Quiz Raptiliano #15: Manuel Loza

Quiz >  Cuestionario raptiliano para indagar en figuras de la cultura desde una óptica diferente.
Diez preguntas universales sobre el tiempo que habitamos + un puñado de interrogantes extras sobre su campo de acción.
Ilustraciones > Sebastián Sala

Manuel Loza (A.K.A. Capitán Manu) es historietista y docente de Universidad Nacional del Arte. Fue uno de los organizadores de la Feria del Cómic Independiente.
Es guionista y dibujante de Almer y Estrella Roja, entre otros títulos.

 


¿Cuál es tu humor por las mañanas?

Lamentablemente para quienes convivan conmigo, mi humor a la mañana es excesivamente para arriba, incluso me pasa a la inversa que a muchxs: tardo unos minutos y un par de mates en bajar a un estado mas o menos tolerable para un ser humano. Es como despertarte al lado de la peor colección de chistes de Beto César.

¿Quién es tu héroe/heroína? ¿Por qué?

Es muy difícil, porque es un lugar que cambia y se mueve todo el tiempo a medida que uno cambia y se mueve, pero tengo que decir que los dos tipos que me formaron en casi todos los aspectos son fundamentales y son muy perfil de “quiero ser como ellos cuando llegue a su edad”: Rodolfo Pagano y Oswal. El primero fue un profe de dibujo, histórico en la facu, y fue mi primer jefe de cátedra cuando empecé a trabajar en ella, me enseñó desde el cómo ser docente hasta cómo encarar a alguien que te gusta, un maestro en todo sentido; y Oswal fue el primer profe de historietas que tuve muy de adolescente, y siempre me habló sobre la historieta como lenguaje, la importancia de contar historias y cómo hacerlo.
Hoy cada vez que me siento en el escritorio tengo a uno en cada oído.

¿Qué experiencia fue decisiva para que decidieras dedicarte a la historieta?

Creo que fue un verano, yo tendría catorce o quince años, no me acuerdo muy bien, nos habíamos ido a la costa con mi vieja y mis hermanas, yo en esa época tenía mi colección entera de historietas que me entraba en una mochila muy cargada y la llevaba a todos lados. Eran siempre historietas baratas, de las que en los puestos de diario te vendían con descuento porque tenían la tapa rota y esas cosas, para mí era una obsesión la cantidad de papel que pudiera comprar por la menor cantidad de guita. Soy del conurbano y los viajes a capital, donde estaban las comiquerías, eran un evento raro que se daba muy cada tanto y que se planeaba fuerte. Yo era ese que entraba a una comiquería y se mandaba directo a esas cajas de “3 x $1” que había en los 90s. Creo que eso formó mucho mi cabeza como lector, no conocí la historieta indie o de autor hasta muchos años después y ya para entonces tenía las neuronas llenas de esa hermosa grasa noventosa, de mutantes de dientes apretados y relámpagos de fondo. Soy hijo de esas historietas salvajes, gronchas y llenas de amor.
Ése verano viajamos a la costa, a San Bernardo, y fue un viaje infernal, llovió todos los días y el departamentito que consiguió alquilar mi vieja era una cajita, creo que releí esa colección de historietas como tres veces. Un día descubrí que en las casas de usados hacían canjes y empecé a llevar partes de mi colección para tener historietas nuevas que leer. Después de una pila de canjes un día vi un título que hasta me resultaba gracioso y no paraba de repetirlo en mi cabeza Sin City: The Big Fat Kill de Frank Miller. Debo haber preguntado el precio ochenta veces, siempre lejos de mis posibilidades. Un día me pudrí y llevé la mochilota entera, le sumé todos mis ahorros y creo que incluso el librero me vió cara de angurriento y me lo dió con un poquito de descuento. Ése día volví al departamento/cajita con una mochila y bolsillos vacíos y una sola historieta en la mano. Lo que restó del viaje la releí una vez por día mínimo. Cada vez que la releía me daba cuenta de que no podía ser otra cosa que historietista, esa historieta me había envenenado con algo que todavía hoy no me deja dormir.

¿Cuál fue tu primer trabajo? ¿Aprendiste algo valioso?

Mi primer trabajo fue a los 17 años en la Biblioteca Mariano Moreno de Bernal, duré unos meses, aprendí que las bibliotecas están llenas de viejas que sacan libros de Coelho y que si sacaba un libro de Stephen King un viernes, y le daba una lectura intensa todo el finde, mas o menos para el miércoles lo podía devolver. Debo haber leído unos quince libros de King en esos meses, un enfermito total.

¿En alguna ocasión te sentiste abrumadx por las redes sociales? ¿Por qué?

Las redes sociales tienen un pilón de violencia, eso es abrumador, y tienen una suerte de pensamiento de colmena que es desesperanzador. Mañana sale una peli, una historieta, una serie, un disco, y en algún momento la presión de grupo empieza a decantar en una opinión homogénea que es espantosa, que anula la sensibilidad y criterio de consumo personal. Internet decide que esto que te conmovió no te tiene que gustar o que aquello que te aburre tiene que ser lo mejor de tu vida. O sos tonto. O no tenés criterio.
La verdad es que no hay experiencia más solitaria que el consumo cultural, porque aunque estés rodeado de gente en una sala de cine todos los mecanismos simbólicos ocurren en tu cabeza y sólo en tu cabeza. Estás solo, los de afuera son de palo.

¿Qué te preocupa acerca del futuro inmediato?

En este momento, en medio de una pandemia que tiene paralizado al planeta entero, me preocupa que haya un futuro, me preocupa el pensar cómo será el mundo nuevo que vendrá después. Me preocupa la incertidumbre total de no poder ni imaginar cómo será la vida del otro lado.

¿Qué tipo de placer culposo disfrutás a escondidas?

Es muy católica la idea de que el placer y la culpa pueden ir juntos, y yo soy recontra ateo. No hay culpas; si algo como una peli, disco o historieta te da placer entonces es la mejor peli, disco o historieta del mundo auque un millón de personas la señalen diciendo que es caca. Otra vez: los de afuera son de palo.

¿Cuán importante es el ocio en tu vida cotidiana? ¿Es imprescindible?

Muchísimo, tengo los re rituales de horas de leer historieta tomando mate y cuando me faltan lo siento en todo el cuerpo. También colecciono muñequitos y es mi premio personal, cuando termino algún trabajo zarpado, el regalarme una tarde de limpiar y ordenar la colección.

¿En algún momento sentiste paranoia sobre los algoritmos?

Nah, como que ya tengo aceptado que la yuta sabe todo y no me persigo, les mando saludos y sigan con la publicidad de muñequitos de Star Wars.

 Más allá de tus proyectos más conocidos, siempre estás generando novedades como los mini-zines porno, prints o tarjetas, por poner unos ejemplos.
¿Correrte de los formatos habituales es ideal para oxigenarte?

Es que siempre fui y voy a ser fanzinero, no puedo ser otra cosa ni creer que es “una etapa que te ayuda a llegar a otras como autor” porque ése discurso meritocrático y profundamente verticalista sólo puede venir de gente que ve diferencias de escalafones entre lxs autorxs de historietas. En la historieta independiente y autogestiva somos todxs iguales, todos fanzinerxs que sólo queremos intercambiar historias hechas así, con un dibujito al lado del otro en secuencia.

 La docencia es parte de tu vida desde hace algunos años.
¿Cómo llegás a la docencia? ¿Se complementan los roles de historietista y docente?

Vengo de familia de docentes y cuando entré a la U.N.A. lo sentí tanto como mi hogar que una vez que me gradué me quedé ahí como profe y la defiendo todos los días con sangre, sudor y lágrimas. La educación pública y gratuita es de lo mejor que tenemos y se merece que todxs dejemos la vida ahí.
Una vez Diego Parés me preguntó si yo era un profesor que hacía historietas o un historietista que daba clases. Todavía no sé la respuesta y creo que es porque no logro separar una actividad de la otra, doy clases hablando de historieta y dibujo historietas pensando en cosas que vi en el aula. No sé. Soy las dos cosas y son indivisibles.

Tenés una experiencia de militancia política que se traduce a tu trabajo en la historieta de Almer donde hay una observación política/social interesante.
¿Eso fue algo que surgió sin pensarlo o definitivamente fue algo decidido?

Me crié en una casa súper politizada, donde no se hablaba de otra cosa en la mesa, el discurso, el análisis y el debate (a veces muy apasionado) estuvieron ahí siempre. No podía hacer una historieta sobre nada porque esa nada nunca formó parte de mi cotidianidad.

En diversas producciones artísticas (cine, literatura, historieta, música) muchas veces se vuelve jodido encontrar un equilibrio donde la observación política/social no sea una bajada de línea obvia y brusca.
¿Cómo se llega a ese equilibrio? ¿Te parece que se hace necesaria la lectura del público para poder encontrarlo?

La bajada de línea que más llega y que más profundamente afecta al lector es aquella a la que se llega mediante la reflexión, la que viene después de un rato de “¿Qué quiso decir Pirulo con esto?” hasta que le sacá la ficha. Esa no te la olvidás más.
No sé cómo se llega a ése equilibrio y no sé si yo alguna vez lo pude lograr. Hay veces donde veo una bajada directa y visceral en lo que hago y pienso que me re gustaría esa sutileza tan fina e inteligente que manejan tan bien autorxs que admiro. Algún día se me va a dar, por ahora sigo con el grito desaforado que es lo que me sale.

Este 2020 atípico trajo un agite socio cultural muy importante por todas partes del mundo. En EEEU, sobre todo, volvió a otra vez a ponerse sobre el tapete la importancia del comic de super héroes para tratar -bajo relieve- fricciones y conflictos sociales basados en opresión, diferentes elecciones de vida, discriminación y más.
¿Por qué, a veces, se olvida esa parte fundamental de la historieta? ¿Se da por sentado? ¿O quizás con el tiempo esa idea inicial se va gastando al ser parte de la corriente hegemónica?

En muchos espacios y dispositivos se creó la idea, claramente falsa, de que un discurso puede existir ausente de toda ideología. Eso es imposible, hasta la misma búsqueda de ése “vacío” es un posicionamiento ideológico, generalmente asociado a una línea conservadora, de una derecha culposa que no se anima a mirarse en un espejo  hacerse cargo de su identidad, la misma que repite mantras como “en esta mesa/casa/espacio no se habla de política porque hace mal”, “la política me separó de mis amigxs, familiares, etc” o, y referente a la pregunta, “esta historieta no me gusta más, hora está politizada”. Mantras que en el fondo revelan una ignorancia muy fuerte, que confunden política con partidario, ideología con proselitismo. Todo discurso es político, toda búsqueda es ideológica; ignorantes es cómo nos quieren.
La cultura popular estuvo siempre plagada de expresión y discurso ideológico, capaz en algún momento no te dabas cuenta porque ignorabas los contextos o los espacios que esas historietas habitaban, pero la bajada siempre estuvo ahí. Hoy nos fuimos poniendo más grandes y se nos hace más evidente esa bajada, porque fuimos aprendiendo algunas cosas y pudiendo identificar el simbolismo que se escondía en el relato. Frente a esta conciencia del dicurso aparecen dos posturas: reconocerla y abrazarla y pedirle más, buscar espacios que nos contengan e identifiquen o negarla, rechazarla y pedir que vuelva esa feliz ignorancia infantil. Spoiler alert: no vuelve más, cuando te diste cuenta no hay un cerrar los ojos posible.
Nuestra responsabilidad como autorxs y consumidorxs es el ser conscientes de que hasta el discurso de la no-ideología es una toma de posición, hacernos cargo, materializarlo con fuerza y esperar que de a poco esas herramientas lleguen a más y más personas.

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