MÚSICA PARA CORAZONES INCENDIADOS

Luego de dos décadas de desarrollar un catálogo musical que detenta diversidad estética y poderío sónico, Lucy Patané editó su primer disco solista.
Viaje profundo al exorcismo en formato de canción que resultó en su debut y un repaso por el historial de la arquitecta silenciosa de una nueva camada de hacedoras de música.

 

I

Sobre el crepúsculo del primer viernes de septiembre, Lucy Patané termina de probar sonido ultimando detalles, dejando todo listo para el momento de la acción.
En un fin de semana de doble toque, le esperan paradas en Rosario y en Córdoba. Sin tiempo que perder, mañana a primera hora parte directo hacia La Docta, donde la esperan en Club Belle Epoque. Aquí el reci tiene lugar Fauna, la versión 2.0 de McNamara.
Rosario, la ciudad que siempre estuvo cerca según el canto popular, tiene una familiaridad particular con Patané. Año tras año llega por distintas fechas, copando escenarios ante un fandom siempre fiel.
Para Las Taradas, ese colectivo de talentos que hoy se encuentra en un hiato, Rosario fue casi la primera escapada formal fuera de Buenos Aires. Con el paso del tiempo, el grupo llegó a agotar entradas una y otra vez en Plataforma Lavardén. Hace unos cinco semanas, Patané también estuvo allí como parte de lxs Sons, la banda que acompaña al proyecto de su socia y amiga Paula Maffia. Junto a Diego Frenkel las visitas fueron constantes y exitosas, con parte del público magnetizado por esta joven guitarrista virtuosa de mutismo total pero con una elocuencia corporal que lo decía todo.
A diferencia de las visitas previas, la novedad es que llega para presentar Lucy Patané, su primer esfuerzo solista. Simplemente dos palabras: su nombre; un poderío que conjuga experiencia, diversidad estética y virtuosismo, ahora suma palabra y voz propia en un álbum que aparece justo cuando se cumplen veinticinco años de hacer música en vivo.
La baterista, guitarrista, bajista, compositora, productora, ingeniera de sonido y aventurera de cualquier tipo de experiencia apasionante que la música le proponga, está disfrutando de un presente único dentro de un contexto donde las mujeres están devolviendo significancia al rock.
Patané, desde su esquina, es una referente del DIY, una referencia ineludible para una generación de pibas y pibes que la vieron tomar las herramientas para abrirse un camino propio en proyectos personales o colectivos que fueron tomaron relevancia en aquellas mentes, corazones y oídos que supieron escuchar su llamado sútil.
Niña prodigio, figura de culto, arma secreta, mostra compositiva, inquieta viajera de sensibilidad federal, productora referente para un circuito independiente de nuevas voces, todo eso y más es Lucy Patané.  Ahora, además, es una solista consumada que rubricó su experticia multitasking en un excelente disco que se cuenta entre lo mejor del 2019.

II

Desde el natural cool que la caracteriza, habla con calidez y soltura. Relajada. Disfrutando el momento. Inquieta por saber qué provoca el disco en el otrx, pregunta y repregunta, llevando el diálogo más allá de lo protocolar. Sus devoluciones son generosas, verborrágicas, cargadas de sincericidios y puertas que se abren. En ese caudal de palabras, muchas se pierden y, con risas, pide el punto de origen, para volver a empezar. Pero el recorrido es más nutritivo que la llegada final. Con intuición, Lucy siempre acierta sobre los disparadores elevando la apuesta.
El primer tópico es una combinación: su voz y su palabra. ¿Qué se sintió dar un paso hacia el spotlight y mostrarse cantando íntegramente su propias canciones?
La respuesta no demora ni un segundo. Sale disparada hacia arriba, acompañada de los brazos extendidos, pidiendo cuidado. “Mis palabras y mi voz. ¡El kit de la incomodidad total! No sabés lo que fue”, cuenta, incrédula. “Fue jodido, al mismo tiempo, ¿por qué debía ser raro? Me calmé”.
Grabando discos desde su adolescencia hardcore punk, ¿por qué precisamente ahora el disco solista? Con su propio estudio y tantos proyectos en su haber, 2019 fue el año que finalmente vio llegar el álbum con nombre y firma de Lucy Patané. Es un trabajo que se suma a la batea de compactos de Panda Tweak, La cosa mostra, Las taradas, El Tronador y las sucesivas colaboraciones con Diego Frenkel.
“Mucho tiene que ver con que estaba participando en proyectos sólidos y con buena respuesta a la gente. Pero también había una llama medio a punto de apagarse”, reconoce. “En la música, cuando siento que está por pasar eso, se me pierde el eje y chau”. “Eso fue un disparador”, agrega.
La otra razón llega por el lado personal. Lograr plasmar en canciones una etapa de turbulencia sentimental fue parte del largo proceso de dos años que concluyó con un disco editado y que ya suma miles de plays en Spotify y otras plataformas de streaming.
“Ciertas situaciones personales hicieron que me tenga que agarrar de algo. Me agarré de hacer este disco como una manera de exorcizar un montón de cosas y que encima quede plasmado y registrado. Un vómito de absolutamente un montón de cosas encriptadas que tenía adentro”.
El desarrollo del disco fue difícil para Patané. Demandó entereza emocional; aún más importante, exigió un proceso de decantamiento que señalase el camino correcto. Según explica la virtuosa multiinstrumentista, no hubo una luz divina que desde el cielo le dijera que debía hacer un disco. La decisión llegó tras un extenso camino de maquinar dentro de su cabeza y evaluar la forma de sublimar lo vivido.
“Al principio, pensaba hacer tres discos. Uno acústico, uno eléctrico y uno experimental”, explica Lucy, volviendo al origen del proyecto. “Pero eso era miedo a hacer un disco conceptual. Viste que hoy es más la era del single o EP. Tirar algo siempre para estar en el candelero. Es una manera válida, no estoy diciendo que esté bien o mal. Son otras formas que uno tiene para mostrar su arte. Pero yo no quería eso, quería mostrar la carta”. 

III

Lucy Patané llegó al mundo inmersa en una familia de músicos. Rodeada de instrumentos, canciones y notas desde el minuto cero, se podría decir que nació en la música.
Comenzó con la batería a los cinco años y sus primeras enseñanzas llegaron por ósmosis en un hogar donde la música era sustento, creación, ocio y esparcimiento.
A los nueve debutó en directo, siendo parte del grupo infanto juvenil Sangre Azul, proyecto musical de la escuela primaria que también incluía a su hermana mayor, Ana, en voz (dato imperdible: tocaron en el programa de Badia). Desde entonces nunca paró. OK, técnicamente, ese nunca paró es un recurso efectista en pos de la narrativa. En plano general, Lucy nunca detuvo su motor pero, en detalle, a los trece años se retiró de la música.
“Sí, me retiré de la carrera a los trece”, bromea. “Simplemente quise hacer las cosas que tenía que hacer en ese momento. Ponele, ir a bailar. Después volví para ir metiéndome en el palo punk”.
A través de los años, su historial se fue llenando de bandas, discos, proyectos, colaboraciones, producciones, soundchecks, recitales, festivales, militancia, giras, entrevistas, escenarios, sociedades creativas y cientos de miles de kilómetros por las rutas argentinas y otros países.
A sus treinta y cuatro, Patané acaba de cumplir veinticinco años de tocar música en vivo. Es un pergamino del que no hace ostentación ni presume, pero sí tiene ganas de celebrar a lo grande. En noviembre festeja sus bodas de plata con la música en un concierto que reúne casi por completo a todos los proyectos de los que formó parte. Ese Lucy Fest, parece ser el gran acontecimiento ya de cara a despedir el 2019.
Patané se entusiasma con la movida. Sonriente y algo tentada por lo que está preparando, aclara de antemano: “Es un Festi Lucy, para que sea en castellano”. Se ríe con la complicidad de su silencio, sabe que se viene una buena, opta por generar misterio, la juega de enigmática. Explica, sí, que va a ser un concierto cronológico.
“Lo que voy a hacer es casi una odisea de agendas, van a tocar, en lo posible, casi todas las bandas en las cuales participé: El Tronador, La Cosa Mostra, quizás Las Taradas. Frenkel va a estar. Hasta Panda Tweak está confirmado. Están vivos todos”.

El de Lucy es un ritmo trepidante donde la química fluye y el deseo está puesto en la música, siempre. Tan maravillosa y romántica como puede sonar esa descripción, cabe preguntarse qué hay, en la vida de Patané, más allá de esa entrega.
Ante la pregunta de composición tripartita entre curiosidad periodística, algo de análisis y mero chisme, Lucy se ríe tímida, pero no le escapa a la respuesta. Como acto reflejo recurre al humor, quizás una de sus más afiladas virtudes. “Uff, ¡qué pregunta! Es muy de psicólogo, ¿vos te das cuenta?”, arroja, esbozando una sonrisa.
Es una pregunta compleja. Difícil. Necesito tiempo para contestar”, dispara en forma de introducción. “Así como encaro la música, intento encarar la vida también. Creo que para mí, al igual que a otras tantas personas, un gran disparador es el amor, las historias de amor. Me sucede que quizás me gusta abordarlo desde una manera cinematográfica. Puede que para afuera resulte como una persona que está distraída pero, en realidad, estoy generando una escena y por supuesto lleva música. Pienso que las canciones, de alguna manera, nacen o surgen previamente a componerlas. Cuando surge una situación la cual te marca, ya nació la canción, después el componer es la herramienta para decodificar eso que sucedió en una obra. Así como vivo la música, me gusta vivir la vida. Medio Ricky Martin sonó eso, re living la vida loca. Necesito aventuras para que la música también me funcione. Las historias de amor siempre fueron películas. Así he terminado, también. Pero así pude hacer el disco”. 

Para una profesional como Patané, con una agenda repartida entre una nueva carrera solista, los conciertos junto a Maffia y la producción de otros proyectos, el planeamiento de cada paso se prepara con anticipación, buscando cumplir con todo, como corresponde, sabiendo disfrutar. Cada movimiento se prepara con tiempo, cubriendo días de trabajo con toques por todo el país. Tras su paso por Rosario y Córdoba, otra vez de regreso a Capital Federal. Luego vendrá fecha en La Plata en compañía de su socia supersónica Marina Fages.
Sin embargo, en ese ritmo de vida agitado y con demanda por su virtuoso talento, cuando tiempo atrás se decidió a embarcarse en su primer trabajo como solista, no hubo ningún tipo de planeamiento previo. Ni planes, ni especulaciones, ni teorías. El plan fue no tener plan. Así, surgió la magia que hoy está plasmada en su disco homónimo. “Nada”, remarca, impostando la voz, imprimiéndole su versión de negritas a la declaración. “Ni siquiera un cuaderno de mapa”.
Su debut como solista amalga diversos elementos en un imaginario personal lleno de humor sulfúrico como abordaje a un melodrama muy Migré. En pistas como “Clavícula” y “En toneles”, el humor es tan importante como la armonía y la melodía; un salvataje necesario, el silver lining que rescata cuando el negro abruma y no cede.
En un balance ideal, lo críptico y el humor buscan camuflar una vulnerabilidad que aflora para quien sepa escuchar entre líneas  después de unas cuantas reproducciones.
Por las doce canciones se encuentran ingredientes de rock alternativo, cumbia, folk, spaghetti western à la Morricone, explosiones guitarreras core, saxos enormes y mucho más.
Plasmar todo eso en un mismo trabajo fue parte del desafío. Por momentos la cosa tomó ribetes de frustración. Afortunadamente para Patané, la voz de la cordura estaba a su lado. “Alguien fundamental fue Mene Savasta (tecladista de su banda). Ella me ayudó a entender que si todas salían de mí, no era más que trabajarlo y hacerlo”.  No hizo falta más. Con paciencia y sin deadlines, Patané se puso.
En el  disco, todos los elementos mencionados se funden bajo una aproximación percusiva. Es un tamiz propio de una música que tuvo en la batería su primer instrumento. Virtuosa, Lucy puede dominar las teclas, la guitarra, el bajo y más, pero toma visión desde atrás de los parches.
“Siempre encaro desde el ritmo”, precisa. “Quizás alguien se pueda reír, o no, pero yo ante todo me considero baterista”, murmura, sabiendo que eso puede sorprender a muchas personas que la identifican con la guitarra.
“A la guitarra también la pienso como una batería: a las tres primeras cuerdas como un tambor y a las otras tres como un bombo”, apunta, iluminando parte del abordaje compositivo. Inmediatamente continúa, ya metida en el disco: “de hecho, hay un track que es “Dock sud“. Ese tema fue uno de los disparadores. Ahí caí que puedo componer música partiendo desde el ritmo. Primero armé el beat, luego tarareé una voz que es la que quedó. Te juro que toda esa voz que hoy escuchás en el disco es el primer REC que puse en el demo. Después metí armonía. Quedó medio deforme pero también es su magia. Hay un par de cosas que sucedieron así, desde el ritmo”.

Con su debut solista, la virtuosa Patané da un paso adelante y entra en el territorio de songwriting demostrando autoridad y personalidad. Canciones como “Búho” (con sus elegantes arreglos vocales), “Clavícula” y “Tu dialecto” son evidencia de una meticulosa pluma que esgrime líneas punzantes con recursos oníricos, muecas sarcásticas y un corazón desangrado que no se arrepiente del amor.
El disco se desenvuelve en un vértigo calculado como una narrativa cinematográfica. Dispara imágenes fugaces que corren junto al ritmo trepidante que impone el ímpetu percusivo. Sin embargo, a medida que el oyente sincroniza con la velocidad del álbum, los matices abundan, plenos de vivencias intimistas y una sensibilidad envalentonada que baja la guarda críptica.
Acerca de su rol como cancionista, Patané mete algo de distancia, escéptica de incluirse en ese status. “Últimamente me doy cuenta que me considero multiinstrumentista, productora, compositora, no sé si me considero cantautora”, sostiene. “No sé si tengo el oficio como Paula o Frenkel, gente con la que yo he trabajado que son hacedores de canciones. Mi mambo pasa por otro lado. En esta situación surgieron letras, la parte más difícil para mí. Hacerme cargo de la voz y de las letras fue lo más jodido de todo. Al mismo tiempo, me ponía más incómoda no hacerlo. No cantar era ya… Estaba sintiendo por dentro tipo “no, no, tenés que cantar, ya está”. Lo tenés que hacer. Esa identidad tiene que aparecer y se tiene que comprender. Lo tenés que hacer. Fue fácil y fue bastante sufriente al principio”. 

– ¿En algún momento hubo alguna paranoia de hacer canciones que suenen influenciadas por tus principales vínculos musicales? Tipo influencia inconsciente de años de compartir proyectos. 

No me pasó para nada. Sí me pasó de sentir temor. Pero al mismo tiempo ese temor me hizo poner la vara re alta para que el disco suene con todo. Me pasó que los dos discos de Las Taradas, los produje yo, al igual que los discos de La Cosa Mostra. En los discos de Diego Frenkel estoy como coautora en un par de temas, con Paula venimos trabajando juntas desde un montón y siempre está re bueno todo lo que sale, por lo menos para mí. Entonces caí en cuenta que este disco no puede quedarse atrás de esos trabajos, en el sentido de obra acabada, de obra. Eso sí me dio temor, que quede a medio camino. Entonces por eso apunté y me puse meticulosa con este disco descontrolado, medio que es un caos, viste. Es un monstruito engominado. Le puse gomina, el smoking y salí. Eso sí fue algo que me persiguió durante todo el proceso. Las composiciones, no. Siento que es mi lenguaje y que es el mismo que usé para aportar en otros tantos proyectos. Por supuesto que todos esos proyectos me han nutrido, es un ida y vuelta. En la composición no me pasó eso. Sí en el resultado final del disco como obra y el audio, la parte técnica, quería estar a la altura de todo lo anterior. Si pude hacer tanto con los otros discos, con este, con el mío, teniendo la cancha completamente libre, tengo que hacer ESTO. Por lo menos para mí tenía que hacerlo. Entonces ahí sí tuve una cosita. 

IV

Desde su creación en 2008, la plataforma de música online para artistas independientes Bandcamp fue creciendo hasta albergar más de sesenta millones de canciones. Entre esos millones de pistas en más de quince idiomas gestadas por músicos de todo el planeta, son pocos los que dignifican el título campamento de bandas como lo hace Lucy Patané.
La cuenta de Bandcamp de esta inefable hacedora de música verdaderamente le da sentido al título de la plataforma. Allí, Patané aglutina treinta propuestas musicales diferentes que la involucran: desde los discos de La Cosa Mostra hasta su último lanzamiento, su disco solista, pasando por trabajos no muy difundidos como la música original de la serie documental Salida de Emergencia y más de una docena de álbumes producidos, mezclados o masterizados por ella. Pandemia lésbica de Las grasas trans se encuentra junto a La rabia que sentimos es el amor que nos quitan de Los rusos hijos de putx y EP de Jazmín Esquivel.
Ese caudal de información variopinta, potente y refrescante es muestra contundente e inapelable de una artista talentosa e inclasificable. Al mismo tiempo, devela mucho del espíritu incansable que Patané tiene para con la música.
Cuando se le pregunta sobre una posible perspectiva a toda su obra como productora y más, se ataja, manos en alto. Sabe que esa base de más de trescientas canciones impacta de manera contundente. Son años de trabajo dedicado, de experiencias formadoras, tanto para ella como para cada artista involucrado.
“Es rara la objetividad en ese aspecto. Es mucho”, admite sin rodeos. “Observar mi trabajo como productora es raro, pero tu pregunta me recuerda que tengo que ponerme con eso. Hace poco me pidieron que haga un currículum más orientado a mi trabajo en producción, tuve que ponerme a anotar todos los discos que produje. Siempre se me mezcla todo. Me resulta muy difícil armar currículums porque muchos de los discos que produje son mis grupos, también soy instrumentistas de esas bandas. Produzco, pero toco, pero no sé qué más hago. Termina siendo toda una cosa multitask que se fue desarrollando. Cuando hice el CV hace unas pocas semanas y escribí todos esos discos, dije ahhh, hay un recorrido. Además lo cerré con el mío. Me cuesta darme cuenta que son un montón de trabajos”.
Proyectos de algunos años atrás, como La cosa mostra o El Tronador, fueron tomando relevancia en una era donde la información está disponible al instante ante el primer atisbo de curiosidad para el oyente sediento. Sin necesariamente haber experimentado a esos grupos en directo,  mucha gente joven llegó a ese material en los últimos años.
El nombre de Patané tiene un peso especial, siendo una factoría de proyectos y una procesadora de nuevas datas. Referente de la producción para una nueva camada de hacedoras de música, algunas artistas la contactan para trabajar con ella, otras, toman su ejemplo y emprenden una labor DIY en su propio universo musical.
“Me sucede mucho con esta nueva generación de pibas, más que nada, a veces se me acercan porque les gusta el disco o las bandas. Últimamente he recibido un par de comentarios desde ese lado. “Yo empecé con la producción porque te vi a vos”. Inevitablemente todo empieza  tomar dimensión”.
Lucy relata esos acercamientos con alegría, lejos de la falsa modestia o de un narcisismo reconfortante. Para una cultora del DIY, quizás el máximo trofeo sea ser catalizadora de más movidas autogestivas.
La autogestión y el hazlo tu misma fueron academia profesional y ética para Patané. Lo sabe porque lo lleva en el alma, en los huesos y en la sangre, algo tan punk como metafísico.
“Siempre digo que esa fue mi escuela. El haber hecho fue mi escuela. Con errores, con aciertos, produciendo con lo que sabía hacer, con las herramientas que sabía hacer, con lo que tenía. Todo fue parte de un camino. Fue una carrera universitaria, de alguna manera, así me lo tomé. Recién ahora estoy empezando a tomar un poco de dimensión. A la vez, al ser tan manija, tan ansiosa, al querer seguir haciendo tantas cosas, no miro mucho para atrás. Miro todo lo que quiero hacer ahora y todo lo que está por venir”. 

Darse una vuelta por su Bandcamp para darle play a cada proyecto depara una grata sorpresa de artistas de hasta tres generaciones diferentes (incluido su padre, bajo el pseudónimo Richard Limbo). Treinta discos que funcionan como un tour de force sónico y multicultural que irradia curiosidad para el oyente con ganas de investigar más allá de lo aparente.
El catálogo de Patané como productora incluye sonoridades inclasificables de sonido libertario además de géneros como el rock, punk, synth pop, folk, electrónica, jazz, surf rock y más. Lo llamativo es que el trabajo de Patané no se limita a una producción distante con indicaciones y pericia técnica, la nativa de Bernal se involucra a fondo, aportando en cada etapa y casi siempre, sumando alguna magia desde su propia ejecución. El proceso de trabajo va a fondo, acelerando hacia el final, así como la cubierta de su disco solista.
Ante semejante amplitud una pregunta se torna inevitable: ¿cuál es el criterio de la Patané productora para elegir los proyectos que se le presentan? Viendo el nivel de detalle hasta donde llega la productora, es difícil creer que se sume a cualquier bote solo por una suma de dinero. “Se me armó  un perfil, generalmente, trabajando con solistas, no tanto bandas”, explica, mirando atrás sus laburos de los últimos tiempos. “No es que esté cerrada a los grupos, pero me doy cuenta que conecto más con la persona; entrar en el área de esa persona, conocer sus gustos musicales, conocer sus chistes, su humor, eso es fundamental. Es LO importante. Si comprendo un poco ese universo, si me hallo, si siento que le puedo aportar, de la manera que sea, a veces el aporte es simplemente guiar o involucrarse aún más. Siento que ahí, elijo producir desde ese lugar. No me sale producir si no me involucro. A veces con las bandas se mueven otras energías, viste. Tenes que leer a toda la banda, decodificar a varios integrantes y es otro tipo de trabajo. Me di cuenta que conecto más con eso, algo más personal”.
Porque siempre activa, nunca inactiva, ejemplifica su respuesta con el más reciente material que acaba de producir. “Terminé hace unos días el disco de Maca Mona Mu, una artista de Buenos Aires, que resultó ganadora de la Bienal. Con ella nos pasó eso: surgió tal chiste, nos entendimos, pudimos trabajar. Lo de involucrarse es algo que me pregunto hasta dónde está bueno involucrarse o no. Me ha pasado de involucrarme mucho y cansarme. Creo que haber hecho mi disco me cambió un poco la manera de abordar otros proyectos. Había un hambre anterior al disco, un hambre creativo que ponía mucho en las producciones y después de hacer mi propio disco siento que tengo otra especie de mirada. OK, vamos a sacar todo lo mejor de vos”.

V

Más de una década atrás, cuando Patané empezó a asomar con diversos proyectos en el circuito porteño mediante una construcción netamente DIY, había algo diferente en ella. Además del brillo de su talento como multiinstrumentista o su ímpetu sobre el escenario, discursivamente la nativa de Bernal aportaba reflexiones sobre la construcción colectiva, hazlo tu mismo y sensibilidad de género. Esas observaciones que afloraban en entrevistas dispersas tenían, principalmente, una perspectiva federal producto de miles de horas viajando por toda la República Argentina.
En los principales placeres de hacer música, Patané encuentra predilección por la aventura. Tiene un arrojo natural para embarcarse en propuestas de giras que la lleven a ciudades, pueblos, festivales y rincones recónditos de nuestra geografía. Aventurera antropológica, los años de recorrer el país aportaron una mirada global sobre diferentes tópicos. Así, fue una de las primeras músicas en remarcar la importancia que la ley de cupo tendría en ámbitos más allá del rockero, extendiendo la relevancia de la ley hacia sectores de tango, folklore y música clásica de festivales, conservatorios y circuitos de todo el país.
Distante del porteñocentrismo, siempre procura generar toques más allá de la general paz, llevando su música hacia nuevos espacios, otra de sus prioridades. Generar espacios nuevos, ocuparlos; ser protagonistas de encuentros donde las diferentes voces convivan y armen movidas. Coherente con esa idea, el primer vistazo oficial de su disco fue en Bernal, trabajando a la par de una productora independiente de Quilmes.
El otro atractivo de salir a la ruta es, por supuesto, toparse con nuevas vivencias, experimentar aventuras que nutran al espíritu.
Patané podría relatar diez mil cosas, confía, ya con una sonrisa formándose en el rostro. Hace memoria, seleccionando. Surge una experiencia reciente en Brasil, una residencia artística en Brasil de mujeres para mujeres donde se sumergió en experiencias culturales diferentes. 
Hay más, miles, pero se decide con una de toda la cantera de bizarreadas que experimentó en años de giras y fechas por lugares inhóspitos.
“Estar tocando en la ruta, en Glew, bien al fondo y dentro del conurbano. Una pizzería en la ruta. Había un borracho adelante y otro al fondo, un lugar que pensaba que existían únicamente en las películas de Lynch. No, existen en la realidad y son re ásperos”. Terminando la introducción a su anécdota, capitaliza el énfasis abriendo sus ojos claros: “son super ásperos mal”. “Me acuerdo de tocar para esas dos personas con Panda Tweak y salir a una ruta totalmente deshabitada y que solamente pase una moto con un tipo vestido de Batman. Agradezco haber tocado ahí, ¡fue increíble!”.
El catálogo de memorias es amplio y puede estirarse por horas, un material irresistible ideal para compartir con copas de por medio o algún libro biográfico dentro de unos treinta años,  un recopilatorio personal que se aleje de las biografías autoindulgentes de las estrellas de rock. Pero entre tanto que contar, Patané se detiene, reflexiva, volviendo a una experiencia compartida con su amiga Maffia: “tocamos en un penal de mujeres y nada fue igual. Se me cayó toda idea de lo que significaba tocar en vivo. Se me desarmó todo porque no tenía enfrente a personas que querían escucharme, tenía personas en situación diferente a las que suelen ir a un show, querían que toque cumbia, querían bailar y punto. Nada de la noche, del glamor, de cuántos tickets cortaste, no. Un gimnasio, todas las luces prendidas, doscientas pibas privadas de su libertad adelante nuestro queriendo pasar diecisiete minutos. Entonces a mi se me desarmó todo. Fue un poco reaprender o reubicarme en que mi satisfacción, las cosas que yo puedo hacer, pueden generar satisfacción en otras personas también. Además fue ver que no solo tiene que ver con tu ego; con un instrumento puedo hacer algo que genere en el otro algo de alegría, ponele. Esa experiencia me quebró todo. Empecé a pensar de otra manera. Esa sensación, esa idea, otra llevándolo a un lugar más cinematográfico, más romántico, de llevar todo esto adonde pueda. Por eso el primer lugar donde presenté el disco fue en Bernal, de donde soy. Por eso estoy todo el tiempo viendo dónde puedo ir a tocar. Por supuesto que hay experiencias que están buenas y otras que no, pero hay que arrojarse y probarlo”. 

 

Lucas Canalda – Texto
Flor Carrera – Fotografía
Ed – Agostina Avaro

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