Quiz Raptiliano 006: Daniel Basilio

Quiz >  Cuestionario raptiliano para indagar en figuras de la cultura desde una óptica diferente.
Diez preguntas universales sobre el tiempo que habitamos + un puñado de interrogantes extras sobre su campo de acción.
Ilustraciones > Sebastián Sala

Licenciado en Comunicación Social y docente.
Es autor de los libros La noche se presta para pegarle a un viejo (Casagrande Ediciones, 2015), Yo Fútbol Club (Casagrande Ediciones, 2019), guionista de los cómics El Ciclo de Cornelio Gris (Videodromo, 2016), Übertraven (Videodromo, 2018) y del videojuego Vakuna (Ideart, 2019).
Es director y guionista de la serie Clínica de Payasos Mentales  (2014), el mediometraje estrenado en cine, ¿Qué es un Payaso Mental?  (2015), y actor de voz y titiritero del ciclo de TV infantil, Hasta que se aviven(2010), ganador de un premio FUND TV.

 

¿Cuál es tu humor por las mañanas?

En general, bastante bueno. Me gusta la mañana bien temprano, porque me da claridad mental. Después, al llegar al mediodía, siento que todo se vuelve caótico. Ya se me metió el reloj en el cuerpo y tengo un bajón importante de energía hasta la tarde. Ahí ya me siento mejor. Los momentos que más disfruto son la mañana bien temprano, y la noche hasta entrada la madrugada. 

¿Quién es tu héroe/heroína? ¿Por qué?

Leonardo Da Vinci y Batman eran mis héroes cuando era chico. Y en alguna medida, lo siguen siendo. Leonardo porque, además de conjugar todas las cualidades que creo deseables en un ser humano (suponiendo que fuera una sola persona), tenía una curiosidad incesante que lo hacía despreciar el utilitarismo de su propia obra, dejándolas, en gran parte, inacabadas. Convirtió sus limitaciones en medios: era financiado para decir ciertas cosas y después hacía lo que se le daba la gana. Batman porque, como el resto de los superhéroes modernos y, a diferencia de los héroes griegos como Aquiles y Heracles que mostraban sus rostros, necesita de una máscara para ser quien verdaderamente siente ser. No es la luz- en la cual se pretende igualar a todos- el lugar para ser, sino la noche. Otra cosa interesante es que se hable de su “soledad”, cuando en realidad tiene un montón de aliados. Esto marca bien una idea poderosa sobre la amistad que (Jacques) Derrida pone en un punto medio entre Aristóteles y (Friedrich) Nietzsche: Que primero te separás de tu comunidad por inconformismo y luego te unís con otros a partir de las diferencias. Ese inconformismo primero, fundante, es muy distinto que unirte a partir de un estereotipo. En Batman son todos freaks, muy particulares, muy ellos, y si hay alianzas es a partir de ideas comunes o contrarías. Esto atraviesa tanto a Batman como para sus aliados y enemigos. Y por eso se desdibuja tanto, sobre todo en el comic, la falsa dicotomía entre héroes y villanos.
Otros héroes y heroínas serían V, Sarah Connor, Gilles Deleuze, Mike Patton y Marcelo Bielsa. 

¿Qué experiencia fue decisiva para que decidieras terminantemente dedicarte a lo tuyo?

No sé si fue una sola. Creo que desde bien chico me sentí muy marginado. No me gustaban las mismas cosas que a los otros: el fútbol no me interesaba para nada (más tarde, igual, lo amé, ja) y admitirlo era la condena social. Me la pasaba leyendo historietas, cuentos de terror y dibujando. Todo eso que ahora está mucho más aceptado, en ese momento no era bien visto. Creo fue decisivo el haber encontrado pares, amigos y amigas que estaban en la misma ya desde el jardín y la primaria. Hacíamos historietas, videos, canciones, actuábamos. Para nosotros era una pequeña resistencia. Por ahí viene lo de Batman que te decía antes. Eso creo que me definió: conectar con otros a partir de la creación artística.

¿Cómo fue la peor cita de tu vida?

Creo que a los 18 o 19, la amiga de la novia de un amigo me agrega al viejo MSN. No nos conocíamos. Chateamos un rato y me invita a su casa. Le pregunto si prefiere ir a toma algo y me dice que no, que vaya de una. Le pregunto si quiere que compre alguna cerveza, vino u otra cosa. Me dice que tampoco, que ella toma agua. Apenas llego, me hace entrar y me dice “Ah, pensé que eras más morocho”. Nos sentamos y nos miramos las caras. En el televisor pasaban resúmenes de Rugby por ESPN y a cada cosa que le preguntaba me respondía con monosílabos. Igual quería que me quede, y me quedé.

¿Cuál fue tu primer trabajo? ¿Aprendiste algo valioso?

Mis primeros trabajos fueron en bares de la ciudad, de adolescente, como mozo o bachero. También de pasante en radios. Aprendí a administrar mi dinero y escuchar mucho. Los bares son una antena social importante; te dan mucha perspectiva y te sacan de la burbuja.

¿Qué te preocupa acerca del futuro inmediato?

La pandemia nos recuerda, de modo exagerado, algo que ya era así: que el futuro es impredecible. Más que lo incierto de lo que va a venir me preocupa volver al mismo lugar en el que estábamos antes: que parezca que todo da igual y que nos olvidemos de las cosas que nos importan por estar demasiado ocupados. 

¿En alguna ocasión te sentiste abrumadx por las redes sociales? ¿Por qué?

No sé si abrumado, pero si me han generado en algún momento mucha adrenalina y sensación de hiperdisponibilidad. Durante mucho tiempo, no tuve una cuenta personal de Facebook y no subía fotos, pero después terminé cediendo. Me pidieron que me la haga en una cátedra de la facultad. Lo mismo con Twitter; alguien me la hizo. La presión social hace que termine llegando, es inevitable. Pensarlo así lo hace abrumador. 

¿Qué tipo de placer culposo disfrutás a escondidas?

Tengo casi toda la discografía de Bon Jovi. Y me encanta. Durante muchos años, después de salir, solía leer estadísticas de fútbol hasta quedarme dormido.

¿Cuán importante es el ocio en tu vida cotidiana? ¿Es imprescindible?

Es imprescindible para poder conectar con otros o con las cosas que me gustan. Sin ocio no hay arte. Pero ojo, también hay una trampa en cómo lo estamos pensando. A veces el “ocio” parece estar dentro del cálculo racional u organización de la vida y se vuelve un deber ser. Eso angustia mucho. Circula mucho el  “ahora es momento de Happy Hour”, “ahora vacaciones”, “ahora hay que coger”, “Ahora tenemos que ver Game of Thrones y pedir helado”. Es algo más que te tenés que poner a hacer, que hay que sostener. Me hace acordar a ese cuento de (JG) Ballard donde un grupo de personas que está en Las Palmas se da cuenta que no puede escapar. Están obligados a seguir de vacaciones. No sé si en verdad nos bancamos no hacer nada, que no es lo mismo que “ponernos a no hacer nada”.  

¿En algún momento sentiste paranoia sobre los algoritmos?

Cuando creí que ya lo había naturalizado, me pasó de soñar dos o tres cosas muy puntuales y después ver lo mismo en búsquedas de YouTube. Eso me hace pensar que no sabemos el alcance que esto tiene y que no sería tan descabellado que eso pase en un futuro cercano. La cagada del algoritmo es que te devuelve lo que se supone que querés pero,  ¿qué pasa cuando quiera algo distinto? No hay lugar para las alteridades. La lógica de los algoritmos ya está instaurada, por ejemplo, en nuestros vínculos y está enmascarada de discursos de libertad que en realidad se vuelven opresivos y alienantes.  Esa idea de no “intoxicarse” del otro, del “yo me hago cargo de lo mío” y “vos de lo tuyo” suena muy bien y responde a otras lógicas de mierda anteriores, como el “amor romántico”. El problema, una vez más, es cuando parece haber dos polos, sin matices: O las relaciones de parejas o amistad son hiperdemandantes y violentas, o cada uno se autogestiona y mantiene distancia para no “intoxicarse”.  ¿Cómo nos vamos a involucrar con otra persona si el otro no tiene alguna expectativa, diferencia o no discutimos? ¿Hay lugar para otro así? Eso para mí, es el algoritmo hecho carne: lo que no entra dentro de tu plan, lo  que te incomoda, lo descartás. Por eso, en algún nivel, más que paranoia, reconforta que un motor de búsqueda sepa lo que te gusta. 

Sos un tipo prolífico, desarrollando una gran variedad de iniciativas tanto personales como colectivas. Además de tus libros, nos referimos a los proyectos audiovisuales, los comics y también video games.
¿Cómo vas desarrollando cada idea que surge? ¿Desde la raíz sabés hacia dónde va cada idea? ¿Puede suceder que una idea pensada originalmente para un cuento termine en un sketch?

Generalmente suelo tener una intuición instantánea sobre cuál es el formato que va tener una idea. Pero si, en el proceso pasar muchas veces que algo pensado para un formato termine siendo otro. Acá es fundamental también si se trata de algo individual, como la literatura, o algo colectivo. “Yo Fútbol Club”, por ejemplo, casi fue un sketch.
En cuanto al proceso de moldear un idea, cuando era más chico escribía-tanto literatura como audiovisuales-, yendo para adelante porque pensaba que lo genuino estaba en ese fluir, esa intensidad desprovista de montaje o artificio; era casi una postura estética y conceptual frente a la vida. Difícilmente corregía. El problema de eso, es que te lleva a un sube y baja constante y te limita mucho como artista. Con el pasar del tiempo empecé a planificar, a valorar más el trabajo “artesanal” de las ideas. Vivimos en una cultura que muestra solo los “efectos” y no los procesos mediante los cuales algo se produce. Esto no va solo para la mercancía. El deporte y el arte no están exentos. Ves tipos recibiendo premios en Cannes y compilados de goles constantemente. Si tenés aspiraciones de este tipo, podés caer dos extremos igual de absolutos: o crees en el mito del sacrificio o en del genio innato. En algún punto, ambos te frustran o impotentizan. Habité esos dos lugares y por eso, ahora, trato de mantener un balance entre ese vitalismo inicial, cuando la idea “te calienta” y el trabajo sostenido en el tiempo. Te diría que disfruto mucho más de corregir, recortar, rehacer, que de ese impulso inicial que es efímero. Difícilmente, hoy, escriba algo sin saber a dónde voy, pero eso no implica que no esté abierto a encontrarme con algo distinto al plan en el camino. 

Desarrollar historietas tiene un proceso apasionante que muchas veces depende del armado de un equipo de trabajo para las diferentes tareas: guión, ilustración, coloración y otras tantas.
¿De qué factores depende ese encuentro con el resto del equipo?

Te diría, en mi breve experiencia, que cada cómic en sí mismo tiene sus reglas. A diferencia del cine por ejemplo, no hay una convención sobre cómo es un guion. En mi caso, si parto de una historia que tenía previamente, trato de encontrar un dibujante que se acerque al estilo que busco. Otras veces, parto del dibujante para buscar una historia que haga lucir su dibujo. Mis guiones, en general, suelen ser bien detallados: qué hay en cada cuadro, de qué manera, con qué diseño de página. También tiro referencias y, en el caso de Cornelio Gris, las había también en el color, que fue pensado junto a Nacho Marx y que después implementó Ramiro Pasch. Pero no es un proceso cerrado; al contrario: lo más interesante es ese “entre” que se forma con el equipo, las intervenciones, modificaciones y el armado. Ese código común que genera una complicidad que si no se sostiene no hay cómic. No hay nada que me de más placer que ver dibujado por otra persona algo que escribí. 

La serie de El Ciclo de Cornelio Gris llegó bajo la licencia Creative Commons, una decisión muy singular para el circuito rosarino de historietas.
¿Por qué llegaron a esa decisión? Ya con un tiempo de aparecida la historia, ¿qué surgió a partir de esa iniciativa? 

La decisión tiene que ver con el modo en que Nacho Marx (dibujante) y yo pensamos cómo debería circular el conocimiento. Muy ligado, por otro lado, a las filosofías del Software Libre. Hay muchas variables y es un tema complejo, pero principalmente tiene que ver con el control y alcance que quiere tener un autor con su obra: en qué medida le pertenece, si decide cobrar por ella en algunos casos, en otros no, o si decide que su obra puede ser tomada por otros para (re) mezclarla o ser compartida, siempre que no sea con fines de lucro o perjuicio de los autores iniciales.
Cuando lanzamos el primer número, de modo online, la gente podía pagar por el comic o descargarlo gratuitamente. El Ciclo de Cornelio Gris es una miniserie todavía inconclusa, a la que le tengo un gran aprecio, porque me permitió meterme de lleno en el mundo del cómic, que es muy peculiar: como nicho te da un contacto más directo con quienes lo compran. Al día de hoy, hay gente que todavía descubre los números y me escribe directamente. Eso está buenísimo. 

Las teorías conspirativas dicen mucho del imaginario colectivo y de probabilidades geopolíticas que, a veces, llegan demasiado temprano como para ser comprendidas. La ciencia ficción funciona como una antena transmisora de eso, generando la posibilidad de reflexión desde ideas (maravillosamente) camufladas. ¿Qué pasa hoy cuando la ciencia ficción está tan inserta en la maquinaría del streaming, que actúa al mismo tiempo como entretenimiento y agente narcótico. 

Me parece que la emergencia de la ciencia ficción en el mainstream hay que pensarla dentro de la Industria Cultural a partir de dos factores: los avances tecnológicos que la hacen posible y el salto en la calidad narrativa que tienen las series hoy. Hasta hace unos años, la ciencia ficción era considerada para “ñoños” o “nerds” que hablaban de “naves espaciales” y “aliens” y hoy, creo que está súper normalizada como práctica de consumo. Lo mismo pasa con las películas de superhéroes. Es loco pensar cómo el cómic, y la literatura de ciencia ficción, vienen de pensamientos muy marginales en un principio: el Superman que Zack Snyder nos muestra en cine es exactamente lo opuesto al Superman de Shuster y Siegel del cómic, y la Wonder Woman hiperobjetivada de los pósters es diametralmente opuesta a cómo fue concebida, dentro de una sociedad matriarcal y poliamorosa.
Pienso que esta emergencia audiovisual de la ciencia ficción tiene que ver, en parte, con el grado de desarrollo técnico para mostrarla “realista”. Y acá tenemos un problema: que aquello que vemos como “real” (y esto puede ser James Bond cayendo peinado de un helicóptero y sobreviviendo a 200 personas que lo quieren matar) tiende a legitimar lo que ya es de hecho. Mucha de esta ciencia ficción no cuestiona o problematiza la realidad, sino que la legitima con ese efecto “narcotizante”. Se vuelve conformista. Por eso tenés trescientas secuelas de Star Wars o Terminator. Así  pierde ese carácter profético que siempre se le atribuyó, porque pese a las pretensiones de tipos como (Isaac) Asimov, la literatura, como arte, no ha estado atada a círculos científicos de validación, y por eso ha tenido mayor libertad para poder imaginar mundos hipotéticos. Por otro lado, me parece falso oponer entrenamiento a reflexión: tenemos toda una gama de series de altísima calidad narrativa, grandes autores y actores, que también aprovechan el desarrollo técnico para tocar temas vinculados a la geopolítica actual con un trasfondo filosófico y muchísima acción. Series como Westworld, Black Mirror o Mr.Robot problematizan todas esas cuestiones que ya antes estaban en los cómics o en la literatura con tipos como (William) Gibson o (Phillip) Dick. Estas series son actuales a la vez que trascienden la “mera actualidad”, porque se meten con la política, la construcción de subjetividad, el entramado del poder y la pregunta por el origen de la conciencia, por ejemplo.  

Los últimos tres meses fueron muy generosos con respecto a la proliferación de teorías conspirativas sobre el origen del COVID-19. ¿Estuviste repasando alguna? ¿Tenés alguna teoría favorita? 

Las teorías conspirativas siempre tienen alguna punta de la realidad concreta para sustentarse.  También tienen ese “efecto narcotizante” del que hablámos antes porque sostienen la idea de que hay un plan oculto. Eso nos da cierta tranquilidad, porque si otros hicieron algo y yo me doy cuenta, entonces tengo control sobre mis acciones. Se sostienen en esa ilusión de control. La teoría más interesante, más allá del COVID-19, me parece toda la filosofía de “dataísmo”, que postula que los seres humanos somos “servidores de los datos”. Por eso acumulamos experiencias de vida en álbumes familiares y servidores: somos variables para las Dioses de la Información o el Big Data. 

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