NUEVO BREBAJE DEL AMOR

Con Té verde, su segundo disco, Chiquita Machado elude las descripciones fáciles con un puñado de canciones que funcionan como la bitácora consciente del periodo que catalizó la marea feminista. 

Tras ocho meses de trabajo minucioso, Chiquita Machado lanzó su opus Té verde el pasado mes de julio. El disco, compuesto de seis canciones irresistibles, fue la infusión ideal para energizar un largo invierno macrista empecinado en eliminar cualquier atisbo de disfrute popular. Veintidós minutos son suficientes para que el ensamble levante el espíritu del oyente, sin importar si está enfrascado en sus auriculares, escuchando desde un equipo de alta fidelidad o desde un speaker vía Bluetooth. El play dispara magia y el efecto ocurre, brindando un empujón de concisa energía vitalizante.
Té verde es un registro cancionero de la consciencia de su tiempo, pero, por sobre todo, es un disco que exhibe el presente del grupo en su mejor forma, consciente del valor de su arte y de la responsabilidades de su tiempo.
Chiquita Machado está integrada por Marina Calvagna, en voz líder y composición; Camila Depaoli, en acordeón, coros y composición; Victoria Chenna, en teclados, coros y composición; Julia Capoduro, en guitarras; Cintia Venier, en batería; Luciana Harreguy, en percusión; Eugenia Cadel Damianovich, en bajo; Graciela Amato, en trompeta y composición; e Irina Marcus, en clarinete y clarón.
El álbum fue producido por Chiquita Machado, mientras que Ezequiel Fructuoso estuvo a cargo de la grabación, mezcla y masterización trabajando en los estudios Fructuoso Record Club e In Situ. Té verde, además, fue sustentado por el impulso del subsidio cultural Entre Todos de la Municipalidad de Rosario.

 

I

La nueva producción de Chiquita Machado es un salpicón de estilos que desde los primeros minutos deja en claro que busca fluir con libertad. Cualquiera que desee encasillar o taggear al grupo para ahorrar palabras en una descripción fácil tendrá una ardua tarea, quizás, hasta imposible.
“Dejamos de ser una banda de cumbia”, señala la baterista Cintia Venier. “No sé si fuimos alguna vez una banda de cumbia. Hacíamos cumbias y cuartetos, no sé si eso nos representa hoy. La banda está girando y yendo a otros lugares desde hace bastante. Eso se recontra refleja en el disco”.
“Presentación” y la canción que da título al disco son una suite de entrada que captura al instante. Una guitarra zigzagueante es el preámbulo a un estallido de big band que anuncia que está llegando algo grande y diferente. Teclados nebulosos, atmósferas envolventes, guitarra darkindie, influjos balcánicos; una contundencia sonora que aprendió del muro rítmico del cuarteto en vivo, donde el tridente percusión-bombo-bajo pega fuerte en el pecho obligando al corazón a bombear más sangre y poniendo en movimiento todo el cuerpo.
“Mañanero”, “Ya fue” y “Noche clara” están llamados a nunca dejar el repertorio de la banda y convertirse en clásicos en años a venir. Penúltima canción del disco, “Noche clara” tiene todo para ser un hit radial o de playlist. Es discotequero y guitarrero, con arreglos de viento tribuneros ideales para corear fonéticamente; Jeff Lynne lo convertiría en un éxito interestelar (arreglos de voces beatlescos mediante).
El segundo trabajo encuentra a Chiquita Machado dando un paso adelante en lo sonoro, mientras que al mismo tiempo la palabra parece tomar un protagonismo no menos decisivo. Siendo conscientes de la responsabilidad que conlleva tener un micrófono enfrente, además de la magia transformadora que puede ejercer la música, las canciones son un ahora contundente que no desperdicia oportunidad.
Té verde, la canción y el disco, son una bitácora consciente del periodo que galvanizó la marea feminista.
Las canciones en cuestión empezaron a tomar forma en la explosión nacional del debate por el Proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Ese impulso funcionó como inspiración y renovación para las compositoras del grupo. Desde la intimidad de cada pluma afloraron letras que abrazan tanto al grupo como a las cientos de miles de mujeres que todavía continúan la lucha.
El contexto las nutrió e impulsó, tanto en lo personal como en lo colectivo. Estas canciones tendrán compositoras y una banda que las interprete, sin embargo, poseen una cualidad popular que le otorga autoría a cualquier piba argentina que hoy transite instancias de lucha.
De manera similar a lo ocurrido con algunos discos significativos de los últimos dos años, Té verde es un reflejo fiel de la retroalimentación que se da entre marchas, luchas y sonoridad y la acción personal de la composición.
Libertad, amor, sexo, complicidad, cuerpo y afecto atraviesan las seis pistas del conciso disco. Son versos y estribillos en consonancia con un presente que interpela constantemente, tanto a los artistas como a las audiencias.

II

Sobre finales de 2017, mediante un crowdfunding desde la plataforma Panal de Ideas, la banda publicó su ópera prima, Chiquita Machado. Cumbia, funk, rock y folklore balcánico son los ingredientes de ese primer esfuerzo que plasmó las canciones de los tres primeros años de intenso laburo sobre escenarios. Una escucha del debut arroja resultados que contrastan fuerte con la actualidad: se siente disperso y desmembrado; aunque técnicamente es impoluto, la quintaesencia del grupo está ausente.
A la distancia, la elaboración del primer álbum dejó unas cuantas lecciones aprendidas, especialmente la certeza de hacer un camino con aciertos y errores propios. “Con Chiquita Machado, al no saber, fue lanzarse. No teníamos una experiencia previa”, apunta la baterista.
“¿Qué será mejor? ¿Grabamos todas juntas o por separado? ¿Lo hacemos a la vieja escuela y vamos primero con las baterías?”, recuerda Venier sobre los interrogantes presentes en el periodo previo a ingresar al estudio. “Fue super engorroso. No la pasamos bien”, añade, sin tapujos, plena de sinceridad.
“En el primer disco se escucha, también, que no hay una comunión musical. Todas fuimos separadas. Muy de laboratorio. Eso nos enseñó mucho. Sabemos qué no volver a hacer. Sabemos qué camino tomar”.
Llegada la etapa de preproducción para un nuevo disco, desde el arranque Chiquita Machado fue trazando un camino a seguir. La mayor parte de la preproducción la hicieron en el mismo estudio donde eventualmente grabaron.
Ese trabajo conciso y dedicado a crear una atmósfera que conjugue técnica, química y onda, finalmente se trasladó al resultado final que hoy se escucha vibrante y contagioso en Té Verde. “Eso se siente, se escucha“, explica Venier. “El disco no es de laboratorio, no es individual. No es metódico tampoco”, agrega. 

Otro de los factores fundamentales para un disco tan sólido fue la conformación de un equipo de trabajo estable que aunó la experiencia de los recitales con las sesiones de grabación. Tanto Marcus como Venier destacan el rol de Ezequiel Fructuoso, parte del team Machado como sonidista e ingeniero de grabación. “El Eze nos conoce ya desde hace tiempo. La experiencia fue distinta“, apunta Marcus. “Nuestra primera vuelta grabando, nos decidimos por el estudio con los mejores equipos, llevamos la mejor onda y alegría, pero no nos conocíamos entre las partes, digamos“.
El disco debut de la banda pasó por un proceso de realización detallista pero, paradójicamente, impersonal. El trabajo de grabación, mezcla y masterización estuvo a cargo de tres personas diferentes. Ninguna de las tres trabajaba con el grupo en ese momento.
“Por entonces no estábamos seguras de qué sonido queríamos“, sostiene Marcus. Inmediatamente, la batera agrega que: “para el segundo estábamos seguras que queríamos capturar el sonido en vivo que tenemos. Eso lo conseguimos grabando juntas. Nada de hacer mil tomas por separado. Hacer una toma, cortar, pegar, repetir, es ficticio”.

La grabación de Té Verde se llevó a cabo en dos etapas. Primero se hizo una fuerte preproducción donde se grabó a la banda completa tocando en un multitrack. Fueron dos intensas jornadas grabando y repasando los ensayos. Tras una escucha detallada, se fueron definiendo cuestiones específicas de audio así como también las maneras correctas de encarar la grabación principal y la producción definitiva. La decisión unánime fue apostar por capturar un sonido orgánico en el que la acción fuera predominante. Músicas compartiendo un mismo espacio, tocando a la par, mirándose, riendo, vibrando en la quintaesencia que es Chiquita Machado en directo. De acuerdo a Ezequiel Fructuoso, quien compartió cada minuto con el resto de la banda, “la idea fue grabar a gente que está tocando toda junta en la misma habitación, bailando y pasándola bien”.
Gran parte de la base se grabó de manera conjunta. Batería, percusiones, bajos y guitarras en simultáneo. Fueron dos sesiones donde quedaron plasmadas las bases para las canciones.
Fructuoso destaca que fueron tomas completas, sin alteraciones. “Si surgía algún problema, se grababa todo de nuevo, a la vieja escuela. No hubo edición, fue casi como grabar en cinta”. Además, el sonidista remarca que “las pibas habían ensayado muchísimo. En la preproducción habían arreglado cosas muy finas”.
Una vez que las tomas definitivas de cada canción se habían registrado, se empezó a trabajar específicamente con algunos instrumentos. El teclado se grabó por separado para brindar mayor atención al banco de sonidos que se iba a utilizar. Antes de ponerse con las voces, el equipo se ocupó de los vientos: acordeón, clarinete y trompetas se grabaron en conjunto buscando lograr una pared sonora en cuanto a los arreglos.
“Todo salió de taquito. Estaban super aceitadas”, destaca Fructuoso, a esta altura el décimo Machado. “Marina grabó las voces sola. Los coros los hicieron juntas. Estaban siempre relajadas, riéndose. Creo que esa frescura se plasmó en el disco”, concluye.
El último tramo del disco llegó cuando todo el equipo llevó el material completo al estudio In Situ, propiedad de los ingenieros de sonido Guillermo Palena y Jorge Ojeda para realizar una suma analógica. Allí Palena y Fructuoso comenzaron el proceso: todos los tracks de la mezcla se pasaron por una mesa analógica y eso sumó todavía más chispa al sonido orgánico ya conseguido.
Según Fructuoso “todo ese laburo le dio profundidad al sonido”. “Al bajo lo comprimimos con un compresor de la década del cincuenta. Quedó increíble. La sección de vientos pasó por otro compresor, lo que fortaleció la pared sonora que buscábamos”, agrega con mayor detalle. 

III

El nuevo álbum fue presentado el viernes 9 de agosto en Distrito 7 ante una audiencia que se entregó al baile non stop por poco más de una hora. En el recital sonó por completo el nuevo trabajo, con cada tema acompañado a viva voz con el público. Cuando las flamantes seis canciones se terminaron, Calvagna declaró ante el micrófono que Té verde había sido oficialmente presentado. Inmediatamente el ritmo se disparó otra vez, sin necesidad de aclarar que la fiesta continuaba porque todavía había mucha música para compartir.
El vivo es la mejor forma de Chiquita Machado. La rítmica es contundente, siempre impulsando el baile, que no pare, siga, siga. Los vientos, por momentos, son la conducción de una fiesta declarada, dejándose llevar, haciéndose fuerte con toda la banda detrás.  Calvagna, además de ser la voz principal, es la MC, conectando con el público, invitando al juego. Es cuando las voces Calvagna, Depaoli y Chenna se alinean cuando todo se plasma a la perfección. Desde allí, el noneto es irrefrenable, siendo ellas mismas quienes deciden tiempos y formas de la fiesta que se vive, tanto arriba como abajo del escenario.
En esa destreza, un aprendizaje luego de cientos de noches agitando por aquí y por allá, Chiquita Machado explota ingredientes de diferentes géneros y diversas escuelas. Es el ritmo trepidante de un show de cuarteto y cumbia que demuestra la contundencia sonora de un concierto de rock, el resabio adrenalínico de la escuela balcánica y, por último, la unidad de una orquesta que late en una misma frecuencia, sin pifies.
Luego de años de copar lo escenarios rosarinos y de otras localidades de la provincia, la banda está afilada y potenciada por un largo camino de aprendizajes que supo fortalecer los aciertos y minimizar los errores. Las lecciones aprendidas se evidencian por la contundencia del show en su totalidad: la banda suena dinámica; las luces acompañan el juego del baile, matizando y capturando; el sonido para el público es impecable.

Desde su conformación en 2012, Chiquita Machado recorrió la mayoría de los espacios de nuestra ciudad. Algunos siguen en marcha, otros son parte de un pasado reciente: Club 1518, La Chamuyera, Nomade, Gran Atlas, Pugliese, Lavardén, Distrito 7, Fauna, Asociación Japonesa, fueron algunos de los escenarios que supieron albergar al grupo. También se apropiaron a puro ritmo de lugares de mayor escala como el Anfiteatro, el Galpón de la música, Sala de las Artes, o diversos distritos municipales, club desde barrios que todavía resisten o su participación en el Ni Una Menos de junio de 2018.
Al momento de la acción, la misión es siempre la misma: agitar, transmitir, poner el cuerpo y el bocho en acción. Bajo las estrellas o en espacios cerrados donde la inmediatez con el público genera aún más feedback, Chiquita Machado sale a tocar y a divertirse, a entregarle un rato de calor al público, sea una audiencia neófita o el fandom de siempre.
“La duración del set la planificamos en función de la disponibilidad de tiempo que haya. De treinta minutos o cuarenta, vamos decidiendo si lo hacemos más bailable, más estirado o más corto. Hay temas infaltables, otros vamos cambiando de acuerdo a la propuesta según la ocasión”, señala Marcus. “El repertorio se va renovando a medida que van saliendo temas nuevos y cuando nos vamos cansando de lo viejo”, reconoce.
En diciembre de 2017, en lo que fue la presentación oficial de su disco debut homónimo, el salón de la Asociación Japonesa lucía una configuración cercana a un club social, con un amplio espacio para el disfrute en clave recitalera pero también para el baile en parejas.
Lo intergeneracional forma parte del universo machado desde el vamos. En sus recitales es habitual encontrar a varias generaciones en plena comunión musical al son de “La indolente”, “Reina blanca” y ahora, “Noche clara” o “Reina de cumbia”. Esa postal se repite tanto en sus propios shows como en ocasiones especiales, como recientemente en el distrito sur Rosa Ziperovich, cuando familias enteras se entregaron a las canciones.
En D7, el pasado mes de agosto, la convocatoria estaba conformada por seguidores y seguidoras que acompañan desde hace años y que no dejan pasar la oportunidad de tirarse unos pasos con Las Chiquita. En el ya tradicional espacio de calle Lagos se destacaba, además, la renovación del público, sobre todo, muchísimas pibas que llegaron al grupo desde que las canciones de Té verde empezaron a sonar en vivo. Fiel testimonio de un periodo de cambios irrevocables, el disco empezó a conquistar corazones cuando todavía faltaba un largo camino para registrarlo y convertirlo en un nuevo lanzamiento. Prueba irrefutable de su magnetismo colectivo, las canciones pertenecieron inmediatamente a las miles de mujeres que en los últimos años vienen copando las calles. Las nueve machado, por supuesto, están presentes, siempre. 

 

Lucas Canalda – Texto
Flor Carrera – Fotografía
Ed – Agostina Avaro

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