SOL BASSA: CON TODA ESTA INTUICIÓN

Sol Bassa narra las vivencias de su época a través de canciones que dialogan con un legado de rock fundacional argentino.
Entre nominaciones a los Premios Gardel y un confinamiento que demanda cuidado por el otro, la guitarrista repasa las elecciones de un camino marcado por el trabajo colectivo.

 

Con su tono austero y decidido Sol Bassa recuerda aquella línea de “Keep cool but care” de Thomas Pynchon. Las palabras del escritor norteamericano remarcan la posibilidad de tener todo bajo control de forma relajada. Por supuesto, además asevera que tener una onda distinguida no está por encima del compromiso.
La joven porteña maneja una franqueza que acerca a medida que explica los procesos formativos que la hicieron unx de lxs guitarristxs más sobresalientes de la Argentina. Hablar de talento innato iría en detrimento de un esfuerzo perseverante. A Bassa la podemos encontrar a mitad de camino entre el talento evidente y aquella prepotencia del trabajo arltiana.
Bassa se siente tan relajada como natural mientras produce una música que dialoga con una tradición y un legado. Dueña de sí misma, en su reciente simple La última luz de la ciudad deja saber que está al comando y arma su propia historia: “Ustedes no pretendan / Que sea lo que no soy”.
Amalgama de cancionera con blues woman, Bassa concreta canciones desde una impronta sensible y moderna, tan minimalista como sofisticada y libre de pretensión. Evita los lugares comunes que siguen enquistados en las narrativas de la cultura rock. No quiere transitar los carriles agotados ni ocupar lugares que quedaron vacantes. Bassa está abocada a lo suyo. Mientras que algunxs tratan de definirla para clasificarla, ella elige hacer la suya, siguiendo una intuición que se confirma saludable. “Esta ruta me enseñó a parar y aprender a decir que no”, canta sobre el final del mencionado simple. Los años de independencia y Hazlo Tu Mismo dejaron lecciones fundamentales. Ahora que miles de miradas se vuelven sobre ella no es tiempo de cambiar.

Bassa charla pocas horas después de la confirmación de una buena nueva: se encuentra nominada a los Premios Gardel para Mejor álbum artista de rock por Errores coleccionables junto a Un viaje en el tiempo de Andrés Ciro Martínez y La Conquista del Espacio de Fito Paez.
No hay ego inflado ni una seguridad desmadrada: la novedad es bienvenida como una ventana ideal para difundir su laburo independiente. Con la noticia llegó un momento de disfrute junto a su equipo, quizás hasta algún brindis a la distancia. Luego a seguir trabajando. No se trata de un mandato de productividad. Simplemente está in the zone con energías creativas y el corazón bombeando ganas.
Parte de la serenidad de Bassa se deba, tal vez, a que ya recibió una primera nominación en 2017 cuando su debut Dedos Negros fue nominado a Mejor disco Nuevo Artista de Rock. Bienvenidas siempre las buenas noticias. Luego a seguir juntando preguntas y respuestas para otra canción.
Bassa ordena sus pensamientos de manera pausada. Hilvana sus ideas secundándolas con sus acciones. Siguiendo su rastro encontramos evidencias de una coherencia del hacer. Por cada afirmación ejemplifica con un movimiento ya trazado.
Lo que está por venir tiene el mismo esmero del trabajo realizado en los últimos cuatro años. En ese periodo la guitarrista fue armando un equipo cercano que está afianzado y avanza firme. Se trata de una troupe que se retroalimenta en círculos y va girando sobre durmientes. Ella cree en ellxs y ellxs creen en ella. De esa forma, la apuesta crece y el laburo bien hecho empieza a generar resultados. ¿El más importante? La visibilidad de un proyecto independiente sólido en medio de una industria que semana tras semana apuesta más al efectismo.

Apelando a lo orgánico de las canciones, las zapadas y al crecimiento artístico a la par de la gestión DIY, Bassa disfruta de un buen momento inserto en un contexto complejo. Lejos de la ansiedad o la necesidad urgente de querer capitalizar el momentum que llega con una nominación a los premios Gardel, Sol insiste en algo: es tiempo de cuidarse. Más importante: hay que cuidar al otrx, porque siempre la salida es colectiva.
Con el mojo puesto en las rutas argentinas hasta el fin, la nativa del siempre verde Coghlan habla de ciudades del país donde estuvo tocando. Lo hizo con su propia música y también integrando la banda de Santi Moraes, Transeúntes. Amiga del detalle, Bassa puntualiza sobre las escenas de cada región hasta referirse a embajadores que trascendieron la esfera nacional y, en algunos casos, convertirse en figuras internacionales. Rosario, por supuesto, alberga un lugar especial en su corazón. La otrora Chicago argentina supo manifestarse en varios procesos significativos de su vida: El amor después del amor sonando sin parar en el hogar familiar. Más tarde, la apreciación de Los Gatos y el legado de Nebbia. Luego, otro flash rosarino: conocer al maestro Ciro Fogliatta para eventualmente sumarse a la banda que lo acompaña, Las Bluesettes.
Sol se refiere a Rosario sin oportunismo. De la misma forma recorre La Plata, Córdoba y Mendoza. Mete data y experiencia. Dos puntales se insinúan claves: lo colectivo y lo federal. El auspiciante presente de Bassa es resultado de un trabajo parejo de los últimos cuatro años. Bassa no alberga dudas acerca de la construcción colectiva: “es algo que aconsejo y que reafirmo en cada oportunidad que tengo”.
Una palabra aparece generando una pausa necesaria: industria. La industria existe. Está allí, inevitable y evidente. Tan real y palpable como los esfuerzos para sostenerse en un paradigma cultural líquido que se transforma constantemente. Bassa respira, reflexionando acerca de un concepto que muchas veces genera conflicto en artistas independientes como ella. Sin demasiadas vueltas, comparte: “me siento parte de una nueva forma de construcción. De un trabajo autónomo que dista mucho de un concepto tan impersonal. La palabra correcta no es industria. Son nuevas formas de construir: diversidad, trabajo colectivo, cupo en festivales”.
¿Industria? Más bien dedicación y una construcción colectiva que genere vínculos más horizontales desde Capital Federal hacia el resto del país. “Intento generar ese pulso federal. La pandemia nos hace pensar que es necesario vincularse de formas diferentes con el resto del país” , dice la guitarrista.
Encabezar un proyecto profesional significa tomar la responsabilidad completa sobre su destino y el de un equipo que crece a la par. Bassa acepta la responsabilidad completa, sin renegar de las tareas más engorrosas o menos glamorosas. En ese sentido, se considera tan estudiante del arte como de la gestión cultural. Bassa busca esos espacios de gestión, se adentra en ellos, quiere aprender, resolver, ganar confianza, salir adelante representando a toda su crew. “Hago talleres y busco asesorarme para profundizar mi aprendizaje”, comparte. “Te diría que es hasta una postura política. Es hacerse cargo. Le dedico mucha atención a la gestión de mi proyecto, no puedo desmerecer los aspectos aburridos. Son varias patas. Le dedico el mismo tiempo a la gestión que a la construcción de una canción” , afirma.

Caminando la senda independiente desde 2013, Bassa mantiene una permeabilidad constante con su alrededor. Con tres discos editados (Dedos negros, 2016; Calles de tierra, 2018; Errores coleccionables, 2020) y un puñado de sencillos, todavía se considera una aprendiz. Su formación se enriquece cada día, profundizando en lo musical mientras que dedica casi el mismo porcentaje de tiempo a estudiar el ámbito de la producción y la gestión. Con paso cansino, Bassa observa las diferentes escenas regionales así como también indaga sobre problemáticas varias que corroen al circuito sin importar sus respectivas latitudes.
Con disciplina para aplicarse en su estudio más una soltura que se activa en química artística, Bassa se convirtió en un talento intergeneracional que conecta con cincuenta años de música rock argentina. Ella, por supuesto, es la primera en mencionarlo: “soy una amante del rock nacional”. Su guitarra enlaza décadas, escuelas y estéticas. Desde la mirada externa pueden marcarse más y más subdivisiones, sin embargo, para ella simplemente se trata de colegas. En algunos casos, amigos. Bassa fue parte de la banda de Ciro Fogliatta y también tocó con el mítico Pajarito Zaguri. En la actualidad es compinche de Juan Ravioli y forma parte de la banda de Santi Moraes luego de su partida de Los Espíritus. Además, de manera informal, compartió escenario con decenas de talentos, ganando chapa y sumando data siempre esencial para pensar al futuro desde una perspectiva personal.
Con los pies sobre la tierra, Bassa se concentra en la creación de su música. Los reconocimientos la motivan, al igual que el cariño que llega de manera frecuente desde (lo que queda) de la prensa especializada (Alfredo Rosso es un converso público).
La guitarrista tiene claro algo: lo fundamental de la nominación es que destaca una construcción independiente entre dos músicos de enorme trayectoria. En medio de dos gigantes Bassa no se intimida, más bien disfruta y tiene listo su instrumento para hacer sonar sus canciones ante la menor oportunidad. En definitiva, es otro espaldarazo para seguir creciendo.
“Fito marcó mi camino con mucha luz. Estar a su lado es emocionante”, cuenta la eterna estudiante del rock argentino. Bassa maneja al dedillo las lecciones de los maestros de nuestro país. Las enseñanzas no se limitan al rock: Maria Elena Walsh merece un espacio considerable, al igual que Violeta Parra.

Geográficamente, Bassa se ubica en Coghlan, terruño arbolado marcado por los trenes, donde nació y se crió. Humanamente, se constituye desde la memoria. El rastro de quiénes somos, al igual que los valores y procesos que nos forman, son fundamentales para Sol. De esa forma, la memoria atraviesa todo: arte, cultura, historia personal y todo construcción individual y colectiva. Por eso disfruta tanto el rock fundacional. “Son huellas que tenemos”, dice. “La memoria en la Argentina tiene que ser parte de nuestro ADN”, remarca.
“Es re cheto” afirma sobre Coghlan, antes de reírse, sin renegar de su lugar en el mundo. La suya es una familia obrera siempre con la radio prendida. Madre super fan de los Beatles, muchos amigxs cercanxs que desde la infancia tocaban la guitarra. Sol llegó a la música gracias a todo eso, como un proceso de ósmosis del que fue consciente no hace tanto tiempo. De nuevo riendo, Bassa apunta que en la casa familiar no había instrumentos, fue ella quien llevó la guitarra.
“Coghlan es el tren que me lleva al mundo”, explica. La música le permitió a Bassa conocer varios lugares de nuestro país, especialmente en los últimos años. Coghlan es el punto magnético al que regresa para mantenerse centrada, con una perspectiva concreta. “Siempre necesito estar con mis amigxs y en mi barrio para seguir construyendo una identidad propia”, observa.

Con su espíritu inquieto Bassa atravesó las distancias para acercar vínculos y escenarios: fue alumna de Botafogo Vilanova, tocó con Pajarito y luego con Fogliatta. La lista sigue. Bassa maneja una complicidad intergeneracional que aúna décadas de data para reconvertirla en algo propio que avanza.
La guitarrista no se fija en la edad de nadie. Toca, conecta, aprende. “Vengo de un género como el blues, influenciada por el rock fundacional. Son personas mucho más grandes. Admiro mucho las horas de vuelo que tienen ellos. Hay una amistad y un respeto. Eso me nutre mucho”.
“Mi música mezcla un poco de toda esa identidad fundacional argentina” señala. Bassa crece como compositora honrando un legado que se caldea con una impronta contemporánea propia.
Parte de una generación impregnada de inclinación antropológica, Sol toma la posta de lo que una década atrás empezaron Los Espíritus. Junto a Transeúntes, Los Bluyines, Las Diferencias en Buenos Aires y, con Aguas Tónicas y Valle en Rosario, conducen una gesta solitaria pero necesaria hacia una estética fundacional enraizada en el blues, la psicodelia y la firma del cantautor. Se trata de una cepa de resistencia que es tanto renovación como preservación, pero que, calando más profundo, posee una composición ideológica proletaria y una sensibilidad a contracorriente de la hegemonía cultural que justifica el statu quo social, político y económico. Si Tanguito, Manal y Los Gatos indagaban en el existencialismo proletario y cuestionaban los entramados políticos de su época. Los Espíritus (con Moraes a bordo), Aguas Tónicas y Bassa se hermanan bajo una narrativa con consciencia de clase y la vulnerabilidad humana ante una contemporaneidad prosaica. Finalmente, entre la vieja escuela y las nuevas corrientes resalta un vínculo que en tiempos pandémicos se vuelve esencial: las rutas como posibilidad de una vida post-urbana e interrogantes ambientalistas sobre un planeta con fecha de vencimiento.

Bassa disfruta el movimiento. Las referencias a las rutas y a los trenes son apenas un breve indicio de una mujer inquieta que siempre anda en alguna. Ese andar es tanto movimiento como búsqueda. De manera inconsciente, Sol va conectando. Le gusta mucho caminar por la calle escuchando música, observando, olfateando, sintiendo. Además, cuando las canciones no suenan en sus auriculares, las calles emiten su banda sonora, muchas veces aturdiendo de habladurías o un padecimiento estridente que hace mal. Bassa le toma el pulso de la realidad a través de esas calles. Esa memoria menciona dice presente en el pavimento, grita desde las paredes, pesa en los lomos que caminan sin destino. Las calles marcan la dirección de un país que, a veces, se extravía fácil.
«El misterio de Negrita» y «La última luz de la ciudad» son canciones de certero tono sociopolítico que sobresalen entre otras tantas que tienen guiños que se van manifestando a la par de las escuchas.
“La memoria no se borra/La memoria no se agota” canta Bassa por encima de una electricidad pendenciera en «El misterio de Negrita» del disco Calles de tierra. En casi cuatro minutos Bassa tiende una narrativa que atraviesa la impunidad, el clamor popular por justicia, el poder acomodaticio y más. Por sobre todas las cosas, ese reclamo por memoria, en plena temporada alta de macrismo significaba reivindicación y resistencia ante un cinismo institucional que encontraba correlato en el aparato mediático y un sector civil de tendencia castrense. “Esa canción data del 2018, es inevitable que salga algo”, confía sin tapujos. “La construí en 2017, imaginate lo que era eso. Era imposible que no me salga algo relacionado” indica.
La música determina gran parte de su expresión. Sacándolo todo desde su entripado, la política asoma con convicción evitando la bajada de línea ordinaria u obvia. Bassa lo dice mejor en canciones. Lo suyo es la observación ciudadana.
En julio sale un single llamado Furia que, con una sencillez cuasi minimalista, habla elocuentemente: “Sangre que corrés por mis venas / No dejes nunca de viajar por mi identidad”.

Concluida la conversación Bassa vuelve a comunicarse para confiar los planes que depara el resto del 2021: un simple y un disco nuevo de reversiones. Quiere tomarlo con calma. Nada de agotar todo el fuego en una sola avanzada. Sigue grabando e indagando. Falta cantar muchas preguntas.

Lucas Canalda / Fotografías por Josefina Schmipp

 

 

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