaje hacia la percepción y el afecto, proponiendo un tiempo ajeno a la lógica de la productividad y una experiencia teatral donde comprender también es sentir.
Dois (anagrama de Dios y, a la vez, el número dos en portugués) es una obra de teatro argentina dirigida por Matías Federico y protagonizada por Miguel Bosco y Mayra Sánchez. Estrenada en la escena independiente de Rosario y con presentaciones en distintos espacios locales, la pieza explora la potencia del lenguaje y los sentidos a través de los personajes Cachorro y Tata.
¿Qué decir sobre Dois una vez que la formalidad de los datos duros se termina?
Tata busca algo. Lo busca en un bolso deportivo, con expresión de hastío. Parece necesitarlo no por desesperación, sino por ansiedad. Para calmarla. Cuando finalmente lo encuentra, es un rosario al que se aferra. Pero también podría ser un atado de cigarrillos y un encendedor. Podría estar fumando, pero no: reza. Lo hace de manera ansiosa, sin elevar la mirada al cielo. Cachorro, curioso, quiere saber qué hace. Ella le ofrece hablar con Dios. Lo intentan con paciencia, tentados. Cuando finalmente atiende, conversan, pero no hay ningún interrogante; ninguna de esas necesidades metafísicas sobre la creación, el destino y demás cuestiones interminables. Reírse con Dios ya dice mucho.
La puesta es austera y no necesita más que esos cuerpos que cuentan con el vínculo que los sostiene. No hay bajadas. No hay ganchos. No hay golpes de efecto. De hecho, ni siquiera está hablada en castellano, sino en una especie de portuñol.
Tata y Cachorro están entrelazados en la calma de la playa, pero cercados por una urbe que respira de cerca.
Durante cincuenta minutos, la obra transita una amplia paleta de climas emocionales. Más allá del idioma verbal, está el lenguaje físico y también uno existencial. Es atemporal en el sentido de que las preocupaciones que atraviesan a los protagonistas son las de ayer, las de hoy y las de mañana.
Tata carga con una incertidumbre. Sobre el futuro. Sobre lo que vendrá. O sobre lo que no vendrá. Sobre aquello que quizá no podrá ser. No tiene respuestas frente a esa incertidumbre que, al mismo tiempo, permanece abierta: puede ser o no ser. No lo sabemos. Sí sabemos que el vínculo con Cachorro la sostiene, la rescata y la contiene.

Hay algo de no-tiempo en Dois: llegar y sorprenderse con otro idioma; dejarse permear por casi una hora de fluir poético que no ofrece redundancias ni instrucciones. La velocidad queda afuera de la sala, mientras se procura un abandono sensible hacia la emoción de estos dos personajes. Es una lógica perceptiva donde lo explicativo brilla por su ausencia, algo que se agradece. Extraviarse es, también, una gran manera de encontrar.
Pero quizá lo mejor del no-tiempo que propone Dois sea la persistencia del afecto en tiempos de deshumanización, en los que la crueldad se exhibe como una virtud y la velocidad arrolla todo: el entendimiento, la percepción, el disfrute, la angustia, el llanto y la posibilidad de imaginar.
Todo esto lo pienso —y lo supongo— escribiendo en casa, después de volver del teatro Del Rayo. Dois (y su equipo creativo) evita apelar a lo estrictamente racional y propone, en cambio, un campo de abstracción para que cada quien construya, sienta y piense a su manera.
La decisión de trabajar en una lengua ajena no responde a una búsqueda de extrañamiento por sí misma, sino a la voluntad de desplazar la experiencia teatral fuera de la tiranía del significado. Al desprenderse del castellano, Dois obliga a percibir de otra manera: los cuerpos, las miradas, los silencios y las modulaciones afectivas adquieren una centralidad que la palabra, muchas veces, monopoliza. Comprender deja de ser descifrar y pasa a ser sentir.
Hay una confianza fundamental en eso que sucede entre los cuerpos, en lo que se transmite sin necesidad de ser traducido completamente en palabras. Por eso me resuena con tanta fuerza aquella frase de Clarice Lispector: “Entender es una creación, mi único modo”. En Dois, comprender no consiste en alcanzar una respuesta o explicación definitiva, sino en dejarse afectar por una experiencia. La comprensión aparece como una forma de sensibilidad compartida, una construcción común entre actores y espectadores.
Dois reivindica la permanencia, la percepción y el encuentro. Allí radica una de sus mayores virtudes: recordar que existen experiencias cuya verdad no se agota en el lenguaje, sino que se manifiesta en la presencia del otro y en la posibilidad, cada vez más escasa, de demorarse juntos en una emoción.
Por Lucas Canalda