Sobre el punto de quiebre

1100 es la ópera prima del realizador Diego M. Castro. Protagonizada por Santiago Ilundain, Cecilia Patalano y Andrea Fiorino, fue filmada íntegramente en Rosario, mostrando una urbe de calles y postales que escapan a los lugares comunes.
La película se estrena este jueves en los cines rosarinos y en otras selectas salas argentinas, esperando tener su cuota de atención de los amantes del cine independiente.

Leo trabaja jornadas extenuantes como peón de taxi. Transita diariamente por una Rosario en estado de mutación. La ciudad está cambiando, eso lo desconcierta por la incertidumbre que arrojan las calles.
En su hogar, una casa de pasillo que resiste a los embates del boom inmobiliario y la invasiva actividad de la construcción, las cosas no pintan para mejor. Su matrimonio con Lorena (Patalano) está sumido en distancia y frialdad. Más que un hogar, esa casa que se agrieta -literalmente-  es un espacio compartido entre las horas de trabajo y el descanso necesario antes de volver a salir.
En casa, como en el taxi, hay cosas que no se dicen, silencios que disparan interrogantes que nunca encuentran respuesta.
Mientras tanto, el calor y la humedad están por todos lados, potenciado el hastío y el agotamiento, sin escapatoria posible.
Todo alrededor de Leo se siente distante, bajo la improbabilidad de un vínculo sincero. Por fuera, el protagonista es inexpresivo y de pocas palabras, por dentro, su hartazgo crece, ya cercano al punto de ebullición.
Todos a alrededor de Leo parecen ocultar algo -los pasajeros, su esposa, la calle- hasta que un paquete olvidado en el taxi lo lleva a emprender una búsqueda, entre responsabilidad, curiosidad y apatía. Leo busca respuestas, pero solo encuentra más incertidumbre.
En clave de realismo implacable, Castro narra dos jornadas que van socavando el interior del protagonista, acompañando hasta el punto justo de erupción.
El realismo que propone el director no cede nunca. Al igual que el calor, lo impregna todo: los diálogos, el diseño de sonido, la fotografía, los colores de una Rosario derruida hacia la profundidad de los bulevares.
Con sutileza 1100 logra retratar una ciudad que lejos de la estigmatización porteña o de la propaganda oficial, respira nuevos hábitos como la paranoia, la violencia doméstica, el violento contraste entre centro y barriada.
Con la incertidumbre de la ciudad y la propia vida de Leo, el trazado realista de Castro logra que el espectador acompañe al crescendo interior del protagonista. Mediante una narrativa que se toma su tiempo, un sonido siempre cuidado, el espectador se hace uno con cada resoplo de hartazgo de Leo. Por el calor, por la incomodidad; ante la impaciencia propia de cada acción prosaica que el protagonista emprende sin encontrar la respuesta para una pregunta que no tiene realmente en claro pero que moviliza su accionar.

Una semana antes del estreno, Diego Castro se anima a adentrarse en su ópera prima mientras el cronómetro corre.
Entregado por completo al mundo audiovisual, Castro es un tipo económico en sus palabras y en su expresividad. Se suelta al momento de hablar de cine, apreciando la posibilidad del silencio y lo innecesario de vomitar palabras.
Entre vaivenes de financiación y disponibilidad de calendario para todo el equipo, 1110 le llevó mucho tiempo, por eso respira con calma al saber que el trabajo está realizado. La otra parte del viaje llega con el estreno, pero ahora prefiere enfocarse en la realización. Para los nervios ya habrá tiempo.
1100 es una película urbana, en una dinámica de movimiento que atraviesa las calles según las necesidades de cada pasajero. El filme incorpora dos experiencias reales sobre el oficio tras el volante: Castro trabajó como taxista por un tiempo largo, al igual que Santiago Ilundain, quien interpreta a Leo.
Trabajé bastante como taxista. Pensé que tenía un conocimiento de la ciudad y del oficio que se podía transmitir en una película. El taxi es muy cinematográfico. Las vivencias desde un taxi me parecían un buen terreno para hacer una primera película”, explica Castro sobre el origen del proyecto.
“Sabía de Santiago, conocía su trabajo como actor y sabía que había sido taxista. Lo probé por eso y me encantó en muchos sentidos. Está excelente en la película”, relata el director sobre la doble experiencia que volcaron a 1100.
Me interesa el realismo, por eso la película lo trabaja. Por un lado mantenía una estética que venía trabajando en cortos anteriores. Por el otro, tenía un conocimiento del tema central de la película: el taxi y la ciudad

– El recorrido de 1100 por la ciudad se plantea desde una fotografía de pasajero. Se ve mucha Rosario, pero demanda atención porque siempre se muestra desde adentro del vehículo.

La película lleva al espectador. Hay una elección en la película. Decidí no sacar la cámara de adentro del auto. Trabajar en ese espacio reducido que es el asiento y la perspectiva que te permite. Esa fue la decisión sobre trabajar con cámara y sonido. Eso te da una limitación en cuanto a encuadres. Por ejemplo, nunca pude tener de frente a los actores. Pero desde el realismo había esa necesidad. Quise trabajar el realismo desde el sonido, también. Si sacaba la cámara, tenía que hacer otro trabajo. Quise crear ese microclima que se vive ahí adentro. Me mantuve a rajatabla con eso, de modo radical.

– La ciudad está exhibida por las calles de la barriada, pero otro factor muy significativo es el sonido propio de Rosario. Los pájaros, los colectivos que atronan en las calles estrechas. Hay música solamente en dos trayectos de 1100. El resto, el ambiente realista, acompaña al crescendo interior de Leo.

En pos del realismo, la música es bienvenida, pero no necesaria. Trabajar con los sonidos reales, implica un esfuerzo mucho mayor. Ese sonido real es ideal para la tensión que se construye. La música, en ambos casos, es un elemento más del ambiente. En primer caso, un stereo, en otro, un boliche. La idea fue respetar eso. Respetar a la ciudad y también nuestro procedimiento de tomar todo desde adentro del auto.

– Concretar 1100 llevó varios años y pasó por diferentes estadios. Es una película que muestra una ciudad en transformación, un proceso que empezó hace años y todavía no parece detenerse. ¿Cómo fue filmarla durante todos estos años en una ciudad que se iba modificando?

Lo que se dio ahí fue bastante raro. Siempre tenía la idea que era una película para firmar ya, cuanto antes. Así fue durante años. Era captar un momento. Al empezar a trabajar el guión junto a Juan Villegas, en Buenos Aires, siempre me comentaba que la película le resultaba rara porque siempre se tiene la idea de Rosario como la ciudad de los parques verdes, del espacio público. Lo loco, es que al año, la perspectiva de la ciudad había virado hacia lo narco, algo que tampoco es correcto. El tiempo le hizo bien a la atmósfera de la película. Lo que me pareció urgente en algún momento se mantuvo todo el tiempo. No sufrió en ese sentido.

– ¿Cuál es tu recuerdo de la experiencia de ser taxista?

Es un sentimiento extraño trabajar en un taxi. Se mira mucho, en todo sentido, lo que pasa, lo que te rodea. Quería que se vieran muchos detalles desde arriba del taxi. Quería ir por toda la ciudad. Recorrer las zonas más ricas a las más pobres. En el taxi viaja mucha diversidad de pasajeros. Se sube gente muy rica y muy pobre. Ahí se da un espacio de intimidad entre extraños. Mucha gente reacciona de manera diferente a esa intimidad. A veces te fastidia, a veces no. Me interesaba mostrar eso en la película, pero siempre puesto en función de la narración.

Estreno

Guionista, director y productor de 1100, Castro lleva muchos años dentro del sector audiovisual de Rosario, siempre desarrollando proyectos personales y encontrando la manera de concretarlos.
Licenciado. en Comunicación Audiovisual egresado de la UNR y Realizador Audiovisual egresado de la EPCTV. Sus cortometrajes se han presentado en importantes festivales de cine del país y del mundo, como el Festival del Film de Locarno, ZINEBI (España), Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y BAFICI.
Además, su trabajo se exhibió numerosos festivales de nuestro país y también de Chile, Perú, Brasil, Rusia, Francia e Irlanda.
La película no se vio en ningún lado”, explica Castro, dejando en claro que todavía 1100 no salió al circuito de festivales, todavía. Tampoco al mercado de distribuidoras. El camino recién está comenzando el jueves 18 de abril.
“Ojalá que 1100 tenga un recorrido largo”, comenta el director antes de recordar el proceso de constancia que lo trajo a la instancia de estrenar.
“Cada proyecto de largometraje o corto tiene un mismo camino: lo mandás por todos lados para buscar financiamiento. Termina yendo a tres millones de lugares. Se buscan subsidios que te permitan ir armando. Tal vez sea insuficiente pero alcanza para filmar un teaser, para hacer consultoría, traducirla. De ahí vas para otros lados a tratar de conseguir financiación. Si tenés catorce lugares y te da bola un par, filmás ahí”, apunta Castro, haciendo memoria de su propia experiencia.
A pocos días del estreno de su ópera prima en las salas argentinas, ofrece su sinceridad sin máscaras, tomando distancia de la pose. Hay nervios, ansiedad y curiosidad; pero también la certeza de un trabajo bien hecho que merece llegar a una audiencia amplia: “La película tiene carácter. Se planta con una idea y la mantiene hasta morir. Es fiel a sí misma. A las intenciones, al equipo, al esfuerzo de mucha gente por los años. Hay perseverancia”.
Responsable de la confianza de todo un equipo, Castro remarca una de las principales virtudes del séptimo arte: el esfuerzo conjunto. “El trabajo en grupo es algo que diferencia al cine de otras formas de artes. Cada película es un trabajo en grupo. Cada persona que se sume le pone lo suyo a la película. Hay que mostrarse a la altura de ese equipo”, señala liquidando su café.
“Hacer cine es difícil. Nunca será fácil”, finaliza.

Rosario

Durante sus noventa minutos de duración 1100 toma una perspectiva privilegiada de la ciudad de Rosario. Es, por cierto, una ciudad que no se anota en ninguno de los imaginarios que se construyen desde la publicidad oficial ni tampoco desde las campañas de los medios monopólicos. La Rosario de Castro escapa, además, a la postal que pueda tener el turista ocasional, anclada en el Paraná, el Monumento Nacional a la Bandera y los parques verdes interminables. La humedad, por otro lado, impostergable y todopoderosa, nunca se ausenta, ni siquiera en la ficción.
A bordo del taxi de Leo, la cámara de Castro se sumergió profundo por toda la ciudad, en todo el gran Rosario, visitando calles y repasando fachadas de cada barrio: Saladillo, Molino Blanco, Fisherton, 7 de Septiembre, La Sexta, Alberdi y La Florida se reconocen en el viaje.
El centro, con su seguridad de mediodía, tira un guiño desde un pulmón cinematográfico rosarino. Mientras que la Circunvalación demuestra sus posibilidades de cielo e infierno.
No era sencillo el rodaje. Una jornada aquí y otra allá, buscando armar una película de una ciudad real, alejada de lo esperado”, comenta el director sobre la diversidad de locaciones que 1100 demandó.
Castro se detiene en una postal en particular. Uno de los orgullos más grandes del sur de la ciudad:  la cascada del arroyo Saladillo. La oportunidad de fotografiar un espacio tan maravilloso le resultó una experiencia increíble, dice. El director cuenta que junto a su joven familia son visitantes asiduos de uno de los tesoros rosarinos. Espera que la oportunidad de compartir semejante paisaje pueda invitar a rosarinos del centro y otras zonas a prestarle más atención.
La cascada, la paleta de colores de las calles de Molino Blanco o La Florida, el micromundo hiper vigilado y parquizado de un motel, son parte del registro en clave de realismo que Castro hace desde el vehículo. Una ciudad que detenta diferentes códigos en cada una de sus inercias barriales.
“Me da curiosidad ver cómo será la reacción del rosarino. Un espectador está acostumbrado a ver Nueva York o París, no está habituado a ver a Rosario en la pantalla. Me da intriga”, confía el director.

 

Txt – Lucas Canalda
Ph – Renzo Leonard

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