HACIA EL INTERIOR RECÓNDITO

Con sus canciones de tenue melancolía, Amelia Sagarduy irrumpió en 2019 como la voz destacada dentro de una generación de músicxs que empiezan a cambiarle la piel a Rosario.
Lejos de obnubilarse con fenómenos de viralización, la joven artista se concentra en lo esencial: crecer, desarrollar mejores canciones y eliminar limitaciones.
Un encuentro para conocer el pulso de la música rosarina que crece con cada  nueva canción.

 

Es lunes de un diciembre recién estrenado. La temperatura rebasó los 37º y el centro rosarino se cocina en su propio jugo de bocinazos, frenadas y el frenético agotamiento típico de final de año. Sobre las cinco de la tarde, el teatro El Círculo opera con una calma actividad. Puertas hacia dentro, el gigante centenario funciona como una gran resistencia al ruido. El templo, además, desconoce los embates del calor, siendo cobijo ideal. El bar del teatro, emplazado justo en la esquina, hace gala de la nobleza de la madera, guardando frescura y silencio.
Amelia Sagarduy conversa con velocidad. Es sencilla y espontánea. Genuina, no limita sus palabras a perfil de un personaje. Sin disimulo puede apuntar los malos momentos, sabiendo reconocer los aprendizajes que surgieron. Lo bueno, entre sonrisas, aflora con una catarata de palabras rápidas, uniendo referencias, nombres y recuerdos.
Con franqueza, sus palabras borronean los límites de cada vivencia. No hay sectores, todo se desdibuja en una misma vida, la suya. Una cosa lleva a la otra. Especialmente en los últimos dos años. De la familia a la música y de la música a la familia; las canciones la llevaron al escenario y el escenario la llevó a descubrir un nuevo espacio, uno muy atento a su talento y su creatividad. Las canciones escritas con su entripado la llevaron a destinos inesperados como la viralización en YouTube, o la sorpresa de sus pares, a quienes cautivó con su sencillez; con esa magia que no se aprende ni se compra.
“Canto desde chica, pero siempre quise algo más” arroja Sagarduy. De ese recuerdo se desprenden dos constantes que se destacan: en primer lugar, la música como pasión; segundo, el deseo constante por el descubrimiento, siempre yendo por más. Una y otra vez surge, inamovible, la inquietud por crecer, de explorar siempre nuevas sonoridades.
Sagarduy habla con velocidad, cubriendo varios aspectos: lo artístico, lo personal, la familia, inseguridades, certezas, aprendizajes y fortalezas. Pasa de detallar la instrumentación de sus canciones a explicar el descubrimiento de una escena rosarina permeable a las nuevas expresiones.
Tiene mucho en la cabeza por estos días en que la ciudad levanta temperatura sin tregua. Esa lista mental, que repasa en voz alta, incluye la graduación del colegio (Amelia es otro de los talentos egresados de la Gurruchaga); trabajar en un disco completo (haciendo prioridad en disco como concepto de álbum) finalmente, quiere formar una banda propia que lleve los recitales a otro tipo de experiencia.
Sus manos son rápidas, al igual que sus palabras, yendo de la gesticulación hacia la enorme copa de exprimido naranja que ayuda a energizar su discurso mientras da pelea al calor.

I

Según cuenta Amelia, las canciones fueron lo suyo desde siempre. Despertó y la música estaba allí. No sabe el momento justo en que tomó consciencia de eso ya que no hay un punto clave en su memoria. Música, canción y voz están allí, presentes desde su más tierna edad.
“Mi papá siempre fue de la música. Él siempre supo transmitirnos lo que sentía por la música. Le gustan mucho Spinetta, Joni Mitchell (aclaración pertinente: Amelia lleva su nombre por una bisabuela, no por la canción de la legendaria artista canadiense) y Pink Floyd. Tengo recuerdos de mi mamá escuchando Fandermole en casa, también”, cuenta, compartiendo parte de sus vivencias en un ámbito familiar estimulante.
A la figura de sus padres, pronto se sumó la de su hermano Fermín, otro músico desde la cuna. Con el tiempo, además de hermano, Fermín sería cómplice artístico.
Cantar era lo suyo, Amelia lo sabía. La gente  a su alrededor tenía la misma certeza. Cantaba piezas del cancionero popular asimilado desde sus padres, al mismo tiempo que la emprendía con los hits generacionales de su propia época. Le encantaba cantar muchos temas, pero, principalmente, le gustaba apropiárselos, hacerlos suyos cambiando detalles específicos de la letra o interviniendo a gran escala. “No podía hacerlas así, tal cual, le metía algo, siempre”, recuerda, acelerada entre risas, en un repaso por momentos particulares.
Amelia canta desde pequeña, pero recién tomó lecciones a los 12 años, siguiendo un consejo de su madre de simplemente probar para ver cómo se sentía. Si bien los aprendizajes técnicos de las lecciones lograron su interés, la niña Sagarduy no se conformaba con aprender haciendo canciones ajenas. No le era suficiente, quería más. Eso significaba, sin dudas, hacer sus propias canciones. Entonces decidió continuar con las clases de canto, dejando definitivamente las muestras colectivas. No había ningún tipo de satisfacción en eso.
Una de las primeras apuestas por hacer algo bien suyo, en salirse fuera del circuito familiar,  llegó por una combinación entre ímpetu propio y posibilidades tecnológicas. “Yo hacía covers de chica, un poco de todo”, explica, riéndose del recuerdo que está por develar. “La primera versión que grabé la publiqué en Soundcloud. Fue en segundo año. ‘The only exception’ (Paramore), con un karaoke de fondo. Lo grabé en Audacity. Era chiquita. Quería hacer algo, no me importó nada. Lo grabé con el micrófono de la compu”.
“A mi siempre me gustó el canto. Me di cuenta que mi lado de composición nacía porque cambiaba mucho las canciones ajenas. Pero creo que todo arrancó cuando le pedí a mi hermano que me compre un ukelele. Me parecía fácil”, sostiene.
“Arranqué justo en un año donde me pasaron ciertas cosas. Viste como es: a partir de algunas cosas que te van pasando, empezás escribiendo y de repente tenés material”, marcando el momento preciso en que todo iba tomando otro color. 

II

“Sunset loop”, la canción que picó en punta, tiene seis minutos de duración y una estructura narrativa dividida en partes. Palabras y voz arremeten, atrapantes, mientras el ukelele acompaña, paulatino, hasta que finalmente toma envión, sobre el borde de los primeros dos minutos.
Una polifonía de voces hace de Amelia una narradora, un enjambre neurótico que con elegancia pone en palabras, ubicando todos los elementos en perfecto orden, permitiendo que la velocidad se suelte o se comprima.
Más allá de su desnudez, en la canción se intuye un pop barroco como trasfondo, lo que deja en claro lo fundamental que fue (es) Florence Welch para una generación. “Sunset loop” es perfecta en su estado natural de simpleza sonora y esmerada construcción narrativa, sin embargo, la posibilidad de un pop de cámara se hace irresistible.
“Es un tema enorme, no tiene una forma muy marcada, no hay una estructura tan clara. El principio es bien largo. Lo hice según como me sonaba”, explica con sinceridad su autora. Amelia la escribió hace menos de dos años, cuando apenas tenía 16. Hoy tiene 18.
Al principio yo no tenía ningún indicio de cómo componer temas. Me basaba más en la letra y en lo que quería transmitir. Sunset loop es re intenso y re largo. Ahora lo escucho y puteo” confiesa, sin tapujos, y para meterle énfasis se agarra la cabeza, sonriendo. “Me hartó porque es medio largo y creo que me resulta aburrido a mi. Es re hincha pelotas, te juro”. Habla desde la espontaneidad, tomándose su hit con humor, bien lejos de la pose pseudo rebelde de la camada indie que reniega de hacer canciones que peguen a las que dejan de lado como un acto reflejo ante el primer indicio de gustar fuera del gueto.
“En su momento quería transmitir todo de manera específica. En la primera parte era todo ansiedad. Quería ser acertada, era importante para mi. Valió el esfuerzo”, remarca sobre su pequeño éxito, dejando en claro que junto a la emocionalidad había una decisión propia de un ejercicio narrativo.
Al igual que las otras tres canciones que integran su debut homónino, “Sunset loop” nació desde la palabra. La música creció alrededor de la letra.  “Todo el EP trata de cosas que me sucedieron ese año” índica Sagarduy.
“The mermaid”, “Taste the flowers” y “Anastasia” están atravesadas por una angustia que se encauza entre remolinos, como un baile con presencias oscuras que, entre giros, se van aclarando.
“Las canciones del EP son todas bastante tristes. No hay nada muy arriba. Las escribí siempre después de resolverlas íntimamente. Todas las canciones tienen una resolución. Aunque no siempre todas las cosas tienen una resolución”.
“Ahora estoy buscando escribir todo. “Lilium” (su último simple) en ese sentido, es un avance. Trata de transmitir algo melancólico, lo gris que no es bueno ni malo, ni triste ni feliz; busqué el ejercicio de escribir sin estar en dos posturas contrastantes. Fue un logro para mi. Es algo lindo sentir eso. A veces uno se queda solo en la angustia y parece que no puede salir de allí”. 

III

Antes de ponerse a grabar su EP homónimo, Amelia quería armar cada canción con producción completa, deteniéndose en la instrumentación que creía correcta. La simpleza del ukelele y  su voz no era el plan inicial. De hecho, renegó de eso por algún tiempo. En ese afán de transformar las canciones, hubo momentos de frustración porque nunca terminaba de descifrar qué forma quería para los temas. “No entendía cómo eran mis canciones más allá del ukelele. No sabía cómo imaginarlas rítmicamente”, sostiene Amelia. “Intenté ser auténtica a lo que había escrito, pero también me daba miedo que los cuatro temas solo acompañados de ukelele podían sonar todos iguales”, agrega.
Forzar una nueva naturaleza a los temas probó ser un mala idea, generando amargura y desazón. En su rol de productor, su hermano Fermín sugirió una idea simple; un procedimiento vieja escuela que prometía fidelidad con las canciones: grabarlas de manera directa, dejando de lado los aditivos.
Fue una decisión respetar la forma original de las canciones”, remarca el Sagarduy del medio (Juana, la hermana mayor, vive en Londres). “Intentamos hacer algo más producido pero no enganchamos la forma. Los temas estaban muy bien armados. No fueron concebidos para algo sobreproducido. Nos pareció más natural ir a la primera aproximación”.
Las cuatro canciones que componen el EP Amelia fueron registradas en una sola toma. El único momento que se repitió, fue al comienzo de un tema, un error que simplemente reparó comenzando de nuevo esa canción en particular. “Grabamos todo de una. Que sea lo que sea. Por ahí se me venía un gallo o se me cortaba la voz, pero era lo más auténtico. No quisimos tocarlo”, señala la cantante y compositora.
Según Fermín las canciones estaban listas y pulidas. No había necesidad de mucho más. Renegar con un nuevo ropaje era innecesario. Además, forzarlas, atentaba contra su autenticidad. “Solamente me limité a poner el micrófono para poner a grabar todo. Cuidé que el ukelele no estuviera más alto que la voz. Después alguna toqueteada de compresión y salió”.


Así como cantar canciones ajenas no fue suficiente en el pasado, el presente encuentra a Amelia buscando más allá de lo transitado. La compañía de su ukelele está bien, pero ella imagina posibilidades, sabiendo las infinitas combinaciones de la música.

Con el deseo puesto en la música, crece, impulsada por un inconformismo explorativo. Desde ahí surge “Lilium”. El simple presenta un sonido bien diferente al material escuchado previamente: colchones de teclados y cello se funden con un entramado armónico de arreglos de cuerdas y voces donde una Amelia se oye más prístina que nunca. Lo que permanece inmutable, es la sensibilidad y la capacidad de conmover que la joven artista posee en su voz.
Amelia la tiene muy clara, sabe adónde quiere ir”,
observa Fermín, quien repitió el rol de productor, esta vez, trabajando codo a codo con su hermana.
“Hubo chance de probar, encontrar equilibrio. Con un piano no quedaba bien porque marca mucho el ritmo; con el tema de las cuerdas, requirió encontrar un punto justo, el límite correcto del arreglo. Con la voz y algunos detalles ya estaba”, relata el productor.
“Lilium” representó la posibilidad abierta de construcción entre artista y productor. La nueva creación requería otra aproximación; un minucioso trabajo que permitió experimentar, estimulando a lxs hermanxs a jugar con la prueba y el error.  De a poco, desde un enfoque minimalista, la canción encontró el punto perfecto. Con arreglos embebidos en sutileza, el equilibrio estuvo centrado en el canto de Amelia.

Compartiendo tanto las horas de grabación y producción como la cotidianidad del entorno familiar, una pregunta resulta inevitable: ¿Pueden lograrse límites en los roles de productor-artista más allá de esa relación? Fermín se zambulle sin dudarlo. Más que una respuesta, se atreve a develar una química de hermanxs dedicadxs a la música con una entregada apasionada. “Con el EP fue todo muy directo y sencillo” , remarca como introducción el multifacético joven cantante, guitarrista y productor. Sin pausa, muy parecido a su hermana, toma velocidad para continuar. “Definir los roles fue necesario, al menos desde Lilium.  Al momento de ir produciendo, siendo hermanos, fue importante poner límites. Ella no me quería joder con los tiempos, e íbamos viendo en qué momentos ponernos. Pero que si no ponemos un límite de decirnos estamos haciendo un trabajo, tenemos que terminarlo se corre el riesgo de perderse. Ella estaba con el colegio, yo estaba con mis proyectos. Era importante establecer esa relación entre artista-productor porque ella es una artista y por otro lado, era mi primer trabajo como productor real. Producir entre hermanos fue difícil, no queríamos jodernos uno al otro. Por momentos nos frustramos entre los dos hasta que aprendimos, como cualquier proceso”.

IV

Sobre finales de noviembre se realizó la cuarta edición del Festival Internacional de Videoclips de Barcelona, Soundie 2019, donde “Sunset loop” dirigido por Delfina Ciancio de Indigo Cine ganó el premio al mejor video low-cost.
Soundie, donde se reúnen profesionales de la industria musical y audiovisual, nace de la necesidad de dar visibilidad al trabajo de infinidad de realizadorxs que hacen posible la producción de videoclips, así como para convertirse en el altavoz a nuevas propuestas y conectar a profesionales jóvenes del sector.
Cuando el clip se estrenó el pasado mes de junio inmediatamente se propagó mediante una audiencia pequeña conformada por fans de la primera hora.
El cimbronazo fuerte (y sorpresivo) llegó pasadas las 48 horas de publicación de la mano de cientos de neófitos que nunca habían escuchado la música de Amelia. Fue una onda expansiva catalizada por un genuino interés; unos de esos descubrimientos espontáneos que diez años atrás caracterizaban a la web, pero que hoy ocurren esporádicamente. En un tiempo de fenómenos digitados donde cada paso está milimétricamente calculado por cifras de marketing, la disparada del onírico “Sunset loop” constituyó una bella anomalía.
En el circuito independiente rosarino, el éxito de la canción fue nueva esperanza; una inesperada bocanada de aire fresco y, quizás, la prueba más contundente del arribo de una nueva generación de músicxs que empezaban a cambiarle la piel a la ciudad.
“Es importante saber que, así como la gente lo re compartió, también puede olvidarse”, observa Sagarduy sobre el éxito del video. “Tener en claro esos bajos es vital para saber que tengo mantenerme en mi camino”, reflexiona.
“También se trata de hacerlo por uno mismo. Si quiero sacar un disco lo hago porque quiero, no porque haya gente esperándolo. Me pone re feliz que hayas sido tan compartido el EP, siento que hago algo que llega a provocar algo en alguien. Me da incentivo. Me da más seguridad en lo que hago. No porque necesite la opinión de otros, sino que es valorar lo que uno considera que es re chiquito, capaz que para el otro es algo grande”. 

V

Mientras las semanas de diciembre corren, un vistazo atrás deja en claro que en 2019 Amelia  salió a encontrarse con su gente, mientras, a la par, fue haciéndose de otro público, uno más heterogéneo pero igual de receptivo.  
El periodo que se acaba vio a la joven artista tocando en Arde Festival, Mono, Bon Scott, Berlín, Festi Casero Solidario y otros espacios. En diferentes ocasiones compartió escenarios con Bubis Vayins, Lichi, Otros Colores, Los Cristales y Gladyson Panther, entre otros.
Presentar sus canciones ante diversas audiencias le otorgó un pulso real al pequeño fenómeno viral que la gente iba conociendo a través de Spotify o YouTube.
Frente a 300 personas en los festivales, sola en la enormidad del Galpón, o ante 80 personas apretadas en Bon Scott, a pocos centímetros de distancia, Amelia hizo su set munida únicamente de su ukelele. Enfrentando a multitudes o cobijada por su público más acérrimo, cada experiencia fue diferente, como cursos intensivos de aprendizaje ante la espontaneidad de la gente o lo impredecible del aspecto técnico.
Me gusta más cuando es chiquito”, asegura. “Es más desafiante porque la gente está más cerca. Se produce algo íntimo”.
Sin olvidar su paso por convocantes festivales como Arde y Festi Casero Solidario, Sagarduy, observa:  “cuando la situación es más grande es re loco que se escuche tu voz por espacios tan enormes. Es muy fuerte pararse en lugares tan grandes solo con un ukelele”.
De abril a diciembre, hubo intensidad para Amelia. Pasando de debutar en vivo a tocar ante cientos de personas en menos de cinco meses, la cantante confía en que los nervios aparecen de manera inevitable. “Pero me los banco y sale todo adelante”, agrega, decidida.
Su primera presentación en directo sucedió en abril, en Berlín, el clásico espacio cultural del pasaje Simeoni que hoy busca reinventarse dentro de un circuito cultural difícil de predecir. “Todo fue a raíz de una invitación que recibí de Santino (Martin de Gladyson Panther) para organizar una fecha junto a Pablo (Holsman de Los Cristales) en Berlín”, apunta la menor de la familia Sagarduy, rememorando como si fuera una época ya lejana y así poniendo en claro todo lo acontecido en unos pocos meses.
“Andaba con ganas de tocar, pero también tenía vergüenza”, precisa, sin tapujos. “Me entusiasmaba Berlín porque tenía la experiencia de haber ido a ver Cortito&Funky y a Fermín ahí”.
La idea de salir a compartir su música rondaba en la cabeza de Amelia desde hacía un tiempo. Sin embargo, algunas inseguridades propias al intimidante primer paso nublaban su pensamiento cuando llegaba el momento de activar. “¿Mandarme a armar una fecha yo? ¡No! Me daba mucho miedo. Además, sentía que no tenía mucha música como para tocar. Después arranqué y caí en que tenía algo”, confía, sobre miedos pasados.
Esa noche, una ocasión de intimidad palpable, con un público maravillado con lxs tres músicxs, sería el indicio de algo nuevo, tanto en el plano personal de Amelia como en el semestre que estaba por venir en Rosario, donde una seguidilla de encuentros gestados por las nuevas generaciones dirían un aquí estamos entre festivales, colectivos y canciones que se multiplicaron bajo un latido comunitario.
“Ya había sacado el EP, pero no había tocado nunca. Esa invitación de Santino y Pablo me pareció re piola porque me hizo ver algo más”, destaca Amelia. “Solamente conocía al ambiente más cercano a toda esa onda groovera. Sentía que no iba a poder pertenecer a ese tipo de lugares, pero después descubrí que existía mucho más”, comenta entusiasmada, acompañando con las manos.
“Encontré una faceta de la ciudad más sensible”, manifiesta, ahora con un tono alegre, como si estuviera revelando la feliz intimidad que delata un sentido de pertenencia. “Me siento más cómoda y contenida por gente que hace música distinta y muy honesta. Se trata de gente que aprecia lo que hago; me siento acompañada. Está buenísimo”.
Inquieta, deseosa de seguir creciendo en un circuito que la recibe con calidez, anticipa lo que está venir. Amelia quiere formar una banda para explotar ciertos recursos. Quiere centrar a la voz como protagonista del vivo. “Tengo más cosas, más ideas, más sonidos que van junto a lo que escribo”.
Comprometida con su futuro inmediato, cierra el encuentro con una épica que promete: “Quiero reinventar todo”.

Lucas Canalda – Texto
Renzo Leonard – Fotografía
Ed – Agostina Avaro

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