SE MUERE SOLARI Y PIENSO EN LA GENTE QUE AMO

La muerte de Carlos Indio Solari convirtió Rosario en una cartografía sentimental. Entre la facultad de Humanidades, el Monumento y los recitales de una noche atravesada por el duelo, una crónica sobre las canciones, la comunidad y los vínculos que sobreviven a quienes las escribieron. Mientras la ciudad despide a uno de sus grandes mitos populares, nuevas bandas, nuevas voces y viejas amistades vuelven a reunirse bajo el mismo repertorio de afectos.

Son poco más de las ocho de la mañana. Hay ruido entre periodistas, en un grupo de Whatsapp que no miro nunca. Pero está encendido tan temprano y me llama la atención. Mensajes. Inquietud. Ida y vuelta. Se pregunta si está confirmado. Aparece un tuit. Después un portal. No alcanza con que lo publique un medio. Se necesitan fuentes confiables. Confirmaciones. Llamados. Pero también hay otra cosa: nadie quiere aceptar la noticia. Alguien recuerda cuando un multimedio anunció la muerte de Juan Alberto Badía y tuvo que retractarse horas después. Se mencionan los fakes. Se buscan grietas por donde pueda filtrarse la esperanza de un error. Durante unos minutos la noticia existe y no existe al mismo tiempo.
Hasta que alguien del núcleo fundamentalista confirma. Después llega el comunicado de fiscalía. Las palabras empiezan a encogerse. Los mensajes que antes eran hipótesis se reducen a monosílabos. No. No. No. El lenguaje retrocede hasta su forma más elemental.
Afuera es un viernes que recién comienza pero ya se desplomó sobre nuestras cabezas. Un viernes cargado de planes, reuniones, trabajos, entregas, clases. ¿Cómo sigue el día después de una noticia así?
Ante la confirmación, lo primero que pienso no es en escribir un panegírico. Tampoco en publicar algo. Ni siquiera poner un disco. Pienso en la gente que quiero. La gente que me rodea. Que admiro. Vidas que están marcadas por Solari. Empiezo a mandar mensajes que son mitad noticia y mitad pésame. Pienso en Mery, integrante de Princesa Tetrabrik, la banda más estimulante del escenario emergente, una persona crecida en la mística ricotera. Le mando un audio. Después me arrepiento: no quiero quedar atado para siempre a esa noticia tan desgarradora. Pienso en borrarlo, pero me distraigo.
Salgo a tomar un café.
En el bar, la televisión ya convirtió la noticia en una cadena infinita de placas rojas y móviles en vivo. El mozo de siempre está quieto frente a la pantalla. Tendrá veintipico. Los brazos cruzados. La mirada fija. Decir “buen día” sería un ensayo de inercia innecesario.
“Qué día triste. Nunca pude verlo en vivo. Mi vieja fue a Racing. Estaba llorando cuando me vine a laburar”.
Le respondo con un lugar común. No recuerdo cuál. Miro las imágenes que llegan desde Parque Leloir. Los periodistas hablan. Los zócalos avanzan.
Pido un café. Después otro.
El país entero parece estar desayunando la misma noticia. Como tantas otras veces en estos años, llueve sobre mojado.
Se muere Solari y pienso en la gente que amo. Pienso en esa tristeza que les debe estar caminando por dentro desde que explotó la noticia. Porque la muerte de ciertos artistas ilumina todos los hilos invisibles que esa persona había tendido entre desconocidos. De golpe aparecen las noches compartidas, las trasnoches ensimismadas de amanecer, las conversaciones interminables, los años que pasaron sin que nadie se diera cuenta.
La música nunca fue solamente música. Por eso, en esa primera mañana, siento menos la pérdida del artista que la necesidad de abrazar a les amigxs que todavía siguen acá. Quienes hicieron de esas canciones algo propio. Quienes les dieron cuerpo, recuerdos, historias. Quienes transformaron una obra en parte de sus vidas y, sin saberlo, también de la mía.
Entonces aparece una postal: las canciones saliendo de algún lado, las horas pasando lentas, gratuitas y arrogantes, porque uno cree que la vida va a durar exactamente así para siempre. Pero no. Se muere alguien. Algo se rompe. Queda el amor de pensarnos.

Por la mañana tengo que ir a la facultad de Humanidades y Arte, a una charla con estudiantes de la carrera de Gestión Cultural. Pienso quién va a venir un día así, quién puede estar con ánimo para escuchar o participar. Después caigo en la cuenta de que estoy proyectando: el afectado soy yo.
Cuando llego a la facultad, entro por calle Entre Ríos, como solía hacerlo en mis años de estudiante de Letras. Hay muy poco movimiento. Son días de exámenes, paros y resistencia. La primera señal de vida es una estudiante, casi una adolescente, que lleva una remera de Oktubre y unas medias rojas que combinan con el diseño de Rocambole.
La charla, organizada y moderada por el periodista y docente Leandro Arteaga, es amena y dinámica. Una pregunta deriva en una observación sobre el presente: la dificultad de los nativos digitales para imaginar un mundo por fuera de las coordenadas que organizan su experiencia cotidiana. En pocas palabras: la imposibilidad de imaginar un afuera.
Hablar del afuera, en la mañana que muere Solari, me deja tildado. Me quedó rumiando alrededor hasta después del mediodía.
La construcción contracultural de Patricio Rey no consistió en ocupar un lugar marginal frente al sistema, sino en producir una lógica propia dentro de él. Ese fue, quizás, su logro más singular. Mientras la industria cultural organizaba artistas, públicos y consumos bajo reglas cada vez más previsibles, Solari, Skay y Poli construyeron un recorrido que parecía avanzar en dirección contraria. No ofrecían una cercanía pensada para el consumo; ofrecían profundidad. Cultivaban el misterio. En lugar de adaptar su lenguaje a las exigencias del mercado, proponían un trabajo activo de interpretación. Su apuesta fue defender la complejidad en una época que empezaba a premiar la simplificación y sostener el valor de la experiencia colectiva cuando la cultura avanzaba hacia formas de consumo cada vez más individualizadas.
Pero la verdadera dimensión de esa construcción apareció en lo que sucedió alrededor de las canciones. Patricio Rey no sólo produjo discos; produjo formas de encuentro. Generó rituales, códigos compartidos, relatos colectivos y una red de identificación que se expandió durante años por fuera de los canales institucionales de la cultura. Miles de personas comenzaron a reconocerse entre sí a través de símbolos que no dependían de una pertenencia política, religiosa o territorial tradicional. En un país atravesado por las consecuencias de las transformaciones económicas, cuando muchas de las formas históricas de organización y comunidad parecían debilitarse, el universo redondo ofreció un espacio donde todavía era posible construir sentido común, pertenencia y experiencia compartida. Patricio Rey habilitaba una práctica cultural que escapaba a las formas dominantes de representación. La contracultura, en ese caso, no se expresaba únicamente en las letras o en la estética. Se manifestaba en la creación de una comunidad capaz de organizar sus propios símbolos, sus propios relatos y sus propias maneras de estar juntos, aun cuando el resto de la época insistía en convertir a cada individuo en una isla.
Me pregunto qué cosas ya no pueden imaginar quienes nacieron cuando la conexión permanente era una condición natural de la existencia. No hablo solamente de la tecnología. Hablo de una forma de estar en el mundo. Crecieron aprendiendo que toda experiencia puede registrarse, compartirse, medirse. Que cada gusto configura un consumo y que cada proyecto debería producir algún resultado visible.
Por eso vuelve la pregunta por el afuera. No un afuera tecnológico, como quien apaga un teléfono y resuelve un problema. Algo más difícil de nombrar. Un territorio donde las personas vuelvan a encontrarse sin la obligación de convertirse en una versión de sí mismas. Donde el tiempo no esté completamente organizado por la necesidad de producir algo con él.
¿Qué lugar queda entonces para aquello que no conduce a ninguna parte? ¿Para las conversaciones interminables, los entusiasmos que no se convierten en una carrera, los vínculos que no mejoran ningún perfil? Quizás la pregunta sea cómo imaginar un nosotros en una época que nos empuja permanentemente hacia la administración de nuestras propias versiones.
No creo que la respuesta pase por recuperar algo perdido. Pienso, más bien, en ciertas experiencias que todavía resisten: una canción compartida entre desconocidos, un proyecto que existe simplemente para expresar y contener, una noche que no deja registro alguno. En la mañana que muere Solari, hablar del afuera termina llevándome siempre hacia ahí.

Por la tarde, en Rosario, corren muchas palabras. Que hay que ir a García, sí o sí. Que si salen colectivos para la despedida. Que es como cuando murió el Diego. Que es como cuando murió Evita. Te imaginás cuando se muera Charly.
Con tanto dando vueltas, hay una convocatoria concreta por parte de la FM Red TL, bastión rocanrolero desde hace décadas: misa de despedida a las seis de la tarde, en el Monumento. Las misas se repiten por Buenos Aires, La Plata, Salta, Córdoba, Bariloche y más.
A la hora señalada, el Monumento está cubierto de gente. Un hormiguero celebratorio que vibra para anestesiar su pulso fúnebre.
Bailan alrededor de unos bafles, con las canciones atronando, una detrás de otra. De Solari, de Patricio Rey, del Soldado.
La multitud se amplifica hasta que la escena entra en modo acampe. Hay trapos colgados de árboles, autos, muros y hasta de los cañones. Alguien trepa una columna y cuelga un cuadro con un retrato de Solari.
Hay un magnetismo supremo que unifica. Flamean banderas del Indio y de Los Redondos, junto a las de Central y Newell’s, que están sorpresivamente cercanas, algo que se percibe casi imposible en cualquier circunstancia normal. Pero hoy no hay nada normal.
Para las siete no hay angular de cámara que alcance para capturar la cantidad de gente presente. En el Monumento, en la plaza, bajando por Córdoba y por 1.º de Mayo.
Saludo a mucha gente. Nadie dice demasiado. Todos se pierden, como si la multitud confiriera un anonimato capaz de aturdir el luto.
Los drones sobrevuelan registrando un hormiguero de almas penando una luz extinta.
Un churrero llega con su bicicleta. No está laburando, pero viene de ahí. Su bici tiene calcos de Solari, el logo de Patricio Rey, el Che Guevara, Eva Perón, Los Vándalos y Maradona. Figuras del pueblo. Mitos de la gente. Mitos entre la gente.
Suena «Queso ruso» y lo canta a grito pelado. Cuando llega el verso «hay algo en vos que está empezando a asustarte», levanta los brazos, alentando. A la gente, a la banda, al cielo.
Pasan «Esa estrella era mi lujo», «Un ángel para tu soledad», «El tesoro de los inocentes» y más canciones. Creo que algunas se repiten. A nadie le importa. Es una rocola aleatoria para maridar el dolor.
Las canciones populares rara vez permanecen en orden. Saltan del cerco de los discos que las contienen. Salen de ahí para instalarse en otros territorios: la sobremesa, la radio, un viaje interminable en colectivo, el aula, el bar, el minimarket, el auto random que pasa por la calle con el volumen estallado.
La mitología popular se construye precisamente en ese tránsito. No nace de decretos ni de marketing: surge de la repetición paciente de gestos cotidianos. Se alimenta de historias que vuelven a contarse, de símbolos que sobreviven a sus contextos originales y de relatos que encuentran nuevas vidas en quienes los reciben. Allí reside una de las virtudes de la cultura popular: la capacidad de producir pertenencia sin necesidad de uniformidad. Mil personas pueden haber vivido experiencias completamente distintas y, sin embargo, reconocerse en una misma canción.
¿En qué momento una canción deja de pertenecerse a sí misma para transformarse en patrimonio sentimental de miles de personas? Cuando te interpela. Cuando te salva. Cuando te rescata. Cuando te lastima. Cuando te acompaña. Cuando oscurece. Cuando aclara. Cuando todo eso, todo junto. Cuando aparece justo cuando la necesitabas y vuelve años después para decir algo distinto. Cuando se mezcla con una noche, con una persona, con una versión de vos que ya no existe. Las canciones siempre están ahí.

Me escribo con Mery, pero no llega. Me voy del Monumento hacia Refi. Tocan Gladyson Panther y El Nota. Necesito que me abracen las canciones.
Sostener cualquier fecha independiente, en este contexto nacional, es una proeza. En Rosario, donde los espacios culturales batallan el hostigamiento municipal junto a la debacle financiera, la empresa es doblemente corajuda. Hoy, encima, la atención está en otro lado. Cuando toda la gente viene para acá, yo me voy para otro lado.
En Refi, el ánimo no es distinto. Hay caras largas, entre prueba de sonido, cables y cierta ansiedad. La banda del nota escucha rap, desperdigados en sillones raídos. Nazareno Nota, hacedor de canciones visitante, está con un ánimo torcido. Santino Martin, hacedor de canciones local, está mal. Cuenta que lo trajo su viejo en auto. Que ambos vinieron llorando en el camino.
Cuando finalmente me encuentro con Mery, luego de todo pensarle todo el día, me dice lo mismo “estuve llorando todo día. No puedo más. Ahora voy a llorar más”. Sale un juego de palabras entrañable. Se brinda. Se intenta sonreír. Se hace catarsis.
Me pregunto cuán extraño y poderoso es llorar por alguien a quien nunca conocimos. Alguien cuya mano no estrechamos, cuya voz solo llegó mediada por un parlante o una pantalla. Y sin embargo sucede: muere alguien y miles sienten que pierden algo propio. No una figura pública. Una presencia. Hay algo ahí que no se deja explicar rápido. Canciones, recuerdos y afectos se mezclan de un modo difícil de medir. Antes de cualquier teoría aparece el hecho bruto: alguien llora.
Hay personas que entran en nuestras vidas sin haberlas conocido. Llegan por caminos ilógicos y se quedan. Se vuelven parte del mobiliario emocional con el que atravesamos los años. Habitan recuerdos, escenas privadas: una canción de Moura en una madrugada cualquiera, una de Bléfari en un TDK prestado. ¿Qué clase de vínculo es ese que se construye sin proximidad física, sin reciprocidad, sin contacto directo, y que aun así deja marcas tan profundas?
La muerte vuelve visible esa relación. Durante años convivimos con esas presencias sin preguntarnos demasiado por ellas. Forman parte del paisaje. Están ahí, disponibles, habitando una dimensión afectiva donde parecen suspendidas fuera del tiempo. Hasta que un día desaparecen. Entonces comprendemos que no lloramos solamente a una persona. Lloramos una parte de nosotros mismos que estaba enlazada a su existencia. Lloramos por nuestro mundo que cambia irreversiblemente. Todo toma otro espesor: se resignifica nuestra vida en un segundo.
Pero no hay nada extraño en ese acto de llorar. Lo hice por Rosario. Por Palo Pandolfo. ¿Qué nos queda si no lloramos por quienes escribieron las canciones que formaron nuestro corazón?
Mi familia llora por Solari, y esa devoción todavía me conmueve.
“Si no hay amor que no haya nada” no deja lugar para dudas ni matices. Suena como una verdad absoluta. En esa línea, Solari invierte una vieja pregunta filosófica: ya no se trata de qué existe, sino de qué merece existir. Y la respuesta es radical. Solo aquello que está sostenido por el amor.

En Refi la noche tarda en arrancar. Mucha de la gente viene directamente desde el Monumento. En colectivo, en Uber, en bici.
Las remeras de bandas se multiplican. Las de Gladyson. Las del Nota. Las de Patricio Rey.
Gladyson tiene una novedad entre su merch: una remera de color rojo y letras doradas donde se lee “Municipalidad”, con la tipogafìa de McDonalds y el logo universal de su M, imperialista e imperativa.
Más tarde, ya sobre el escenario, Martin tiene palabras de respeto para Solari. No hay tanto un aplauso como un silencio reverencial.
El quinteto suena contundente, pero fundamentalmente decidido: te arrastran hacia adentro, entre espontaneidad, pop envolvente y frescura sónica.
Tocan «Hamburguesa», del reciente Hacelo inolvidable.
Empieza con una frase brutal: “Tu cultura tiene olor a hamburguesa”. No hace falta demasiado para entender de qué habla. De una cultura convertida en mercancía. De una cultura estandarizada. De un mundo donde casi todo parece diseñado para vender algo.
La canción avanza entre el desencanto y la resistencia. “Y ya no hay nada que hacer. Y ya no hay nada que ver”. Como si describiera esa sensación de agotamiento que se volvió paisaje. Sin embargo, cuando canta “No me apaguen si me estoy quemando”, aparece otra cosa. Una negativa a resignarse. Una defensa obstinada de la intensidad, incluso cuando duele.
El estribillo acomoda algunas piezas en mi cabeza: “Estoy buscando paz en el cemento”. La búsqueda no ocurre lejos de la ciudad ni fuera de sus contradicciones. Ocurre acá. En medio del ruido, del cansancio y de las ruinas cotidianas. Es el momento en que decido escribir esta especie de crónica: impensada, extraña, anfibia y, tal vez, innecesaria.
Pienso otra vez en aquella conversación de la mañana, en Humanidades. En la dificultad de imaginar un afuera. Por eso la canción pega donde pega. Porque no promete ninguna salida. No hay regreso a un paraíso perdido ni una escapatoria romántica. La paz no está en otro lado. Hay que encontrarla acá, entre las mismas calles que nos desgastan; acá donde suena la música del futuro que no terminamos de imaginar, pero no deja de llegar.
La banda del Nota toca un show decididamente denso. Tres guitarras para un sonido noventoso angustiante. El ánimo de Nazareno Nota, autor de nuevos himnos, se desangra sobre el escenario. La muerte de Solari le pesa. Se carga la angustia al alma, parece. Por eso, entre tema y tema, apela a la autodepreciación. Siente que no tiene nada que hacer tocando en un día así. Pero el dolor autoinfligido no daña sus canciones porque su poesía está a la altura de las circunstancias: si con apenas veinte años escribiste «Los colectivos llenos», canalizando la angustia urbana cotidiana e infinita, entendiste muy bien a Solari.
En el minuto final, la banda del Nota engancha con un extracto inicial «Preso en mi ciudad». Son apenas cuarenta segundos y no hace falta agregar nada más.
Pienso otra vez en aquella conversación de la mañana, en Humanidades. En la dificultad de imaginar un afuera.
Otra vez ese afuera. Poético. Magnético. Imposible.
Termina la fecha. Ya casi se extingue este viernes que quiebra la memoria. Miro alrededor. Pienso en la estudiante oktubrista, esperando para rendir. En el mozo que llegó a trabajar después de ver llorar a su madre. En la multitud que hace unas horas cantaba frente al Monumento. Pienso en Mery, en Santino, en Nazareno Nota, en toda la gente que pasó el día buscando cómo acomodar una tristeza inesperada.
Y sin embargo acá siguen.
Las canciones siguen.
Las bandas siguen.
La noche sigue.
Durante todo el día hablamos de una ausencia. Pero mientras las luces se apagan y la gente empieza a volver a su casa, estoy rodeado de artistas jóvenes, de canciones nuevas y de una música que todavía está empezando.
La música del futuro sigue llegando.
No porque el dolor termine. Sino porque nunca espera a que termine.

 

Texto, fotos y videos por Lucas Canalda
Diseño de Municipalidad por Santino Martin AKA Gladyson Panther

 

 

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