LA MALA EDUCACIÓN DE MOLI LUNA

 

En La velocidad es mi escuela, su segundo libro, Marianela Luna regala diez cuentos caracterizados por el desencanto por el género humano y un deseo de romper todo para empezar de nuevo.

 

Marianela Luna tiene claro que escribir es siempre en soledad. Sus 33 años le dejaron ese aprendizaje. Sin embargo, todavía maneja una incertidumbre que podría ser razón de alguna novela a venir en el futuro. ¿Qué vino primero: la soledad o la escritura?
Moli practica las dos cosas desde que tiene memoria. Con los años se fue volviendo más solitaria y se sofoca fácil si no tiene sus ratos a solas. Hay un disfrute del silencio. Elige no perdérselo.
Luna recientemente publicó La velocidad es mi escuela, un segundo libro que la encuentra trazando un poderío de voces mientras va abrazando todo su potencial de escritora y de agitadora consciente de su tiempo y lugar.
A través de las 88 páginas de la publicación de Brumana editora, Luna demuestra un crecimiento notable desde 112 (Casagrande, 2018), aventura previa que tuvo el empuje suficiente para dejar en claro que detrás de la agitadora cultural había un gift of gab destinado a desmarcarse de cualquier encasillamiento posible.
Pasaron cuatro años entre ambos libros. Marianela no es la misma. La velocidad es mi escuela revela a una escritora segura y con consciencia. Se trata de la seguridad de una voz que encontró el equilibrio justo entre neurosis, sensibilidad y una técnica depurada que evolucionó a partir del ejercicio de la escritura, el histrionismo del escenario y una interacción/exposición con el público que la obligó a perfeccionarse sin demasiadas redes de seguridad.
El tiempo transcurrido no fue en vano. Luego de atravesar periodos de visibilidad vertiginosa dejó bien en claro que no pretendía ser nada más que ella misma. Pasando de los roles que quisieron endilgarle desde afuera, Luna siguió adelante en la suya, definiéndose a partir de sus inquietudes como escritora y agitadora cultural.
Las páginas de 112 tenían mucho de catarsis y de urgencia. Para Luna ese esfuerzo llegaba como una forma de concluir un proceso personal.
Detrás de los nervios de una primera publicación formal había una voz que hacía sentir su presencia. Conectando desde el vamos con un pequeño grupo, pronto el boca a boca llevó a 112 más allá del circuito inmediato que manejaba Luna, generando un feedback notable. La respuesta positiva no tenía que ver con tiradas agotadas, en realidad, se trató de un secreto compartido en vínculos de intimidad, con el libro pasando de mano en mano, estableciendo una conexión entre una comunidad lectora (hermanas, hijas, madres, amigas) y la joven autora que intentaba cicatrizar heridas.
No pasó mucho tiempo hasta que Luna recibió el contacto de varixs docentes para contarle que habían trabajado varios relatos de 112 en escuelas secundarias. Hubo afiches con dibujos de los personajes. También talleres con adolescentes. Las lágrimas de emoción no faltaron. Había encontrado en un sentido para todo esto.
Parte considerable de la solidez que Moli demuestra en la actualidad se debe al proceso que vivió a partir de la aparición de 112. Ya lo dijo el tío de Peter Parker: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Luna parece haberse despertado a esa consciencia.
Sin telarañas ni sentido arácnido, la escritora es simplemente una vecina amistosa de La República de La Sexta que no detenta ningún poder. Tampoco lo quiere. Sí tiene claridad sobre su deseo. Quizás su arma más poderosa. ¿Las otras? Sentido del humor. Agudeza narrativa. La capacidad de ser directa, expresándose sin tapujos ni pretensiones.
Su apuesta es sencilla: ser una piba que se divierte escribiendo. Si al hacerlo puede visibilizar problemáticas urgentes o exorcizar demonios comunes a la comunidad lectora, mejor.
Luego de años trabajo constante como editora, agitadora, conectora de escenas, la Moli 2021 tiene plena consciencia de su tiempo y lugar. Expresa con seguridad su perspectiva y articula con sagacidad sus temores e inquietudes. Lo hace tocando fibras sensibles y sin bajadas burdas.
De entripado rockero y desparpajo cumbiero, Luna no intenta decirle a nadie qué hacer o qué sentir. Además, la literalidad es tiempo perdido. Prefiere salir a perderse por la ciudad, envuelta en sus auriculares, paseando a Jack.
 

En tiempos de pandemia la actividad como gestora cultural estuvo pausada. Mientras las olas covidianas iban y venían, organizar lecturas, fiestas o alguna fecha de hibridación poética-performática-lip sync-joda se complicó. No obstante, por encima de lo impredecible, siguieron apareciendo actividades literarias: este viernes 24 en CasArijón se potencia junto a Tin Roda y Victoria Lucero en Punto Seguido.
Además, como profesora de inglés, disfruta compartir clases con sus alumnos de varias generaciones. Unxs muy chiquitxs, otrxs por encima de los 30. Algunxs aprenden más inglés como gamers que como estudiantes. Eso la hace reír. Hasta ahí.
Entre todo eso, más una vida personal y pasear a Jack, Luna se mantiene enfocada en lo suyo. La pandemia sirvió para bajar un cambio. Se permitió su propio tiempo. La correntada de la vieja normalidad resultaba algo abrumadora, tal vez.
La sintonía casera se tradujo en más de una novedad. La primera fue La velocidad es mi escuela. La segunda es un libro de poesía que pronto será anunciado.
Concentrada en su escritura Moli avanza y va delineando: cuentos, poemas, ideas, data. Ese trabajo se desarrolla sin apuros. Llegado el momento verá qué onda.
Luna prefiere no mostrar sus borradores. Lo confiesa y arroja lo que podría ser el título de algún cuento, alguna remera u otro libro: “Ser mezquina es una forma de cuidarme”. Lo de mezquina es por selectiva, claro.
Volviendo a sus borradores. Recurre a una devolución externa cuando las cosas andan encaminadas. Las miradas de confianza son las que dan empujoncitos.
Para La velocidad es mi escuela trabajó junto a Laura Rossi por quien alberga palabras generosas luego de un proceso de cercanía. “Lau es lo mejor que te puede pasar como editora. No tiene pelos en la lengua y le sobra paciencia. Con Caro Mussa (ambas son responsables de Brumana) hace un dúo increíble. Caro vio el título y el hilo que unía a todos los relatos”.
Luna escribe cuando la vocecita se torna insoportable o su memoria la amenaza con resetearse. Los disparadores están todo el tiempo y en todos lados. Ella sabe estar atenta.
Sin ganas de construir artificios socialmediáticos sobre el oficio de ser escritora reconoce que sencillamente se entrega a la escritura por su propio disfrute.
“Ya desromanticé esa idea de ‘vivo para escribir ‘ o ‘si no escribo me muero’. Las pelotas”.
Cansada del deber ser, hoy la energía está puesta en simplemente ser ella misma. El desinterés por la construcción del personaje de escritora se debe a que tiene algo bien claro: es mucho más que una persona que escribe. Las prioridades son otras.
Marktinearse la tiene sin cuidado. En todo caso, si logra algo de visibilidad debido a su oficio, prefiere centrarse en cosas más importantes como reclamar una ley de humedales.
“Respirar viene antes que escribir”. 

Si 112 cargaba con cierta urgencia por cicatrizar en La velocidad es mi escuela hay un disfrute declarado (y casi cómplice) en jugar en los límites difusos entre lo  ficcional y lo que podrían ser tintes autobiográficos (falseados).  Algo excede las páginas del libro: Luna maneja ese juego con autoridad, lo goza sin caer en la autocomplacencia; podría tratarse de una de Amelie Nothomb de La Sexta pero libre de toda pompa (aunque ambas son declaradas devotas de los sombreros).
Parte del goce es joder con los límites. Saltando una y otra vez por encima de las pequeñas miserias que nos hacen humanxs Luna dibuja una mueca de sonrisa. ¿Por qué caminar la línea recta de la buena conducta cuando puede saltar por la vereda y la calle, cual saltimbanqui, generando descalabros varios con total impunidad? Luna está inmersa en sus páginas y ejerce su autoridad desde la primera, segunda y tercera persona. Nadie se la lleva fácil.
Moli sabe dominar los matices y cuando ser directa, bajando el hacha sin piedad. No hay finales felices, tampoco conclusiones edificantes.  La autora cuenta que, en su caso, todo lo que aplica a la escritura aplica a su vida. En ese sentido, podemos decir que, así como Luna se desmarca de cualquier descripción previsible en la vida real, sus cuentos se corren de toda sinopsis convencional.
Sus personajes no le merecen compasión alguna. Por momentos la cosa se pone incomoda, rozando el borde de la misantropía. Luna podría ser la Silvina Ocampo de los hermanos Coen: no tiene piedad para sus personajes, porque los ama les regala un infierno.
Disfruta apretando y tensando la cuerda. No les deja demasiada opción: una protagonista debe procurarse una bombacha ajena o se vuelve andando en bicicleta directamente “en concha”; un joven padre de familia desespera entre la resignación de aprender a querer a su hijo recién adoptado (un pequeño Demian) o abandonarlo en alguna ruta oscura como a un perro. En ocasiones, ni siquiera hay oportunidad de elegir: una nena encierra a una compañerita solo porque puede.
“El disfrute estuvo en jugar con los límites y los lados oscuros que no admitimos por hacernos los no sé qué. Me parece un desperdicio. ¿Teniendo la oportunidad de matar y ser una hijx de yuta sin sufrir las consecuencias vamos a elegir hacernos los buenitos en la ficción? Qué estupidez. No uso la escritura como certificado de buena persona. Escribir finales felices no te hace bueno. En todo caso, te vuelve unx escritorx aburridx: ¿a quién le interesa leer un final cerrado con moñito? A mí no”.
El libro depara violencia, desidia, calentura, egoísmo y más. Humor, por supuesto. Además, se mantiene una constante lucha (y culpa) de clases donde lo callado pueden resultar una metástasis peligrosa. Luna escarba ahí donde nuestras memorias insalubres merodean como fantasmas.  Se trata de espasmos algo inconscientes que, su momento, no pudimos (o supimos) procesar del todo. Estos cuentos vienen para completar una inercia que termina en un ‘ahh, era eso’. Más vale tarde que nunca.
En ese sentido debe destacarse una continuidad con
112: Luna sigue removiendo espinas valiéndose de la literatura.
Al final queda algo de empatía dando vueltas.  Es la dosis justa para oxigenar toda la lectura. La capacidad de empatizar se debe a una narrativa libre de moralina y a la omnipresente decisión de Luna por desdramatizar. Allí la escritora parece tener un disyuntor interno que salta ante el primerísimo atisbo moralizante.

Marianela no quiere enseñar nada. Lo tiene claro. Sabe que hay demasiado ruido-baja línea-no solicitado dando vueltas.
“Prefiero crear escenarios de muerte antes que ser una life coach”.

En La velocidad es mi escuela encontramos una Moli concisa. Las palabras fueron repasadas una y otra vez, buscando ajustar cualquier descuido.
Luna es precisa a través de oraciones que albergan roscas neuróticas y recursos pop que anclan al lector en otro lado. Ahí, como buena ilusionista, inserta el desvarío que conduce a lo inesperado. Sus saltos no son estridentes, pero sí decididos. Leyendo, unx parece advertir la alarma de se va a poner peor antes de mejorar. Pero toda advertencia resulta en vano: nada mejora, pero tampoco empeora en la dirección que unx podía suponer.
Por todo el libro rige un declarado desencanto hacia la humanidad. Hay hastío, sensaciones de ciclos agotados y pocas ganas de volver a transitar caminos familiares.  No obstante, Luna nunca cruza el límite hacia la misantropía o el pesimismo. De nuevo, La velocidad es mi escuela tiene el equilibrio correcto. El humor de Luna es la salvación. ¿Estamos condenados a un bucle eterno sin posibilidad de escape? OK. Luna emprende la tarea de este absurdo cotidiano cargando cuesta arriba la roca, una vez más. Pero entre tanta densidark, el humor constituye su fortaleza. La salva. Le permite tomar perspectiva. Aún mejor, el humor otorga la posibilidad de pensarse a sí misma. Desde allí define su perspectiva.
Luna oscila entre el desencanto por el género humano y un sincero deseo por romper todo y empezar de nuevo. Hasta ahora se balancea sin tildarse peligrosamente hacia los abismos de la resignación. Como agitadora cultural tiene las armas necesarias para luchar por un despertar de consciencia. No se engaña: sabe de la complejidad de semejante empresa. Sin embargo, está lejos de dejarse llevar por el cinismo.
“Ni yo era consciente de que estaba tan desencantada. Creo que Sonia Tessa fue de las primeras en señalármelo. Es hermoso lo que revelan las lecturas amigas”.
“Es un desencanto natural que se aceleró durante la pandemia. Mi conclusión fue: no aprendimos una mierda. Todxs como locxs por volver a la ‘normalidad’. La normalidad siempre apestó: es lo que nos trajo hasta acá y lo que sigue destruyendo todo. Como dice un compañero activista: no volvamos a la normalidad, volvamos a la tierra. Tenemos bocha que aprender de la tierra y los animales no humanxs pero somos muy soberbixs para admitirlo. Mirá la movida de los carpinchos y decime si nosotrxs – ‘la especie superior’ – pudiésemos lograr semejante organización colectiva. Olvidate. La humanidad sólo sabe destruir. Imagínate si no será necesario el humor en la cabeza de una persona que hoy mira el mundo así. ¡Ja!”
“El humor no sólo es clave para la vida sino también un tipo de inteligencia. Hoy si me animo a sentipensarme inteligente es porque tengo humor y desde ahí voy improvisando. Las arenas de la densidark están siempre ahí, pero son el lugar cómodo. Es clave no caer en el dramatismo y la victimización porque desde ahí se justifica la pasividad. Ahí reposan los fundamentalistas de la inacción. Los ‘de algo hay que morir ‘ y los ‘ya fue todo ‘. Me enferman tanto como los devotos de las figuras políticas. Yo muero si caigo en esa. Capaz por eso escribo, para no volverme un zombie”. 

 

Por Lucas Canalda + Renzo Leonard

 

 

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