CUALQUIERA PUEDE CANTAR

El guionista  Pedro Saborido llegó a Rosario para encontrarse con su público en una jornada doble turno en Plataforma Lavardén.
Con su característica impronta, hizo de un taller la posibilidad de derrumbar mitos sobre inspiración y talento.

Además, el escritor se adentró en su último libro Una historia del peronismo.

 

Pedro Saborido está de regreso en Rosario. Es una visita laboral. Un taller, una charla abierta. Algo más de veinte horas. Poco menos de un día.
El taller se titula Formas de producción y creatividad de Peter Capusotto y sus videos. La charla se anuncia como dos en una: Humor político y televisión/Cómo se hace Peter Capusotto y sus videos. Ambos encuentros tienen lugar en Plataforma Lavardén, con entrada libre y gratuita. Simplemente hay que anotarse con anticipación para el taller y retirar la entrada un rato antes de la charla.
Ruta. Rosario. Gente. Pizarras. Micrófonos. Intensidad asegurada para un tipo al que le gusta mantenerse ocupado.
Temprano esa mañana, en camino, Saborido apunta vía telefónica: “Vamos a encontrarnos. Llevame gente, no seas boludo”.

En Rosario, Pedro saluda con mano y abrazo. Tras sus gafas al mejor estilo Lennon, habla sin parar. No se las quita nunca, al igual que su gorra de The Who. La gorra es una extensión de sus movimientos inquietos. Constantemente está ajustándola o moviendo su visera para arriba o abajo, cual tic de neurosis invasiva.
Llevar gente al taller es imposible e innecesario, ya que el cupo se completa tres días antes de la fecha. La edad de lxs asistentes va desde los veinte hasta pasados los cincuenta. Las presentaciones y preguntas informales previas al arranque arrojan un resultado sobre lo variopinta de la asistencia: estudiantes de ingeniería, de comunicación y de filosofía, periodistas veteranos, jóvenes realizadorxs del campo audiovisual, locutorxs, fotógrafxs y algún teatrero. Varias personas asisten desde localidades cercanas. No son pocxs quienes tuvieron que inventar algún enroque en el laburo para poder estar presentes.
Las razones por las que están aquí son diversas. Admiración, aprendizaje, cholulismo, crecimiento, nuevas formas de encarar proyectos, incorporar nuevos hábitos. Una razón se destaca: como autor, Saborido es una referencia irrefutable de la televisión argentina de los últimos quince años. Sabe manejarse en la irregularidad del medio.
Tres saltos de generación tienen un resultado abarcativo sobre el largo camino de Saborido: un +40 menciona su trabajo como guionista de Tato Bores; una joven adulta crecida sobre finales de los 90 y principios de los 2000 se entusiasma recordando Delicatessen, aquella breve aventura por la pantalla de América TV bajo la producción de Cuatro Cabezas. Todo x $2 y Peter Capusotto y sus videos son la referencia inamovible, por supuesto.
Televisión, teatro, radio, cine y libros -el complemento que le faltaba- hicieron de Saborido una referencia inobjetable. ¿Referencia es igual a referente? Él cree que no. Una y otra vez desconfía de eso. Se siente incómodo y no quiere entretener esa idea ni siquiera por un minuto. Siempre lo desestima con un “no jodás, boludo”. Es un boludo que tiene profundidad en su pronunciación. Tiene reverberación, casi. Un boludo de pronunciación bien de la calle bonaerense. No es un boludo más. Es un boludo de las calles de Gerli, de Avellaneda.
Saborido no quiere ser referente. Tampoco quiere tener razón en nada.  Ni siquiera cuando se le menciona que mediante sus creaciones supo adelantarse por años a la larga caída de los tótems de rock o a la frivolidad como caballo de troya chic de lo aberrante. Más que sencillos guiños, las criaturas que desarrollaron junto a Diego Capusotto, terminaron caminando por la cultura popular, rebasando los límites de la TV o Youtube.
En unas pocas páginas de su último libro, Saborido logra simplificar una explicación a nivel universal del proceso -y la significancia- de la unidad peronista. Lo hace con maestría y hasta con ternura, a años luz del intento más acabado de cualquier analista político.
Saborido escucha y entiende pero, igual, no le presta demasiada importancia. “Sería muy boludo si me lo creo más de cinco minutos”.

Abajo el Parnaso

Sobre las cuatro de la tarde, llegado el momento del taller, Saborido dispara un arranque directo. Desacraliza las ideas impuestas sobre la creatividad, la vocación y el supuesto talento natural. “Qué hinchapelotas pensar que hay gente que nace con una creatividad única y gente que no. Dejate de joder. No me vengan con eso. ¿Por qué lo aceptamos desde pendejos? No hay nada que no pueda hacerse sin entrenamiento”.
Propone salir del falsario que anda suelto, ese que engaña desde la disyuntiva de que hay gente creativa y gente que no. ¿Quién establece qué está bien y qué está mal? ¿Qué autoridad decide quiénes son los seres creativos?
En su introducción, entre remates y vueltas de tuerca, sale la voz de narrador característica de Peter Capusotto. Las risas no pueden contenerse mientras que algunas manos escriben, bajando cada palabra al papel.
Por el salón, el guionista va y viene, inquieto, siempre con su gorra y campera. Pide perdón por tanto movimiento. Dejó de fumar y está ansioso, cuenta. Cita a Hegel y un rato más tarde a Bioy Casares. Fibrón en mano, anota algunas pautas en el pizarrón con una caligrafía dudosa.
Muchas veces el primer enemigo es uno mismo. ¿Quién no cayó desalentado al pensar en eso de no lo hago porque no voy a ser tan bueno como tal? Somos billones de personas en el mundo. Seguramente, hay alguien que hace las cosas mejores que nosotros. Tratándose de escritores, ya Borges es imbatible. Pero bueno, para igualarlo hay que quedarse ciego, no coger, un montón de cosas que no sé si estamos dispuestos a cambiar. Aparece ese parámetro que nos va dejando en un lugar de parate. No hacemos algo porque nos entendemos en una característica, la cual no podríamos abordar, eso que otros hacen mejor o que hacen naturalmente o que suponemos que hay una decisión del universo o de Dios que decide mágicamente quién es Messi, quién es Wanchope o Baby Etchecopar. Uno queda condenado a un destino que cayó sin que pudieras hacer nada”.
Va directo a lo importante: la acción. “Nuestros avances están atados a un sistema de compromisos. Un compromiso de tiempo. La inspiración no llega a veces. No llega. No aparece la musa. ¿Por qué no golpea el rayo de inspiración? ¿Por qué la musa no baja desde los cielos y me toca con su magia? Boludeces. Tenemos que preguntarnos qué carajo es la inspiración, lo mismo sobre el talento. La inspiración no llega, es cierto. Pero no es una musa épica que va a bajar y me va a distinguir porque soy creativo, un ser diferente entre miles de otros mortales. Lo cierto es que hay que sentarse. Hay que poner el culo en la silla y laburar. Conozco muy poca gente que logra algo sin un sistema de compromiso. Necesitamos un sistema para poder producir con tiempo y compromiso. Supongamos que nos proponemos escribir, al menos, dos historias por día. En los 365 días del año, una buena idea puede salir. 730 historias malas es un hecho interesante”.
No hay magia. No hay deidades, musas ni semidioses que caminen entre los mortales. Los únicos rayos que caen son de tormentas y, si te pegan, más que darte ideas, te van a derivar al pabellón de quemados. Simplemente hay que ponerse. Bajo su gorra de los Who, Saborido es un proto punk que incita a ir directo a la raíz del deseo/acción: ¿qué importa lo que ya se haya hecho?, ponete y hacelo vos; ¿quién tiene autoridad sobre qué está bien y qué está mal?, ponete y hacelo; no seas una realización del deseo de los demás.
Hay una especie de malentendido que es creer que tenemos que tener las ideas antes de sentarnos escribir”. La inspiración no entra en un sistema de regularidad, en la constancia del laburo. Lograr una regularidad para escribir se complica ante cada obstáculo de la realidad. El momento nunca es perfecto ni ideal. Saborido propone y pregunta: “¿Por qué ensayamos para todo menos para escribir? La danza, la música, el teatro, el mismo deporte, exigen un ensayo, una preparación, un entrenamiento; ¿por qué sería diferente la escritura?”.
El ejercicio cotidiano nos permite tomar una perspectiva y desarrollar un criterio sobre nuestra propia producción. El ensayo, el entrenamiento, nos afila con nosotros mismos. ¿Toda idea tiene que ser buena o simplemente tiene que ser? Fracasar en cada ensayo, fracasar en privado, te educa, te curte, te da perspectiva sobre las ideas, corriendo el eje de buenas o malas. “Así nos dejamos de pensar en bueno o malo, blanco o negro. Cortamos con el relato del pensamiento mágico y de lo grosa, lo talentosa que son algunas personas. “Ay, barrilete cósmico, ¡sos único! Sifón cosmogónico, ¿de dónde saliste?”. Terminemos con eso”. La inspiración es una mentira. Inspiración es una combinación de elementos como la regularidad en escribir y leerse.
Saborido habla de hábito, de constancia; de la regularidad de sentar el culo en la silla y ponerse. Una y otra vez incursionar en la hoja, pulirse, leerse, pero también, dejarse leer. Saber sobrellevar la crítica del otro. Hacerse en la mirada del otro sin comprometer nuestra producción. Si se deja de lado la idea de talento, si de desaprende eso de la magia de la creatividad, uno se quita otra “gran mochila de pelotudez”, las vanidades de la creatividad. “Ay, no, mis ideas inigualables, no quiero que las lea cualquiera”. “Pero hacete estacionar un colectivo en el ojete, ¿querés? ¡Pelotudo!”. Desatarse de nuestros cuadernos, compartir lo que escribimos es parte del oficio. Sepamos escuchar. Es necesario encontrar un equilibrio entre el deseo personal y lo esperado por los demás.
Finalmente el guionista remarca que para escribir es preciso determinar el campo de acción. Sobre qué se quiere escribir. Cuáles son los elementos que se manejan. Hay que elegirlos, pensarlos con comodidad, sentirlos con naturalidad. “El sistema busca aplacarnos buscándole un trasfondo lógico, que tenga sentido. A eso también hay que tenerle cuidado. Seamos mitómanos, inventemos historias; seamos unos pelotudos creativos, vayamos más allá”.

Vicio

Luego de poco más de dos horas, el taller llega a su fin. Hay una despedida afectuosa que incluye fotos, selfies, algún autógrafo o dedicatoria sobre libros o DVD. Antes de saludarlo, varias personas le comentan que se quedan para la charla.
Pedro propone ir para abajo, al bar. Allí conversa bajo su visera. Confía que quedó conforme con el taller. “Todo el mundo escribió. Siempre se dan fallas que hoy no se dieron. Fue un simple ejercicio para demostrar que la creatividad no es producto de las musas ni la inspiración, sino un ejercicio que requiere acción. A veces hay mayor o menor facilidad, pero al final, se trata de ponerse”.
Pide café. Sin esperar al mozo, salta de mesa, agarra una silla y se sienta junto a uno de los productores del taller y de la charla. Pide que se encargue de lo que acabamos de pedir.
“¿Vamos afuera? Quiero salir un rato al aire libre antes de la charla”. Sentando en la escalera de ingreso a Lavardén, ante una panorámica privilegiada al tráfico de calle Mendoza, Saborido mira algo tentado al vendedor de praliné ubicado en la esquina. A unos pocos metros de distancia, el aroma a praliné y fuego de alcohol inunda la atmósfera de bocinazos y peatones apurados. Un grupo de pibas estudiantes lo reconocen y lo señalan. Una atina a fotografiarlo sin detener el paso.
“Me quedó el hábito ese de irme a la vereda a fumar, por eso salimos”, comenta. “Parece una boludez, pero dejé de fumar y tenía una cosa en la cabeza. Todo el tiempo pensando en eso, en mi adicción. Luego relajé. Salirnos de nuestras historias personales, de nuestras cabezas también es necesario para hacer el ejercicio de escribir. Por eso lo comenté en el taller. A veces, el obstáculo pelotudo está en nuestra cabeza”.
Por un rato, increíblemente, Saborido se queda quieto. Sentado parece incómodo. Se acomoda la gorra. Conversa. Pregunta. Responde con su voz grave. El ímpetu de su verba responde a su espontaneidad y a una atención cómplice.

El eterno retorno

Luego del suceso de Una historia del fútbol, la última incursión de Pedro en el mundo del libro se titula Una historia del peronismo.
Gracias al discreto furor del boca en boca, el libro se encuentra entre lo más vendido del verano, siendo inminente su sexta edición a menos de cuarenta días de su publicación.
Entre las páginas de Una historia del peronismo, se exponen, por primera vez, episodios que han sido silenciados por décadas. Tal es la historia del Monstruo mecánico-edilicio que marcha por las calles de Mar del Plata arrojando extraños ruidos a su paso: Uocraaaaa… Suther… Uocra… Sutheeeerrrr ¡Sadop! Ante la mirada hostil del gorilismo, la criatura azota un látigo contra el pavimento. ¡Sssssssmata! Se escucha en el tradicional balneario argentino que definitivamente ya no será igual a partir de la llegada de la criatura.
En clave ficción especulativa, el guionista propone una serie de múltiples timelines donde el modelamiento del sentido común desde los medios masivos funciona como perspectiva educativa para que diferentes generaciones aprendan de errores cometidos y/a por cometer.
Entre citas a filósofos, artistas y próceres y reflexiones de profesionales como la licenciada Rampoldi Starsky, Danilo Rosendo o el psicólogo James Paul La chancha eléctrica Tomkinson, Saborido reconstruye un peronismo que reparte la torta, que planea a futuro; que derrocha carisma jauretchiano; que es contradictorio y muchas veces violento en sus pujas intestinas; es un movimiento único en el mundo, un partido/sentimiento/sinfonía que los uruguayos no comprenden por lo que necesitan máquinas y cursos que los ayuden a ser peronistas, porque para entenderlo, hay que serlo.
Con lucidez y delirio Saborido eleva preguntas de contundencia histórica para el movimiento justicialista de ayer, hoy y el que está por venir: ¿cuál es el peronismo verdadero? ¿Hay un peronismo purista? ¿Es saludable quedarse fijados a una satisfacción pasada sin intentar dialogar con el otro al que no se identifica como igual? ¿La Argentina estaba destinada al peronismo? ¿Las conquistas sociales se hubieran obtenido sin peronismo? ¿Cómo se llega a la unidad del partido?
“Quise mantenerme fiel al espíritu de todo lo que es el peronismo, fiel a toda su amplitud y complejidad: a lo táctico; a lo festivo de todo su color; lo molesto, aquello que rompe soberanamente las pelotas al oligarca. También, apuntar a una comprensión desde afuera”, explica el autor semanas antes del lanzamiento del libro.
“Mientras que la mayoría de los partidos políticos quieren representar a una parte del mundo, a una gente determinada en un tiempo y lugar, el peronismo parece que llega para representarlos a todos de nuevo, pero en otro universo paralelo. Eso ejerce una fascinación para quienes buscan entenderlo desde afuera. La cuestión es que desde afuera no se termina de entender. Mucho menos, de sentir”.
Acerca del año de campaña furibunda que se vive y de la unidad del partido, Saborido observa que “el peronismo sabe aprovechar el momento, tiene un carácter táctico; representa a toda esta bola de gente que te incluye izquierda y derecha, sabe hacerlo, sabe ponerlos de acuerdo hasta que, de repente, ya no están más en la misma”.

Praliné

– Se pueden hacer múltiples lecturas de tu laburo en el humor. Sin embargo, una lectura parece imposible: jamás podríamos decir que tus narraciones o personajes abrevan en el derrotismo y la resignación.

El derrotismo no se expresa por el hecho de tener una mirada lumpen. A veces, en todo caso, si había alguien derrotado, podría darle una última oportunidad de decir algo antes de la derrota final. El derrotado no es el tipo que se sabe derrotado. No necesariamente tiene que ser así. El derrotado también puede ser aquel que precisamente se supone triunfante o se supone triunfalmente estable o triunfador. Jamás me permitiría ser cínico. En nuestra cultura el verdadero derrotado es el alineado que no se supone, ni siquiera por un momento, parte de algo que podría ser cuestionado. El derrotado me parece que es ese. Un tipo al que no le va bien puede sentirse derrotado, alguien que no consigue algunas cosas, pero la derrota está en ni siquiera saber que la estás sufriendo, ni siquiera saberte fuera del asunto. Ser un hijo de puta es ser un derrotado. Te derrotan cuando te cooptan, cuando te convertiste en lo otro, en eso que es detestable.

– A Osvaldo Bayer el triunfo de Cambiemos le dolió en cuerpo y alma. Un golpazo tremendo hacia el final de su vida. ¿Al menos por un momento no te sentiste golpeado? Hay un pesar al ver que el sentido común es moldeado desde el bombardeo mediático. Es asfixiante ese laberinto del que, por momentos, parece no haber salida. Es la Argentina en loop.

La repetición es parte del ser humano. Debemos entender que la condición humana también pasa por los lugares donde una cuestión estadística hace que la mayoría decida sobre la minoría a vivir de una manera, sea para el lado que sea. Si, obviamente, se parece a algo más de lo que aspiramos nosotros, nos va a parecer normal y vamos a ver una derrota o un pesar en el caso que alguien… Pero bueno, esa es la condición humana. La mayoría no es como quiere la otra mayoría, la otra mitad, digamos. Cada uno desea que la gente fuera parecida a uno, pero no lo es. Quizás a los otros no les importa si vos sos parecido o no. Ese pesar lo tengo, pero no deja de ser algo que se reduce a una reflexión y a un sentimiento que no permito que me dure más de cinco minutos. Uno lo habla, uno hace catarsis con esto. Uno lo charla con amigos, se consuela pero, la verdad es que cualquier lamento o análisis que uno haga no cambia la situación.

– En el taller conté asistentes de cuatro generaciones. Conversando antes del comienzo, citaron laburos tuyos de todas las épocas. El cupo se agotó días antes. Las entradas para la charla de hoy, volaron. Hay un Saborido referente.

Igual no es medida eso. Capaz que ahora vamos a la charla y no está lleno, se olvidaron o se quedaron viendo Netflix. No. Si te toman de referencia y vos podés dar cuenta de esa referencia, bien. Lo que siempre digo en cualquier curso es que no hay ninguna  cosa que no puedas hacer. Después habrá un factor de suerte, de otras cuestiones que pueden inferir. Me sentiría mal si fuera alguien a quien todo el tiempo le tienen que estar diciendo que es un referente y hacerlo notar. Yo doy talleres, cursitos y charlas donde trato de explicar y dar cuenta que lo que hacemos con Diego, lo que hago yo con mi trabajo, no es ninguna condición extranatural. Es convicción, es ponerse. Si hay algo mágico acá es la fe que tenés que tener vos en saber que podés hacerlo, nada más.

– Por estos días estamos siendo testigos de cómo las vacas sagradas del rock se incineran por sí mismas simplemente por llevar adelante un circo que quedó demodé. En el programa ustedes fueron los primeros en derribar esos tótems, esos ídolos de cartón que no ofrecían nada más allá del cliché.

Sí, entiendo para donde vas pero, en realidad, no quisiera sentir que somos la máquina de señalar errores ajenos. Pomelo u otros personajes pueden tener pedazos de nosotros. No estamos exentos de ser Violencia Rivas, de ser Micky Vainilla o de ser Pomelo. Uno puede ver la manera en que se comportan los personajes y leer mucho desde ahí, pero también desde ahí lo que podemos decir es que bueno, tampoco todo es tan importante. La idea fue relajar un poco. Antes de enojarnos, vamos a divertirnos con que este es un pelotudo.

Pop para divertirse fue un acierto. Dieron en el clavo con una expresión que inmediatamente se tornó popular y es utilizada para apuntar una plasticidad que está presente por doquier. Tuvieron razón al apuntar el peligro subyacente en una frivolidad simpática.

Tener razón en algo que es una mierda. Qué raro es eso. No sé si quiero la razón en eso, en que algo así tenga vigencia. Al contrario. Está bárbaro que pase algo así, buenísimo. Listo. Me doy cinco minutos de vanidad y ya está porque, si no, también me convierto en pop para divertirme, me convierto en un pelotudo yo. No me puedo vanagloriar de eso. Funciona, le sirvió a mucha gente para definir algo y para nombrarlo y decir es ésto o ahí está. le pusiste nombre a algo, pero no fue nada más que eso. (Mira el piso silencioso). No me siento particularmente orgulloso ni nada. Puedo agarrar un poquito de vanidad, de reír satisfecho, pero nada más.

– Con el cambio de gobierno, mucha gente de los medios de comunicación perdieron su trabajo. Muchxs fuerxn corridxs, otrxs se fueron solxs. Alguna gente se guardó. Otra prefirió mantener silencio para no perder nada. ¿Quedarse en el molde es una opción una vez que se alcanza un renombre y se tiene las cosas en marcha?

Al contrario. Me pasó al revés, yo me hice más peronista con Macri. Nunca jamás se me ocurrió pensar “Ay, me voy a lavar un poco”. Jamás. Al contrario. Ahora soy más peronista que antes. Por ahí te dicen “Uy, pero te perdés esto y aquello”. Te secan las pelotas con cosas así. Si alguien no quiere ver algo que hago yo porque pertenezco a determinado sector y que ni siquiera lo soy tanto, porque muchas veces digo que soy un hippie comunista católico que se siente bien entre peronistas y que terceriza el mundo para que los peronistas se encarguen de transformarlo, ya que las otras variantes no han triunfado mucho en ese sentido; si alguien por eso no quiere ver mi trabajo, bueno, no me interesa. Yo no dejo de ver a alguien por su forma de pensar si lo que hace es bueno. Qué sé yo. Y al revés. Si el hecho de que alguien pertenece a determinada fracción le gana a lo que hace, debe ser porque lo que hace no me interesa tanto. Entonces, en el fondo, alguien que deja de lado lo que hago por mi cercanía a determinadas ideas políticas, no le debe importar tanto. Listo, a otra cosa. Será menos gente que viene. No se puede estar todo el tiempo tratando de conformar a todo el mundo, es un trabajo muy arduo ese.

 

TXT – Lucas Canalda
Ph – Renzo Leonard
Ed – Agostina Avaro

 

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