TRAS EL LAGO DESAPARECIDO

El fotógrafo francés Emilien Buffard publicó Los huérfanos del Poopó, un viaje que indaga en la desaparición del segundo lago más grande de Bolivia.
El libro, una colaboración con la ilustradora Angie Strappa, es un testimonio que alza interrogantes sobre el planeta que habitamos y la necesidad de una conciencia real sobre las decisiones que nos hacen. 

El Lago Poopó supo ser el segundo lago más grande de Bolivia después del Titicaca. El espejo de agua fue disminuyendo en las últimas tres décadas hasta casi desaparecer hace cinco años, impactando de manera aguda en toda la región y obligando a la población a migrar en busca de nuevas formas de ganarse la vida.
La minería sin controles rigurosos, los canales de riego mal gestionados y el aumento de la producción agrícola se combinan con los efectos del cambio climático para generar una sequía que casi logra extinguir al lago y desafiar esa leyenda baqueana de una reaparición que sucede cada veinticinco años.
La contratapa de Los huérfanos del Poopó da cuenta de una postal contemporánea que se repite por el resto del mundo sin importar latitud, idioma o continente: Pueblos abandonados. Casas clausuradas por lo irremediable de la migración forzada. Botes arrasados por el óxido y el olvido. Aves que ya no vuelan. Paisajes reconocibles solo en la memoria de los adultos y ancianos. Desiertos de sal. Desolación.
Por dos años, la rosarina Angie Strappa y el francés Emilien Buffard (Cholet, 1991) desarrollaron una publicación que combina fotografías, textos e ilustraciones y que se concentra en una problemática ambiental que se multiplica por todo el planeta.
Angie Strappa es Licen­ciada en Bellas Artes por la Universidad Nacional de Rosario. Es­tudió fotografía y diseño ambiental. Desde hace catorce años trabaja en las áreas de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario. Es docente de Arte y autora e ilustradora de varios libros. Cofundadora de la editorial Listocalisto.
Emilien Buffard es fotógrafo, escritor y traductor francés. Vive en Rosario desde 2014. Estudió Gestión del Agua y tiene una formación superior en Coordinación de Proyectos de Solidaridad Internacional y Local. En Francia, Rumania, Senegal, Canadá y Argentina, trabajó para ONGs vinculadas con las problemáticas ambientales y sociales.
La primera incursión de Emilien en el universo de la fotografía llegó de manera casual por un viaje a Ucrania. A los dieciocho años se fue como voluntario al país de Europa del Este. Fue una experiencia gratificante destinada a repetirse en dos nuevas oportunidades, siempre buscando nuevas sensaciones.
“En Ucrania me compré una cámara. Entonces la primera relación que tengo con la cámara es el viaje”. Inmediatamente, Buffard reflexiona sobre su relación con la herramienta y el éxtasis de un instinto que se rige por un deseo explorador y lo abrumador de lo desconocido: “nunca saqué fotos en Francia, realmente. Afuera siempre encontraba algo que me llamaba la atención y deseaba capturar. Me pasa lo mismo ahora en Argentina y me hace sorprender de lo argentinizado que estoy, mucho más de lo que supongo. Me cuesta hacer algo donde estoy viviendo. Afuera encuentro siempre algo que me interesa, que me activa”.
Buffard, munido de su cámara como herramienta y compañera de viaje, cruzó las fronteras de Rumania, Senegal, Canadá y otros países. Allí, al igual que en Bolivia, los roles como fotógrafo y gestor ambientalista volverían a cruzarse según el instante.
“Uso la fotografía para mostrar cómo veo al mundo. La fotografía es un momento. Siempre tomo una foto o dos y luego me voy.  Yo veo, mido, lo saco, me voy. Me dejo sorprender por el momento”, agrega. 

II

Los huérfanos del Poopó es la confluencia de cuatro colaboraciones. Mientras que Buffard es responsable de los textos y las fotografías, el proyecto se fue desarrollando junto con Strappa y sus socias en la editorial Listocalisto, las ilustradoras Ligia Rossi y Silvina Maroni.
“Yo hace tiempo venía pensando en hacer una unión entre ilustración y la fotografía. Con Emi nos conocemos hace mucho, por eso le propuse trabajar algo en conjunto. Me gusta mucho el ojo que tiene Emi en la fotografía. Ante la idea de hacer algo en conjunto él, me presentó un batallón de fotos fantásticas”, explica Strappa.
Entre el material que Buffard mostró estaba su reciente experiencia en Bolivia. Sin dudarlo un segundo, la ilustradora supo que se trataba de lo que estaban buscando.
“Cuando Emi nos empieza contar el devenir todo nos pareció fantástico en sus causalidades. Eso no podía quedarse afuera del libro. Tenía que estar contado en primera persona. Caímos en cuenta que se trata de una bitácora de viaje. Eso nos viró todo automáticamente. No quisimos dejar de lado nada”.
Con la idea clara y la decisión de la editorial de publicar el libro, Buffard se enfrentó al momento cero del nuevo proyecto: arrancar a escribir el libro. Evitando los pruritos, el fotógrafo, escritor y traductor, explica que la escritura fue cuestión de vueltas y más vueltas. “Escribí la primera parte, pero luego la cambié”, confiesa con calma, seguro de sus decisiones. “Primero escribí todo en francés. Quise jugar con las palabras, con las emociones que había vivido. Eso podía lograrlo solamente al escribir en francés. Como soy traductor, luego lo traduje al español y ahí fue corregido por la editorial. Pero el primer instinto y esfuerzo fue pensarlo y escribirlo en francés. Eso fue muy importante para mí. Para la última edición del libro agregué unos textos sobre el final, eso me animé a hacerlo en español”.
El desarrollo del proyecto se extendió por casi dos años, desde el momento en que se tomaron las fotografías hasta que se presentó el libro el pasado mes de marzo en la Alianza Francesa Rosario. La presentación oficial, con libro y muestra, fue el punto culmine de la primera etapa. Desde entonces, los caminos se bifurcarían en distintas oportunidades: otra presentación en la Feria del Libro local, una muestra en el Museo Gallardo con una serie de charlas incluidas y, en la primavera, una escala en Capital Federal, cuando la muestra llegue a la Alianza Francesa porteña.
“Ante la propuesta de contar el viaje, arranqué el trabajo de investigación. Empecé a viajar de nuevo en mi cabeza. Volví sobre todas las vivencias. Por suerte tengo una buena memoria. Empecé a escribir como un cuento de mi viaje. Todo lo que había vivido, todo lo que había sentido, las emociones de ese trabajo”, recuerda Buffard.
“Esa fue mi primera experiencia de trabajo fotográfico real. Debuté ahí como fotoperiodista”, aclara el francés e, inmediatamente, confía sobre esas primeras experiencias concretas, lanzado a un instinto de curiosidad y descubrimiento: “De hecho, tuve que mentir un poco para darle un poco de confianza a la gente que iba encontrando. Necesitaba que ellos tuvieran confianza en mí desde el principio”.
En tierras bolivianas, Buffard pone su cámara en acción para capturar botes corroídos por el tiempo y el olvido, deshuesados por el sol inclemente que sigue haciendo estragos por una tierra seca y denigrada por el maltrato del hombre.
Mientras que la cámara es la herramienta de registro principal, el oído de Buffard, recopila información que entrelaza data y lamento. La catástrofe ambiental golpeó fuerte causando profundas consecuencias en pueblos abandonados, familias separadas debido a la migración forzada en busca de trabajo y otras formas de sobrellevar una vida ya castigada.
En el libro, Buffard es fotógrafo, narrador y un oído atento a los corazones que desean compartir experiencias más allá de la catarsis o de correr la voz sobre lecciones aprendidas a la fuerza.
Tuve la suerte de encontrarme a René, un pescador, y a Juan, el presidente de la federación de pescadores del lago. Me presenté como fotoperiodista. Me puse ese cargo para sentirme más cómodo y saber que no estaba ahí de turista, sino para trabajar”, explica el nativo de Cholet.
“Fueron receptivos y me recibieron porque nadie jamás se interesaba por la problemática. Les interesaba que yo, joven fotoperiodista de no sé dónde, venía a trabajar sobre su tierra. Juntos empezamos a dibujar que el trabajo que yo podría llegar a desarrollar: ¿De qué trataba la desaparición del lago? ¿Por qué había desaparecido? ¿Qué podían mostrarme ellos?”
Con un bosquejo armado de acuerdo a unas primeras líneas, una pequeña misión exploradora salió a los caminos. Buffard, en compañía de los baqueanos, llegaría al corazón del lago, explorando todo el territorio, adentrándose, además, en las experiencias vividas en primera persona que marcaron a los habitantes que todavía permanecen en el área.
“Trazamos un camino en camioneta y al día siguiente hicimos todo el recorrido. En ese viaje todo fluyó muy bien. En la camioneta yo iba sentado en la caja, junto a René. En la cabina iban el chofer y el presidente de las cooperativas. Íbamos manejando sobre el mismo lago, donde antes había quince metros de agua, él estaba mirando todo y me contaba. Rápidamente me di cuenta que en sus palabras había mucha nostalgia, mucha poesía, también. Inmediatamente saqué mi cuaderno y empecé a escribir palabra por palabra. La confianza se instaló naturalmente. De su parte había una necesidad de contar lo que había vivido ahí”.

III

El Lago Poopó desapareció oficialmente en noviembre del 2015, pero no es la primera vez que se reduce su nivel de agua. La leyenda del lago que desaparece y reaparece cada veinticinco años en la actualidad tiene sabor a certeza y dolor.
El presente se siente como definitivo mientras los cuerpos van dejando el pueblo y las actividades que supieron aprenderse como un legado de décadas se extingue. Los habitantes ahora buscan sustento en los resabios de una economía global que devora y vomita sin reflexión alguna sobre presente o futuro.
Familias de trabajadores y trabajadoras que por años subsistieron de la pesca y otras actividades derivadas del lago hoy están inmersas en un desolador panorama digno de la imaginación de J.G. Ballard, desplazadas por modelos explotadores y corporaciones hostiles para la tierra, hoy soportan la ferocidad de un capitalismo globalizado.
Mientras tanto, la supervivencia se vuelve una misión hostil que no deja margen de error. Algunos se quedan, esperanzados y resistiendo. Otros, la mayoría, emigra. Ese caminar, ese exilio inapelable, se aplica tanto para los humanos como para las especies animales.
La sequía provocó la desaparición de unas doscientas especies de aves, peces, mamíferos, reptiles, además de gran variedad de plantas.
El lago fue declarado como zona de desastre departamental en diciembre de 2015. En la actualidad ha quedado reducido a tres humedales de menos de un kilómetro cuadrado y cerca de treinta centímetros de profundidad.
Las páginas del libro de Buffard y Strappa arrojan una sensación de melancolía y angustia al saber de la inercia destructiva en la que el planeta está inmersa sin avizorar posibilidades reales de conciencia real o de una significativa reparación.
Con palabras, testimonios y capturas, el libro presenta la irremediable certeza que todos esos futuros de escenarios de catástrofes ecológicas no habitan en un futuro distópico ficcional dentro de cien años; los temores y suposiciones de científicos y escritores ya están entre nosotros, sucediendo en el día a día de un presente del que no podemos hacernos responsables.
Buffard abre interrogantes necesarios sobre la sobreexplotación de recursos naturales renovables y no renovables logrando ir más allá gracias a la cercanía de sus testimonios: ¿Qué queda en la memoria colectiva de las poblaciones que tuvieron que migrar? ¿Qué pasará cuando nuestro propio entorno cambie? ¿A dónde iremos cuando la tierra escupa su último aliento fértil?
En conjunto, la muestra y el libro pretenden ser un espacio de diálogo que invite a la reflexión de las miradas curiosas.
En esa lectura melancólica e inquietante que incita a la reflexión, el autor encuentra empatía e identificación. “Es un poco lo que yo siento. Me gustaría ser optimista, pero soy pesimista cuando hoy en día veo las políticas ambientales humanas”, confía con sinceridad, bajando el tono de su voz, casi de manera confesional. “Veo que en Francia hay más posibilidades que en Argentina, hay más conciencia, pero eso no significa que las cosas cambien, tampoco. Hoy en día el gobierno francés no respeta el Acuerdo de París. No parece haber acciones reales en ningún lado”.

Sería demasiado optimista afirmar que el poder de una imagen es suficiente para alterar el destino inviable del planeta tierra. Sin embargo, una captura efectivamente tiene la capacidad de invitar a la reflexión y torcer el rumbo de algunas vidas hacia un trabajo consciente. Eso mismo fue lo que sucedió con el adolescente Emilien cuando todavía estaba en la escuela.
“Empecé a estudiar porque me interesé por la temática del agua a través de una foto de Yann Arthus-Bertrand, fotógrafo y ecologista francés”, señala Buffard. “Un día en mi escuela había una muestra fotográfica de su trabajo que incluía su imagen del Mar de Aral, que desapareció entre Kazajistán y Uzbekistán. Estaba ese barco enorme en medio de un desierto. Esa foto me impactó. Creo que ahí está el origen de mi interés por el ambiente y el agua”.
El joven Emilien estudió Gestión del Agua en su ciudad natal. Mientras esa primera carrera iba descubriéndose en todas sus dimensiones y trabajo de campo, Buffard encontró una distancia importante con la profesión. Los diferentes proyectos en los que participaba tomaban el lado ambiental descuidando lo que él consideraba más importante: el aspecto social.
Luego de algunas experiencias, buscó complementar sus inquietudes con más estudios para poder seguir adelante. “Me metí de lleno en una maestría en gestión de proyecto porque ahí sí podía acceder a proyectos sociales”, recuerda.
Buffard remarca la importancia del aspecto social en las problemáticas ambientales. En su opinión, ignorar los detalles humanos, la historia de las regiones, el legado los pueblos, genera el riesgo de convertir al trabajo ambiental en un esfuerzo desapegado que no termina de pensar la totalidad del escenario. “El libro habla de un gran desastre ambiental pero a través de alguien, de un pueblo. Necesitamos saber esas vivencias a cada paso para generar un cambio”, finaliza. 

Lucas Canalda – Texto
Renzo Leonard – Fotografía
Ed – Agostina Avaro

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