ALGO EN QUE CREER

Tiempos y formas del songwriter neoyorquino Juan Wauters.

Sobre el borde de la 1 AM un taxi avanza sobre calle Mendoza en dirección a Maipú. Unos diez metros antes de llegar a la altura de Capitán Bar, dos chicas se cruzan en su camino y le cortan el paso. Pasada la medianoche la siempre congestionada arteria rosarina debería estar desierta, pero no. Detrás de las dos chicas hay unas sesenta personas. El taxista no entiende qué pasa. Tampoco sabe quiénes son esas chicas o toda esa gente. Las dos chicas son Florencia y Catalina, dupla integrante de Lalalas, una de las propuestas más interesantes del circuito independiente del último año.
El taxista y su pasajero preguntan qué pasa, por qué están cortando el tránsito. Que lo dejen pasar. No entiende la razón por la cual unas sesenta personas están en la vereda; mucho menos entiende porqué hay cuatro tipos ante las luces de su vehículo. Son cuatro flacos que están tomando posición de carrera. El más bajo de los cuatro luce una polera de color azulado. Tiene una contextura pequeña, es bien desgarbado y tiene las mechas largas. Su ropa es amplia, se evidencia que es un par de talles más chico todavía. Los otros tres pibes, son más altos, con looks contemporáneos y genéricos. Los tres miran al más pequeño, como esperando instrucciones.
Un par de bocinazos para pasar. Las Lalalas se acerca al auto y le explican al conductor que es sólo un minuto. O al menos algo así deben estar diciéndole. Es un toque, un segundo y ya está. Están por correr una carrera hasta la esquina. ¿Qué? Sí, una carrera hasta la esquina. Las Lalalas se quedan firmes y le dan la espalda al taxi. Mientras tanto, los cuatro competidores se alistan para correr. Tomando posición como unos atletas de madrugada; son unos conquistadores del oro olímpico que diez minutos atrás estaban cantando y tomando cerveza; unos vehementes creyentes de la espontaneidad.
Más bocinazos. Es un minuto, nada más. Algunos curiosos se asoman desde sus balcones para ver qué pasa. En la vereda, el palco improvisado se extiende, con miradas atentas.
Botella de Schneider en mano, un pibe de rulos toma el rol de juez de pista. Grita, “Bueno, a ver, vamos” y se produce una salida en falso. Unos pocos pasos y los cuatro corredores vuelven a la línea de largada. Su mirada está fijada en la meta pactada: la esquina de calle Maipú.
Luego de simulacros y salidas fallidas, largan. El fervor se despierta y aparecen gritos de “Dale”, y unos cuantos “Vamos” con las o bien estiradas y con eses sustraídas. Entre aplausos, aliento y risas incrédulas, los cuatro atletas de madrugada pican hacia la meta. Los metros en spring transcurren en segundos sin la posibilidad de una épica en slow motion a lo Carrozas de Fuego. El griterío de aliento hace de Vangelis en este capítulo callejero que transcurre en un pestañeo. Seis segundos. Nada mal para un tipo que estuvo cantando por más de una hora y otros tres que seguramente estuvieron ese tiempo bebiendo cerveza.
Desde la puerta de Capitán Bar no se termina de entender quién llegó primero a la meta, pero hay algo claro, todos abrazan y estrechan la mano de Wauters, agradeciendo por la música, la experiencia y todo lo que a partir de este momento será un recuerdo feliz.
Ni las cabezas curiosas que asoman desde los edificios vecinos ni el taxista que finalmente se ve liberado y ahora acelera por calle mendoza podrían saberlo, pero la carrera funciona como ceremonia de clausura del primer concierto rosarino de Juan Wauters, songwriter montevideano de adopción neoyorquina que desde hace tres años gira por el mundo en clave de vocación y búsqueda.

Las sesenta personas presentes tampoco podrían haber imaginado semejante cierre, pero, sin dudas, la noche había comenzado con una apropiada advertencia. “Últimamente busco cambiar las reglas. Por ejemplo, me gusta escuchar el ruido de ustedes”, supo explicar Wauters mientras caminaba de izquierda a derecha, mic en mano. Acto seguido pidió que bajen las luces e instó al público a que haga  el sonido que su espontaneidad le demande. Se escucharon gritos, alaridos y unas cuantas arengas. Alguien comentó en voz bien alta sus ganas de fumar. Inmediatamente lo hace. Otra voz reclamó una canción. “Quiero que ustedes me digan lo que quieren. Si quieren que termine, también lo dicen, quiero que todo el mundo se sienta libre acá”, comentó Wauters, dando luz verde al relax.
Como un maestro de ceremonias impregnado de ternura, simpleza y simpatía, Wauters  demanda toda la atención. Su oficio como músico es el imán que atrajo al público, pero pronto Wauters se descubre como un retobado a los esquemas que quiere saltar (literalmente) más allá de lo preestablecido. Todos los ojos están sobre su presencia esmirriada. También lo siguen las pantallas de celulares, un par de cámaras reflex y hasta una grabadora VHS C que registra la noche en clave vintage.
Wauters es romántico y algo melancólico, una simpatía sincera y genuina genera cercanía inmediata con un tipo interesado en ir más allá de las dinámicas de intercambio operativo. Busca que el otro se involucre. Si eso significa que el público lo abrace o le grite que ya está bien de canciones, bienvenido sea, Juan buscar romper con lo predecible. Es un afán de ir por más o de simplemente mantener la vivacidad de lo que más valora: la posibilidad de hacer música.
Casi todos sus temas se basan en algunos simples riffs de guitarra y los combina con una voz algo cascada. Inocencia y curiosidad otorgan a sus canciones una sensación de liberación de temores y riesgos. Al mismo tiempo, hay una contemplación solitaria flotando en sus letras, la de un tipo que aprecia los momentos desde la sabiduría de la sencillez y bajo la complicidad del silencio. Correrse de ese eje protagonista, creando un micromundo de amantes callejeros y personajes angelados por el anonimato que buscan su destino, podría ser su principal logro, además de las melodías impecables que son marca registrada.
Las canciones son breves y se estiran con espontaneidad. Como un GIF encantador que saltó a la vida real, Wauters repite estribillos o prefiere seguir tocando la guitarra hacia el siguiente tema. Describirlo en inglés,  “strumming into the next song”, lo dejaría bien parado en un universo de desclasado punkabilly caminante del mundo, una ubicación entre un desacelerado Strummer callejero de los 101’ers y un Daniel Johnston menos endiablado.
Suenan “I’m all wrong”, “Así nomás”, “Rubia”, “Nena”, “En mi”, “Todo terminó” y muchas canciones más. Inglés o castellano, no importa, el idioma es un vaivén, como el mismo Wauters, oscilando frente al micrófono y dejando que el público tome voz y letra. Un paneo por los habitantes de este recital resulta en todos rostros conocidos. Escritorxs, ilustradorxs, tatuadorxs, fotógrafxs, músicxs, poetxs, fanzinerxs, diseñadorxs; individuos que de manera cotidiana pelean por lograr un espacio genuino. Cada uno empuja las palabras de Wauters desde su propia garganta. Con timidez, varios. Con una sonrisa contagiosa y elocuente, la mayoría. En lo especial de cada aplauso o canción cantada a viva voz, hay un pacto tácito entre todxs lxs presentes: por siempre hilvanados en compartir una ocasión inolvidable, de esas que serán referencia dentro de muy poco; mágicos momentos a los que se volverá con un “Te acordás cuando Wauters…”.

Algunas horas antes, sobre las 20:50, el público que más tarde sería testigo del atletismo impromptu ya está en la puerta del bar haciendo fila para entrar. En una ciudad con tradición en horarios desdibujados, las primeras personas presentes demuestran impaciencia y deseo de escuchar por primera vez a Wauters.
Dentro del bar se alista todo para el recital. Franco Santángelo (La PazCiencia, Carmina Burana) acomoda la mesita de entrada. Osvaldo Zulo (Víctima del Vaciamiento) ya dejó todo listo para el abordaje acústico de sus temas. Trompetista y guitarrista, respectivamente, se unieron para gestar el debut de Wauters en la ciudad. Lo hicieron en su tradición de autogestión y DIY. La razón es simple: amor por la música del cantautor. Enterados de su llegada a la Argentina, el 50% de Los Daylight combinó fuerzas para hacer posible la fecha. Se los nota emocionados y ansiosos, deseando vivir cada detalle musical de la noche mientras cumplen las tareas necesarias como responsables de la fecha. Mientras corren los minutos, se tranquilizan, la presencia del público en la puerta desde temprano auspicia una noche memorable.
Junto a la barra yace una enorme valija con ruedas que contiene que CDs, algunas remeras del artista y un disco de vinilo. El road manager que acompaña al uruguayo explica que es el último que queda. Se vendieron todos. A un precio de $600, comprado directamente al artista, la oportunidad parece irresistible. Seguramente ese LP se quede habitando alguna discoteca local.
Wauters prueba sonido de manera precisa. Chequeando guitarra y micrófono, también revisa con detalle la posibilidad de moverse y pasearse por el escenario sin generar desperfectos. Suenan estrofas de sus canciones, pero nunca se decide por una canción por completo. Por último ensaya dos líneas de “Enlace” el clásico de los Ratones Paranoicos más Pistols.  Finalizada la prueba, Juan propone conversar en la calle. Cuando se entera que a unos pocos pasos hay una peña folklórica arranca hacia esa dirección sin dudarlo.
Sobre el ingreso de La Yapa, guitarra en mano, el montevideano de nacimiento abre sus ojos como queriendo captar cada detalle. Observa al pequeño centro de tradicionalismo con la curiosidad propia de un niño que nunca perdió la capacidad de sorprenderse. Los cuadros de folkloristas o los carteles con ofertas de comidas típicas lo atrapan. Quiere saber quiénes son esos músicos, quiere saber qué puede probar. Tradicionalismos, expresiones populares, gestos de la cotidianeidad lo atrapan sin remedio. Luego de un vistazo inicial, propone, “después del recital re da para que vengamos acá, ¿dale?”.
Apoyado sobre la ventana de la peña, abrazando su instrumento, las miradas de los parroquianos que entran o salen a fumar recaen sobre Wauters, que tranquilamente podría ser uno de los talentos que noche tras noche guitarrean en este escenario.
Un efecto preciso actúa sobre el cantautor en este contexto de tradición, de repente, la palabra gira hacia Uruguay, su lugar de nacimiento. Lejos de la nostalgia y la melancolía propia de una familia de inmigrantes, Wauters vuelve sobre los ritmos populares que le pertenecen a su tierra. Recuerda la cultura popular rioplatense que alguna vez supo ser su cuna y desde hace unos pocos años revisita bajo la perspectiva de un hombre adulto y de un artista en constante proceso de cambio.
“A la música rioplatense la imagino y siento con mucha añoranza. Con separación, también. Estando acá yo tendría otra percepción. Cuando vivía acá estaba mal escuchar algunas bandas. Los Beatles, por ejemplo. Cuando estaba en Montevideo no los escuchaba, era de los Rolling Stones. Cuando llegué a Nueva York los escuché a pleno, siento que son bien neoyorquinos. Pude disfrutarlos de otra manera. Lo mismo me pasó con Jaime Roos. Mis contemporáneos en Uruguay, a veces piensan que es joda cuando digo que me gusta Jaime Roos o (Alfredo) Zitarrosa o la murga, porque claro, en el contexto de Montevideo capaz que alguien no se quiere asociar a esa música, estupideces de nosotros, los humanos. A mi me pasa lo mismo allá, en Estados Unidos. Quizás no quiero escuchar ciertas cosas porque no quiero coincidir con ciertos grupos de gente. Andá a saber. Creo que es normal. Escucho mucha música de la región porque es una forma de seguir conectado con el lugar de donde vengo y también con una época de mi vida que ya no existe más”.
Juan Wauters llegó a la gran manzana con apenas diecisiete años. La decisión familiar de emigrar a Estados Unidos se debió a la profunda crisis económica que la región atravesaba a finales de los 90. Relocalizado en el departamento de Queens, más precisamente en Jackson Heights, Wauters se refugiaría en la complicidad de su guitarra para poder centrar su nuevo universo en una ciudad donde cada ámbito se presentaba desconocido y hasta hostil. De repente todo era irreconocible y tan distante como seductor. Entre soledad y temores de adolescencia, había una buena: estaba a pocos minutos de Forest Hills, donde crecieron sus ídolos, The Ramones.
“Cuando mi familia decidió mudarse para Estados Unidos, nos fuimos para el condado de Queens. Llegamos a Jackson Heights, a dos barrios de donde son los Ramones”, recuerda ahora, con treinta y seis años. “En Queens me vi padeciendo los mismos problemas y ansiedades que ellos comentaban en sus canciones. De repente, mi vida nueva reflejaba eso que cantaban ellos. Me sentí más apegado que nunca a la banda. Mi percepción de Ramones cambió para bien porque me dio otra profundidad de su expresión”, comenta acerca de su vínculo vital con los cuatro hermanos.
Los primeros tiempos estuvieron marcados por ciertas dificultades para el adolescente Juan. El procesos de adaptación propio de semejante mudanza sería largo y no ausente de alienación juvenil. Entre pasillos de escuela y posteriores trabajos en construcciones y restaurantes, la adaptación fue áspera. Sin embargo, desde su llegaba a Estados Unidos su pasión estuvo ahí para acompañarlo durante las dificultades: “La música fue fundamental para poder encontrar un equilibrio y una base ante tantos cambios. De repente era una nueva ciudad, una nueva escuela, otro idioma. Mi familia y la música fueron fundamentales. Por suerte, la música ha sido una manera de descubrirme a mí mismo y de manejar las ansiedades que me trae la vida cotidiana. Todo lo que surja en la vida puedo manejarlo y procesarlo mediante mis canciones”.

Su primera incursión formal en el mundillo musical fue con un grupo llamado Pow-Pow que formó con algunos amigos ecuatorianos de Jackson Heights. Su siguiente aventura sería la que definitivamente lo ataría a la guitarra: The Beets. Con esa banda de garage, lanzó tres álbumes Spit On the Face Of People Who Don’t Want to Be Cool (2008), Let the Poison Out  y Stay Out (ambos de 2011).
A pesar del buen feedback que el grupo generaba en sus giras por el circuito independiente norteamericano, Wauters comenzó a anhelar el trabajo en solitario, interpretando parte de su propio material durante los shows de los Beets.
A finales de 2013 el grupo se disolvió y al año siguiente el deseo de libertad creativa de Wauters presentó su primer álbum en solitario: N.A.P. North American Poetry. En 2015 llegaría Who me?. Ambos discos fueron editados a través del sello Captured Tracks, casa de Wild Nothing, DIIV y Mac DeMarco, entre otros.
Luego de dos trabajos en solitario y un estatus de culto, hoy Wauters atraviesa un etapa de renacimiento, tanto en lo personal como en lo artístico. “Me voy descubriendo a través de la música. Estoy feliz de que mi música vaya creciendo a la par de mi crecimiento como persona. No me quedé estancado. Descubrir mi música y descubrirme a mí, van mano a mano. Creo que es una extensión de mi pensamiento”, señala contra la ventana de La Yapa y abrazando el mástil de su guitarra.
La búsqueda de libertad parece ser la principal inquietud del uruguayo. Con The Beets, las rutas estadounidenses le mostraron cada arteria del gran país del norte. Más tarde, en plano solista, la intimidad de sus canciones personales lo llevaron por Canadá, México y Europa.  Desde afuera podría observarse que posee una carrera profesional. En el interior de la experiencia real Juan lucha porque nada se vuelva rutinario, procurando que lo profesional no se convierta en un protocolo desalmado y mercantilista, siempre está buscando la vuelta de sorprenderse y seguir latiendo a un pulso humano.
En los últimos años concentró sus energías en redescubrir nuevos caminos y abrazar un legado que de alguna manera se escondía en su sangre. La onda de Juan Pablo, la novedad que este verdadero nowhere man viene adelantando, intenta reflejar los nutrientes de todas las culturas e influencias que supo absorber.
Grabó canciones en Argentina, Uruguay, Chile, Perú, México y Puerto Rico. Son canciones que nacen con nuevas complicidades que fueron apareciendo en sus viajes por toda la extensión del continente. País por país, ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, Wauters fue bajando, subiendo, cruzando y saltando para vivir aventuras que finalmente lo llevaron a un presente de cambios.
En cada parada Juan Wauters buscó la colaboración artística, especialmente con músicos que tenían diferentes tradiciones y energías específicas de la región. Ese desafío de encontrarse en nuevos territorios, tanto geográficos como musicales, lo dejo irradiando una energía que desea compartir. No importa la latitud o el lugar, Wauters busca la oportunidad de llevar sus canciones ante cualquiera que esté interesado.
La Onda de Juan Pablo  está cantado completamente en castellano y se grabó con músicos locales a lo largo de su hoja de ruta. “Guapa”, uno de los adelantos del nuevo disco, fue grabado en Puerto Rico, uno de sus primeros destinos. En un restaurante de camino a Charco Azul en Guavate, un estanque natural para nadar, Wauters escuchó a un dúo tocando boleros, música con la que está familiarizado desde su infancia, pero que nunca había experimentado en su contexto original. Esos boleros inspiraron la melodía repetitiva que conforma “Guapa”. La canción cuenta con la participación de Andrés Fontanez  (de Los Nervios, dúo de synth pop boricua) en cuatro.
Wauters se entusiasma al hablar de sus colaboradores. Charla sobre los músicos y las músicas con los que compartió la experiencia. No importa si el acercamiento fue registrado o no, importa la vibra, el vínculo que se generó, en estudios, escenarios o en las calles, simplemente conversando. “La experiencia real hoy pasa por conocer gente, por formar un vínculo, puede que eso sea lo más importante”, confía al grabador mientras los colectivos ensordecedores marcan sus ruedas por calle Maipú.
Está contento por la respuesta del primer show en la provincia de Santa Fe, la noche anterior, en Capitán Bermúdez. Cuenta que desde chico quiso conocer Rosario y está chocho de tocar aunque lo apena que la agenda apretada no le permita quedarse a recorrer la ciudad que tanta curiosidad le despertaba de pibito. “Cuando era chico en Montevideo, vinieron unos chicos de Rosario a jugar al básquet al equipo de mi barrio. Hicimos un intercambio y un rosarino se quedó a dormir en mi casa, Fabricio, re buena onda. Nunca más lo vi. Tenía tremendas ganas de venir”.
Además Wauters tiene una referencia en caliente sobre Rosario: su amigo Tall Juan le contó su vivencia recitalera en enero de 2017. Había que conocer la ciudad del calor y los teatros, sin dudas. “Con el Juan nos conocimos allá en Nueva York. Él venía de tocar con una banda de rock and roll. Juan y yo conectamos. Hasta que lo conocí a él, yo estaba bien gringo. Estaba, más que nada, bien neoyorquino. Al conocerlo a Juan, un tipo de mi generación, compartimos una época. Me conectó de vuelta con el show de estos lados. Creo que yo también tuve algo de influencia en él. Nos hemos apoyado mucho”, comenta Wauters sobre su par argento-neoyorquino.
Pero el descubrimiento de la metrópoli narco sojera será una tarea pendiente para el futuro. Mañana cerca del mediodía el viaje continúa en dirección a la ciudad de las diagonales. El calendario es ajustado y exigente. Se vienen La Plata, Mendoza, Capital Federal y más tarde, fechas por Brasil. Luego de regreso a Argentina y finalmente el cruce a Uruguay con destino a Montevideo.

– ¿Qué encontraste en el público sudamericano que te supo abrazar en los últimos años? ¿El público se entrega más?

Tocar en cada lugar es bien diferente. De a poco me voy creando mi público. No soy un artista masivo, soy un artista que tiene un público fiel que me sigue. Todos los conciertos que hago, la gente que va, me aguanta la cabeza. El concierto que estoy haciendo ahora es más participativo, medio que lo fui creando en Estados Unidos. Hace apenas dos meses que lo estoy haciendo. Allá vienen participando mucho, también. Los gringos son bien participativos, tanto como acá. Siento que es igual. Yo abro una puerta, el que quiera entrar, que entre, y quien no quiera hacerlo, está bien. No me voy a ofender de eso. Soy consciente del tipo de concierto que doy, no es para todo el mundo. Quiero tocar por todos lados, conociendo gente diferente, siempre. De a poquito voy llegando a eso. Cuando empecé a tocar, toqué mucho con The Beets por todo Estados Unidos. Primero fue Nueva York, pero luego nos fuimos por todo el país. Cuando empecé como solista giré mucho por allá y por Europa. Hubo un momento en que decidí replantearme mi manera de acercarme a hacer música como actividad de tiempo completo. En ese tiempo de reflexión y de evaluación, vine para acá y de repente estoy tocando siempre en Estados Unidos y acá, en sudamérica. Nunca más volví para Europa. Probablemente el próximo año vuelva. Ahora siento que voy descubriendo diferentes partes del mundo de a poco. Como yo tuve una situación familiar en la que dejamos nuestra tierra natal y nos instalamos en otro lugar, en una ciudad tan cosmopolita, me siento cómodo en cualquier parte. Siento que la gente es igual en todos lados. Todo el mundo tiene problemas en todos lados, todo el mundo es feliz en todos lados, todo el mundo es mala onda en todos lados, todo el mundo es buena onda en todos lados. Me ha tocado descubrir distintas partes del mundo de a poco, yo quiero llegar a todos lados.

– En tus fechas el público es muy variopinto, desde punks, amantes de la canción latinoamericana o gente curiosa de tus melodías sencillas. ¿Te sería posible definir  tu audiencia?

Quizás todos tenemos algo en común. Quizás yo puedo ser la persona que nos junta a todos pero al mismo tiempo yo tengo algo en común con todos ellos. Mi visión del mundo y mi gusto musical es muy, muy abierto. Veo lo lindo en todo. Quizás eso se ve a través de música y mi personalidad. Eso es lo que nos une. Al mismo tiempo, soy consciente que quiero tocar una música que sea fácil de digerir, pero también que active algo en el intelecto. Busco generar que pienses en algo, lo que te salga. Quiero que te diga algo, pero al mismo tiempo, que sea fácil de digerir. No me gusta que a mis conciertos venga un único tipo de gente. No quiero que solo vengan los punk rockers, los heavy metal, los cumbieros o los intelectuales. Estoy tratando de armar un catálogo de canciones que sean identificables para el género humano. Hay algo medio universal en lo mío, trato de llegar a cualquier ser humano, porque es la de forma en que me pienso. Quiero llegar a toda las personas, simplemente porque soy una persona más.  Puede que también cante para mí mismo, por ende, le canto al mundo. Siempre tengo eso presente en mi cabeza. Después, que llegue a lograr cantarles a todos, es otra cosa.

– En EEUU siempre fuiste de girar, en su momento con The Beets y luego en solitario. En los últimos años, empezaste a tocar por sudamérica y cada año se suman más fechas por ciudades que nunca transitaste. ¿Te interesa una vida en la ruta?

La verdad, voy paso a paso. Todo ha surgido de una manera muy orgánica. Desde que yo tenía mi grupo, empezaron a surgir a cosas. Cuando empecé a tocar solo me surgieron muchas oportunidades y las tomé. Pero, de repente, me di cuenta que tenía que aprovechar esas oportunidades sabiendo encontrar la manera de estar satisfecho y vivir contento y feliz. Yo encuentro mucho placer en el ocio. A pesar de ser hiperactivo y me encanta trabajar, soy fanatico de estar tranquilo. Sé que ahora, en este momento particular de mi vida, le quiero dar para delante. Estoy con muchas ganas de compartir la música que vengo haciendo. Tengo ganas de compartir momentos con el escenario, compartir con la gente que viene a mis conciertos. Estoy muy contento de dar vueltas tocando, pero, tal vez, más adelante me lo vuelva a replantear. Voy paso a paso.  Voy, como dicen los Ramones, “listen to my heart”, porque sino, me doy cuenta mientras crezco, que no soy un tipo de persona que pueda planear una vida para adelante. Siempre van surgiendo cosas y me voy amoldando a eso. Me gusta vivir así.

– Desde la década de los 80 hay una audiencia permeable en las universidades de EEUU, eso posibilitó un circuito que muchos artistas transitaron, incluido vos mismo. ¿Cómo es la experiencia de tocar en las universidades?

Siempre recordemos que aquí las universidades son instituciones privadas. Es algo del mundo capitalista. No considero que eso esté bien. Cada universidad tiene una determinada cantidad de dinero que se usa para generar un entretenimiento para los estudiantes. Un grupo de estudiantes utiliza un presupuesto y contrata artistas para que vayan a tocar en la universidad. Entonces nos pagan para ir a tocar allí. He tocado en universidades y, la verdad, me gusta mucho. Está bueno porque es un público joven, abierto a experiencias. Pero al mismo tiempo siento que no está bien ese sistema. Mi concierto favorito es aquel que tenga entrada libre, en cualquier lugar. Un tipo de concierto donde pueda llegar gente de la universidad y de la no universidad. La experiencia generalmente es buena, sin dudas. Me gusta más estar mezclado entre los heavy metal,  los universitarios o los cumbiernos. Yo siento que tocar en las universidades es tocar para la élite, pero todo bien igual, porque también le quiero cantar a la elite yo.

– Venimos hablando de tener libertad, tanto artística como individual. Será que este tiempo de cambios estéticos viene, de alguna manera, buscando acentuar esa libertad. Un Wauters electrificado debe cargar con guitarra, pedales, cables y más equipo. El Wauters actual agarra la guitarra criolla, llena la valija con discos y algo de ropa y ya está listo para partir.

Quizás…no lo había planteado nunca así. Tu pregunta me hace pensarlo, así, de golpe. Creo que me voy adaptando a mi vida y como van surgiendo las cosas. No soy un artista masivo, tengo mi público fiel que me sigue a todos lados, y me doy lujos de ir a tocar a lugares como Bermúdez, anoche. La gente me apoyó ahí y muchas personas se llegaron desde otras partes. Si yo tuviese que bancar a una banda, no puedo hacerlo. Mi misión es que la música llegue a todos lados. Cuando me invitan a tocar, yo voy. Pero de tener una banda, no podría hacerlo. También, en esta constante adaptación al mundo capitalista que nos pone un margen alrededor de las cosas que podemos hacer, yo busco la vuelta para poder seguir. Lo que estoy haciendo ahora es nuevo todavía. Cuando empecé a tocar solista, arranqué con una guitarra que se enchufaba. La de ahora es diferente (la toma entre sus brazos y la acaricia) tiene otro sonido, manejo la dinámica.  Cada show es diferente y único. Siempre son distintos. Pero terminan siendo así por la propia naturalidad de cada encuentro, no lo pienso tanto realmente. Mis recitales, mi música, es una plataforma que creé para expresarme, entonces me doy la libertad para que vaya hacia donde tiene que ir. También, a veces, debo reajustar algunas cosas. Me gustaría girar con una amiga que tengo en Queens, una flautista, Amanda. O con un percusionista de la provincia de Buenos Aires, Mariano. También una bajista de Francia, Elise, que es tremenda. Son músicos del mundo que conozco. Si yo pudiese, salir a dar vueltas con ellos, y en algún momento del show, se suben para cuatro canciones, para cambiar el clima del concierto, eso le agregaría mucho. Pero lo estoy haciendo solo. Descubrirse uno mismo, descubrir el show, lleva tiempo. Lo que doy cuenta es que las canciones no me son suficientes. Ya me estoy aburriendo. No quiero terminar siendo un artista al que la gente mira. Quiero compartir, asociar, crear algo, romper la barrera sobre cómo debería ser el músico. Soy una persona que se expresa y en el momento del concierto la gente va a convivir conmigo. Es una experiencia compartida en un entorno que creo yo. No es solamente musical, es compartir. Yo le presto mucha atención a las conversaciones que hay en el mundo del arte. Quizás para alguna gente sean un poco careta, pero yo lo llevo a un espacio de normalidad, las sacó de su contexto que puede ser un museo o conservatorio. Me interesa el rupturismo que se genera atravesando varios ámbitos. Pienso en (Marcel) Duchamp, por ejemplo, apuntando sobre lo puede ser arte. El supo cambiar el arte, supo romper. Sé que miles personas están haciendo lo mismo que yo en el arte, no siento que sea tan loco y original, pero me doy la oportunidad de abrirle la puerta a mi expresión. Hoy estoy procurando mucho improvisar, dejar que el show vaya hacía lo que surja cada noche. Quiero dejar que el show termine cuando el show lo diga. No quiero tocar una lista de diez canciones, que la gente cante y aplauda conmigo, irme, que aplauden y me pidan que vuelva. Necesito dejar el concierto normal. Me estoy replanteando eso. Es un choque para mucha gente que me sigue. Mucha gente está contenta, otra no, me escribe y me pide otras cosas. Ahora estoy manejando una idea de libertad, de generar un clima sin barreras. El que quiere tal canción, me la pide, la toco. Quien venga al concierto tiene que tomar un rol activo.

– En Estados Unidos la industria musical se dedica a asociar productos con los nombres de las estrellas, tercerizar espectáculos de éxito probado para seguir generando ingresos. La venta de discos o la reproducción de canciones dejó de ser el gran negocio hace tiempo. Es una reconversión por la supervivencia a medida que el consumo cultural sigue mutando. Más allá de esos cambios, algo permanece intacto: todo está perfectamente cronometrado y super ajustado, parece haber muy poco espacio para la espontaneidad. Cada lanzamiento está programado para ser publicado en determinado medio, siguiendo un perfil ya establecido que pareciera ser irrompible. Son estrategias de las que casi es imposible escaparse. En tu caso, trabajando con un sello, como es tu perspectiva en esa industria. ¿Te sentís parte? ¿Le metés distancia para buscar un espacio verdaderamente propio?

Yo trabajo con un sello discográfico. Ellos me apoyan con lo que sería la distribución y la publicidad. Mandan mi música a diferentes revistas o sitios para que estén atentos. Pero no sé cuán sincero es el recibimiento. Yo tengo fe en lo que haga. Después, lo que escriba la gente, salvo personas como vos con la que estoy teniendo una conversación, me da lo mismo. Si alguien va a escribir sobre mi música simplemente porque estoy en un sello, me chupa huevo. Si alguien dice que mi música no le gusta, bueno, lo respeto, pero no me quita el sueño. Lo mismo aplica si una revista masiva de Estados Unidos dice que mi música es increíble. Me siento parte de la industria de la música porque vivo de la música en un mundo capitalista. Tengo que cobrar entradas. Gracias a todo el público que me apoya puedo bancar este estilo de vida, no sé si puedo llamarlo carrera, en realidad es un proyecto de vida. Es un poco anti lo que hago yo. Allá yo me codeo con todo tipo de artistas. Cuando vengo para acá me dicen todo el tiempo, “eh, tocaste con este  y aquel”. Los conozco a todos, pero no es raro, es algo normal. Sé exactamente por lo que están pasando. Muchos de ellos me apoyan así como también yo los apoyo. Soy un poco anti, pero naturalmente, porque soy así. No me lo propongo. No quiero ser anti. Es porque soy así y no quiero transar, no sería feliz. Mi guitarra y mis canciones han sido siempre mi escape; siempre han sido mi manera de ir más allá de lo que tenía hacer para mi vivir. Yo trabajé en construcciones, fábricas, restaurantes. Una vida normal como todo el mundo. Pero ésto (levanta su guitarra) siempre fue mi libertad. En un momento pude ver que ésto estaba muy cerca de parecerse a aquello. A mi espacio musical lo cuido mucho porque es mi libertad. Si yo le corto las alas a mi libertad me pregunto adónde voy a volver a encontrarla. Son preguntas que siempre voy encontrando sobre la marcha. Le meto tremendo huevo a todo esto. Algunos conciertos me pagan bien y otros no me pagan. Unos compensan a otros. No tengo una casa fija ahora. No me da el dinero para mantener un alquiler donde yo quisiera vivir, que es Jackson Heights, de donde vengo. Yo soy tan montevideano como neoyorquino. Mis papás viven ahí, mis hermanos también. Tengo una realidad allá. La raíz de la familia está allá. Me gustaría quedarme allá pero un alquiler significa mucha plata. Si no vivís en Nueva York es difícil pagarlo. Yo peleo para que lo significativo de mi arte no se vaya otro lado. Es muy fácil que las cosas se vayan para ese lado, de la rutina, de ser simplemente un trabajo sin emocionalidad. De ese lado, me escapé. Pude generar espacio tan grande que ahora ocupa la mayoría de mi tiempo. Es el espacio donde estoy libre. No quisiera caer en eso de un carnicero debe cortar la carne así, un carpintero debe debe armar un mueble así, un músico tiene que hacer un show así. No hablo de manera despectiva del trabajador, por favor, no quiero que se entienda eso. No estoy menospreciando al laburante. Yo peleo para que no se vaya otro lado. Es muy fácil que las cosas se vayan para ese lado. Ahora te digo esto pero sé que la peleé. Soy del otro lado yo. Mucha gente de acá o en mi barrio de Nueva York o en Montevideo, mis viejos mismos, no han podido llegar a esto. Entonces sé que no es para todos. 

TXT – Lucas Canalda
PH – Renzo Leonard

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