MUCHO MEJOR QUE AYER

Simón Saieg pasó por Rosario para mostrar la transmutación hacia su proyecto Doppel Gangs y su inminente disco Atlas.
Ante un Distrito 7 lleno, el exlíder de Perras on the Beach se reencontró con su público luego de una extendida ausencia causada por la pandemia.
Entrevista exclusiva donde el joven mendocino reflexiona sobre pasado, presente y apuesta a un mañana que siempre es mejor.

 

El sábado 23 de enero Simón Saieg AKA Simón Poxyran AKA Simón de Perras regresó a la ciudad de Rosario para adelantar algunas de las canciones que integran el inminente disco Atlas, primer esfuerzo de su nuevo alias artístico, Doppel Gangs.
Frente a un centro cultural Distrito 7 con localidades casi agotadas, el otrora Perras on the Beach se reencontró con su público luego de varios meses de ausencia de los escenarios rosarinos debido a las complicaciones de la pandemia del coronavirus.
Con canciones propias y versiones de Tanguito, Él Máto a un policía motorizado y Serú Girán, el mendocino reafirmó su buena relación con el público, un romance que data desde las primeras épocas de furor de su extinta banda.
A continuación, un encuentro exclusivo e intimista sobre el futuro que empieza a escribirse para Doppel Gangs.

Fuego

“Mendoza es un cuadrado y yo soy un círculo” dispara Simón Saieg en el camerino del centro cultural Distrito 7. De regreso en Rosario luego de una larga ausencia de los escenarios locales, Saieg llegó para presentar algunas de las canciones del inminente disco Atlas y mostrar ante el público la transmutación-evolución hacia su proyecto Doppel Gangs. Mientras arma un cigarro, el artista mendocino explica que hace un año que está establecido en Capital Federal. La extraña película covidiana de los últimos 16 meses casi transcurrió exclusivamente en Buenos Aires para el joven que solía conocerse Simón Poxyran o Simón de Perras.
Si bien últimamente el mundo parece ir a una velocidad acelerada, hace un lustro que la vida avanza con frenesí y sorpresas para Saieg. La banda que formó con sus amigos estalló con semejante intensidad que generó ruido por todo la Argentina y por encima de sus fronteras. De repente, Perras on the Beach empezó un tour-de-force que partió de Mendoza hacia gran parte del territorio nacional para luego cruzar la cordillera hacia Chile y más tarde escalar hacia otros países sudamericanos. Total normalidad para unos adolescentes que tocaban/jodían entre ellos y de repente fueron reclutados por el candelero mediático.
Perras on the Beach ardió con intensidad en dos discos, Chupalapija de 2016 y Flow de cuyo de 2018. Pero esa energía desbordante fue quemando etapas y consumiendo cartuchos. Desde adentro, lxs Perras iban notando una perturbación en la fuerza. Luego de un tendal de recitales, presencia en festivales, titulares en los medios y millones de reproducciones en las plataformas de Streaming, el grupo simplemente entró en un hiato extendido.
Antes del final, en medio de todo ese periodo de crecimiento, aprendizajes, amores, desamores, recitales y polémicas con una intendencia, el mendocino engendró algo más: Saieg, disco de su seudónimo Simón Poxyran 2017, fue prueba fehaciente de un universo existente por fuera del bardo del exitoso grupo.
2020, con su munición casi inagotable de incertidumbre, sorpresas y nuevos rumbos, lo encontró radicado en Buenos Aires, enfocado en la nueva identidad artística de Doppel Gangs y viviendo un amor que aguarda por el nacimiento de Astro, su primer hijo.
Entre el estallido a gran escala de Perras hasta el presente de Doppel Gangs y de la pronta familia de tres pasaron apenas cinco años. De la adolescencia a los 23 años; de Mendoza Buenos Aires; de la compañía infaltable del grupo hacia la espera por Astro solamente cinco años.
Repasar tanto frenesí en palabras, historias y enseñanzas podría ser abrumador. Sin embargo, Simón no se despeina. Sonríe. Sabe que el viaje sigue.
Encara cada respuesta con calma, disfrutando las instancias de este veranito de actividad recitalera que se abrió desde diciembre y que nadie sabe precisamente cuánto va a durar. En ese sentido, luego de la extensa cuarentena y la distancia con el público, el contexto de un show vuelve apacible hasta un encuentro con la prensa tras una prueba de sonido de 45 minutos y algunos escollos técnicos resueltos con precisión por Lucas, su sonidista de confianza.
Luego de armar, mientras el aire acondicionado hace su magia sobre el camarín rectangular, Saieg busca un encendedor que no aparece. Empático con esa problemática cotidiana, el fotógrafo de RAPTO aporta su bic. Entonces, sí, Simón desanda el camino que lo trajo hasta este preciso momento y la etapa creativa que está aflorando a partir de Atlas de Doppel Gangs.

Picada

Perras on the Beach irrumpió en el circuito de rock argentino cuando una industria alicaída buscaba nueva sangre para impulsar la reinvención del sistema, por entonces en una transición definitiva hacia lo digital. Con nuevas marcas (radios, festivales, ciclos y las decisivas playlists editoriales) potenciando el nicho de una generación que iba creciendo y siendo protagonista de su propia historia,  la industria encontró en el grupo mendocino un sujeto de trabajo ideal. La expectativa sobre la banda fue enorme, especialmente cuando el fuego se extendió más allá de nuestro país.
Mientras el lugar común del manso indie iba ganando espacio y el sesgo reduccionista enfocaba en un puñado de propuestas, Poxyran repetía ante cualquier medio de comunicación que Mendoza era mucho más que un paquete de cuatro o cinco artistas o un sonido determinado.
Con hype exorbitado, apuestas de franquicia y titulares rebuscados en clave “Mendoza salva al rock nacional”, el business apostó fuerte a inflar un negocio que al final no fue. O al menos, no se prolongó demasiado porque…TRAP.
“Cuando empezó a pasar todo esa locura con Perras, nosotros éramos cero consciente de lo que estaba pasando”, comenta sentado frente a un cesto que usa de cenicero. “Simplemente nos estábamos divirtiendo,  tocando como el orto, ni ensayábamos. Era un desastre todo, pero desastre total. Eso fue el primer disco, especialmente. Cuando entramos a grabar Flow era un contexto medio de mierda. Creo que una de las cosas que me pasó fue que entendí que la música era un canal para poder decir un montón de cosas importantes, más allá de divertirme. Lo de Santiago Maldonado nos tocó. Después de todo ese mal viaje compuse «Pesadilla», que es el último tema de Flow. Cuando estaba esa canción nos dimos cuenta que había una especie de enfoque social del disco. Más allá de «Tuca» y no sé qué carajo, había una información un poco más real. Ahí empezamos a ser conscientes de algo más, creo. Esa consciencia que iba más por el lado del mensaje se convirtió también en darnos cuenta que teníamos alto privilegio. Además de poder tocar, viajar y divertirnos, podíamos dejar un mensaje”.
“En los productores, discográfica e industria nunca pensé. Jamás. Pero sí pensé en la gente, en el público. Reflexioné sobre mi relación con la música, en cómo me relaciono con ella. Tomé consciencia y me pregunté para qué lado quería apuntar. Fue desde ese lado la toma de conciencia y pensar en cierta responsabilidad. Pero nunca en la vida pensé en hacerme cargo de eso que necesita la industria”, comenta con seguridad.
“Sentí que el camino de Perras, de la nada, se había corrido, que era otro. La gente por ahí estaba más agarrada de lo otro, del Perras descontrol, que todos están re fumados, que no sé qué. De repente, de la nada, empezamos a crecer: nos crece la barba, empezamos a hablar de otras cosas, miramos hacia otro lado. Quizás ahí el  boom se fue para otro lado. El trap pegó muy fuerte en Argentina por esos mismos tiempos. Empezó a pasar todo lo que terminó pasando”.
Capaz de ahondar en una reflexión que evite la solemnidad -después de todo, es sábado a la noche-, Simón apunta que sin bien el  núcleo de Perras on the Beach permanecía ajeno a lo que acontecía a su alrededor, de manera intestina los desafíos eran palpables. Presión o adrenalina, tal vez ambas opciones, empujaron los límites, moviéndose más allá de la comodidad. De esa forma, la visibilidad crecía a la par del temple artístico:  “Sí, la presión existía. Era real. Pero era una presión sana, nada de tenemos que romperla por lo que dicen acá o allá. Si había que romperla, era por nosotros y por el público. Pero no era una presión de los festivales, del productor o las revistas. No importaba en ese momento. Después Perras creció a nivel mental. Tal vez la banda fue muy grande al principio, pero después medio se quedó ahí. Nos profesionalizamos un poco. Ensayábamos un montón, grabábamos cosas más enroscadas”.

– ¿Con semejante explosión se quemaron etapas? Fueron de Mendoza a Buenos Aires y de allí no pararon de tocar por todo el país. Luego vinieron Chile y Uruguay, además viajaron a otros países. Esa intensidad ejerce una influencia en las energías. 

Sí. Fue un crecimiento demasiado precipitado. Al igual que la caída. La caída fue en picada. El desenlace de la banda…las emociones de la banda…todo se fue a la pija de un segundo al otro. Estaba todo bien, había un montón de proyectos. De hecho, íbamos a ir a tocar a Europa en 2020. En 2019 la energía cambió. Ese año empezó a saltar la ficha y chau. En lo individual también ocurrió eso. Fue algo que atravesó todo, tanto lo artístico como lo personal.

Doppel Gangs 

A las 22:17, Simón AKA Doppel Gangs toma el escenario de calle Lagos. Sus esmirriados casi dos metros de altura, que sobre el tablado son imponentes, se reducen casi a una postura de yoga cuando se sienta en canastita, ubicándose frente al set up de guitarra, micrófono, pedales y sintetizador. Desde allí, acompañado por una pantalla, comparte las primeras pinceladas de Doppel Gans con el público rosarino.
Entre canciones ajenas, de Saieg y adelantos de Atlas, Simón extiende un halo inmersivo por todo el D7, que mediante un atento (y quizás demasiado respetuoso) silencio sigue cada gesto.
Durante los casi cincuenta minutos que dura el recital, abundan las menciones hacia el disco que está por venir y al proceso de transición hacia Doppel Gangs. Principalmente, entre las canciones, Simón hace alusión (con cierta timidez) hacia todo lo transformador que alberga hoy en su vida. De esa forma, hay una dedicatoria especial a su amor Camila y para Astro, el niño que todavía no llegó y ya revolucionó la percepción de su joven padre.
Todo el set se caracteriza por sus tintes chill, sin nada que modifique el ambiente logrado. No hay cambios bruscos, todo se mantiene entre matices. La gente se deja conducir hacia las esferas de Doppel Gangs.
A la par de las canciones, una proyección de colores saturados acompaña cada instante con un display turbio de movimientos de anime con ternura, violencia y acción. En contraste, el sonido envuelve por completo al centro cultural en un bedroom pop de escala precisa y colores hogareños. Con Atlas todavía por revelarse, podemos intuir indicios que, al menos musicalmente, el disco podría ser el Amor amarillo de su generación: vientre, languidez experimental dentro del formato canción, latidos oceánicos que devienen en pop psicodélico tan cercano al gaze como al fogón cancionero.
Cuando suena «Mejor que ayer», la letra de 2017 parece escrita para este preciso momento de extraño presente atravesado por protocolos, distanciamiento y cotidianidad volátil: “No me puedo quejar / Por pensar / Que todo está mal / Si está todo bien / No me puedo quejar / Porque está bien/ Mucho mejor que ayer”. La canción se resignifica con una perspectiva del ahora: en esta burbuja de tiempo y lugar que es el concierto, quizás sobren los motivos para enfadarse ante la impotencia por lo que no podemos controlar o predecir, pero somos afortunadxs de estar disfrutando de un encuentro que, quizás, no se repita porque no se sabe con demasiada seguridad lo que puede suceder mañana. El ahora es urgente y su canción captura esa burbuja de tiempo y lugar que estamos vivenciando. 

Hace algo más de veinte meses Simón se concentra en la elaboración de Atlas. Abocado a la nueva etapa artística, el joven mendocino trabaja a la par de Juan Manuel Rodríguez y Ezequiel Flenner, encargados de la producción del álbum.
Al igual que en las redes sociales o entrevistas del último tiempo, el concierto de D7 tiene muchas referencias y anticipos sobre lo que está por venir. En clave de teaser verbal, sobre el escenario repite la ya conocida línea “un meteorito va a caer en la tierra y lo va a cambiar todo”.
Atlas es un álbum conceptual donde lo audiovisual se profundiza y corre con libertad. Enloquecido por el cine, dando rienda suelta a la data audiovisual, la apuesta tiene varios frentes de producción: canciones, arreglos, guión y un entramado estético. Un detalle clave que hace de Doppel Gangs una aventura bien diferente a Simón Poxyram es que Atlas será plenamente en Hi-Fi.
Saieg no tiene ansiedad por publicarlo y compartirlo en vivo. Al diferencia de manijas anteriores, ahora el disfrute está concentrado en cada paso de la producción, aprendiendo y llevando la apuesta hacia algo superador de lo conocido en su carrera.
“El proyecto que viene con Doppel Gangs es audiovisual”, cuenta entusiasmado mientras con sus manos de palmas abiertas gesticula una señal de calma, como que la cosa está viniendo de a poco, sin apuros.  “Es muy yo, todo. Ciento por ciento Doppel Gangs, cincuenta música, cincuenta visual. Está muy conectado porque es una historia que se cuenta a través de las canciones, pero tenés que verla para entenderla”, explica sin spoilear absolutamente nada.
Imaginar el resultado final lo estimula. Sin embargo, el proceso de elaboración de Atlas lo encuentra en pleno goce. Ese placer se debe a una sana relación con sus productores. Además, luego de años en la música, Simón cuenta con las herramientas y conocimientos para poder exteriorizar lo que imagen en su cabeza. De esa forma, el objetivo es tan importante como el recorrido.
Estoy apostando a hacer algo más grande”, comparte. “Siento que un poco me curtí, que le encontré la vuelta”, agrega con una tímida sonrisa que lo hace lucir como un adolescente otra vez.
Más que un quiebre en su carrera, Atlas y Doppel Gangs significan la evolución hacia un estadio diferente. Aunando curiosidad, estímulo y libido, Saieg se entrega a un capítulo de su vida que llega fecundo de cambios y sensaciones enormes.
“Me estoy demorando tanto en hacer el disco porque quiero respetar el proceso de detalle y entrega. No me importa la ansiedad, por eso no agito deadline. Prefiero hacerlo bien, salir a tocar con las condiciones correctas, llegar a lugares adecuados. Necesito condiciones especiales para las visuales, la música, la escenografía, todo. Va a ser muy diferente a todo lo que pasó antes”, apunta.
El movimiento evolutivo de Simón Poxyran hacia el actual Doppel Gangs comenzó hace algunos años atrás. Junto a la adrenalina de Perras llegó una data vital. Con la cabeza abierta, entendiendo cuál era su relación con la música y el arte en general, llegó el disfrute consciente. Al igual que el tío de Spiderman, Simón entendió que gran poder conlleva una gran responsabilidad. Para el mendocino, esa responsabilidad nunca fue un peso, fue parte de un privilegio que llegó con el éxito, una palabra que le parece horrible pero con su madurez entendió que fue eso, y no reniega en una pose de falsa modestia que intente ser más indie que los indies. “Siento que el cambio fue así”, confía. “A medida que íbamos nutriéndonos de información, yendo a shows, accediendo a estudios, viendo películas y documentales, me abrió la cabeza. Entendí ese privilegio. Todo eso fue parte de ese crecimiento exponencial del éxito, ponele.  Se manifestó ese cambio y pude entenderlo”, concluye.

Max

“Cuando lo escuché por primera vez fue nada que ver. No lo entendí. No me dijo nada. Yo soy del rap, nada que ver a esto, re en otra”, dice Max en la puerta del D7, ya terminado el recital. Seguramente Max no sea su nombre, pero lleva puesta una remera de Mad Max. Fiel al personaje de la saga de George Miller, viste íntegramente de negro mientras fuma sobre calle Lagos.
“Al principio no lo entendía a Simón. Después escuché el disco solista y me flasheó. No pude dejar de escucharlo durante todo 2019. Después entendí «Tuca» y toda esa onda de Perras. Nunca lo había visto. No podía perdérmelo hoy”, revela con entusiasmo y algo de emoción. No está siendo entrevistado, simplemente quiere compartir con alguien, porque está solo y vino desde San Lorenzo para el recital. Se sumó a una “isla” con una chicas que conoció en un chat donde hablaban del reci y  se organizaban para comprar las entradas en conjunto. Responsables ante el protocolo, ahora se turnan para salir a fumar.
“Hace un rato Simón pasó por acá, antes del recital”, comenta Max que fue uno de los primeros en hacer la fila para ingresar. A las 20 hs, ya había unas treinta personas sobre calle Lagos. Entonces Simón salió del centro cultural para hacer fotos y saludó a lxs chicxs que estaban esperando por él. Respetando la distancia, recorrió la fila agradeciendo a la gente con el estribillo de «Puente» de Cerati. “Gracias por venir”, cantaba detrás del barbijo, mientras caminaba y hacía una media reverencia ante lxs presentes.
Con 18 años, Max nunca llegó a experimentar en vivo a Perras on the Beach. Con el rollo pandémico, tampoco había visto a Simón en clave solista porque 2020 fue casi un desierto de conciertos presenciales. Hoy está contento de haberse podido encontrar con el mendocino sobre el escenario, además de haberlo saludado en la calle.
En la fugacidad del tiempo que habitamos impacta saber que Perras on the Beach es algo que ya quedó atrás y que existe una nueva camada de adolescentes que no llegó a disfrutar de la banda. Pero si bien Perras es parte del pasado, lejos está de “haber sido”, o ser estar sepultado y olvidado. En otras palabras: el “ya fue” no se aplica en Perras, que todavía sigue siendo redescubierto y sumando plays en la rocola non stop que es la Internet. El furor se habrá apagado, pero las canciones siguen girando y encontrando una devolución en la escucha de mucha gente. El camino solista de Simón sigue cosechando seguidorxs, quizás lxs más acérrimxs vienen de allí. Por fuera de los hits, las canciones personales de Saieg interpelan a una audiencia que va madurando a la par.
Al igual que Max y la mayoría de las 130 personas que casi agotaron las localidades de D7, Simón es un nativo digital que creció en Internet e hizo de las redes sociales un espacio natural para el esparcimiento, el encuentro, la expresión y la creación. En las redes sociales, los tiempos corren aún más rápido que en la vida real, con modas, expresiones y consumos que tienen una vida útil y que, orgánicamente, desaparecen hacia la nada o el olvido.
Las redes sociales, además, son terreno de hostilidad. Con la crueldad como moneda no declarada, un día te aman, otro día te odian, te fustigan o te cancelan. En esa corriente, Simón todavía sigue irradiando un magnetismo basado únicamente en su música. Así, transita los días, sin mucho preocupación por devenir en un CM generador de contenidos o un personaje basado en lo que piensan que debería ser.
“Las redes son así: te quieren, te aman, te cancelan o se olvidan de vos…”, declara desde su experiencia. “Está buenísimo, igual. A mi me re enseñó todo eso. Me re curtió. Como que todas las pálidas o las cosas buenas tuvieron un final no sé si final feliz, pero un camino. Todos los problemas terminaron llevando a distintos caminos. Hoy estoy re seguro del camino en el que estoy. La verdad, me chupa un huevo lo que se dice. Creo que se habla mucho al pedo, yo también lo hice, fui mucho ese tipo de persona. Las redes son un arma de doble filo: podés crecer, te aman, todo eso, pero también es un amor que no es tan real. La idolatría esa no va. Hay que entender que los artistas somos personas corrientes, son cosas básicas, pero a veces se olvidan. Obviamente que es difícil comprenderlo porque ahora te lo digo así y veo que a alguien que admiro y me hago pis encima. Es parte de crecer en este contexto tan moderno y tan re de matrix”.
A propósito de crecer en un contexto donde reina la fugacidad, sobre el final del encuentro Simón se refiere a una hermandad artística que devino en caminos bien diferentes, con los amigos creciendo hacia direcciones impensadas.
Más que de una banda o de un proyecto, Saieg siempre se sintió parte de una comunidad. De allí su constante necesidad de rechazar los rótulos sobre la escena mendocina. Mientras otros buscaban sintetizar, él prefería ahondar, revelando un mapeo más colorido y con matices atrapantes. Si el furor quedó en el pasado, las raíces todavía resisten y crecen en direcciones algo distantes, pero existen y, según su palabra, no van a marchitarse pronto. Más que furor, éxito o el acelere de quemar etapas, lo que sucedió simplemente fue la vida. Cada uno por su lado, mientras la comunidad se extiende. Punto.
“Es lo que pasó. La vida misma es así. Todos cambian. Cada uno está ahora transitando su camino. Siento que las relaciones cambiaron. Nuestras amistades fueron cambiando hacia lugares nuevos y diferentes”, observa. “Siento que soy parte de esa comunidad, todavía, pero creo que mi lugar está un poco por fuera de todo. Últimamente me siento más consciente de eso: mi lugar está afuera de la escena. No sé bien la razón. Hay muchas cosas que no me cierran. No me parece que esté bueno que en los festivales siempre toquen las mismas bandas, no hay una inclusión real. Tal vez, hoy en día puede que haya una apertura, pero costó un montón”.
“Creo que fui encontrando mi propio camino, pude entender cómo quiero hacer las cosas” explica Simón. Sobre el final, reflexiona: “Comprendí lo que realmente es importante. Entendí cómo lo quiero demostrar. En una comunidad tal vez es medio raro hacerlo porque se mezcla todo, pero no quiere decir que no podamos ser amigos o poder construir juntos. Quizás la forma sea otra, con cada uno literalmente transitando su propio camino”.
Con el grabador apagado, antes de salir, el mendocino devuelve el encendedor, detalle que denota un tipo atento.
“Estuvo la charleta, ¿no? Me sentí bien.”

Por Lucas Canalda y Renzo Leonard

 

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