UN VAGO ORGULLOSO

Ayar Blasco pasó por Rosario para formar parte de Animal, el festival de animación que tuvo lugar en el Centro Cultural Parque España.
Entre cigarrillos y humo, repasó una carrera de veinte años de historietas, televisión, cine y fijaciones apocalípticas.

 

Ayar Blasco está en Rosario para compartir sus experiencias con fans y colegas del mundo de la animación. Llega en ocasión de Animal, Festival Latinoamericano de animación contemporánea y experimental, que tomó lugar en el Centro Cultural Parque España el fin de semana del 13 y 14 de abril.
En el festival, además de una charla abierta, estuvo participando como un feriante más, ofreciendo su material al público fiel que se acercó buscando libros, stickers y otros productores del universo que Blasco supo construir en más de veinte años de carrera.
Sobre la noche del sábado, el festival propuso una Fiesta Animal amenizada con música, arte digital y animación, razón por la cual organizadores, feriantes y parte del público se trasladó al barrio de Pichincha. La cita fue en Bon Scott, refugio seguro de la música, el dibujo, la literatura y cualquier otra forma de expresión con espíritu autogestivo que desconfie de snobismos pretenciosos.

I

Sobre las 23 horas de esa noche la cuadra de Pichincha al 100 es un hervidero de gente que, en las calles, disfruta de la estación cálida que es el otoño en Rosario.
En las veredas del triángulo escaleno conformado por Bon Scott, Casa Brava y Barbarie, son cientos de personas las que encuentran una dinámica que contrasta con la frivolidad del Pichincha Soja ubicado a unas pocas cuadras de distancia.
Mientras que la vereda del Bon está atiborrada de gente parada y ocupando las mesas, en el interior del bar no hay más suerte para encontrar un lugar.
Adentro, absolutamente todas las miradas están concentradas en una amplia pantalla de TV. Bajo su brillo frío, Ayar Blasco hace de expositor. Completamente de negro, con gestos amables y risa espontánea, detalla algunos puntos de las animaciones de Chimiboga, una de sus creaciones más populares.
Está lejos de ser un expositor ultra depurado por horas de coaching y acompañado de un certero trazado de powerpoint. Ayar lucha con su laptop, no encontrando la carpeta correcta o rastreando un archivo que debía estar allí, pero ahora brilla por su ausencia. Ocurrente, sale del paso hasta seguir con los plays correspondientes y atendiendo comentarios del público presente.
Mientras tanto, en una larga mesa, el equipo responsable del festival y el resto de los invitados escucha atentamente mientras disfruta de pizzas y cervezas de la casa.
Según explica la ilustradora y animadora Estefanía Clotti, una de las mentes organizadoras, la idea del Festival Animal deviene de un proceso de organización colectiva que surge con la creación de la Red de Animación Rosarina en 2017. “La Red nace con la finalidad de seguir formándonos y dar a conocer lo que se estaba produciendo en nuestra ciudad. La idea del festival decantó medio por sí sola. Hicimos una lista de autores que nos interesaban, de actividades que queríamos hacer y de pelis que queríamos ver y mandamos el proyecto a la convocatoria de Espacio Santafesino. También recibimos mucho apoyo de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad”.
Crear un evento que sepa combinar tradición, vanguardia e inquietudes contemporáneas es uno de los desafíos que el equipo organizador supo enfrentar con la creación de Animal. De acuerdo a Clotti hacerlo en Rosario, con su significativo camino en animación, fue un esfuerzo por generar narraciones propias con los recursos de la región.
“Quisimos volcar nuestras experiencias que tienen que ver con problematizar algunos modos de producción, narrativas y estéticas. En esta contemporaneidad en donde la racional parece ser la única manera de aprender y de conocer, apostamos a una manera más lúdica, expresiva e intuitiva que nos genere un acercamiento emocional con el público”, sostiene la organizadora.
Pasados veinte minutos, ya sin mucho más material para compartir, Blasco anuncia que hay que terminar puesto que arranca el recital de la noche (Densha gogó).
Luego de su expo, el visitante está listo para conversar. Acepta la propuesta de fugarse un rato a la esquina para conversar con mayor tranquilidad. Cuando se entera que la esquina es un conspicuo motel que data de los años setenta dispara un “vamos ya”.
Divertido ante la idea de medianoche, sale del Bon, pero inmediatamente se detiene en seco con gesto de preocupación. “Pará, ¡los cigarrillos!”.

II

Ayar Blasco es el creador de Mercano, el Marciano junto a Juan Antín, la serie de animación que acompañó una generación a través de la señal de Much Music.
En la década del noventa se dedicó a las historietas en fanzines como Catzole, Océano y Charquito. Además es autor del cómic El Niño Malcriado.
Con su productora Malcriados, realizó en 2002 el largometraje Mercano, el marciano, co dirigido junto a Antín. Con la película de aquel personaje de los primeros 2000, ganaron el premio del público en el Festival de Sitges y el premio especial del jurado en el Festival Annecy.
En solitario hizo otro largometraje animado El Sol (2010) que reúne los talentos de Sofía Gala, Divina Gloria y el inmortal Doctor Tangalanga.
En 2017 publicó CHIMIBOGA, EL FOTOLOG, EL LIBRO libro que compendia los dibujos  que compartió durante tres años en aquella proto red social.
Lisergico, misántropo, coloquial y vago. Sin tapujos para construir a partir de la incorrección política, Blasco transita las venas de animación argentina desde hace dos décadas.
Con desenfado, este porteño supo ganarse un lugar propio con perseverancia y ungido a base de proyectos en historietas, la televisión el cine y las redes.
Sus creaciones son prueba definitiva del poderío de las ideas delirantes cuando finalmente se concretan. En otras palabras se podría decir que muchos de sus proyectos fueron delirios que quedaron.  Desvaríos excelentes que supieron encontrar su forma y tiempo para narrar historias sobre patetismos humanos, miserias cotidianas; ocurrencias que espejan un interior humano que no siempre se quiere ver.
Blasco es el Doctor Frankenstein de criaturas escépticas que viven aventuras donde la misantropía explota en situaciones delirantes que se reconocen absurdamente posibles. Puede que sea una exageración, pero si a sus historias se le suprime el conejo Bugs Bony el resto luce bastante posible. Un mundo de criaturas sinsentido que rigen nuestros destinos. Desde chicos cool a mascotas todopoderosas y fuerzas policiales inútiles, todo puede pasar en cualquier momento. Además, quién no se sintió un alien observando todo desde afuera mientras trata de escapar a la lógica retorcida de la más pura realidad cotidiana.
Toda su obra está atravesada por un sentimiento del final de los días de una civilización que no parece generarle demasiada empatía, por eso siempre parece apostar al post apocalipsis -y todo tipo de derivados- para relatar aventuras diferentes.
Esa idea recurrente puede emparentarlo con figuras tan disímiles como Héctor Oesterheld y George Miller. Al igual que esas mentes, Blasco propone un escenario post apocalíptico bajo una identidad de autor que no redunda en la corrección política o imaginarios donde los conflictos muestran lo mejor de la raza humana para cerrar con un THE END altruista que nos haga enorgullecer. Sus observaciones son corrosivas, delirantes y por supuesto, graciosas.
Sí, siempre me sale eso, no sé bien la razón”, admite entre risas y humo. “Juro que no fue planeado. Generalmente todo lo que hago, especialmente en largometrajes y cine, termina para el lado apocalíptico. Sin humanos alrededor”.
En esa senda de reseteo de la civilización, explica que “hace poco hice la película La Vagancia (con Martín Piroyansky y Sofía Gala) y también es un trazado post apocalíptico. Es una película con humanos, cero animación, pero ahí pasa lo mismo, esa idea fija. Ahora mismo estoy trabajando en una película sobre un ataque extraterrestre que libera al planeta tierra de los humanos. Debe estar bueno, de alguna manera, librarse de todos nosotros. Mi trabajo no aborda el fin de la humanidad como algo negativo. No es algo deliberado lo que hago. Sale así. Capaz que no arranqué en esa idea, pero sí termino en ella”.
Tanto autor de nicho como realizador de género, Blasco parece destinado a mostrar la incapacidad de funcionamiento en este mundo occidental que una enorme minoría de réprobos, weirdos y alienados padece. Pero su premisa insiste interrogando: ¿Qué pasa si volamos todo y ese grupo sobrevive? ¿Son diferentes o vuelven a cometer los errores inherentes a la humanidad?
Capaz que siento que no hay espacio para gente como nosotros en el mundo actual”, admite Blasco. “Mejor empezar de nuevo y así sentirnos más integrados. El mundo con humanos no nos sienta, mejor un mundo sin humanos y con nosotros. Igual, más allá del chiste, creo que siempre trato el escenario post apocalíptico con onda, no del palo bajonero. Creo que se puede construir de esa manera, también”.

– Apuntás mucho de lo absurdo e irrisorio de la humanidad. Más allá de los formatos, atraviesa toda tu obra.

Es bastante satírico todo lo que hago en cuanto a la sociedad y a todo eso. Si bien es todo en joda, es posible que esté disconforme con la sociedad en la que estamos. Cuando era pendejo era bastante punky. Eso sobrevive en uno. No se lo quita más allá del camino que tome o la edad. Esa mirada de incomodidad permanece. Es algo natural que me salió a mí, pero no creo que sea el único. Creo que es algo bastante colectivo. En el fondo todos sentimos que hay algo que no está del todo bien en el mundo. Mi manera de reflejar eso pasa por ahí, más allá que sea en joda. Trato de hacer mi crítica o expresar mi malestar con esa onda. OK, sí, podremos ser un horror, pero lo acepto de una manera y propongo otra forma de repensarnos.

– ¿En algún momento sentiste deseos de aflojarle a ese sentimiento?

Soy bastante pesimista en ese sentido. Nunca deposité demasiada esperanza. Sí, me encantaría que la cosas mejoren, pero a veces me parece que es necesario que venga una buena crisis para que ahí recién haya un cambio. No estoy seguro que se pueda lograr un cambio real con una reforma política o mediante el cambio gradual o parcial. Las cosas están bastante jodidas como para poder haber un cambio positivo. Aunque tampoco quiero perder toda esperanza. Me escucho y siento que soy la negatividad, no quisiera dar esa imagen, por favor…pero con respecto a eso soy bastante negativo. Sí, soy negativo.

– Tanto en el Festival como recién en el bar, entre las caras atentas a tu laburo había un rango etario que oscilaba entre los dieciocho y cuarentipico años.  Para esa gente sos un referente, sin dudas, ¿vos te sentís así?

No sé si puedo sentirme así. No soy yo la persona indicada para decirlo. Sí me doy cuenta que hay un rango muy amplio de edades que disfrutan de lo que hago. Incluso hay muchas personas que conozco o me cruzo que me dicen lo mucho que le gusta mi trabajo a sus hijos. Son gente que conocen mi laburo a través de sus hijos. Al mismo tiempo conozco personas que me hablan de cuánto les gusta mi laburo a sus padres. Está bueno esa vuelta. Es un fenómeno que termino de entender bien, pero sí, hay un rango de edades muy amplio. Buenísimo que se de eso, estoy contento cuando eso sucede. Además esa renovación permite que uno siga ampliando su público, te da cancha para abrirte a probar más. Quedarse cómodo nunca es la solución. Esa amplitud de rango que se da del otro lado te lleva a más.

– Observando las generaciones que te siguen y conocen tu trabajo, pienso que es un largo camino el que ya tenés tras tus espaldas. Arrancaste a los veinte años, ¿cómo te pega saber que más de la mitad de tu vida la pasaste dedicado full time a tu pasión?

Sí, la mitad de mi vida la pasé haciendo lo que amo. No sólo eso, sino que no laburo de otra cosa. He tenido bastante suerte, en general, siendo que no vengo de una familia adinerada que me facilite las cosas. Siempre la tuve que pelear bastante. Creo que he tomado las decisiones correctas. He tenido bastante suerte. Además supe juntarme con la gente indicada. Tengo a mi productora Jimena Monteoliva (Crudo Films), a quien quiero mucho, somos muy amigos. Ella me complementa en un montón de cosas. Ella es la que logra que yo pueda estar haciendo películas así como también estar viviendo de lo que hago. Crecimos juntos a partir de mi primera película, El Sol. Ese fue nuestro primer proyecto juntos. Ella hizo mucho por su lado, fue productora de Kryptonita de Nic Loreti. Una amistad entre productor y director no es tan común. Por suerte nosotros la tenemos. Ahora estoy haciendo  Lava, con el apoyo del INCAA, y estoy cobrando un sueldo. He podido trabajar con varios amigos y pagarles, algo que es maravilloso. Estoy bastante conforme. Espero que esto siga. Digo que soy bastante afortunado, pero tampoco sé si es suerte o fortuna, o que tomé decisiones correctas, pero me pone contento poder trabajar de lleno a lo que me gusta. Sumado eso, hace poco descubrí esto de hacer merchandising, remeras, stickers y esas cositas. Es un grupo pequeño de gente el que me sigue, pero son muy muy de fierro. Están ahí conmigo permanentemente. Eso está buenísimo.

Blasco nace en diciembre de 1975 en Balcarce, Buenos Aires. Poco tiempo después su familia parte a Quito, Ecuador, país natal de su madre. La vida en la capital ecuatoriana llegaría a su fin con el regreso de la democracia a la República Argentina.
Desde entonces no hubo otro hogar posible para Blasco, que hoy toma perspectiva sobre una vida dedicada a la animación. “Arranqué a los veinte. Mercano lo hice a los veintitrés, o por ahí”, recuerda sin tanta precisión, mientras se concentra en el tercer cigarrillo de los cuatro que encenderá durante la entrevista.
“Lo que disfruto de mi laburo es que lo hago siempre como quiero. Nunca tengo presiones porque no hay un punto de vista comercial en sí. La cosa funciona pero desde otro aspecto. En un punto es casi indefinible, pero resulta”, remarca sobre décadas de laburo perseverante.
Rondando el ámbito de la animación de Buenos Aires, primero en la corriente subterránea, luego asomando a la masividad vía televisión de cable, la obra de Blasco fue evolucionando a la par de la tecnología y al acceso de herramientas que fueron simplificando la apuesta, una ligereza que le permitió dedicar más tiempo al delirio narrativo, concentrando sus ideas en historias absurdas sobre aliens, invasiones, conejos amigables y más, mucho más.
El cambio del paradigma bajo el influjo de la Internet y las redes sociales generó un cambio radical en las narrativas de la animación. La brevedad se hizo primordial mientras que el GIF, un bucle ad infinitum, se hizo rey. Había que ingeniárselas para pegar rápido y huir en pocos segundos, siendo el minuto la máxima extensión.
En un contexto que iba mutando a ritmo frenético, los jóvenes empujaban un lenguaje distinto bajo una velocidad propia de nativos digitales ultra estimulados desde la cuna. Mientras tanto, los más veteranos -y no tanto- debían encontrar la manera de mantenerse en el juego. En ese torrente de cambios, Blasco, con un pata en cada paradigma, se mantuvo en calma. Adelantado o precoz, quizás ambas opciones, el creador de Chimiboga ya estaba adentrado desde hacía rato en la narrativa de segundos.
Entre humo y palabras, Ayar explica que los aciertos no se deben a la premeditación o riesgos cerebrales basados en observaciones cuasi científicas. Como un acto reflejo, Blasco siempre desdramatiza: “Tengo suerte. Creo que fue algo natural, instintivo. Salió así porque era así la propuesta original. El estilo de animación que tengo es one shot. Un gag y se acabó. Es la brevedad desde siempre, por eso encajé perfecto con esta época”.

Adelantado en algunas cosas; dormido en otras como la producción de su propio merchandising, Ayar fuma y se entusiasma charlando sobre el presente. Disfruta las pequeñas cosas. Desde allí, se atreve a teorizar sobre su audiencia. Observaciones de un laburante siempre en escala inmediata, bien cercana a la relación obra-productor.  “Lo que me doy cuenta es que con Chimiboga u otros proyectos, a la gente le gusta mucho o lo odia”, comparte, sincero.
“No hay término medio. Muy polarizado todo”, revela. Una pitada reflexiva lo hace bajar un cambio, quizás sintiéndose apresurado en su juicio: “OK, tal vez decir que lo odian es demasiado, pero le dan cero pelota. No encontré gente que diga que está copado y nada más. O se ponen la camiseta o no. Por ahí es signo de los tiempos. Todo o nada. Cero a cien”.
Cauto, no se atreve a ir más allá de esas palabras. Inmediatamente se va para otro lado. Proyectos cinematográficos que se vienen o participaciones en festivales. La actualidad le sonríe, a pesar de lo jodido de una coyuntura que intimida posibilidades de proyectar a largo plazo.

– Tu laburo se masivizó en una época durísima de la Argentina, finales de los 90, principios de los 2000. Pareciera que vamos midiendo nuestra vida según cada crisis. ¿Al tener feedback en el extranjero alguna vez pensaste en irte?

La verdad que no. Estoy cómodo acá. Siempre fue así. Nunca pensé en buscar otros horizontes. Yo viví mucho tiempo en Ecuador durante mi niñez. Nunca pensé en volver. Realmente tiene que pasar algo muy fuerte y traumático para decidir irme. Estoy bien acá. Estoy conforme con lo que hago, eso me parece muy significativo. No encuentro motivos para decidir irme. No lo pensé en épocas jodidas como esas. Creo que teniendo algo importante para seguir, las cosas se ven de otra manera. Siento, sí, a veces, que de haber nacido en Estados Unidos o en Europa, en países donde hay más guita, tal vez estaría un poco más posicionado. No sé. Además soy bastante vago, lo admito. No soy tan laburante. No me levanto a la mañana y me pongo a laburar. No me exijo tanto, ni me estreso para hacer lo que quiero. He logrado conseguir las cosas que me interesan sin necesidad de no dormir. Duermo bastante, no me quejo. Siento que soy un vago orgulloso.

 

Txt – Lucas Canalda
Ph – Daniela Podlubne

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